The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Dos meses parecen demasiados cuando estás totalmente ocupado en mantener con vida a tu mejor amigo. Ben sale de vez en cuando y prefiero que lo haga solo porque si alguien más vuelve a mirarlo de la manera en la que lo hace, voy a acabar repartiendo hostias. Eso ha aumentado bastante mi tiempo en casa y por tanto, mi tiempo libre, que he empezado a gastar leyendo los libros que Alice se deja por casa, que ya no necesita y que a mi me servirán para curar a Ben si esa situación, merlín no quiera, se vuelve a repetir; por algún motivo, que gaste mi tiempo en eso molesta a Ben quien no para de recriminarme el estar estudiando cosas que no son importantes cuando tengo deberes de clase de semanas enteras acumulados. Allen se pasa de vez en cuando a asomar su cabeza por la ventana para ver si estamos bien y por suerte, no habla del tema. Después de que Ben despierte, paso varios días observando su comportamiento además de como va evolucionando su dolor y sus heridas y sin embargo parece haber olvidado por completo ese momento en el que estampó sus labios contra los míos. Por alguna extraña razón cada vez que recuerdo ese episodio no puedo identificar como me sentí al respecto, sólo reconozco el pánico posterior que casi me paraliza los pulmones por completo  que todavía me provoca cierto nerviosismo.

Al final lo acabo olvidando, excepto por esos días donde me despierto antes que él y por algún motivo no puedo volver a dormir, así que paso el rato que tarda en sonar el despertador, viéndole dormir a él.

Dos semanas pasan antes de que empiece a ser un reloj con todas las tareas que repentinamente se autoadjudicó (o eso pensé al principio). Se levanta a las 8 de la mañana para despertarme una hora después, a llevar una lista de las cosas que tengo que hacer, de cuanto tiempo tengo para bañarme, de cuanto para comer, de cuanto para estudiar y de cuanto para perder el tiempo. No se va a dormir hasta que yo estoy en la cama y rara vez se deja vencer por el sueño hasta que está seguro de que yo estoy dormido. Cinco días tardo en darme cuenta de que esas tareas no se las autoadjudicó solo, mi madre lo obligó; todo porque Jefferson, quien traía comida para los dos mientras Ben estaba convaleciente, se fue de la lengua en un momento muy inoportuno y reveló su existencia antes de que estuviera preparado para contárselo. Como es de esperarse, vino a hacer de madre y de dirigente al mismo tiempo y tío Sean se puso de su parte. Odio que se ponga de su parte.

Esa misma mañana despierto antes que Ben aunque el motivo no tiene nada que ver con que no pueda dormir, sino porque tiene el rostro girado hacia el mío y puedo sentir su respiración contra mi piel. Está moviendo mi flequillo que a su vez, me está haciendo cosquillas. Apenas fui consciente de cuantas veces se levantó en la noche a por mantas por culpa del frío que hacía y la paranoia de que podía resfriarme; a la tercera o cuarta vez agarré una de mis chanclas y se la lancé. Su queja me hizo darme cuenta de que he dado en todo el blanco. No recuerdo que amenaza le lancé pero esa fue la última vez que se paró. Ahora entiendo porqué. La habitación está ardiendo y es porque ha encontrado un brasero en el trastero. Sin embargo el calor apenas se nota. Es esa situación donde se nota que el invierno se está acercando porque no importa a cuantos grados sobre 100 esté tu cuarto, siempre tendrás frío. Las cortinas están corridas y fuera está lloviendo a cántaros. Cuando me remuevo para mirar la ventana escucho el ruido irritantemente del despertador y respondo como todos los días los últimos 2 meses. Una queja acompañado de mis manos llevando mi propia almohada hacia mi cara con intenciones de acallar ese lascerante ruido.

Me doy la vuelta y me quedo pegado contra la pared, escuchando los bostezos, los pasos, las puertas, la ducha, el armario, y todos esos ruidos que ya se han vuelto habituales después de tanto tiempo. Por último, su voz al despertarme. Antes de darme cuenta se ha pasado una hora. Debo de haberme dormido en algún punto porque apenas me parecieron 5 minutos así que tengo 55 minutos perdidos. - Hoy llueve - Farfullo, cómo si eso me diera la excusa perfecta para no tener que hacer mi vida. - Y encima te has pasado la noche entera dando vueltas. - Mi tono cambia ligeramente a un reclamo, aunque ahora que estoy despierto, y aunque siga bajo las mantas, me siento un poco culpable por haberle lanzado mi chancla. Luego recuerdo que si esto se hubiese dado en una situación donde él no fuera mi esclavo, se la habría lanzado también y la culpabilidad se difumina. - Al menos hazme tortitas.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
El tiempo ha pasado demasiado lento, y con el correr de las semanas las cosas se han ido acomodando en mi cabeza de un modo que acabo aceptando la realidad, más no así tolerarla. Dejando de lado mis encuentros casuales con gente como Roxanne o mi querida prima, mi vida se basa en cocinar a Seth, levantar a Seth, ordenar la ropa de Seth, cuidar a Seth, y todo lo que incluya "Seth necesita o se le da la gana" como para que yo tenga que moverme. Los primeros días luego de mi penosa recuperación, el acostumbrarme es casi una tortura. Cuando era pequeño, Melanie y yo solíamos cuidar de papá cuando éste se ponía ebrio, pero era un trabajo entre dos y usualmente ella se hacía cargo de la comida. Ahora, muy a mi pesar, he tenido que aprenderme todas esas recetas que he visto a los demás preparar y que, en las primeras pruebas, no salen tan bien como debería; de todas formas mi familia siempre ha sido buena al momento de cocinar así que tampoco estoy tan mal. Por lo demás, a veces pienso en mí como una especie de agenda parlante, y me asombro cuando me doy cuenta que finalmente, he adoptado la rutina de mi mejor amiga como propia, porque aparentemente, en mi vida no seré otra cosa que su sombra. Al menos a él no le gusta castigarme y todo sale bien cuando estamos a solas. Eso sí, si fuese por su madre, yo ni siquiera estaría respirando.

