The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Cuando me quiero dar cuenta, ya estamos en otoño. Se siente en todas partes, los magos apenas salen de sus casas porque prácticamente llueve todos los días, entonces son los esclavos los que tienen que salir a hacer el trabajo. Las hojas de los árboles pasan a tener colores amarillentos, se marchitan y luego caen al suelo amontonándose. Eso si el viento no las hace recorrerse media ciudad en busca de una pared que las frene. Si así empieza el otoño no me quiero imaginar el invierno. Por no mencionar que pronto cumpliré dieciséis años, y eso acelera aún más las cosas. Pero si hace unos años yo seguía bufándole a Allen porque se equivocaba de zumo por las mañanas, y parece que fue ayer. A día de hoy sigue confundiéndose de zumo, a mí me gusta el de manzana y a él el de naranja. Aunque ahora me río, antes no me hacía ni pizca, dado que las naranjas me daban ganas de vomitar.

Ahora tengo un perro. Seth y yo lo encontramos un día en un callejón completamente desnutrido. Yo ni siquiera le había visto, ni oído, estaba demasiado ocupada quejándome del trasto al que él llama hovernosequé, diciendo que cualquier día se iba a matar, y gritando que yo no iba a estar para su entierro porque se lo advertí. Parecía su madre. Como él me ignoraba, y yo seguía a mi rollo, descubrió al perro bajo un contenedor. Lo llevamos a casa, a un veterinario, y después me lo quedé. El perro me tenía más aprecio a mí que a Seth, por alguna razón le gusta morder sus pantalones, calcetines, zapatos y todo lo que lleve su olor. Me gusta el nombre Bruno, así que se lo puse. Es más ya casi se lo sabe, excepto cuando huele algo que se pueda llevar a la boca, en esas circunstancias no hay quien le llame.  A Allen le gusta Bruno, o eso creo, el día que le trajimos no dijo nada, ni al siguiente, ni a la semana, sólo se limitaba a reírse de mí. Como cuando el pobre perro se pasó horas y horas persiguiendo una mariposa, y acabó metiéndose en una fuente. ¿Adivináis quién se tuvo que meter a por él? Ajá, yo. Pero ahora le tiene cariño, cosa demostrada cuando le deja subirse al sofá, algo que antes no ocurría muy a menudo.

Paso más tiempo en casa con Bruno que en el hospital, cuando solía ser del revés. Allen me dice que es porque el perro no puede pasar tanto tiempo solo, y aunque por una parte eso es verdad, sé que volvemos a tener problemas con eso de que yo esté aprendiendo un oficio cuando tendría que estar impartiendo clases. Es horrible porque no puedo hacer nada normal sin meter una mentira de por medio. Ay, me dejé la varita por alguna parte, o cosas así. Por eso prefiero no tener que pasar demasiado tiempo con personas importantes, alias Jamie, etc, etc. Llegará un momento en el que se me acaben las excusas, pero por ahora, prefiero no pensar en que soy una de las pocas personas que se está librando de no ser un pedazo de carne.

Busco a Bruno por todas partes, debajo del sofá de las camas, dentro de los armarios bajos a los que suele visitar de vez en cuando, hasta que le encuentro dormido en el zapatero de Allen. Me sorprendo al ver tan pocos zapatos en un principio, creo que tenía más. Y sí, tenía, antes de que el perro se comiera varios de diferentes pares. Le despierto acariciándole detrás de las orejas, casi van a ser las ocho y media y todavía no ha salido. Además no llueve, lo que suele ser inusual, por lo que es una tarde perfecta para salir. Me pongo una chaqueta cualquiera, a él su collar y correa, cojo las llaves y salgo por la puerta. Ni siquiera cojo los documentos porque no me apetece, y punto.

Al caminar un poco me doy cuenta del viento que hace, que revuelve mi pelo de forma que parezca la bruja de la pradera. Quizás eso ya no tenga gracia porque viven magos y brujas en las praderas, y probablemente tengan el pelo mejor que yo ahora mismo. Suelto a Bruno cuando ya estamos algo lejos de casa, y por alguna razón, acabo persiguiéndole por toda la calle hasta llegar a la casa de Seth. - ¿Qué quieres? ¿Ir a ver a Seth? - si no estuviera en casa el perro no habría venido por aquí, por lo que me acerco a la puerta y doy un par de golpes. Me encanta como Bruno mueve el rabo de un lado a otro, preparado para atacar los calcetines de Seth.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Diablos, tener un esclavo es demasiado cómodo. Al principio Ben estaba herido así que me limité a asegurarse de que no se me muriera. Lo envolví en un pijama limpio, le dejé dormir en mi cama y luego me pasé las noches con la consola mientras miraba de vez en cuando de reojo hacia él para asegurarme de que respiraba. Salía de la habitación exclusivamente para recoger comida de la cocina y cuando descubrí que Jefferson, uno de los esclavos de mi madre que visita a menudo mi casa por órdenes de mi madre, estaba más que dispuesto a traérmela sin hacer preguntas y dejarla en la primera planta tres veces al día, dejé que se encargara de eso. Luego me pasé los cinco días viéndole dormir de reojo al mismo tiempo que intentaba pasarme el videojuego de la consola que apenas conseguía mantener mi atención lo suficiente como para que no muriese cada 10 segundos.

