The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Gigi apenas mueve la cola mientras observa de forma vaga las figuras que hago con la luz de la linterna, porque ahora que los demás duermen, es mi único entretenimiento disponible. He dejado que mi abuelo y Amelie descansaran antes que yo, que soy el más joven y, por lo tanto, el que menos se cansa, así que son las tres de la mañana (o eso dice el gastado reloj que decora la esquina) y me encuentro completamente solo y aburrido. Han sido unos días complicados, especialmente porque esta casa estaba acomodada para esconder a una sola persona y no a tres, y mi pobre abuelo se vio obligado a modificar su forma de vida con nosotros dando vueltas alrededor; no se queja y estoy casi seguro de que lo disfruta, pero tiene que admitir que era más fácil cuando la comida y las mantas eran solo para él.

Mis ojos cansados van hacia Amelie, cuya cabellera colorada se encuentra totalmente revuelta en el rincón donde se hizo una bolita para dormir. No se lo digo, pero sé que ella sabe lo mucho que extraño cuando teníamos nuestra propia casa y pasábamos horas jugando a las cartas sin siquiera hablar demasiado; sí, incluso he llegado a añorar eso, porque cualquier cosa que hayamos vivido, con o sin malas consecuencias, era mejor que nuestra actual situación. Estoy por moverme hacia ella para acomodarme a su lado cuando Gigi se pone de pie, alerta, y yo la miro para seguir el camino de su vista hacia la puerta del sótano - ¿ves algo? - susurro para no despertar a los demás, y mi mascota se lanza escaleras arriba. Tanteo hasta encontrar un cuchillo y el manto de invisibilidad, el cual me lo pongo sobre la cabeza para que cubra todo mi cuerpo, y la sigo, dejando la linterna atrás. Abrir la puerta en silencio en medio de la noche es toda una hazaña, en especial cuando tengo a Gigi tratando de empujarme para pasar primero, pero al final ambos nos colamos en la sala mientras logro oír claramente los ligeros sonidos desde la cocina. ¿Estarán buscando fugitivos? ¿O alguien creyó que la casa estaba vacía?

Me asomo por la puerta, respirando lentamente para que no puedan oírme, y trato de divisar lo que está pasando en medio de la luz de la luna. Al final, consigo ver una cabellera larga y rubia, y unas manos delgadas y paliduchas revuelven todo lo que encuentran a su paso. Frunzo el ceño. ¿Quién es esta intrusa que anda metiendo sus narices mugrosas en la casa de mi familia? Entro a la cocina, agradeciendo que mis zapatillas no hagan demasiado ruido, y abuso de la capa de invisibilidad para acercarme a ella; me detengo a su lado y logro ver su rostro, que sigue iluminado por la luz que pasa a través de mí. La persona que tengo delante debe tener mi edad, o al menos se encuentra muy aproximada, y obviamente está casi tan descuidada como yo. ¿Hace cuanto tiempo no tengo tan cerca a una persona que no sea Amelie o mi abuelo? ¿Hace cuanto que no hablo con alguien de mi edad? Su pelo rubio me recuerda a Sophia, y tengo que morderme los labios para no dejar salir un gemido de angustia. ¿Así se verá ella por las noches cuando anda robando cosas que nunca fueron suyas, solamente porque la situación la está obligando a hacerlo? Sé que siempre cabe la posibilidad de que ella en realidad haya sido capturada, o asesinada, o vaya a saber qué, pero no me gusta pensar en ello. En mi mente, Sophia está viva, y está luchando.