El invierno se encuentra demasiado cerca, y a pesar de que siempre he adorado la sensación de dormir con lluvia, ésta noche me veo obligado a apenas pegar un ojo cuando creí que ya había sido capaz de dormirme. Primero en busca de sábanas, luego en acomodarle la almohada a Seth que está por irse al suelo, luego por otra manta y por último, para encender la calefacción, porque si se enferma sus cuidados caerán sobre mí y estoy seguro de que seré un peor enfermero de lo que él jamás podría serlo conmigo. No sé como se las arregló esos días para cuidarme, pero ahora mi cuerpo, a pesar de delgado, ha retomado su funcionamiento habitual, y las cicatrices son mucho más fáciles de cubrir que antes. No es hasta que una de sus chancletas me pega en el cuerpo y me hace chillar en medio de la oscuridad que regreso a la cama, esa enorme y extremadamente cómoda que compartimos aunque se supone que está prohibido, y froto mis pies descalzos en el fondo, allí donde siento las mantas crear esa deliciosa sensación de fricción entre sí con mi piel. Como sea, logro dormir al menos un poco más antes de que el sonido irritante del despertador me haga saltar de la cama.

Así es como empieza mi rutina. Me baño en su ducha solamente porque él me lo permite (y sí, ahora puedo hacerlo por mi cuenta), y salgo envuelto en una toalla hasta meterme en el armario. Robo la ropa que se supone que es para mí, me calzo, separo la que él tendría que usar acorde al clima y me acerco a la cama, acomodándola con cuidado en el borde para que le quede a mano. Para cuando lo miro, está haciendo lo de siempre, eso de cubrirse como un idiota mientras se queja; no lo culpo, yo siempre hacía lo mismo, pero de todas formas le sacudo el hombro - Seth, si sigues durmiendo se te caerá la cara... - le llamo, repitiendo su nombre hasta que dice la estúpida obviedad de que hoy llueve. La ironía hace que en ese momento suene un trueno que logra que tiemblen las paredes, y le dedico una mueca sarcástica - no me digas, creí que solamente te habían caído mal los champiñones de anoche - me burlo, dándole un torpe golpe con mi almohada como última advertencia. Trato de no pensar en esa salsa de hongos, porque estaba demasiado deliciosa y ahora mismo muero de hambre. Suelto un bufido al escuchar como se queja de que no me he quedado quieto, y reprimo cualquier comentario que incluya culparlo de que lo estaba cuidando a él mientras se la pasaba roncando, para fingir estar muy interesado en quitarme una gota de agua que me cae por el cuello ya que no me he secado el pelo más que un pequeño y rápido sacudón con la toalla - ¿las quieres en la cama?

En otros tiempos, si Seth me hubiese pedido que le haga el desayuno, probablemente le hubiese pegado una patada en el culo. Ahora, no cumplir sus caprichos es arriesgarme a que Jamie se entere y acabe pasándola mal por atreverme a llevarle la contraria, incluso cuando sé que Seth lo odia. Le doy un último golpecito en el costado y enciendo las luces, optando por mantener las persianas bajas para no dejar entrar el agua, que parece estar haciendo un caos en el exterior - de todas formas sabes que comer tortitas en una bandeja sobre el colchón es incómodo. Y la lluvia no va a derretirte... ¿Qué quieres de beber? - a mí se me antoja un chocolate caliente con malvaviscos, pero creo que eso no importa ahora. Acabo echándole una mirada a la pila de papeles sobre su pequeño escritorio y chasqueo la lengua, sabiendo que probablemente no ha hecho sus verdaderos deberes, y aún así, le doy la espalda y me marcho hacia la cocina. Si no fuese porque a veces me comparte su comida, o que cuando no hay nadie jugamos a la consola, o porque dormimos juntos, mi vida sería la rutina más irritante y denigrante que jamás me podría haber imaginado.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Aún con la cabeza debajo de la almohada me sale una risa estúpida, esas de cuando intentas no reírte pero te ríes de todas maneras. Acabo aquella carcajada a medias seguido de un "idiota" que apenas se escucha porque la almohada amortigua cualquier sonido que intente hacer con mis labios y se queda en ese pequeño espacio que se hace entre mi rostro y el colchón. Odio los champiñones, hay varias comidas que ahora que puedo elegir que comer y que no comer, me permito rechazar y esta es una de ellas. Siempre he tenido problemas con mi madre respecto a ésto, a lo de no tirar la comida o rechazar algo que no te gusta cuando hace menos de seis meses no teníamos nada de esto; esta es una de las mejoras de que Ben coma conmigo, si es algo que le gusta, puedo pasar mi comida a su plato sin que le importe mucho porque de todas maneras, prometí ponerlo gordito. Aunque si sigo rellenandome a galletas el que se va a poner gordito soy yo.

Suelto un aqueja cuando me golpea la almohada y saco mi cabeza de debajo solo por el placer de mirarlo horriblemente mal. - ¿A ti o a las tortitas? - Bromeo. - Porque si puedo elegir meterte en la cama de nuevo, lo haré, lo prometo. - Levanto mi mano derecha con total solemnidad, haría cualquier cosa por seguir durmiendo. Al final entra otra vez en modo esclavo y detesto que haga eso, pero también sé que no puedo culparlo por ello con mi madre asechando por cada esquina. Ya he conseguido que se calle con el espejo comunicador que solo saco del oscuro cajón cuando es una urgencia; y poniendo una campana en la puerta que nos avisa de su llegada ahora que he instalado "por presunta seguridad" el escudo que impide que nadie se aparezca directamente dentro. El tintineo de esas campanillas nos ha dado las décimas de segundo suficientes para volver a esos papeles que ella nos fuerza a tomar y en el que evidentemente, dejarle mi consola, mis libros o dejarlo comer en la mesa, no son una opción.