Conforme mejora me tranquilizo y es cuando bajo la guardia pensando que el peligro ha pasado; y no me refiero solo al de su salud física. Empieza a insistir en dormir en otra parte, pero mi casa solo tiene una habitación acondicionada como habitación, el resto solo son un montón de trastos que compré para montar pero nunca monté así que son "cuartos sin hacer". Se ofrece a dormir en el suelo y estoy por golpearlo. Al final consigo convencerle de que puede quedarse en mi cama porque es suficientemente grande para mi, para él y para cinco más si quieren quedarse también. No le convence pero, por leves instantes, me alegro de que tenga que obedecer sin rechistar.

Todo iba perfectamente hasta que un día completamente random, mi madre aparece directamente en mi cuarto sin avisar y nos ve juntos en la cama. Según ella eso es una atrocidad porque le estoy tratando como a una persona. ES UNA PUTA PERSONA. Pero pierdo la discusión en el momento en el que le digo que como es mi esclavo, haré con él y le trataré como me de la real gana. Ella me recuerda que he estado usando los suyos para algunas tareas (y el primero en mi mente cuando lo menciona es Jefferson), así que sólo por ello, como yo uso los suyos, ella puede hacer lo mismo con los míos.  Empieza a ordenarle cosas a Benedict sin mi permiso y él, las cumple porque si no lo hace, ella le castiga. Me pone entre la espada y la pared. Si me rebelo a que Ben cumpla sus órdenes, el perjudicado será él, no yo; y no puedo hacerle eso. Y ME MOLESTA NO SALIRME CON LA MÍA. Por eso me paso el resto del día en mi cuarto pegando chillidos y rompiendo todo lo que se me pone por delante. Cuando me despierto a la mañana siguiente encuentro a Ben acabando de recoger. - No hagas eso. - "Me lo ordenó tu madre". - Tu eres mío, no suyo, no te puede dar órdenes. - Refunfuño, aunque ya está claro quien de los dos ganó esa discusión. Luego me  odio a mi mismo por haber usado la palabra "mío", como si fuera un objeto.

El caso es que eso se repite más de una vez. Dejo mi ropa tirada y Ben la recoge a pesar de que le digo que no. Estoy estudiando y cambia el agua de vez en cuando para que siempre esté fresca. Cada vez que lo hace, se vuelve natural y cuando me quiero dar cuenta hasta está abrochando mis cordones o incluso funcionando como mi despertador. Hoy hizo una lista de lo que teníamos que comprar justo después de poner delante de mi la merienda. Hago un gesto con mi mano para que use la tarjeta mientras enumera lo que hace falta en casa para no morirnos de hambre. Estoy por ofrecerme a hacerle compañía pero no lo hago porque hace mucho tiempo que no sale de aquí y cuando lo hemos hecho he ido con él y por ende ha tenido que ir tres pasos por detrás y agachando la cabeza. Es una oportunidad para que olvide, al menos por un rato, que no le pertenece a nadie. Ni siquiera a mi, aunque mi madre se empeñe en hacer lo contrario y haya intentado lavarle el cerebro. - No te metas en líos - Bromeo.

