The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Invitado
Invitado
Es tarde en la noche, y el frío otoñal que se cuela por debajo de las ventanas y las puertas me hace arroparme aún más con las mantas, sintiendo como el colchón se hunde bajo el peso de mi cuerpo, el cual últimamente no puedo mover como es debido. La panza se ha vuelto enorme, y mis manos vagan por el contorno de mi vientre con una lentitud tan exacta, que casi puedo decir tranquilamente que centímetro de mi piel está rozando la contraria. Han sido meses complicados, no solo porque soy básicamente la única incapaz de hacer algo productivo, sino porque el dolor de mi cuerpo ha ido en aumento y las cosas alrededor comienzan a ponerse tensas. Desde la desaparición del chico Franco, su padre se ha tornado insoportable y han aumentado el intento de seguridad que tenemos por la zona, a pesar de que todos sabemos lo que en realidad somos. Un grupo de fugitivos que se han hecho con ruinas y están tratando de sobrevivir antes de que nos lleven uno a uno. Mis manos siguen apestado al último bocado de comida que he probado esta noche, y eso vuelve a abrirme el apetito, incluso cuando sé que debería contenerme porque aquí no tenemos tantos recursos como los que solía tener. A veces me pregunto qué diría Orion de estar aquí y ver lo que nos ha pasado. Orion...

¿Habría sido más fácil con él a mi lado? ¿Habría querido a éste bebé? A veces hasta me atrevo a extrañarlo. Su estúpida sonrisa arrogante, ese cabello mejor cuidado que el mío y esos ojos que, de alguna manera, llegaban a encantarme. Bufo. No debería estar pensando en él; ha muerto hace meses, y vaya a saber qué han hecho con su cuerpo. Probablemente ya no existe. No queda absolutamente nada de aquel hombre que, alguna vez, iba a ser mi esposo. De manera involuntaria, relamo mis labios.

Estoy comenzando a adormilarme cuando el látigo de dolor me despierta con un quejido, haciendo que mis dedos se cierren alrededor del borde de las mantas. Soy consciente de que mi respiración se vuelve irregular y tanteo hasta poder sentarme, sintiendo como mi vientre se endurece al punto en el cual una gota de sudor baja por mi frente. Abro la boca una, dos, tres veces.... pero mi voz se pierde en las contracciones, hasta que finalmente, raspa mi garganta - ¡Arleth!

Como es la única enfermera en todo el catorce, he estado viviendo en la casa ocupada por los Ballard el último mes. De todas formas creo que no me oye; me las arreglo para gritar su nombre en más de una ocasión, sabiendo que si me pongo de pie estaré cometiendo un gran error, cuando oigo los pasos apresurados cruzando la sala y ella entra de sopetón, seguida por alguien que ni me molesto en mirar. La poca luz se enciende y su rubia cabellera se acerca con rapidez, haciendo preguntas que no entiendo, no consigo responder y aparta las mantas. La humedad de la fuente rota más el leve tono rojizo de la sangre indica que, quizá, ya es tiempo de enfrentarme a mi propio error.
Anonymous
Echo R. Duane
La llegada de los nuevos cautivos nos pone en un pequeño aprieto alimentario. Podíamos perfectamente sobrevivir con las provisiones si solo fueran dos, quizá tres; pero se nos ha ido de las manos. No podemos hacer esto así como así, si han atrapado a Ben significa que el gobierno no está del todo desencaminado del lugar donde buscarnos y cualquiera de ellos podría ser una amenaza. Es así como he conseguido que se retrasen sus entrevistas. La mayoría no está de acuerdo porque todos piensan que son buenas personas, al igual que nosotros, huyendo de un gobierno corrupto; pero lo peor es cuando sacan el ejemplo de que querría que hiciéramos si fuese yo quien estuviera ahí. - Es diferente. - Mascullo. Ahí acaban todas las conversaciones siempre porque nunca tengo argumentos para explicar como es de diferente cuando todos los del sótano son agentes de la paz y han asesinado tanto magos como humanos durante el gobierno de los Black. No hay nadie allí que no tenga las manos manchadas de sangre; salvo el bebé.