Sus "tsk" con la mirada puesta sobre mi escritorio me hace soltar un gemido de queja mientras me siento en le borde de la cama con el frío calándome la piel a pesar de que la habitación está considerablemente caliente. Me llevo las manos a la cara y no sé cuantas veces me la estiro sin apenas reparar en el estado de mi pelo, cuyos mechones apuntan para donde mejor les place. Por suerte sale de mi cuarto sin siquiera recordarme que tengo que hacerlos... aunque si lo pienso bien, ese maldito gestito reprobatorio me lo ha recordado. Bostezo incontables veces antes de levantarme de la cama, arrastrando los pies por el suelo mientras la manta resbala por mis piernas hasta que se queda en el suelo. Me meto en la ducha a regañadientes y luego me quedo bajo el agua caliente lo que parece una eternidad hasta que un ruido muy raro en la cocina me hace abrir los ojos del todo. Me visto visto prácticamente a saltos y bajo las escaleras de dos en dos, cuando abro de par en par la puerta me encuentro a Ben recogiendo algo que ha tirado por error... o porque yo dejé mal acomodado la noche anterior. Lo segundo es bastante más probable. - Creía que te habías partido la cabeza contra la encimera. No es por nada pero tus dotes en la cocina son muy cuestionables. Temo por tu seguridad la mayoría de las veces. - Adopto un tono fatalista en lo último que digo y que evidentemente deja claro que bromeo.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- ¿De verdad crees que yo no preferiría estar en la cama? - la pregunta se me escapa con el sarcasmo mezclado en la incredulidad, aunque sé que anda bromeando, pero de todas formas es un poco complicado el contenerme. Sabe muy bien que si yo pudiera elegir, ambos roncaríamos el resto del día hasta que se nos seque la saliva y luego solamente tendríamos que comer porquerías jugando a alguna idiotez o simplemente sin hacer nada. Pero ambos sabemos que esa no es la realidad, así que no tenemos otra opción. Yo precisamente no tengo otra opción; él se supone que es libre, aunque supongo que incluso ahora la libertad es relativa. Como sea.

El camino hacia la cocina se me hace corto, y sin darle mucha vuelta me pongo a trabajar. Subo las persianas a medias, pero mantengo las ventanas y cortinas cerradas, asomándome un momento para observar el temporal de afuera, que parece estar barriendo algunas hojas que luego serán reemplazadas por algunas nuevas que llegarán con el viento. Como Seth no se tomó siquiera la molestia de decirme qué quiere beber para acompañar sus benditas tortitas, pongo agua a hervir en la tetera y también saco algo de leche y chocolate; si no quiere té, querrá chocolatada, y si no quiere chocolatada, siempre puedo hacer algo de café. O quizá un jugo. Pero hace frío para jugo. Da igual. Además del agua, me pongo a derretir el chocolate y calentar leche, y cuando está todo encaminado, abro la alacena; todavía recuerdo cuando papá me ponía banquitos para que sea capaz de llegar a ayudarlo con la comida, pero ahora ni hacen falta y solamente me basta con estirar el brazo para que mis dedos rocen el paquete de harina. Me las arreglo para atraerlo hacia mí, pero con el otro brazo hago un movimiento que choca mi codo con el frasco de azúcar mal colodado (¿quien mierda lo dejó ahí? ¡Ni siquiera es su lugar!) y éste cae al suelo. Agradezco que no sea de vidrio, pero de todas formas hace un estruendo al caer al suelo y la tapa sale disparada, haciendo que una buena parte del azúcar se desparrame por el suelo. Estoy limpiando de mala gana cuando Seth aparece en la cocina, haciendo un comentario que le vale una mala mirada mientras me aguanto a no golpearlo con la escoba  - bueno, yo temería por la de ambos si te dejara cocinar. Ya nos vi con una intoxicación... - le devuelvo la broma, arrojando el azúcar a la basura con la palita y, ahora sí, acomodando las cosas sobre la mesada cuando me percato de un detallito.

Me acerco a él con un suspiro de desaprobación y le estiro la camisa, que se ve que se puso a los apurones, y sin poder evitarlo le arreglo el cuello, el cual se encontraba arrugado hacia dentro - ¿tú dejaste el azúcar fuera de su sitio? - por alguna razón, el tono de mi voz me recuerda a mi padre, como cuando mis hermanos o yo hacíamos alguna idiotez que habíamos querido ocultar, pero él siempre nos atrapaba. Esa clase de pregunta que tiene oculto un "sé que lo hicieron ustedes y estuvo mal, pero quiero que me lo digan en voz alta y a la cara". Ni siquiera le pregunto qué mierda estuvo haciendo con el azúcar, y le doy un último tirón a su camisa para acomodarle los hombros y le doy la espalda, sacando la tetera del fuego, que ya empieza a chillar - si no piensas salir de la casa hoy, deberías ponerte a hacer la tarea que te dejaron en tu última clase de Historia. Puedo dictarte si lo necesitas - no es la misma clase de historia que yo aprendía en la escuela ni por asomo, pero al fin y al cabo, es una materia similar, donde los magos siempre fueron las víctimas y los humanos, los malditos opresores. La mejor parte igual siempre son las guerras mágicas, incluso cuando deberían espantarme. Me estoy chupando el dedo que tiene algo de chocolate caliente, ese que estoy revolviendo, cuando mis pensamientos me traicionan - quizá tú te quejas, pero yo extraño la escuela.

A veces incluso llego a preguntarme qué ha sucedido con mis compañeros, incluso a ese idiota que una vez golpeé porque me estaba fastidiando y las chicas tontas de mi clase que reían como cotorras. ¿Serán esclavos, estarán muertos o era magos y brujas ocultos? Supongo que nunca lo sabré. Y ahora eso no importa. Enciendo nuevas hornallas, coloco la pequeña sartén en su lugar y agarro el bol, dispuesto a hacer la mezcla, mientras trato de recordar qué jarabes tenemos para ponerle a las tortitas luego - ¿me alcanzas dos huevos? - pregunto en un suspiro, abriendo el paquete de harina de tal manera que ésta salta hacia todos lados y me cubre la cara.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Cuando me devuelve la broma me río, fijándome en esa mala costumbre que ha tomado... que hemos tomado. No importa cuan bien pusiera mi camisa, sus manos siempre se dirigían aunque fuera, para alisarla; al final dejé si quiera de intentarlo y él de esperarme. No he terminado de ponerla cuando sus manos ya están abrochando mis botones. - De mi forma de cocinar no te permito queja alguna. ¿eh? - Exclamo con fingida indignación. - Yo soy un chef de primera - Y paso de la indignación al orgullo ya no tan fingido. Y es verdad, se me da bien la cocina, lo que son las pastas y el arroz y los emparedados... si, tal vez no sea tan chef experto como presumo ser pero al menos no me muero de hambre. De todas maneras como de meterse conmigo pasa a reñirme bufo. - Claro que no - Aunque mi tono deja claro que intento ocultar algo. Creo que en algún momento de la cena fui a echarle azúcar al yogur y como el programa empezó antes de que acabara de guardarlo todo no lo puse en su lugar.