No se cuanto tiempo paso solo en el intento de comer mi merienda en el sofá que me absorbe y adormece. Mi impulso cuando alguien toca la puerta es decir "La puerta" para no tener que abrir yo, hasta que recuerdo que Ben ha salido. ¿Se habrá dejado las llaves? No, acaba de irse. ¿No? Ni siquiera sé que hora es. Abro la puerta bostezando y con la camisa ligeramente levantada mientras me rasco la barriga. El perro se precipita a mi casa antes de que reconozca quienes son. - Aléjate de mi merienda, chucho. - Tarde. Para cuando he acabado en la frase ya ha tirado todo al suelo con plato incluido. - Bueno, supongo que da igual. - Susurro en un bostezo abriendo del todo para que pase, la única de los dos visitantes por las que realmente me alegro. No es que odie los perros pero no soy de su agrado y ellos tampoco del mío. Más o menos. No soy un desalmado sin corazón tampoco, pero ya he aceptado, muy dentro de mi, que jamás voy a tener un perro. - ¿que haces aquí? Si es para huir de Allen y sus cenas incomibles, tendrás que esperar. Ben ha ido a comprar. -
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Mi primera intención es decirle a Seth que no le llame chucho porque tiene un nombre, y al final acabará acostumbrándose a que le digan chucho y no a su verdadero nombre. Pero el perro entra corriendo antes de que pueda decir nada, directo hacia la comida que lleva en el plato. - ¡Bruno! - es lo único que alcanzo a decir cuando tira todo al suelo, casi como un obseso que lleva sin comer días, cuando en realidad antes de salir de casa su cuenco ya estaba vacío. Sigo pensando que, como pasó tanto tiempo sin probar bocado, ahora tiene miedo de que le quiten lo que una vez le quitaron. O quizás solo tenga un estómago demasiado grande como para llenarlo de piedrecitas marrones. Yo también me aburriría de comer siempre lo mismo, aunque en estos tiempos difíciles, el simple hecho de llevar algo a la boca es suficiente, da igual lo que sea.

Paso a la casa en cuanto hay un hueco lo suficientemente grande como para entrar, mirando primero al perro y después a mi novio. Me agacho para recoger el plato de comida, a pesar de los tirones que me da Bruno para dejarlo en su sitio. - Bueno, aún parece comestible, si ignoras las babas - comento con una pequeña sonrisa producto de una risa que intento evitar. Ruedo los ojos aún con la comisura de mis labios torcida, cuando dice lo de Allen. - Al menos lo intenta... - este verano, cuando le dieron un par de semanas de vacaciones, se pasó los días intentando cocinar. Hizo de todo, desde sopas sencillas hasta lo más enrevesado que se te pueda ocurrir. El único problema era que, o no le echaba suficiente sal, o no lo dejaba al fuego el tiempo suficiente para cocerse... Creo que lo hacía más para distraerse y mantener la mente alejada de cualquier pensamiento inoportuno, que de amor hacia la gastronomía. No acabé con una intoxicación de milagro.

- Oh, ¿y el señor Niniadis no tiene piernas para hacer la compra por su cuenta? - no es que me moleste que tenga un esclavo, bueno, ahora que lo pienso, sí, me molesta. Uno, porque yo tendría que estar en el mismo rango que Ben, y no lo estoy por suerte inesperada. Dos, porque se está acostumbrando a que le hagan todo, absolutamente todo, hasta incluso para asarle el papel higiénico en el baño. Quizá no hasta tal punto, pero básicamente sí. Y creo que en parte es su madre, que le ha dado por venir cada doce horas para ver si el esclavo de su hijo está haciendo su trabajo, cosa que me irrita. Aunque agradezca que Seth siga tratando a Ben como su mejor amigo cuando están a solas, me sigue molestando. - Hace frío - se supone. No tengo muy claro si yo tengo permitido decir si algo está frío o caliente. Además, casi van a ser las nueve, las tiendas estarán a punto de cerrar. Doble trabajo porque tendrá que buscar una tienda que esté abierta las veinticuatro horas del día.

Sigo teniendo el plato baboso en la mano, y no resulta muy agradable. - He venido para ver si querías dar un paseo - voy hasta la cocina que por suerte no está muy lejos para no tener que gritar mientras voy hacia allí, pero veo que Seth me sigue. Dejo el plato sobre la encimera. - Pero veo que estabas algo ocupado - digo cruzándome de brazos y apoyándome sobre el marco de la puerta.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Toda mi respuesta hacia el chiste de las babas del perro se resume en un: "iug" mientras ella recoge el desastre el chucho. Cierro la puerta detrás de nosotros para alcanzarla en el salón bufando ante la mención de Allen y la cocina. - Debería limitarse a la pasta. Nadie puede estropear la pasta. No sé. Por evitar que te mate de una intoxicación. - Al final nos trasladamos a la cocina y tengo que tener bastante cuidado con el perro que por algún motivo está sobre-exaltado de felicidad lo cual ocasiona que se me atraviese allá por donde voy. Alzo la vista del suelo en la puerta cuando me deja caer que podría haber ido yo. - Odio cómo lo miran cuando va conmigo así que imaginate lo mucho que lo odia él - Eso y que además esté obligado a ir detrás de mi y a estar callado a no ser que yo le hable, cosa que no puedo hacer si no es para darle una orden. Por eso apenas salimos de casa, me niego a que además de que le haga sentir mal mi madre, le haga sentir mal el mundo.  Me siento sobre la mesa de la cocina que es cuadrada y solo tiene espacio para cuatro personas, mientras dejo colgando mis pies.  - Y me da un poco de pereza, hace frío - Me quejo con un toque ligeramente infantil en la voz echándome sobre la mesa de espaldas dramáticamente. Podría haberle pedido eso a otro de los esclavos de mi madre, o incluso haber pedido que trajeran la compra a casa; pero Ben es mi mejor amigo y conozco su cara de "estoy harto de estar aquí" - De todas maneras así le de el aire un poco, hace días que ni siquiera pisamos la calle; lo más lejos que hemos ido es al jardín. -