Arleth carga con ella al principio, pero al ser la única enfermera de todo el catorce tiene bastante trabajo y acabamos delegando eso a los holgazanes cuya única misión es prepararse para lo peor. No es que Eowyn, Sophie y Cale sean el ideal de padres pero ahora es lo que tenemos. Son tiempos difíciles. Esa misma noche estoy en casa de Arleth intentando pensar en que demonios hacer con la cocina. Es evidente que hace falta comida pero no podemos darnos el lujo de salir cada vez que se nos antoje. Hace poco hemos hecho varias excursiones a los alrededores intentando encontrar a un Ben que ya perdimos la esperanza de recuperar. - Eso puede alertar al gobierno. Pero tampoco podemos morirnos de hambre. - En eso, se escucha el grito de Coco amortiguado. - ¿Está bien? - Asumimos que se trata de alguno de esos episodios que suelen darle muy a menudo por primeriza y que son falsas alarmas, hasta que el grito se repite.

Ella reacciona primero que yo y sube las escaleras a gran velocidad, dos segundos después estoy detrás. Para cuando llego, ya la está acomodando sobre la cama porque al parecer, se ha puesto de parto. - ¿Quieres que traiga algo? - Mi pregunta en realidad era al principio una petición parecida a "deberías retenerlo ahí dentro, ahora mismo no tenemos lo que se dice recursos para una boca más", pero no me pareció una buena frase para soltarle en ese momento.
Echo R. Duane
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Arleth L. Ballard
Las últimas semanas han sido una locura. La desaparición de Benedict ha puesto a todos en alerta, yendo desde las medidas desesperadas por encontrar a un adolescente que ya podemos dar por perdido a aumentar nuestros sistemas de seguridad demasiado pobres al ser una comunidad clandestina. Los nuevos integrantes del catorce van desde Stephanie Black a una bebé que ha pasado a ser parte de mi cuidado en un principio, para luego quedarse con los más jóvenes, y por las noches no puedo hacer otra cosa que dormir con un ojo abierto temiendo que las cosas en las celdas se pongan complicadas. Si vamos al caso, la mitad de los presos se han querido bajar a Black en más de una ocasión, y yo no soy menos.... con solo pensar lo que su familia le ha hecho a la mía, no entiendo como no he llegado al punto de bajar para aniquilarla yo misma. Quizá es el hecho de que ahora no puedo actuar como una salvaje estando básicamente en un puesto de supuesta autoridad, y mucho menos, darle ese ejemplo a mis hijos.

Ya ha caído la noche, y la acostumbrada presencia de Echo en mi intento de cocina ya ni me molestaría si no fuese porque estamos hablando de lo mismo que hemos debatido los últimos días de diferentes maneras hasta llegar siempre al mismo camino sin salida. Estoy pellizcando mis sienes, tratando de pensar alguna respuesta a su sugerencia que ya no le haya dicho mil veces en diferentes tonos de voz, cuando el llamado de Coco me distrae de mis pensamientos y hace que me separe de la mesada donde me encuentro recargada - no lo sé... - los cuidados de la embarazada últimamente se han intensificado, especialmente porque ha entrado en esa última etapa de gestación donde las falsas alarmas son tan normales como la salida del sol, pero su nuevo llamado pone mis sentidos en alerta y salgo disparada hacia la cocina, oyendo como Echo viene detrás de mí.

Abro la puerta en un estruendo y logro encender la poca luz que tenemos, básicamente corriendo hacia ella y tiro de las mantas - ¿Has contado las contracciones? - pregunto de manera atropellada, tanteando las sábanas para encontrarme con lo que sospechaba. Sé que me ha bajado el color del rostro, pero de todas maneras me limpio contra una manta y me ato el cabello en una alta cola de caballo con rapidez, escuchando a Echo - toallas. He limpiado algunas, están en el baño. Y tijeras... lávalas.

Sé que las órdenes son la clase de cosas que nadie quiere escuchar en estos casos, pero en cuanto acabo con ello, tironeo para quitar las sábanas de la cama hasta que no hay ninguna sobre la chica para dificultar mi visión, y acabo poniendo un dedo cariñoso sobre sus labios - tienes que tranquilizarte, Coco, ¿si? Necesito que trabajes conmigo - explico con la mayor suavidad que soy capaz, tratando de que me mire a los ojos - tú estarás bien, el bebé estará bien. Pero te necesito aquí conmigo, ¿de acuerdo?