Suelto un bufido cuando me da la espalda y me tiro sobre la mesa de panza aunque mis pies siguen en el suelo, al mismo tiempo que se precipita una queja por mi garganta que suena excesivamente lastimera. - No quiero hacer deberes y no son dictados. - Farfullo refunfuñon y de forma un tanto infantil con la cabeza apoyada en la mesa y las manos colgando por el otro lado. Contesto un "si" que básicamente es solo un ruido con mi garganta cuando dice que él la echa de menos. - Yo también la echaba de menos cuando no recordaba lo molesta que era. - De alguna manera esta conversación me provoca un ligero deja vú. Misma escena pero diferentes personas, sitio y situación. - Además con Witney mamá tiene la excusa para hacerme estudiar más. ¿Algunas vez has cogido un libro sobre política o leído el arte de la guerra? es... extraño - La verdad no puedo decir que eso me disguste del todo, pero cuando algo me gusta y se convierte en deberes repentinamente pierde todo mi interés. - Si quieres un día secuestramos a Laila y jugamos a los profes. - Seguramente no sirva para nada pero es lo mejor que se me ocurre en ese instante, donde mi cuerpo se niega a despertar del todo incluso después de que he estado bajo el agua un buen rato y que la lluvia del exterior empieza a enfriar la cocina.

Me hago el muerto cuando me pide los huevos pero eventualmente me levanto arrastrando los pies a la nevera para abrirla y buscar los huevos que han desaparecido de mi vista. Cuando me giro con ellos en las manos cierro la nevera con un golpe de mi cadera y doy un bote cerrando los ojos ante la lluvia de harina. - Idiota - La palabra sale de mis labios en una carcajada. Dejo los huevos en el mesón que ruedan hasta la pared y luego cojo uno de los trapos de la cocina recién lavado. Por inercia me lo llevo primero al rostro para olerlo y aún huele a suavizante. Lo llevo al grito, empapo un poco y luego le limpio la cara como si fuera un niño pequeño al que se le han salido los mocos. - Creo que tengo un libro de cocina en alguna parte. Fue un regalo de Allen cuando me mudé - Y digo mudé, porque hace mucho tiempo que he olvidado que básicamente me echaron de mi casa para que las peleas entre Audrey y yo acabaran. - Podemos ir a buscarlo y dejamos las tortitas para otro día cuando ya seas capaz de hacerlas sin ahogarte en harina. - intento acabar la frase serio pero me es imposible, las tres últimas palabras me salen en una leve carcajada.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- Un chef de primera cuando se trata de porquerías - creo que mis palabras suenan como una vil imitación de lo que recuerdo como el regaño de mi madre, pero eso no importa cuando lo miro con mi mejor carita de triunfo al darme cuenta de que he dado en el clavo. Lo conozco demasiado bien, desde reconocer el tono falsamente inocente de su voz hasta ver como se le estira la frente cuando intenta parecer inocente, pero en lugar de reprenderlo simplemente niego lentamente con la cabeza a modo de desaprobación. Es un idiota, pero no se lo digo, en parte porque ya lo sabe y por otro lado porque no lo tengo abiertamente permitido.

Su dramatismo del día es algo que termino ignorando, porque puedo escuchar tanto sus quejidos como el modo en el cual se lanza sobre la mesa, y acabo poniéndome bizco cuando reprimo todos los impulsos que me gritan que le pegue una patada en el culo al tenerlo en esa posición. Hoy en día soportar las porquerías de la escuela sería mucho más sencillo que limpiarle la ropa interior, pero entonces el comentario sobre Laila me hace reír. No conozco tanto a la niña como me gustaría, porque parece ser una de las pocas personas que no pasa por aquí a darme órdenes, pero no dejo de pensar, cada vez que la veo, que quizá algún día sea una de esas brujas que odia a los humanos por el simple hecho de crecer en un ambiente como éste - ¿Todavía sigues jugando a los profes? ¿Que opina Alice de que su novio ande haciendo esas cosas en lugar de darle besitos? - se me escapa el tono burlón y malicioso, en parte porque me gusta molestarlo con su nueva novia, y por otro lado porque es de lo poco que puedo utilizar para fastidiarlo sin que sea demasiado grave. Jamás se lo he dicho, pero envidio de sobremanera que pueda tener novia; es como tener el permiso para hacer lo que quiera con quien quiera, además de que él puede pasar el rato con alguien más, y yo no.

Apenas soy capaz de ver los huevos rodando por el mueble entre la nube de harina, y estoy tratando de no estornudar cuando Seth se toma la molestia de limpiarme la cara, cosa que trato de impedir que haga empujando suavemente sus manos con las mías aunque sin mucho éxito - ¡yo puedo hacerlas! - me quejo en actitud de capricho, y con una sacudida de mi cabeza logro zafarme y me echo hacia atrás, sintiendo todavía como me pica la nariz - lo de la harina fue solo un accidente. No contaba con que explote... - me limpio algo de aquel polvo blanco del flequillo y sacudo mi mano frente a su rostro, sonriéndole burlón cuando veo como la harina salta hacia su cara - pero puedes traer el bendito libro si quieres. A ver si eres capaz de hacer algo más que morir en una mesa... ¿cuando fue la última vez que saliste o te moviste o... algo? - bajo la mirada teniendo la excusa de sacudirle un hombro para limpiarle la harina que yo mismo le tiré, recordando nuevamente que mi papel no es el de darle consejos y sermones, sino que debería agachar la cabeza y hacer lo que él me diga, incluso cuando no funcionamos de esa manera. Acabo agarrando la sartén, la pongo al fuego y paso a echarle algo de manteca para que se derrita y evite que cualquier cosa se le pegue al momento de cocinar, y acabo acercándome el bol - si quieres otra cosa, habla ahora o calla para siempre - vaya a saber qué mierda tiene ese libro adentro que se le puede antojar a mitad del proceso de las tortitas.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Respondo a su chiste sobre mi habilidad para cocinar con una mueca que pretende ser una burla cuando veo su idiota cara de triunfo. - No me muero de hambre, que es lo más importante - Suelto a modo de farfullo y queja al mismo tiempo, golpeándole un par de veces con el trapito solo por el placer de castigarlo, aunque se una niñería. Suelto una risa cuando se burla de mis juegos con Layla. - Ya ha visto mis fotos con morritos de la consola portátil. Creo que si eso no la ha espantado, no la espantará nada. - Aún recuerdo ese momento y es vergonzoso hasta la muerte, pero esa enana siempre saca mi lado más... ¿hermano mayor? yo era el hermano del medio, siempre fui el mayor y el menor al mismo tiempo. Bueno, siempre no; primero solo fui hermano mayor y luego no fui nada.