Bruno de vez en cuando intenta atrapar el filo de mis pantalones así que mantengo mis piernas en movimiento, no lo bastante brusco para hacerle daño si le pateo, pero si lo bastante rápido para que mis bajos queden a salvo. Vuelvo a reincorporarme apoyando los codos en el brazo para elevar un poco mi cuerpo de la mesa. - Ha ido abrigado. - Exclamo como respuesta a su queja de la forma en la que estoy tratando a Ben y que probablemente no comparte. A ella es a la persona a la que más le afecta esto porque por primera vez, ha visto de una mano bastante cercana, lo que podría pasarle si no estuviera donde está. - No eres precisamente quien para quejarte del frío que hace o no hace, Señorita Whiteley - Remarco el nombre con el que la llamo a modo de broma, haciendo pausas en cada una de las sílabas y agudizando la voz ligeramente para adoptar un tono formal innecesario.

Termino de reincorporarme del todo para quedar sentado cuando habla de dar una vuelta, aunque su auto-respuesta me hace soltar una carcajada. - Pues claro. Hacer el vago en el sofá ocupa mucho tiempo - Ironizo y bajo de la mesa de un saltito. - ¿A donde quieres ir? Aunque con el otoño entrando creo que un sitio al aire libre no es precisamente el mejor plan -
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Me río ante el comentario sobre la pasta, no recuerdo bien si alguna vez intentó hacer macarrones o espaguetis. Probablemente, durante esa época le dio por cocinar de todo, e incluso cuando no eran las horas de comer. - Mmm... No lo había pensado, aunque supongo que acabaría harta de pasta. Las tortillas no están del toooodo mal - exagero la primera o de la palabra ladeando un poco la cabeza - , sólo hay que tener cuidado de no tragarse un trozo de cáscara de huevo - al principio yo intentaba ayudar en la cocina. Todo lo que no tenía que ver con el fuego era lo mío, sí, sí, batir los huevos se me daba genial, e incluso mezclar los ingredientes y esas cosas fáciles. Luego llegaban los momentos de dar la vuelta a la tortilla, por ejemplo, y la cosa no acababa muy bien. O se me pegaba a la sartén, o se me hacia pedazos. Una de dos. Como la vez que Allen sólo hacia más que creppes por la mañana para desayunar, siempre se le pegaban.

Frunzo un poco el ceño bajando la mirada hacia mis propios pies. - Sí, bueno... - ¿qué más puedo decir? ¿Siento que tu mejor amigo tenga que pasar por ello porque tu madre se está volviendo una psicópata y lo único que quiere es matar humanos a diestro y siniestro? No es plan. A veces pienso que no es justo, el 99% de los humanos están viviendo una vida miserable porque el simple hecho de ser de otra raza, y luego estoy yo, que tendría que estar como ellos, y en realidad tengo la vida de un mago. Es injusto. - Tú también deberías salir a que te de el aire, no te veía el pelo desde hace días. Tienes que hacer algo, no puedes pasarte la vida aquí tirado - aunque es lo que más apetece con este tiempo, sinceramente.

Me quedo un rato en silencio escuchándole hablar, y observando a Bruno intentar atrapar los pantalones de Seth. Sus piernas van de un lado para otro con rapidez, mientras el pobre perro se pega morrazos contra el suelo cada vez que se pone sobre sus dos patas traseras para agarrar sus piernas. Me río por su cara de desconcierto más que por los golpes que se da, acercándome hacia la mesa y sentándome como si estuviera en mi propia casa. - ¡No me estoy quejando! Sólo digo, que hace frío, para vosotros - alargo mi brazo para tocar su flequillo, el cual le ha crecido considerablemente. - Y deberías cortarte ese flequillo. Estás feo - bromeo mientras se reincorpora con una sonrisa en mis labios. En realidad nunca está feo.