Le doy una palmada que pretende ser alentadora y cariñosa en una de sus piernas para que se acomode boca arriba, con las rodillas flexionadas y separadas, y paso por el molesto proceso de quitarle la ropa interior debajo del camisón, arrojándola a un lado - necesito que pujes cuando sientas las contracciones y luego descanses... ¡Echo! - ¿dónde diablos se ha metido?
Arleth L. Ballard
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Invitado
Invitado
Quiero responderle de alguna manera que he estado demasiado preocupada en llamarla como para contar cuanto tiempo transcurre entre uno de esos dolores horribles y el siguiente, pero ella ya ha empezado a darle órdenes a Echo mientras se pone en modo partera experta. Quiero decirle a Duane que no se marche, que necesito que se quede conmigo porque es lo más parecido a un amigo que tengo en éste lugar además de esas niñas adorables que me tocaban la barriga cuando tenían la oportunidad, pero no soy capaz. Solamente me quedo mirando hacia la puerta entre jadeos y muecas de dolor, sintiendo como mi cuerpo parece quebrarse y volverse a armar en pocos segundos de manera constante, hasta que me obligo a mirar los ojos enormes y claros de Arleth.

Entre sollozos, asiento una y otra vez a las cosas que me dice y trato de quitarme los pelos que se me meten en la cara y se pegan al repentino sudor que cubre mi frente, y obedezco acomodando mis piernas flexionadas tras ver como mi ropa interior desaparece de su lugar, lo que da a entender que ahora todo queda en que el bebé salga de una buena vez - tengo miedo... - consigo sollozar, ligeramente apoyada en mis codos para ver lo que sucede, aunque Arleth me reprende con amabilidad y se apresura a acomodar las almohadas en la cabecera de la cama para que me recargue allí. Obedezco como me es posible, escuchando su voz tratando de tranquilizarme al regresar a su posición, y mis dedos aprietan poco a poco la sábana que cubre el colchón.

Cuando nuevamente mi vientre se endurece, hago caso al consejo de Arleth y comienzo a empujar, haciendo un enorme esfuerzo en no chillar.
Anonymous
Echo R. Duane
Las ordenes son claras así que simplemente asiento y dejo a Arleth haciendo su trabajo. Primero voy por las toallas que están en el baño y luego busco las tijeras. No están en las cajoneras superiores, ni en las inferiores, ni en las de en medio, ni en el baño, ni en su cuarto, ni en el otro y cuando ya estoy a punto de patear a alguien porque las putas tijeras no aparecen, aparecen en el el cajón de la cubertería donde solo hay un par de tristes cucharas y un cuchillo que he ido robando de las pocas veces que hemos conseguido viajar a un distrito sin que nos pillen y haber vuelto con vida. Las lavo no recuerdo cuantas veces hasta que escucho mi nombre de nuevo. Supongo que lo que para mi han sido dos minutos, para ella ha sido toda una eternidad.

Me apresuro a subir las escaleras de nuevo y dejo las cosas a su alcance, con las tijeras encima de las toallas para evitar que se ensucien con nada. Una nueva contracción llega y la mano de Coco se eleva buscando la de una persona que ya no está y que debería estar aquí apoyándola. Inconscientemente atrapo su mano entre las mías. Aprieta fuertemente, pero no me quejo en ningún momento. - Supongo que esto no es una falsa alarma ¿no? - Ironizo por matar el tiempo arrodillado junto a Cordelia y con la vista fija en Arleth y su mirada de trabajo. Recuerdo esa expresión, es la misma que ponía cuando aún era una agente de la paz y no una enfermera. Inconscientemente una sonrisa asoma por mis labios pero solo unos momentos. - Eh, no pasa nada. Déjale salir. Esto te lo concedo - Bromeo. - Aunque espero que si vas a ponerle nombre, no le apellides Black; a alguien de las celdas no va a hacerle mucha gracia
Echo R. Duane
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Invitado
Invitado
Mis piernas parecen ser de juguete cuando Arleth coloca las toallas con cuidado para tener la zona de trabajo limpia, y sé que pregunto entre balbuceos que se me pierden por qué diablos necesita una tijera. Mi mano se balancea ante el dolor, sintiendo de inmediato como Echo la toma entre las suyas, que son enormes a comparación, y eso me vale mirarlo un instante; entre todas las personas que podrían tomar mi mano en un momento como éste, jamás habría pensado en él. Y sin embargo, aquí está.