No me doy cuenta cuando mi mano se ha estirado levemente hacia la chica, aunque no llego a tocarle el hombro. Casi siento que debería hacerlo; ella no me verá y creerá que es cosa de su imaginación. Como sea, antes de que pueda siquiera convencerme de que es una pésima idea, Gigi entra corriendo a la cocina y se lanza sobre ella con un ladrido, dispuesta a lamerle la mejilla y moviendo el rabo - ¡GIGI, NO! - se me escapa, tratando de detenerla. Mis brazos se mueven con torpeza bajo el manto pero logro agarrarla, y su peso y efusión hacen que me caiga de culo al suelo y mi espalda choca contra la pared; para mi horror y desgracia, noto como su cuerpo queda sobre el mío y tira de la capa, dejando al descubierto mi cabeza flotante en medio de la oscuridad con una expresión de confusión absoluta.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Ya es la cuarta vez que los agentes de la paz, aurores, o gatos con sombrero como diablos quieran llamarse, me llevan al mercado de esclavos. Siempre son la misma panda de novatos idiotas que no viven aquí y que llegan trasladados de otros sitios, por lo que me crean la molestia de tener que aruñarles, y morderles, y gritarles que yo no soy una muggle y no pueden tratarme como tal. Por suerte, el jefe del mercado ya está más que convencido de que yo soy una squib, que no puede hacer magia pero sí ve las cosas mágicas; así que en cuanto me traen, me zarandea para que deje de meterme en líos (motivos por los que me arrestan) y y me echa a patadas de su local porque se lo estoy ensuciando. - Pues ni que fuera el Oh que local más grande y genial - Ironizo mis palabras mientras salgo furibunda de allí, queriendo pegarle una patada en la entrepierna al imbécil que me trajo esta vez.

Encima había conseguido robar al señor Weber sus malditas manzanas, que ahora parece que me juego la vida en cada intento porque se ha puesto muy quisquilloso y dispara incluso sin mirar y sin lanzar previamente tiros de advertencia, ¡Y LAS HE PERDIDO TODAS POR ESE IDIOTA! Ahora estoy hambrienta, y mucho. No como al menos desde ayer en la mañana, y encima tengo el pelo hecho un desastre. Antes de darme cuenta estoy llorando mientras camino, enfada con el auror, enfadada con la gente, enfadada con el mundo, y enfadada conmigo por ser tan enclenque. Como ya cae la noche, decido que me voy a mi lugar habitual a dormir, así que me tiro bajo el árbol en la zona más alejada del parque y espero que que el sueño palié el hambre, al menos hasta mañana.

No lo hace. De madrugada me duele tanto el estómago que me despierto. Paso las pocas horas que conseguí dormir, en una especie de duermevela, además empieza a refrescar, pronto acabará el verano y mi refugio al aire libre no será muy cómodo. Quizá muera congelada en el invierno. Me pongo en pie y sacudo mi ropa, como si eso fuera a quitarle el polvo que llevo encima; y voy hacia la zona residencial. Me cuelo en los patios traseros de varias casas antes de intentar colarme en una que al menos no huele tan mal como las demás, cuya comida abandonada de hace seis meses seguramente se ha podrido. Abro las estanterías sin hacer ruido, o sin intentar hacer ruido porque hay un momento en el que un paquete de pasta cerrado me cae en la cabeza y me da un golpe que me tira para atrás.