- ¿Y a donde quieres ir entonces, señorito no salgo de casa porque me gusta hacer el vago? - dudo que nos dejen entrar a algún lado con el perro, a no ser que pasemos por casa y le dejemos allí.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
La misma historia de todo el mundo: "deberías salir a que te diera el sol", la escucho de boca de todo el mundo desde que dejé la escuela y ahora mas a menudo porque según parece todos creen que Ben tiene la culpa de que no me de el sol y hubiesen olvidado que antes de Ben, tampoco salía lo que se dice, mucho. Mi madre es la primera en esa regla y por orden general también la primera que se me viene a la cabeza. Suelto un bufido exasperado, como es habitual cada vez que pienso en mi madre y me pongo de mal humor. - Pareces mi madre. - Farfullo pero luego suelto un siseo que acaba en una risa. - Pero mas guapa y esas cosas - Me acerco a ella agarrando sus manos entre las mías, enlazando sus dedos con los míos y luego tirando de ella suavemente para acercarla a mi. - Te preocupas demasiado. Además no eres precisamente la indicada para pedirme que me de el sol cuando tu pasas días en el hospital sin dar señales de vida. Un día de estos vas a morirte allí dentro y yo no me voy a enterar. - La última frase me sale con un ligero tono de verdad absoluta mientras asiento. Obviamente exagero.

Tuerzo los ojos para intentar mirarme el flequillo antes de chascar la lengua. - Aún puedo ver. - El momento de cortarme el pelo siempre ha sido ese de cuando ya no veo un jodido pimiento o tengo que estarme soplando para apartar los pelos de mi cara. Que me devuelva la pregunta me hace mirarla suspicaz, porque como no respondió la mía me hace pensar mal. - ¿Por qué me lo preguntas? ¿He olvidado algo importante que debería recordar y es una pregunta trampa para ver si lo he olvidado de verdad? - Se me pasan miles de posibilidades por la cabeza, cumpleaños, aniversarios, invitaciones, citas, bodas y por último la tabla del World of Warcraft que se cuela de forma muy random en mi cabeza. - Te ahorro el trabajo. Lo he olvidado. Te compraré diamantes para compensar - Bromeo, aunque no es una broma del todo. Ahora tengo tanto dinero que si quisiera comprarle diamantes de verdad, podría.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Suelto un pequeño bufido apenas audible cuando dice que me parezco a su madre. Sé en qué sentido nos relaciona, yo le doy la misma chapa que ella e incluso más, pero aún así me molesta esa mínima relación con Jamie. - De acuerdo, la próxima vez que salgamos te pasaré a buscar a medianoche y no volveremos a casa hasta la hora de desayunar. Seguro que tu madre no te deja hacer eso - obviamente estoy bromeando, la gente casi no sale de casa por la noche debido al nuevo régimen, como para volver a las diez de la mañana. Aunque digamos que Seth hace siempre lo que le da la gana, y si quiere volver a esas horas, puede. Estoy segura de que se me han puesto las orejas como el color de los tomates, por lo que agacho un poco la cabeza para dejar que los mechones de pelo me caigan por la cara, intentando parecer ese gesto lo más normal del mundo. Qué vergüenza.

- Eres un exagerado - digo entre risas tras su último comentario. - El hospital tiene ventanas grandes, tú parece que vives en una cueva. Además, yo salgo tres veces al día a pasear a Bruno, y tú no despegas el culo del sofá - bajo la mirada hacia mis manos, ahora enlazadas con las de Seth, apoyando mi cabeza en su pecho, entre las pausas que hace al hablar puedo escuchar su respiración. En esa posición me doy cuenta de que me saca alrededor de media cabeza, e incluso un poco más. Siento su mirada sobre mí, por lo que levanto la vista en busca de sus ojos azules. Primero me río, pero dado que parezco un poco estúpida dejo de hacerlo. - ¿No te parece mentira que te haya aguantado durante tres meses ya? - no soy la típica chica de quince años que cuando empieza a salir con un chico hace aniversarios cada dos por tres en plan: Ay, hoy hace dos días que salimos, o madre mía, llevamos cuatro horas juntos, ¡vamos a celebrarlo!, pero sí que me gusta de vez en cuando recordar las cosas.

- No sé si podré perdonarte por esto, Seth - adopto un tono serio al principio, pero como se nota demasiado que estoy de coña acabo riéndome. - Prefiero las flores - vuelvo a decir entre risas.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Me río cuando suela la estupidez de saltarnos el toque de queda, por lo que han apresado a varios así que pocos se arriesgan y acabo chascando la lengua. - Eso es diferente. Técnicamente no se lo deja a hacer a nadie así que no me lo tomo con un ataque gratuito y personal - Pongo la voz más digna de la que dispongo haciendo un par de muecas para exagerar mis propias palabras, aunque no están exageradas del todo. La mayoría de cosas que mi madre me prohíbe expresamente a mi, porque soy su hijo, sí que melas tomo como ataques porque sigo sin ceder, porque lleva 10 años sin darme órdenes y aquí, el único con poder para darme órdenes es la persona que se quedó todo el tiempo que ella no estuvo: Mi tío Sean. Además porque ella es una histérica del copón y hasta que tenga mi ropa tirada por el suelo de mi habitación le molesta cantidad.