De alguna manera, entre mis jadeos e intentos de respirar de manera adecuada entre contracción y contracción, la voz de Echo toma sentido en lo que me dice y por un momento se me escapa una débil sonrisa que vale por mera respuesta. Consigo ver como Arleth lo mira con el rostro vagamente fruncido, como si se atreviera a reprenderlo en un momento como éste, pero creo que todos sabemos aquí que la presencia de otro Black en el catorce no sería bienvenida por la susodicha de las celdas. A veces me he llegado a preguntar si ella se ha enterado de que estoy aquí... de ser así, lo único que ruego es que jamás haya oído sobre el embarazo. Este bebé no necesita más problemas de los que tuvo antes de nacer.

Una vez he leído que el dolor del parto equivale al mismo dolor de no se cuantos huesos rotos, y creo que ahora mismo me digo... que es incluso peor. En reacción a un espasmo de sufrimiento que siento que me desgarra las entrañas, me lanzo ligeramente hacia delante, sabiendo que le estoy estrujando los dedos a Echo entre el grito ronco que me hace doler la garganta. Arleth simplemente trata de tranquilizarme entre palabras de aliento que quiero mandar a la mierda, felicitaciones que no tienen ni un sentido, hasta que oigo que finalmente grita que, según ella, ya puede ver salir al bebé. El sudor se patina por mi rostro enrojecido y con los dientes apretados, vuelvo a estrujar los dedos de Echo - no se te ocurra soltarme, Duane...
Anonymous
Echo R. Duane
Hago un gesto de "está bien, ya paro" como respuesta silenciosa a esa mirada de Arleth intentando reprenderme sin decir ni una sola palabra. De todas maneras, la risa de Cordelia me deja claro que ha entendido mi chiste y que al menos, por esos dos micro segundos que sonrió, todo esto le pareció una nimiedad. Y recalco lo de los micro segundos. Una nueva contracción parece llegarle y por lo visto con más fuerza, porque esta vez su mano ejerce bastante presión contra la mía, suficiente como para que tenga ganas de quejarme, pero no voy a hacerlo. De vez en cuando afloja el apretón y puedo soltar un suspiro agradeciendo ese respiro que no se compara con el suyo en absoluto. Mientras observo su rostro me doy cuenta de que está chorreando a mares.

Me estiro para coger una prenda de ropa tirada por ahí que seguramente se le cayó y luego no pudo levantar con tripa y todo. - No me voy. Tu respira y encárgate de ese bebé. - No pienso parar de pensar, mientras limpio el sudor de su frente, que no soy yo quien debería estar haciendo esto, sosteniendo su mano o intentando animarla a continuar el camino por el infierno. Nunca supe si lo que tuvo con Orion fue real, con los Black nunca se sabe cuando algo es real a no ser que prestes excesiva atención a los detalles; pero éste sigue siendo su hijo y debería ser él quien aguantara todos esos apretones que la madre de su hijo le está dando a otro.

Sacudo la cabeza para despejarla y cambio de mano en el descanso que me da, porque si me vuelve a apretar la misma creo que voy a olvidar como disparar durante el tiempo que voy a quedarme con la mano inutilizada por los cientos de huesos que me está a punto de romper. Realmente no soy experto en partos, lo único que me está moviendo en ese instante es la seguridad con la que lo hace Arleth y el instinto. Si no fuera por la calma de la primera y la evidente práctica que tengo en la segunda, seguramente habría entrado en pánico hace diez minutos. De repente, escucho a Arleth diciendo que asoma, con una cierta voz mezclada entre alegría y nerviosismo y estoy al borde de asomarme a mirar yo también. Es el nuevo apretón de Coco lo que me mantiene en mi lugar mientras vuelve a empujar usando la mitad de la fuerza en destrozarme la otra mano. - Ya falta poco. Te prometo que después de ésto te daré vacaciones los próximos 2 años -
Echo R. Duane
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Invitado
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Ni siquiera sé exactamente cuando es que Echo consigue aquella prenda y comienza a limpiarme la frente, pero me gustaría dejarle bien en claro que se lo agradezco, tanto ese pequeño gesto como el quedarse; sé que nada lo obliga, y que probablemente otra persona se habría marchado dejando a Arleth sola con el trabajo, pero por alguna razón él se ha quedado. Es irónico, como si su antiguo trabajo de cuidar a los Black continuase hasta ahora por alguna broma estúpida del macabro destino. Me las arreglo para acomodar mi mano alrededor de la otra suya, supongo que dándole un descanso a sus pobres dedos, y simplemente, tratando de olvidar la parte tortuosa del asunto, me concentro en pujar.