Me llevo las manos al sitio del golpe por inercia, ahogando un quejido, cuando una perra sale de la nada. La perra no es precisamente lo que me asusta, es el grito de alguien. DE ALGUIEN! - ¡Un perro que habla! - Grito pero no grito, porque sé que es tarde, que no quiero que los aurores vengan de nuevo a mandarme a un mercado al que no pertenezco, o algún vecino idiota venga a meterme una paliza porque esta es su casa y yo no debería meterme en ella sin preguntar. Entonces, de la nada la perra cae sobre algo, o más bien alguien, y mi corazón se detiene un momento. En medio de la oscuridad no puedo ver bien, pero la luz de la luna se cuela por las ventanas e ilumina directamente la cabeza del desconocido. Repentinamente, estoy atacada de los nervios. Nunca había visto algo como eso. - Seeh esese... esnsk - Balbuceo en lo que parece un idioma inexistente, señalándolo con mi dedo índice cuando consigo fuerzas para hacerlo. - UNA CABEZA - Esta vez grito pero con la voz ahogada, por lo que en realidad sólo nos escuchamos nosotros y la perra. Irracionalmente agarro una de las sartenes deperdigadas en el mezón y la uso como arma para apuntarle. - Q-que di-di-demonios eres tú v-voy arm-mada y-y es-estoy muy loca! - Ni siquiera sé porqué le digo una frase que escuché hace mucho tiempo en una de las películas que podía permitirme ver cuando vivían mis padres; intentaba sonar amenazante pero tartamudeando pierdo mucho nivel de amenaza en cosa de segundos.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
En algún punto del forcejeo y la caída, sé que escucho el cuchillo chocar contra el suelo, pero en este momento más que estar desarmado me preocupa más el haber sido descubierto. Me quejo reiteradas veces, tratando de empujar a Gigi, pero ella se enroscó con la capa y ambos somos un montón de pelo, patas, brazos y tela invisible que se remueve de un lado a otro. Sé que la chica nos ha visto, que algo dijo y que yo no la estoy escuchando, pero cuando por fin mi mascota se me sale de encima y puedo moverme para intentar levantarme, quedo medio sentado y medio parado viendo como una de las sartenes de mi abuelo está lista para estrellarse contra mi cabeza. Por mero impulso levanto ambas manos en señal de paz, de una manera estúpida porque no puede verme más que la cara y parte del cuello, y hago una mueca - ¡espera! No soy una cabeza... lo prometo. No... no hagas nada  - intento hablar en murmullos tranquilizadores y muevo mi brazo lentamente para empezar a bajar con cuidado la capa - ¿lo ves? Soy solo yo. Ya... por favor, mi abuela amaba esas sartenes...

Sé que decir "soy solo yo" luego de demostrar que estabas oculto en la oscuridad bajo un manto de invisibilidad no son las cosas que se suelen decir cuando conoces a alguien, pero no voy a ponerme a dar explicaciones a una intrusa. Gigi le olfatea los pies, moviendo la cola tan rápido que parece que va a salir volando como un helicóptero,  así que le chiflo y ella se aparta, escondiéndose detrás de mí mientras me quito por completo la capa. La sostengo hecha una bola en mi mano mientras levanto ambas, enseñándole que no estoy armado. Bueno, en realidad lo estaba, pero no tengo idea de donde ha quedado mi penoso intento de arma.

- ¿Qué haces aquí? - le espeto, poniendo una cara que indica claramente que se está metiendo en propiedad privada, o eso se supone que es aunque oficialmente ya nadie vive en esta casa - Mira... no es como que nos sobre la comida y por tu pinta, no pareces ser de esas personas que hoy en día lo tienen fácil, ¿me equivoco? - de alguna forma sé que no lo hago, y Gigi parece remarcar mis palabras ladeando su cabezota. Lentamente, bajo mis manos y doy un paso hacia ella para intentar quitarle la sartén de forma amable, aunque con los músculos tensos por si intenta darme un sopapo con ella - si te vas y no le dices a nadie que me viste, yo no le diré a nadie que te vi a ti. ¿Hecho?
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Todo es un manojo de miembros invisibles y visibles e invisibles nuevamente y yo aprieto más fuerte el mango de la sartén, como si eso fuera a valer de algo. Nunca llevé un arma porque nunca me hizo falta, excepto por el cuchillo que me quitaron la primera vez que acabé en el mercado porque según la nueva constitución está prohibido que yo tenga uno. Al final todo se aclara, porque empiezo a ver que a ratos, partes del perro también son invisibles; o perra... ¿No la acaba de llamar Gigi? - ¿Que clase de nombre es Gigi? - Escupo con fastidio y sólo porque todavía estoy asustada. No, miento, estoy histérica. Es la primera vez que veo algo que es invisible y luego no lo es, así que lo primero que descarté fue que fuese un fantasma. Los fantasmas son invisibles y un poco así como flotantes; él no tiene pinta de ninguna de esas dos cosas.