Pensar en eso me pone un poco de bajón e inconscientemente suelto un suspiro que esparce más harina alrededor, por suerte no demasiada. Aprovecho para echarle la culpa con un leve empujón de mi brazo contra sus costillas antes de soltar una carcajada, a medias violento y a medias avergonzado. - Yo no le ando dando besitooos. - Bueno puede que si le ande ando besitos. BASTA. Me limito a refunfuñar dejando de limpiarlo para demostrar cuan indignado me hallo después de haberme pasado un rato dándole manotazos para que se estuviera quieto, porque él en su lugar intentaba resistirse.  - Haces explotar cualquier cosa. El otro día fue la manguera del jardín - Por engancharla mal a la llave. Ay... como me hizo gracia. Acabo bufando cuando me llena un poco de harina también y resisto la tentación de agarrar la paca entera y tirársela a la cabeza, solo porque no tenemos más y yo quiero tortitas. - ¡Lo traeré! - Lo suelto con el tono de que es un amenaza, así como cuando te pones a decir que vas a saltar a una alberca llena de tiburones y en realidad quieres que alguien te ahorre el tener que hacerlo. Es a medias por vago y a medias por... nah, por vago solo.

Subiendo las escaleras le chillo que sigo queriendo tortitas antes de que cambie de parecer y tardo la vida buscando el lugar donde deberían estar las cosas que me regalón Allen. Luego recuerdo que fue antes de venirme así que tiene que seguir en la caja que embalé con los libros y eso estáaaaa... en el trastero. Bajo de nuevo las escaleras refunfuñon, paso la cocina fingiendo que Ben no está ahí y a los cinco minutos vuelvo con una caja que pesa como un puto muerto; o pesaría como un muerto si no hubiera usado un hechizo para ponerla sobre la mesa donde se supone que íbamos a desayunar. Abro la caja y escarbo un rato hasta que el libro de Alicia en el país de las maravillas cae en mis manos. - Eeeh, este lo guardé para Sophia - Murmuro más para mi mismo que para él, porque le había perdido la pista con la mudanza.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Que me recuerde mi incidente con la manguera del jardín solamente me vale una ligera mirada de odio, y termino tragándome las mil y una excusas que tengo para decirle que ese problemita se debe a que antes de estar aquí, yo había pasado mucho tiempo siendo un niño mimado. Y en casa casi nunca usábamos manguera. Y cientos de cosas más que no vienen a cuento. Así que me limito a sacudir una mano, sin siquiera mirarlo, dejándole vía libre para que vaya a hacer lo que tiene que hacer antes de que se arrepienta y termine colgado de la mesada hasta que yo le dé con el trapo en la cabeza. Arrepentirse de algo con tal de quedarse con el culo en una silla es algo muy propio de Seth.

En pocos minutos, el bol se encuentra relleno de harina, leche y huevos, y tengo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que el bendito polvo blanco vuelva a escaparse en todas direcciones mientras bato, aunque no se demora en volverse todo en una pasta uniforme, oyendo como la manteca no deja de hacer ruidito en la sartén. Mi amigo no tarda en regresar, pero cuando lo miro, en lugar de algo tan simple como un libro trae una caja, lo que me hace entornar los ojos - ¿era tan complicado? - pregunto con un suspiro, aunque lejos de querer discutir con él, regreso a mi trabajo y hecho un poco de la mezcla para comenzar a preparar la primer tortita. El olor dulce no tarda en empezar a flotar por la cocina, y ya la estoy dando vuelta cuando lo que dice Seth me hace voltear con curiosidad. No por saber de qué se trata, sino porque está nombrando a Sophia, y creo que jamás hablamos de ella o de la gente que quedó atrás porque eso solamente sirve para amargarnos aún más la existencia. Sé que no tenemos noticias de ellos y eso significa que están a salvo, pero por otro lado no dejo de pensar que, quizá, los asesinaron a todos y lo mantuvieron en secreto. Nunca seré capaz de ganarle a mi pesimismo.

De todas formas, me olvido de todo eso cuando veo el libro.

Raspo el interior de mi mejilla con los dientes y mantengo el silencio, para sacar la tortita ya preparada y ponerla en el plato donde se supone que haré la enorme pila que sé que se comerá entera, y me abrazo un poco al bol para batir un poco más antes de echar la segunda - ¿por qué se lo guardaste? - pregunto al final, de un modo más sereno del que creí capaz. Que yo sepa, esa literatura está prohibida. Y ella es mi amiga, no realmente la suya. Y además tendría que haber dado por asumido que no volverá a verla, al menos que ocurra un milagro  - sabes muy bien que tu madre te cortaría las pelotas si lo encontrara - doy vuelta la tortita, de un modo algo brusco - ¿no te parece mucho riesgo guardar algo para alguien que probablemente no veas jamás?
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Farfullo cualquier excusa idiota para haber tardado con la caja porque por orgullo no quiero admitir que no sabía donde estaba. Aún así no suena nada creíble así que al final las palabras se extinguen en un pequeño farfullo y gemido sumiendo a la cocina en un leve silencio solo roto por la cuchara chocando contra el bol. Muevo mi mano por el borde del libro pasando as páginas a gran velocidad, alzando la vista cuando me pregunta por él. - Es el favorito de Sophia. - Lo digo con un ligero tono obvio y además que intenta reprochar que él no lo sepa. Demonios es su mejor amigo, ¡además es Sophia! se supone que la conoce mejor que a sí mismo, que se enamorarían, casarían y tendrían docenas de hijos. Me pregunto si en algún momento durante los meses que estuvieron juntos, ella le dijo que le gustaba.