Creo que han pasado siglos, y tengo esa maldita sensación de que el parto dura más de lo que tendría que durar, aunque probablemente es mi agonía la que hace eterno. ¿Es esto normal? ¿Por qué no recuerdo que dar a luz sea tan estremecedor? Sé que me brotan lágrimas involuntarias de los ojos por culpa de la fuerza y que en más de una ocasión, Arleth me ordena a quedarme donde me encuentro para que no me incline hacia delante por mero reflejo, cosa que llega a volverse casi imposible. Es como estar dentro de un sueño doloroso, cuando sabes que las imágenes pasan una tras otra sin tener una verdadera noción de lo que está ocurriendo, mientras eres víctima de un montón de acciones que salen de mi cuerpo de manera natural y por inercia.

La exclamación de Arleth pidiendo que es solo un poco más, sin embargo, la oigo a la perfección. Y esos últimos momentos me resultan desesperantes, notando un dolor punzante segundos antes de oírlo. Ese llanto. Agudo, chillón, extrañamente perfecto...

La voz de Arleth pide por las tijeras para cortar el cordón, y me obligo a dejar ir a Echo para que la ayude cuando me doy cuenta de que no tengo total control de mis manos. Mi cuerpo se cae rendido entre jadeos sobre la almohada, y tengo que parpadear varias veces con los ojos para tratar de enfocarlos, hasta que trato de estirar los brazos hacia ellos - ¿qué...? - creo que no me escuchan, mi vientre sigue ardiendo y sacudo repetidas veces la cabeza. Mi voz es solo un murmullo vago, con las palabras transformadas en sonidos agotados y casi suplicantes  - ¿es niño o niña?
Anonymous
Echo R. Duane
Necesito que esto termine porque voy a quedarme sin mano y sinceramente no es momento de quejarme. Más de una vez se notan los gestitos que hago mientras intento aguantar aquellos apretones de una mujer que no conocía tan fuerte hasta hace veinte o treinta minutos. ¿Cuanto tiempo llevo aquí? Sigo con mi labor, manteniendo su mano entre las mías, aguantando fuertemente sabiendo que no es ni la mitad del dolor que ella padece, y también limpiando los restos de sudor que salen de su frente y a veces, resbalan peligrosamente hacia sus ojos. Me gustaría ser de más ayuda, tener alguna especie de droga mágica que le facilitara todo esto. Pero en el catorce no tenemos nada, a duras penas ahora hay colchones, ropa para el invierno que se acerca peligrosamente y comida. Por suerte, gracias al bosque que nos rodea, comida no falta, aunque eches de menos algunas cosas que solo se consiguen en la ciudad de verdad.

Todo esto es una utopía, ni siquiera sé cuanto tiempo pasará antes de que Jamie descubra este lugar. Atrapando a Ben, ya al menos intuye donde estamos. ¿Sabrá que somos varios? ¿Sabrá que crecemos por momentos? Un nuevo apretón me saca de mis pensamientos y casi me hace soltar un improperio. Me apoyo sobre la cama mientras aguanto el dolor como buen macho ibérico que soy, pero esta vez es diferente. No solo está apretando mi mano sino además, me está enterrando las uñas. - Coco - Es la primera vez que se me escapa aquel absurdo apodo que dios sabe quien le puso. Igualmente mi voz es tan ahogada y entre sus gritos y luego las palabras de Arleth, pasa desapercibido. Mejor para mi hombría.