Cuando se acercan a mi un poco mientras se desenredan estoy tentada arrearle con la sartén, pero al final la perra me desconcierta cuando olfatea mis pies y no soy tan mala ni tampoco estoy tan asustada como para pegarle a ella. - ¿Y quien es sólo tú? - Pregunto a la defensiva como respuesta a su pregunta de qué hago aquí. No pienso contestarle a un pervertido desconocido, invisible primero y luego no invisible. Maldito bipolar. Me hizo parecer loca un rato. - Aléjate. Aléjate o te juro que estampo estro contra tu ca... - Mi voz es de clara advertencia, pero interrumpo la frase cuando se acerca suficiente como para que la luz de la ventana le ilumine la cara. Mi expresión cambia de repente. Y mis nervios se difuminan por completo. - ¿Benedict Franco? - Es el tercer vencedor que me encuentro desde que estalló la guerra; nadie me creería si les dijera que tengo más suerte en la guerra que la que he tenido toda mi vida.

Hace unos seis meses, conocer a tres vencedores era un sueño muy costoso que nunca fue para mi; y ahora sería la envidia de todas mis amigas si tuviera todavía. - ¡Que fuerte! Me ha estado espiando el mismísimo Beneditc Franco. Quien diría que tu también eras un pervertidillo - Mi voz es un susurro, pero también una octava más aguda. De repente, ya todas sus palabras serias y tratos para que me vaya sin decir nada, me dan igual, excepto el último. - No quiero irme. - Bajo la sartén y la dejo en su lugar con cuidado, porque si presté atención a esa parte sobre que eran de su abuela, y seguramente les tiene el mismo cariño que yo al último vestido que conservo mío y que me regalaron mis padres. Una vez vuelve a estar en mi lugar, me acomodo mis gafas desgastadas sobre la nariz y me pongo en modo negocios. - No le diré a nadie que te vi, si me das un beso - Y como asumo que no se va a negar, le dejo puestos mis morritos.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Quiero decirle que soy "solo yo y no te importa una mierda mi nombre", además de que me gustaría encontrar el modo de reprocharle que se ha burlado del que le he puesto a Gigi, cuando la prueba de que me ha reconocido sale de sus labios y me deja congelado en mi sitio como si me hubiesen echado un balde de cubitos de hielo - no, no soy yo - me apresuro a decir en un modo balbuceante, para después querer golpearme a mí mismo - digo, no soy él... - intento tirarme el cabello, que ya es una maraña asquerosa y larga, hacia delante, pero sé que de nada va a servir porque mi cara estuvo durante mucho tiempo en todos lados. Y sé que aunque he cambiado desde que gané los juegos, aún hay fotos mías entre los vencedores más buscados que lograron sobrevivir al ataque de la isla. De todas formas mis intentos de fingir una identidad falsa se van a la mierda cuando me trata de pervertido.

- ¡No te estaba espiando! - me defiendo, poniendo un pie hacia atrás en una clásica pose de ofensa, levantando un poco el mentón y mirándola de pies a cabeza más de una vez - Bueno, no así. Es que...¡estás en mi cocina! - técnicamente no es mía, pero creo que se entiende el punto. Cuando dice que no quiere irse bufo, haciendo que el pelo que me había tirado sobre la cara se levante unos centímetros, y mis hombros se caen con pesadez en un obvio gesto de frustración. ¿Por qué las chicas están tan locas? Estoy por buscar alguna respuesta lo suficientemente mordaz como parecer amenazante, cuando me pide un beso y deja puesta la boquita en espera de uno, de esa forma que me recuerda al cuento de la princesa y el sapo. Me cachetea el desconcierto y me quedo como un idiota mirando su boca, primero porque me resulta totalmente extraño y segundo, porque nunca una chica quiso sobornarme con besos. La dejo esperando por su recompensa porque miro a Gigi completamente confundido, y ella me devuelve la mirada como si tampoco entendiese nada y, con un sonidito del fondo de su garganta, se da vuelta y se marcha de la cocina con pasos lentos, casi dándose por vencida con la locura de la extraña. A veces es de gran ayuda...