También creo que disfruto un poco cuando se enfada, pero eso fue una mala costumbre que me quedó de cuando se marchó y volvía cada dios sabe cuanto tiempo. Era mi ferviente necesidad de que me prestara atención.

Suelto un suspiro largo, ausente un momento, que revuelve sus cabellos mientras está apoyada contra mi pecho. Eso me hace un poco de cosquillas y tengo que arrugar la nariz. - No es verdad. Ben me obliga a estudiar en el escritorio, no me paso el día sentado en el sofá - Aunque bueno, no puedo negar que mi vida se está volviendo severamente sedentaria desde que él está en casa. Salir fuera no me gusta, primero porque siempre lo miran raro, segundo porque no puedo tratarlo como una persona de puertas para afuera y además, nada se me perdió allí. Mi madre está con sus cosas, mi tío Sean con las suyas, con Audrey no hablo desde... buah, ya no recuerdo. Para empezar me mudaron a esta casa para que no volviéramos a vernos. Y en cuanto a Alice y Allen bueno, viven a menos de una calle de distancia. - ¿Me has aguantado tres meses? - Mi voz suena como si estuviera indignado, aunque es una indignación fingida. - Y en tres meses no me has pedido ni un coche, ni una casa... eres una mala novia de un niño rico. - Ironizo mientras asiento, bajando gradualmente la voz al mismo tiempo que me voy acercando a sus labios, besándola al acabar la frase.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
El toque de queda es una tontería a estas alturas, ningún estúpido se atrevería a realizar manifestaciones o revueltas tal y como está hoy en día la sociedad, no hay esquina en la que no te cruces con alguien de seguridad. A pesar de que el nuevo régimen lleva un tiempo, y la gente parece haberse calmado, sigue habiendo la misma seguridad que cuando todo comenzó. Creo que en parte se ha debe a que los juegos están fallando y muriendo tributos, lo que significa que alguien del lado de Jamie ha tenido algo que ver. Y de nuevo todo el sistema está empezando a decaer. - Oh, ya veo... - me limito a decir. - Estudiar... Que aburrido - creo recordar que de pequeña me gustaba el colegio, o al menos durante el tiempo que fui, antes de que se volviera tan cara la educación y mis padres podían permitirse enviar seis hijos a la escuela. Dejé de ir a clase a los ocho, o nueve, quizás. De aquellas tenía hermanos mayores, por lo que se podía decir que no era una analfabeta. Pero ahora, para leer un libro de veinte páginas probablemente necesite un mes entero entre diccionarios y palabras que ni siquiera existen. Suerte que tengo a Allen que me lo intenta traducir todo.

No puedo evitar reírme cuando dice que soy una mala novia por no pedirle cosas. Lo cual me alegra porque no soporto a las chicas que están con alguien solo por el interés. Cuando mi abuela seguía con vida siempre solía decir que el abuelo era un claro ejemplo del 'por el interés te quiero Andrés, pero que le quería demasiado como para dejarle plantado cuando era joven. Aunque nunca conocí a mi abuelo. - Pue... - voy a decir algo pero su beso me pilla por sorpresa así que me callo. De repente me sale una sonrisa boba que hace que olvide por completo lo que iba a decir. Probablemente sería una tontería, como el 80% de las veces que abro la boca por lo que no le doy importancia. Permanezco en esa posición durante varios minutos en silencio, suspirando de una forma casi exagerada. No sé lo que haría Jamie si se enterara de que no tengo nada de magia corriendo por mis venas. Está claro que nada malo le pasaría a Seth, es su hijo; ¿pero y a Allen? ¿sería capaz Jamie de perdonarle debido a tantos años de amistad? ¿o haría como hace con todos los que llama traidores?

Sacudo la cabeza quitándome esos pensamientos de la cabeza y separándome unos centímetros de Seth. - Se supone que íbamos a dar un paseo - agarro su mano y le arrastro por la cocina, y después por el pasillo, ignorando el hecho de que probablemente ni le apetezca salir. - ¡Nos vamos, Bruno! - por un momento casi me olvido de que vine con el perro, pero el simple hecho de movernos ya le altera. - Mmm... vamos a por un helado, ¿habrá helados? Ya se acabó el verano... - me encojo de hombros. De todas formas creo que soy la única persona en todo el capitolio a la que se le ocurriría tomar un helado en pleno otoño. Tampoco es tan fuerte, sólo es un helado. El perro es el primero en salir por la puerta y sentir como se le despeja todos los sentidos de la cara al sentir el viento. Le meto prisa a Seth mientras coge su abrigo saliendo directamente por la puerta.