Y al final el bebé nace, pero no es Arleth la que me lo deja claro sino los llantos que vienen después. Cordelia suelta mi mano por fin y alargo las tijeras que se han caído sobre la cama mientras ella acaba su trabajo. Es tan rápida, tan metódica que... por un momento siento que pasa algo. Antes de darme cuenta, ha envuelto a esa cosa en una manta y por poco, me la ha lanzado a los brazos. Quiero preguntarle que pasa pero vuelve a su trabajo; la voz de Cordelia me llama y me giro para mostrarle a su bebe. - Niño. ¿Haz pensado como ponerle? -
Echo R. Duane
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Invitado
Invitado
Durante un momento, olvido por completo el dolor que mantiene a mi cuerpo en alerta, sintiendo mis piernas comenzando a aflojarse y apenas soy capaz de distinguir la sonrisa que hace que mis labios se curven de lado. La bola llorona y rosa envuelta en las mantas viejas parece venir desde otro mundo, uno con individuos muy pequeños, de manos arrugadas y nariz de poroto. Por alguna razón no deja de llorar, hasta que tras arreglármelas con un par de gestos débiles, consigo que esté lo suficientemente cerca como para que su manita de anciano se cierre alrededor de mi pulgar. Es en ese momento, en el cual su llanto se transforma en pequeños sollozos, que el resto del mundo ya no me importa. Ni siquiera me interesa que el país entero podría temblar con saber que ha nacido un niño con la sangre de los Black. Tampoco me interesa el sudor de mi piel que parece no querer marcharse. Solo me importa él.

- Kendrick... - digo casi sin pensar, en un balbuceo que incluso llega a sonar seguro, parpadeando para que las lágrimas se aparten de mis ojos. Por alguna razón, noto como Arleth sigue trabajando, pero paso de ella para acariciando suavemente su piel llena de porquería, esa que por algún motivo ahora mismo no me da tanta impresión - él estará bien, ¿verdad, Echo? - susurro, sabiendo que él puede escucharme a pesar de no mirarlo - no dejaremos que le pase nada malo... - apenas soy consciente de que mi voz se va apagando, y tengo que esforzarme en enfocar a mi hijo, cuando siento una suave palmada y creo ver una cabellera rubia. Los ojos asustados de Arleth me llaman y me piden que quede con ella, que la escuche, que haga mil cosas que no entiendo porque me aturden. ¿Por qué mi cuerpo parece tan pesado y débil? ¿Por qué ese dolor no me deja tranquila? Ya tendría que haber terminado... tendría que haberme dejado en paz de una buena vez.

De alguna manera mi cerebro ya sabe lo que está sucediendo, y las lágrimas que antes eran de agonía y luego de emoción, se han ido transformando en algo que no logro descifrar del todo. Kendrick Black vuelve a llorar, y quiero decirle que se tranquilice porque mamá está aquí, porque mamá lo ama, que nadie va a lastirmarlo porque yo voy a cuidarlo, y estoy segura de que esas palabras salen de mi boca pero que apenas se escuchan por encima de los ruegos y trabajos de la enfermera. Lo que sea que vaya mal, no se lleva mi atención como el llanto del niño que tengo enfrente, que parece ignorar todo lo que le estoy diciendo, como si él también supiera que me está perdiendo... pero mi hijo no puede perderme, no puede quedarse solo en este lugar...

- Él tiene que estar a salvo, Echo... - ni siquiera sé como soy capaz de abrir la boca de nuevo, de un modo más firme a pesar de que mi garganta no quiera ayudarme. Cada vez que hablo siento que se me escapa el aire, y cuando la visión se me nubla nuevamente, la habitación se ha vuelto un montón de colores que no entiendo mientras Arleth sigue hablando y el bebé sigue llorando - Por favor, Kendrick...

Pero nadie se entera lo siguiente que voy a decir. Para cuando mi mano suelta la de mi hijo recién nacido y rebota sobre el colchón, se me escapa un último suspiro,  dejando que el dolor se marche de mi cuerpo y, finalmente, se lleve todo mi conocimiento...
Anonymous
Arleth L. Ballard
Luego del retorno de Echo con las cosas que le he pedido, el parto transcurre de una manera demasiado lenta y, a la vez, en exceso acelerada, como si cada segundo fuese vital y eterno pero que no llegase a ser suficiente. Las pocas palabras que salen de mi boca se limitan a intentos de aliento e instrucciones vagas que de alguna manera, supongo que ella ya lo sabe, y trato de ignorar los comentarios de mi compañero hasta que, en algúna ocasión, le vale que quiera cortarle la lengua. Lo que suceda con Stephanie Black en éste momento no importa, ni siquiera cuando el que está naciendo es básicamente su sobrino.