Carraspeo y pico los labios de la rubia para que los eche hacia atrás - ¿y qué me asegura que con eso va a bastar para que te quedes callada? - le pregunto, arrugando el ceño - te haría más peligrosa... ¡tendrías mi adn en tu boca! - sé que es una estupidez, pero lo he visto en la tele o algo así, y hasta suena a una excusa creíble. La miro fijamente y luego la apunto con un dedo amenazador - un beso en la mejilla y ese es el trato. Nada de bocas  y te quedas calladita y... ¿cómo diablos te metiste aquí? - hasta donde sé estaba bastante cerrada, aunque ahora el temor me invade y me hace mirar hacia todos lados. Es también una buena excusa para evitar que Amelie o mi abuelo me encuentren besando a una chica. Especialmente Amy.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Sus líos de personalidad me dejan confundida un rato, porque primero dice que no es él, luego que si es él, y luego ya no sé si es que quiere ser yo o que pasó ahí. Estoy por preguntarle si le pasa algo pero me quedo con las palabras en la boca, porque me interrumpe con su grito a la defensiva. - ¡Pues lo parecía! - Arremedo su tono e incluso añado un gesto irritado que consiste en golpear el suelo con mi pie, acompañando el movimiento con mis manos cerradas en puños. Sin embargo, mi actitud cambia por completo cuando dice que esta es su cocina. Y solo puedo pensar un "oh dios mio, estoy pisando el suelo que pisaba Benedict Franco". Fangirleo un rato dando vueltas por la cocina y acariciando objetos al azar porque seguro que él los tocó también, hasta que soy consciente de que tengo al de verdad delante. Le hacía más bajito, porque parecía más bajito por la tele, pero lo cierto es que casi me saca 2 centímetros, al menos.

Espero mi beso todo el tiempo, hasta que golpea mis labios. Entonces me retiro decepcionada. - Mi palabra vale más que la tuya. El que andaba aquí fingiendo ser invisible para pillarme desnuda, no era yo. - Lo pico mientras me tapo los pechos, como si así fingiera que me da vergüenza que me los mire e indignada porque se haya atrevido a dudar de lo único que me queda, mi palabra.

Después menciona el ADN, que me deja confundida porque es un término que no conocía hasta que lo menciona. ¿Cómo puedo coger su ADN? ¿En serio con un beso? ¿Con eso no se hacían los bebés? Espera, sí que me sonaba, de la clase de biología. Desvarío un momento yo sola sobre esa conversación que casi tuve con mis padres una vez pero que dejaron para otro momento porque no sabían como seguirla, y donde metieron un montón de nombres raros de músculos y cosas del cuerpo. El ADN entre ellos. Intento recordar como era exactamente que iba eso, hasta que dice lo del beso en la mejilla. Me saca de mis pensamientos y le observo. En algún momento me he cruzado los brazos sobre el pecho, y adoptado una pose pensativa.

Me lo pienso detenidamente, y una sonrisa asoma en mis labios. - Vale. Un beso en la mejilla, y me quedo calladita. - No puedo evitar dar ligeros saltitos, que apenas se notan como temblores del cuerpo, escuchando su pregunta. - ¡Ah! eso. Ha sido super complicado, he intentado entrar por la puerta perooo como estaba cerrada. - Señalo la ventana rota de su espalda. - Suena soso cuando lo digo yo. Pero fue complicado. Menos mal que he bajado de peso, porque sino no quepo - Me levanto la camisa sin pudor alguno, aunque antes de que se vea mi sujetador y contoneo de lado a lado mis caderas donde se notan ligeramente mis costillas y además, que el short que llevo, algo holgado.