El viento me revuelve el pelo, e incluso me empuja un poco de mi sitio. Alcanzo a verle cerrar la puerta antes de comenzar a caminar y dar vueltas sobre mí misma. Sonrío por lo tonta que debo de resultar al mirarme a mi misma pero me da igual. - ¿Ves? ¿A qué no es tan malo que te de un poco el aire? - asiento esperando a que me de la razón, aunque sin mucho éxito. Burno tampoco ayuda escondiéndose detrás de mis piernas.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Suelto una queja cuando empieza a arrastrarme fuera y me resisto, aunque tengo que admitir que con bastante desgana. Acabo riendo vagamente por su comentario sobre el helado y farfullo. - Creo que solo la gente que estudia y trabaja tiene derecho a quejarse de que ya acabó el verano. - Bromeo mientras extiendo mi mano para agarrar el abrigo de la percha del recibidor y ponérmelo antes de salir. El perro prácticamente me atropella porque quiere ser el primero aunque no le doy mucha importancia. Me quedo un rato frente al espejo acomodando la chaqueta y mi cabello con varios golpes rápidos de mis propias manos, luego dejo una nota sobre la mesa para Ben que garabateo rápidamente. - Y tu y yo no somos de esos. - Acabo antes de meter las llaves a los bolsillos, dinero del cajón y luego salir.

Fuera hace más frío de lo que esperaba porque además está haciendo un viento tremendo. Estoy por regresarme a mi casa tan campante, pero me limito a meter las manos dentro de los bolsillos. No echaré de menos el verano más que por el tipo de ropa que puedo o no puedo ponerme. Siempre hace demasiado calor y debido a que Whitney se encarga de mi educación, nunca tengo vacaciones. Además, creo que aunque siguiera en la escuela de magia mi madre no me dejaría desperdiciar tiempo en vacaciones. Se supone que no tengo tiempo que perder porque pronto tendré 18 años y ella ha planificado mi vida a cada segundo. - No creo de todas formas que abran con este tiempo. - Miro el cielo y si no fuera suficiente el viento helado que nos golpea y parece que en cualquier momento se va a poner a llover.

El perro se para a oler todo lo que encuentra y va en un vaivén de por delante de nosotros, por detrás de nosotros. En una de las piedras que se para a olfatear como si nunca hubiese visto una, la muevo con un sutil gesto de mi mano. Eso lo sorprende, pero en cuanto se detiene se acerca de nuevo. Vuelvo a hacerlo varias veces hasta que dejo la piedra yendo de un lado a otro mientras el perro no para de ladrarle corriendo detrás e intentando capturarla. Aquel estúpido gesto me hace reír. - Es un poco idiota - Antes de darme cuenta ya hemos llegado al parque.

off:
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Me encojo de hombros metiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta, yo llevo de vacaciones más de cuatro años. Dejé el colegio pronto, era demasiado pequeña como para trabajar en una fábrica del dos, luego pasó todo lo de Europa, lo del once, y ahora esto, llevo sin pisar una clase más de lo que me gustaría. - De todas formas a mí no me gusta el verano. ¿Has visto el blanco nuclear de mi piel? Ugh, más de cinco minutos al sol y parezco un tomate - se supone que después de quemarse la piel se vuelve de un color más oscuro, pero no sé porqué a mí no me pasa eso y tengo que aguantar ser del color de los folios durante todo el año. Luego están las chicas que se dedican a pasear por la playa con sus cuerpos perfectos y dorados para sorprender a los tíos. Así que no, no voy a echar de menos el verano. Lo único que no se puede hacer en otras épocas del año es comer todo el helado que quieras, y técnicamente a mí eso me da igual. Además puedo meterme en la piscina sin preocuparme si hace frío o no, aunque probablemente luego tenga un resfriado de la hostia.


Miro instintivamente hacia arriba cuando dice que lo más seguro es que no abran. El cielo está gris y parece que va a llover, y si no fuera porque el aire revuelve mi pelo no me daría cuenta de que sopla el viento. - No hace tanto frío si no piensas en ello, ¿quieres que volvamos? - sé que es un orgulloso, y que por mucho frío que tenga va a decir que no lo tiene. No sabe la suerte que tiene de poder sentir lo que siente, si por mí fuera nos intercambiaríamos los papeles aunque sólo fuera por cinco minutos. He conocido a mucha gente en mi vida que me ha dicho lo que debe de molar no sentir nada en absoluto, razones por las que me habría gustado darles una patada en toda la cara. El dolor existe para algo, y las personas tienen la manía de no valorar eso.