Se lo quiero preguntar directamente pero no puedo, porque si ella no se lo ha dicho yo prometí guardar el secreto. Bufo cuando me amenaza con mi madre y tomo asiento desordenadamente en una de la sillas, poniendo el pie primero y luego sentándome encima de mi propia pierna doblada. - No lo encontró y eso es lo que importa. Además mi madre no encontraría nada en mi cuarto ni aunque pusiera todo su empeño. - Me excuso. Y no me alejo del todo de la realidad. Esta casa está ordenada pero mi cuarto, aquel de la casa del gobierno, es otra historia. Dejo abierto el libro en una página totalmente al azar y me encojo de hombros. - No lo guardé para ella, lo guardé para mi. No quería olvidarla y fue lo único que encontré. Ni siquiera teníamos fotografías. Y es probablemente el último libro de éstos que hay en el mundo. - Farfullo la última frase sintiéndome un poco estúpido antes de agarrar otro de los libros de menos importancia (concretamente el de políticas del que tanto me quejo y que creía haber perdido y entonces remplacé con uno nuevo que sigue en mi habitación) y se lo lanzo a la cabeza. Golpea en los cajones superiores a falta de puntería y luego cae cerca del fuego. - No me hagas decir estupideces, ¡que vergüenza! - Y me indigno soltando de vez en cuando un improperio y guardando el pequeño libro dentro del cinto de mi pantalón. No merece estar en esta caja, merece que me lo lea. Otra vez.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
"Es el favorito de Sophia"

Mis ojos se entornan hasta transformarse en dos pequeñas rendijas celestes que se clavan en su rostro, girando el cuello nuevamente hacia él de una manera tan rápida que por un momento, tengo miedo de que me he hecho daño porque siento un tirón - no, su favorito no es ese - reprocho, en un tono de voz con cierta superioridad como si él estuviera diciendo alguna tontería que escuchó en la boca de alguien con algún problema mental - es... ese. El de la chica que pierde el zapato... - he olvidado momentáneamente su nombre y, muy dentro de mí, puedo sentir ese globo que se pincha en el momento en el cual me doy cuenta de que recuerdo que ella me ha leído ese libro alguna vez, pero no recuerdo que sea su favorito. ¿Cómo es posible que Seth maneje una información que yo desconozco sobre ella? ¡Si no fuese por mí, ellos ni siquiera se conocerían! Sophia era mi amiga. Mi vecina. Yo hice que él se metiera por su ventana esa noche y, si no fuese por eso, jamás sabrían el uno del otro. Ni siquiera sé que es esa molesta punzada en la frente, hasta que me doy cuenta de que es la misma sensación que tuve alguna vez cuando vi a Amelie bailar con su compañero en nuestra Coronación. Celos.

Sus excusas tontas hacen que le dé la espalda para dar vuelta la tortita, preguntándome si le hace falta más tiempo entre todos los pensamientos que se me acumulan y trato de hacer a un lado, cuando un libro me pasa cerca de la cabeza, haciendo que me sobresalte ante el estruendo que hace al chocar contra los cajones - ¿Pero qué...? - la palabra "mierda" se me atora en la garganta cuando me doy cuenta de lo que está sucediendo, buscando con la mirada el libro que se ha caído junto al fuego y que no me molesto en apartar, para enfrentarme a mi amigo - No sabía que ese era motivo como para lanzarme un libro por la cabeza... - le espeto de mala gana, sacudiendo un trapo para sacarlo de su sitio en la mesada y poder agarrarlo - ¿qué clase de estúpido problema mental tienes, Seth? ¿O acaso tu novia no te besa demasiado? - la burla me sale con más desdén de lo que esperaba, dejando salir como veneno ese sentimiento amargo que me invadió desde la mención de Sophia. En venganza y sin pensarlo, le lanzo el trapo por la cabeza - eres un idiota... ¿lo sabías?
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Alzo una ceja cuando dice que ese no es el libro favorito de Sophia y por un instante me hace dudar. Tal vez tenga algún favorito diferente, o tenga varios. Seguro que Ben se los sabe todos, después de todo es su mejor amigo desde hace mucho tiempo. La amistad más larga que yo he tenido ha sido con él y no manejo precisamente información acerca de si le gusta si quiera leer. Asumo que si, si anda recordándome todo el rato que echa de menos estudiar. Podría echar de menos diez mil cosas en el mundo  que ahora no puede hacer y él echa en falta ir a clase. Irónicamente era lo mismo que echaba yo de menos cuando era el que estaba al otro lado, ocultándose porque lo matarían. Supongo que por eso somos amigos. - No recuerdo que se quite un zapato, la verdad - Farfullo con desinterés. Al principio no noto el tono de celos que repentinamente ha puesto en su voz; pero luego lo hago. Es tan obvio.

Se ha enfadado de repente. Soy YO quien se suele enfadar de repente siempre. - Es motivo suficiente si te estás comportando como un idiota - Frunzo el entrecejo cuando se gira, dando la espalda a lo que cocina e inmediatamente me pongo en pie porque eso me da autoridad. Y no me refiero a la autoridad amo-sirviente que nos pasamos por el forro de las narices cada vez que estamos solos, me refiero en la autoridad de nuestra amistad que automáticamente me pone por encima porque mido más que él. - ¿Y tú? Es sólo su estúpido libro favorito. Si te gusta Sophia deberías habérselo dicho cuando aún estaba contigo - Por suerte me muerdo a tiempo la parte que prometí que jamás saldría de mi boca, y es que a Sophia también le gusta Ben.