Vuelvo mi ropa a su lugar y me pongo seria, doy un par de golpes con mi dedo indice sobre la piel de mi mejilla y giro la cara. - Te toca. Y La primera pregunta era gratis, pero el resto te las cobraré. - Canturreo la última palabra de forma juguetona, esperando a que esté suficientemente cerca de mi para girar mi cara, y posar sus labios sobre los míos. No es el primer chico que cae con ese truco, y no será el último.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Su decepción me provoca cierta satisfacción, lo que deja que una sonrisa torcida y burlona se pinte en las comisuras de mis labios: igual me dura dos segundos porque lo que dice a continuación me hace poner una mueca de asco - ¡¿cómo esperaría encontrarte desnuda en una cocina?! - ella se cubre los pechos, lo que me hace fijarme en ellos lo más disimuladamente que puedo, y me reprimo a decirle que ni siquiera tiene tanto como para que me interese mirar... hasta Amelie tiene más, pero claro que me quedo callado. Seguro Seth diría que comparar el tamaño de los pechos de una chica con los de otra en voz alta es de mala educación.

Asiento cuando acepta mi beso en la mejilla, pero lo que explica a continuación borra todo el asunto de mi mente. Me giro justo para ver la ventana rota y sé que el espanto se apoderó de mi cara, porque no tengo idea de como me las arreglo para no dejar salir una palabrota mezclada con angustia - el abuelo no va a estar muy contento... - alcanzo a decir con voz ahogada, sintiendo como algo se me desinfla en el estómago - vamos a tener que taparlo con algo o algo así - es obvio que si una patrulla chequea este sitio dos veces y un día está intacto y al otro está roto, sospecharán de algo. Y dudo mucho que la capa sirva para ocultar a tres personas y un perro, sin contar a la intrusa, que tiene pinta de que no me la voy a sacar de encima facilmente. Para cuando me volteo otra vez, se está levantando la remera y por un segundo tengo el impulso de cubrirme los ojos, aunque no lo hago cuando me doy cuenta de que no me quiere mostrar el sostén, sino lo enorme que le queda la ropa - deberías conseguir un cinturón - digo simplemente, metiendo las manos en mis bolsillos y pasando mi peso de un pie al otro como siempre hago cuando no sé qué hacer o decir. Y este es uno de esos casos, porque rápidamente me pone la mejilla para que cumpla mi parte del trato.

Tomo una bocanada de aire y lo dejo salir despacito, preguntándome qué diría Zyanelle si me viera ahora. Probablemente se enojaría conmigo, pero hace tanto tiempo que no la veo ni sé de ella que casi siento que nuestra relación ya no es válida. De todas formas, una punzada de culpa me picotea el pecho, y no puedo evitar sentir cierta añorancia hacia los tiempos en los cuales ella me tomaba la mano y me daba besos con gusto a helado de chocolate - no tengo nada para pagar por preguntas - digo de mala gana, rodando un poco los ojos. Vacilo un poco, balanceando mi cabeza de atrás hacia delante, hasta que me inclino para dejar un beso en su mejilla; entonces su piel no está donde debería estar y noto como nuestros labios chocan de un modo torpe y algo precipitado, lo que hace que mis hombros se encojan por la repentina sorpresa y mis manos se elevan por los aires hasta que logran ponerse en sus hombros para apartarla - ¡qué haces! - me quejo, haciendo muequitas como si nunca hubiese besado a una chica y arrugando la nariz; doy un paso hacia atrás y me paso el dorso de la mano por la boca, tratando de limpiarla aunque sé que no ha sido gran cosa - eso es trampa. ¿Siempre juegas así de sucio?