Luego de que se asome la cabeza del pequeño, el resto parece venir por si solo entre los quejidos de la madre y la sangre que tiñe poco a poco las toallas y las mantas. No puedo dejar de decirle que tiene que aguantar solo un poco más, cuando sé el sufrimiento sin anestesia ni verdadero tratamiento que está soportando, hasta que finalmente mis brazos atajan a un pequeño y lloroso niño. Exijo por las tijeras, y no me demoro tanto en cortar y anudar el cordón como en los viejos tiempos, y mis manos temblorosas y ensangrentadas lo envuelven en una de las mantas y se lo paso de manera precipitada a Echo. Y aquí viene el problema que me estaba temiendo.

En los viejos tiempos, esto era normal en los partos. No existían técnicas adecuadas ni medicina moderna, y las situaciones se parecían mucho más a el caso de Cornelia Collingwood. Ella parece demasiado absorta en su niño como para preocuparse en el modo en el cual comienzo a examinarla, notando como el sangrado no se detiene y su cuerpo parece todavía temblar ante el obvio dolor que la debe estar consumiendo, pero del cual ya no se queja. ¿Por qué no se queja?

- ¡Coco! - me lanzo contra ella y ni siquiera me preocupo en tener las manos sucias, y tomo su mentón tratando de que me mire - Linda, quiero que te quedes con nosotros, ¿sí? Quédate con tu hijo... ¡Ayúdame, Echo! - sé que la histeria es más de la que él se merece pero es que ambos sabemos que no hay nada que yo pueda hacer. No he logrado encontrar herida externa, lo que me indica que algo se ha desgarrado en su interior y la hemorragia es más que suficiente como para que no sobreviva. Me separo de ella, vuelvo a examinarla entre murmullos para mí misma como si mis mil planes sirvieran de algo, y tengo que rogarle, aunque sé que ella no puede hacer nada, para que no se me vaya. Para cuando su mano cae sin vida, todavía sigo llamándola, hasta que finalmente, mi corazón estrujado acepta lo que mis ojos me están mostrando.

El bebé de los Black sigue llorando mientras observo al cuerpo apagado de su madre, hundido entre las almohadas y mantas repletas de sangre a la poca luz, y los ojos de la joven se han entornado hasta el punto en el cual parece que se ha quedado entre el sueño y la vigía. Mi respiración se encuentra pesada, y lentamente, tomo una de las toallas para limpiarme con cuidado las manos, sin saber por donde empezar. Tengo la cabeza llena de cosas, tratando de comprender lo que acaba de ocurrir y al mismo tiempo, buscando una solución. Para cuando me quiero dar cuenta, me he volteado para que Echo no pueda verme limpiarme unas pequeñas lágrimas que no deberían haber salido.

El silencio crea un ambiente tenso que solamente lo rompe el pequeño Kendrick, como si supiera que su madre ha fallecido aunque probablemente es solamente que tiene frío por haber estado dentro del vientre tan cómodo durante tanto tiempo, y acabo arrojando la toalla a un lado - ¿qué haremos con él, Echo? - acabo preguntando con voz ahogada, traicionando mi postura.
Arleth L. Ballard
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Echo R. Duane
Definitivamente pasa algo y el problema es que no puedo hacer nada para ayudar. Arleth sigue trabajando con Cordelia e intento prestar atención a ambas rubias de la misma manera, a la primera que desesperada está haciendo dios sabe que; y a la segunda que acaba de ser mamá. Dejo a su hijo en sus brazos que tengo que ayudarle a acomodar porque no parece tener fuerza para sostenerlo sola. Noto aquel simple gesto que hace contra el bebé y me río cuando susurra su nombre. - Que nombre más horrible - Bromeo. Yo no soy precisamente quien para hablar de nombres horribles. - No le pasara nada, Cordelia. Van a tener que atropellar a todo el 14, a ti y a mi antes de poder ponerle las manos encima - Dejo mis manos sobre sus brazos para ayudarla a sostener a su propio hijo mientras la vida se le escapa de las manos. Lo sé, reconozco esa mirada en Arleth, esa desesperación y también ese desvanecimiento en los ojos de Cordelia que he visto muchas veces en los ojos de las personas que asesiné en el pasado.