Por un momento pienso en cómo se estaría sintiendo ella si estuviera delante viendo esta conversación, tan peligrosamente cerca de un secreto que se ha estado guardando mucho tiempo. Y me siento mal por ella. Porque Ben es estúpido. Porque nunca nota como se echa el pelo detrás de la oreja cuando él le está hablando, o como se ríe de sus malditos y ridículos chistes sin gracia solo porque salen de su boca. Seguramente ni siquiera le explicó la angustia con la que me preguntó por él cuando les dije que escaparan. Estoy seguro de que se habría muerto de tristeza si él no la hubiera encontrado. Debería haberlo visto, como lo he visto yo. Debería haberse dado cuenta de todas esas señales tan evidentes. Y quiero golpearlo. Cierro los puños a mis costados intentando agarrar el trapo cuando me lo lanza a la cara pero se estampa antes de que lo consiga, aún así tiro de la esquina totalmente furioso. ¡¿Qué diablos le pasa?! Ni siquiera tiene motivos para estar enfadado. Yo sí que debería estar enfadado porque me preocupa SU mejor amiga más que a él. - El idiota eres tú - Le lanzo el trapo de vuelta que otra vez, va a dar tras él en vez de a su maldita cabezota. - Y lo que más me jode es que no puedo decirte porqué. - Porque se lo prometí. - Eres tan... iiug... a veces me pones tan... - No sé cuantas veces avanzo hacia él con intenciones de estrangularlo y luego retrocedo de nuevo. - Estás... Estas... - Tampoco soy capaz de encontrar las palabras adecuadas para dejar evidente lo de Sophia sin abrir la boca. A lo mejor están juntos y por eso se ha puesto celoso.  Teóricamente no sé nada de lo que pasó con Ben los últimos meses, podría haber sido cualquier cosa. - ... ardiendo. - Todos los pensamientos confusos que me hacen darme cuenta de lo poco que le conozco, se difuminan de golpe cuando veo el fuego que han provocado el libro y el trapo del que intento avisar señalando mientras reencuentro la voz que repentinamente perdí.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- Obvio que no se quita el zapato si es Alicia ... - el tono de mi voz casi lo acusa de idiota, algo que jamás antes había hecho porque se supone que siempre le he tenido paciencia al intentar explicarle las cosas que él desconocía, tanto como él ha tratado conmigo cuando los papeles se vieron invertidos. Pero ahora mismo su ignorancia sobre ciertas cosas es un modo tentador, inmaduro y completamente sencillo para meterme con él, porque dentro de ésta realidad, es casi la única arma que me queda. Seth siempre ha sido el alto, el atractivo para las chicas, el interesante por tener una vida misteriosa y ahora, es quien está libre y maneja información sobre mi mejor amiga que se me había escapado de las manos. Y no es justo - ¡Yo no estoy siendo un idiota! ¡Eres tú el que...! - pero ahí se me pierde la voz, porque lo siguiente que dice me deja un momento fuera de juego, haciendo que mis ojos parpadeen para mirarlo con mi mejor expresión de idiota, sintiendo el aire entrar por mi boca abierta. La incomodidad me aprieta las tripas, negando lentamente una y otra vez ante algo que es imposible, porque conozco a Sophia desde que tenemos cinco años y ella siempre ha sido... Sophia - a mí no me gusta -  alcanzo a farbullar, aunque el tono dudoso que sale de manera inconsciente me planta una ligera duda en mi cerebro. Nunca había prestado la mínima atención en el modo en el cual mi mejor amiga ha cambiado con el tiempo, al menos no de forma consciente, pero sí ahora lo repaso, recuerdo haber visto como ahora su cintura tiene forma y su rostro está cambiando. Y como, al fin de cuentas, es la única chica que siempre ha estado ahí para mí, desde el principio. Eso hace que con frustración e incomodidad, cierre la boca y la apriete. Seth puede irse a la mierda.

De golpe el trapo vuelve a cruzar la habitación, y en ésta ocasión sí tengo que inclinarme un poco para que no me dé en la cara, oyendo como choca contra algo a lo cual no le presto atención porque estoy más concentrado en ver como Seth parece estar a punto de asesinarme. Lejos de intimidarme, levanto el mentón en actitud desafiante y doy un paso hacia él, sabiendo que si lo golpeo y adivinan que he sido yo, terminaré sin una mano, o incluso peor. - ¿Qué es lo que no me puedes decir? ¿Cómo han estado pasando el tiempo sin mí? - le respondo con sarcasmo y frustración, sin saber cómo mierda se tomará aquello - ¡Yo estaba en esa maldita isla mientras ustedes se reunían y nunca me lo dijeron y...! - ¿cuántas veces estuvieron a solas y no lo supe? ¿Y qué si hablaban alguna cosa estúpida sobre mí? Hago el amague de acercarme y darle un empujón que se tiene bien merecido, además de que la idea de que choque contra la mesa me tienta, cuando lo siguiente que dice me desconcierta y hace que me frene en seco - ¿Qué...? ¿Ard...?

Antes de lo que pudiera pensar, el aroma a quemado se me cuela por la nariz y me hace voltearme, notando la pequeña llama que se extiende por la cocina y que me paraliza el corazón. Se me escapa un grito ahogado, sintiendo como, por un momento, se me cae el alma a los pies, y abro y cierro mis dedos en un obvio gesto de que no sé que carajo se supone que debería hacer  - ¡Haz algo! - mi grito de histeria retumba en la cocina, moviendo mis manos de forma efusiva para que reaccione, porque el que se supone que puede hacer magia acá, es él. Para mi desgracia, no se mueve - ¡Seth! Ughh... -  me lanzo hacia delante y, por pura inercia, agarro el borde del trapo que no se ha quemado y tiro de éste, comenzando a sacudirlo en un intento de apagarlo. Como soy yo y tengo menos suerte que un condenado a muerte, el fuego comienza a agrandarse, haciendo que el calor queme mis dedos y por obviedad, lo suelto en medio de un chillido, viendo como éste cae sobre la mesada y comienza a quemar los adornos más cercanos, mientras el libro ya es una bola naranja. Mierda, mierda, mierda...

- ¿No deberíamos pedir ayuda? - pregunto finalmente en un grito de urgencia, dando algunos pasos hacia atrás para alejarme hasta pellizcar su brazo, sin ser capaz de sacarle la vista de encima al fuego como si, de dejar de mirarlo, fuese a morirme cocinado - ¡¿Acaso dónde tienes tu estúpida varita?! ¡Esto es todo tu culpa! - y aunque no sea momento de seguir peleando, no puedo evitarlo. Si no habría tirado ese estúpido libro, nada de esto hubiera pasado.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Si él hubiera sido pinocho, le habría crecido la nariz cuando dijo que Sophia no le gustaba. ¡JA! Debería haber hecho esa referencia en voz alta porque algo me dice que cualquier cosa que digo sobre "su rollo" la usa contra mi. Como lo de Alicia. Pero el fuego bloquea cualquier ser fastidioso en mi y solo puedo pensar en que habían un montón de hechizos para parar el fuego pero ahora no recuerdo ninguno. Whitney me suspendería por esto. Lo peor es que fuera llueve a cántaros así a lo mejor si abrimos las ventanas... arg, eso suena tan rematadamente estúpido. - LA COCINAAAAAAA - "Haz algo" - ¡ESO INTENTO! - Aunque no lo parece porque yo sigo en mi sitio dando saltitos que apenas se notan como si estuviera a punto de hacer algo, pero sin llegar a hacerlo.