Observo a mi perro olfatear cada sitio por el que pasamos, pero lo que más parece sorprenderle es una piedra en el camino. Sobretodo cuando Seth se pone a moverla con la mano haciéndola ir de un lado para otro. Cuando Bruno cree que está lo suficientemente cerca como para atraparla, él la vuelve a mover unos centímetros adelante. Me río por su cara de confusión y por los ladridos que le pega a un ser inerte. Es la cosa más adorable que he visto en mucho tiempo. Suelto un bufido cuando escucho su comentario. - No es idiota, solo es curioso. - él también lo sería si una cosa inerte comenzara a moverse como si tuviera vida. Además tiene cuatro meses, no puede ser todo un Sherlock con esa edad. - Sabe hacerse el muerto - añado una especie de hum al final de la frase más por indignación que por otra cosa.

Lo molesto de los parques es que suele estar plagado de niños, y con plagado me refiero a que apenas puedes pisar la hierba sin aplastar la mano de un chaval que anda jugando con un coche de juguete. Pero hoy a estas horas y seguro que por el tiempo que hace, está totalmente desértico. Me acerco a uno de los bancos y me siento subiendo las rodillas para llevarlas a mi pecho y abrazarlas. - ¿Qué crees que haría tu madre si se enterara de que yo... - apoyo la barbilla sobre mis rodillas girando la cabeza para ver su expresión. Ni siquiera soy capaz de terminar la frase a pesar de que no hay nadie aquí pueda escucharnos. Necesito preguntarlo.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Arrugo la nariz como respuesta a lo del frío y dejo en el aire la propuesta de volver a casa. Ahora estoy bien y de todas maneras si las cosas se ponen más frescas siempre puedo decir que nunca dije que no a lo de devolvernos a casa. Inconscientemente echo un vistazo alrededor buscando a Ben por el parque por si ya va devuelta a casa, pero centro más mi atención en el perro que ha empezado a mosquearse porque la piedra le da pequeños golpes en los morros y él es incapaz de atraparla. No discuto acerca de lo tonto que es o no es porque sé que el cariño que le tiene la ciega bastante, así que me limito a responder su propia afirmación, haciendo flotar la piedra justo por encima de la cabeza del chucho, donde la pierde de vista. Durante un buen rato, la piedra lo sigue, a menos de 3 centímetros de sus orejas, pero él la sigue buscando por el suelo. Cuando por accidente, choca contra ella, se lleva tal susto que sale aullando y corriendo como un poseso. No puedo evitar una carcajada.

Apenas me he dado cuenta del momento en el que se ha sentado en el banco y se ha puesto tan seria. Es su tono de voz lo que me hace girar la cabeza hacia ella y me borra la sonrisa del rostro gradualmente. Su pregunta me deja sin aliento un momento. Mentiría si dijera que no lo he pensado cuando no consigo dormir y Ben está roncando. - Nada. - Miento. La palabra sale en un leve suspiro lo cual, seguramente, deja claro que estaba pensándome demasiado un simple nada. - No es lo mismo que el resto. Tu estabas con nosotros desde el principio. - George también; y ahora está preso. Lo peor de todo es que probablemente lo ejecuten. En Alcatraz apenas hay espacio para nadie ahora mismo y probablemente, los muggles, sean los primeros en desaparecer.

Suelto un suspiro metiendo las manos en los bolsillos. La piedra cae al suelo y me olvido de ella por completo. - Igual, después de todo este tiempo ¿cómo va a pillarte? A no ser que a alguien se le ocurra abrir la boca y escupírselo... - Y que yo sepa, solo lo sabe Allen. Y yo. He mentido a mi madre más veces, yo no soy un problema y Allen la quiere, él tampoco. Alguien pasa cerca de nosotros y me limito a guardar silencio. La voz de la niña pequeña que acompaña a esa mujer rompe el silencio que se ha formado entre nosotros. Espero a que esa voz se pierda antes de decir nada más y esta vez me aseguro de que mi voz sea un absoluto susurro. - Tú no has hecho nada. George perdió sus derechos, pero fue por traidor. - Las palabras salen indecisas de mis labios, así que suelto un suspiro. La conversación muere ahí al final, este no es lugar para hablar de eso y creo que tampoco me siento con ánimo de pensar en lo que realmente le pasaría si mi madre descubriera la verdad.

Agarro su mano y la tiro hacia mi, llevándola al final a esa heladería de pacotilla que tiene los helados que tanto deseaba probar.
Seth K. Niniadis
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