Me limito a quedarme ahí incluso cuando Arleth cae en la desesperación, porque aunque yo no sea médico y no sepa que diablos intenta hacer para salvarla, sé que no puede salvarla y también la conozco lo suficiente como para saber que no se lo perdonará. Al final, la luz se apaga del todo y los brazos se aflojan. Aún así, el bebé se queda sobre sus pecho llorando, seguramente por una madre que ahora nunca tendrá. Suelto un suspiro y permanezco en silencio durante un rato, ese breve y fugaz minuto de silencio en respeto por los muertos. Doy un par de pasos hacia la voz quebrada de Arleth que delata lo mucho que le afecta todo esto y enredo los dedos de su mano derecha entre los míos. - No fue tu culpa - Murmuro cerca de su oído. Tengo que decírselo, aunque no me crea y aunque eso no arregle nada. - Cuidar de él. Nadie puede saber que es un Black, así que nadie fuera de aquí puede saber nada sobre ella. - Y me refiero a los nuevos. Entre ellos hay personas que sirvieron a Stephanie en su momento, sea cual fuera el motivo (voluntario o no) y estoy seguro de que si se entera de esto no le va a hacer ninguna gracia; además corremos un riesgo aún mayor si la información sale del 14. - Le diremos al resto que guarde silencio, y cambiaremos la versión de la historia. Nos lo encontramos abandonado. Nadie siente interés por un niño abandonado.
Echo R. Duane
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Arleth L. Ballard
Por un momento llego a envidiar de manera profunda la tranquilidad con la que Echo reacciona, probablemente porque ha visto a cientos de personas morir igual que lo he hecho yo, pero en éstos casos, cuando tratas de salvar a la persona y no deseas que muera en tus manos, es muy diferente al hecho de apuntar con un arma y disparar. Y en nuestra situación actual, cuando somos pocos y cada vida vale oro, perder a alguien que hasta hace pocos meses era una extraña para mí simplemente empeora las cosas. ¿Ese niño crecería como mis hijos? Para él será peor... Cale y Ava llegaron a conocer a su padre, aunque apenas lo recuerden. Kendrick ni siquiera tendrá permitido saber de donde salieron sus progenitores. Ni por qué su cabeza debería ser una de las que lleven el mayor precio por el gobierno desde ahora.

Entrelazo mis dedos cuidadosamente con los de mi amigo y niego lentamente con la cabeza, sabiendo que tiene razón, que no tenemos otra opción, y acabo apretando su mano de manera cariñosa, y en parte afirmando sus palabras - estoy segura de que deben haber cientos de niños huérfanos en estos días  - me limito a opinar, soltando su mano para girarme y observar como el bebé sigue lloriqueando, sobre el cuerpo de una madre que ya no podrá brindarle calor - si Jamie se entera que el único nieto de James Black está aquí... - no puedo ni imaginarlo. Y tampoco quiero imaginarlo. Me acerco al niño y lo tomo con cuidado entre mis brazos, acomodando las mantas a su alrededor para que el frío de la noche no lo moleste mientras trato de limpiarle la mugre - hay que lavarlo y conseguir leche. Creo que hay vieja ropa y biberones en algún sitio de éste pueblucho - mejor ni me pongo a pensar en los pañales y en todas las botellas que tendré que hervir para que no se termine intoxicando - ¿crees que puedes organizar una pequeña búsqueda? Si no lo alimentamos como se debe... - es obvio que terminará como sus padres, y no puedo permitirme que eso suceda.

Observo a Cordelia y su cuerpo sin vida, que si no fuese por la sangre parecería estar dormida, y como no puedo soportarlo un minuto más me las arreglo para acomodar al bebé en mi brazo y poder cubrirla con las mantas - no quiero que Ava la vea - explico en un susurro - deberíamos enterrarla al amanecer. Le pediré a Cale que ayude a cavar.

Sin mucho más que decir, le entrego el bebé a Echo, notando lo pequeño que parece entre sus brazos, y le sonrío de forma forzada, notando como el crío comienza a calmarse, chupándose el dorso de la manito arrugada - lo harás bien. Estoy segura de que ella lo sabría - digo simplemente. Sin más, me pongo a ordenar las toallas sucias para poder ponerme a lavar, y fingir por un momento, que nada de ésto ha pasado. Que no he perdido a una compañera, que no he fallado en mi trabajo y, que por sobre todo, no tengo una bomba de tiempo que llora y babea a punto de estallar bajo mi techo.
Arleth L. Ballard
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