Me pongo a pegarle voces cuando intenta ayudar, lo cual causa que acabe incendiando el resto de la cocina también y casi se quede atrapado en el fuego. Tiro de su camisa hacia fuera la cocina, le doy un manotazo en la mano que sostiene el trapo para que lo suelte, lo pateo dentro y cierro detrás de nosotros. - Mierda, los libros... - Ya dan igual. Diría que compraría más pero dudo que ejemplares como esos los haya en alguna parte. Al menos suponiendo que haya gente sensata como para no querer morirse. Saco el ejemplar de Alicia que llevo encima y luego rebusco en la pernera de mi pantalón la varita, lo reduzco hasta que que queda a un tamaño diminuto, prácticamente imposible de leer y lo guardo de nuevo entre los galeones de los bolsillos. - Tenemos que salir de aquí - Inconscientemente me agacho cubriéndome la cabeza cuando algo explota en la cocina, y cristales vuelan por todas partes. La puerta se abre de golpe y el fuego, que antes parecía más o menos controlable, ahora lo está devorando todo.  Retrocedo poniendo mi mano contra el pecho de ben mientras lo hago retroceder también. - No sé como parar esto. Whitney no me enseña a parar incendios. - Y por más que pruebo el hechizo de agua y el de congelación, el fuego lo evapora todo antes incluso de que le toque.

Al parecer los vecinos se han percatado del fuego porque puedo oír las sirenas desde lejos. Lo empujo fuera de casa, agarro las chaquetas y nos saco al exterior donde diluvia a mares. El frío ha venido con fuerza y además con lluvias a montones, así que las chaquetas que estaban en la puerta son impermeables. Al menos una de ellas. La que se pone ben ni siquiera tiene capucha y en menos de dos minutos parece un perro mojado. Se va a acabar resfriando. Los bomberos llegan a casa y los aurores detrás. Los últimos nos obligan a permanecer en la acera del lado contrario mientras los vecinos curiosos se aglomeran alrededor del caos tras dejarnos un paraguas donde cabrían 10 personas al menos y que fuerzan a sostener a Ben porque se supone que él es el esclavo. Bufo pero por suerte lo interpretan como fastidio por lo sucedido y no por lo que han hecho con mi amigo. Suelto un suspiro y me siento en el asfalto, semi-oculto por la mareada de piernas a nuestro alrededor que además están más ocupados mirando el fuego que a nosotros, luego tiro la chaqueta de Ben sin decir absolutamente nada para forzarlo a sentarse también.  

Permanezco allí hasta que todo se disipa. Nadie nos hace ni puto caso en al menos media hora. - Fui a verte a ti. - Rompo el silencio cuando la gente ya ha desaparecido, solo quedan los aurores que esperan "a mis padres" y los bomberos que revisan lo que ha iniciado el fuego. - No viniste y habían agentes de la paz por todas partes. Tu padre no me abrió y los agentes de la paz estaban cazando gente y sacándola a rastras de su casa. Me metí en la de Sophia por la fuerza porque no podía salir del distrito ni tenía otro sitio a donde ir. - Saco la consola y ejecuto un juego al azar, aunque lo cierto es que ni me apetece así que acabo pasándosela. - Luego supe que os habían llevado a los juegos sin avisar y también a todas esas personas que sacaron de sus casas. Sophia me salvó al vida esa tarde. - Y eso es algo que nunca podré pagarle. - Sé su libro favorito por casualidad. Siento haberme metido contigo.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Sé que podemos decir que todo se ha ido a la mierda cuando Seth no parece reaccionar ante mis quejas, pero de un momento a otro me veo empujado fuera de la cocina como si fuese de paja y mi "amo" anda tratando de hacer algo con su varita que no sirve para un carajo porque el fuego ha crecido tanto que sus niveles básicos de magia, o esos que yo creo básicos porque para mí los magos deberían ser capaces de algo más que eso, no sirven. Termino dentro de un abrigo demasiado grande para mí que no funciona, porque la lluvia me pellizca y no tardo en sentir como que me han lanzado a una piscina, mientras las sirenas iluminan nuestra calle y me hacen sentir que se me ha ido el alma a los pies. Todos sabemos que el culpable de la ecuación terminaré siendo yo, como de costumbre, y eso solamente me deja con un sabor amargo en la garganta que no tiene nada que ver con el fuego que la lluvia no es capaz de apagar. Los vecinos se nos apilan, me enchufan un paraguas enorme que me cuesta abrir hasta que lo consigo y lo pongo sobre nuestras cabezas, sintiéndome con un idiota mojado y demasiado pequeño, hasta que Seth me obliga a sentarme a su lado.

Por un largo rato, solamente veo como los bomberos trabajan en "nuestra" casa, apretujando el mango del paraguas con cierto nerviosismo mientras me pregunto con qué me vendrá Jamie esta vez; todos sabemos que no me tiene aprecio, y suponiendo que me eche la culpa de que su hijito dorado casi muere, algo me dice que no terminaré bien. Creo que todo se ha calmado un poco fuera de mi cabeza cuando Seth vuelve a hablar, y me tardo un momento en darme cuenta de lo que está diciendo, evitando el girar la cabeza hacia él mientras mantengo la vista fija en las ruinas quemadas. Su explicación me hace suspirar lentitud, y tomo la consola con una mano para poder seguir sosteniendo el paraguas, echándole un vistazo a la pantalla - lamento haber dicho que eres un idiota - acabo murmurando; cuando ladeo la cabeza hacia él, tengo pintada una sonrisa cínica en los labios - aunque de todas formas creo que de vez en cuando lo eres.

¿Por qué nunca me explicó nada de esto? Tuvo cientos de oportunidades para hacerlo, en especial en el último tiempo. ¿Tan poca confianza hemos pasado a tenernos? Me gustaría preguntarlo, pero entonces un coche oscuro aparca cerca de nosotros y, de manera automática, me pongo de pie de un salto para ver como Sean sale del auto como un rayo. No alcanzo a ver si Jamie viene también, porque el tío de Seth se lanza contra él para tomarlo por los hombros y sacudirlo, exigiendo cientos de explicaciones que ya he visto en otras oportunidades, porque así es como mis padres me recibían cuando me iba más horas de lo pactado y pensaban que algo malo me había pasado. Es el enojo camuflando a la preocupación ilimitada, y eso hace que, por un momento, desee ser Seth con todas mis fuerzas; al menos, él tiene a su familia cerca, mientras que yo tengo que limitarme a extrañar hasta la muerte a la mía.

Para cuando Sean ha atrapado a Seth en un abrazo, niego lentamente con la cabeza para ver como están sacando algunas pocas cosas rescatables de las ruinas, y alguien me empuja para que avance hacia el coche de una buena vez, sin descuidar el paraguas que tiene que cubrir la cabeza de la gente que vale más que yo. Algo me dice que, a partir de ahora, nuestro jueguito ha terminado.
Benedict D. Franco
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