Le doy la espalda y voy hacia la pared, desenvolviendo la capa que estaba hecha una pelota en mi mano derecha, y suspiro - bien, ya tienes el beso que tanto querías... ¿te quedarás callada? No pidas que enc...- me quedo callado a mitad de la frase cuando me parece oír voces a la lejanía, y trato de reconocerlas mientras alzo mi mano libre para que se quede callada. Tras un momento, me doy cuenta de que son voces masculinas que se acercan por la calle principal, alumbrando todo con linternas mientras sus palabras retumban en la noche. Por lo poco que soy capaz de escuchar, están diciendo algo sobre "quejas", "ruidos" y "residencia 512"; me demoro un poco en conectar ideas y la miro con los ojos bien abiertos - ¿cuanto ruido hiciste al romper esa ventana? - le acuso, aunque el timbre de mi voz suena más asustado que enfadado; honestamente, ella no me importa. ¿Que pasaría con mi abuelo si lo agarran? ¿Y que hay de Amelie? Ella y yo estamos entre los más buscados, cualquier mago amaría tenernos de esclavos. No sé si a ella la buscan o no, pero no me molesto en preguntarlo cuando la agarro bruscamente del brazo y tiro de ella para que se pegue a mí, y lanzo la capa sobre nosotros. Con suerte llega a cubrirnos de pies a cabeza, y estamos tan cerca que puedo sentir su respiración chocando contra mi mejilla, pero eso no me intimida tanto como lo habría hecho en otro momento. Mi vista se clava en la ventana, donde aparecen las luces de las linternas iluminando la cocina, las cuales nos atraviesan. Contengo el aliento y quiero chillarle que haga menos ruido al respirar, pero luego de un minuto que parece una eternidad, el auror grita desde afuera que parece no haber nada y se va derecho hacia lo que creo que es la puerta principal. ¿Dónde mierda se metió Gigi? ¡Hasta ella debe ser reconocida a este punto!

- No hagas ruido - susurro, y la tomo del brazo para movernos lentamente hacia la sala, desde donde podemos vigilar que no puedan abrir la puerta principal. Noto mi corazón en mi garganta y la adrenalina corriendo por mis venas, tratando de pensar algo inteligente mientras, rompiendo el silencio de la noche, ellos intentan abrir la entrada sin mucho éxito.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Me encojo de hombros cuando pregunta como podría encontrarme desnuda en una cocina y se me ocurren muchas cosas, cada cual más pervertida. - Puede haberme dado calor. Además hacer comida con un solo delantal y sin ropa es muy sexy - Pongo una pose sexy, aunque no me sale porque yo no soy tan sexy todavía como creo que soy, escuchando como habla de su abuelo. Creía que era huérfano; no sé, la verdad es que creía que todos los vencedores eran huérfanos. - ¿Tienes un abuelo también? - Mi voz es de total estupefacción, como si acabara de decirme que tiene cinco piernas y es un extraterrestre, aunque recuerdo que también mencionó a su abuela antes, aunque no sé porque la di por muerta por inercia. Eso es tan injusto. ¡Él tiene familia! y antes de darme cuenta estoy muerta de celos.

¿Entonces todas las cosas malas nos pasan solo a los que no salimos en la tele? Que asco. - Se la arreglaré. Aunque con la pinta de abandonada que tiene esta casa, da igual - Mi voz suena ligeramente molesta y es porque el enfado tarda un poco en difuminarse del todo, especialmente cuando me hace chistar con decepción porque dice no tener nada para pagar por mis respuestas. Pensaba al menos sacarle algo de comer, pero veo que eso no va a ser posible.

No es hasta que se pone como un niño chico por lo del beso, que suelto una risa con una ceja arriba del todo. - Besarte. Ahora tienes un 2 por 1. No le diré a nadie que te vi y encima me quedaré calladita - Obviamente lo de calladita es relativo, porque yo sólo puedo soportar el silencio un rato, luego me vuelve loca. - ¿Eso es una pregunta? - Mi tono de voz es juguetón cuando me pregunta si siempre juego sucio. Le doy la respuesta antes de que establezcamos que va a tener que pagarme por ella. - Y sí. Una chica que arriesga no gana. Ahora me debes otro beso. - Río ligeramente, aunque mi tono es tan agudo que hace ligeros ecos con las paredes. Que se quede callado de repente me hace gracia porque pienso que de verdad voy a acabar traumándolo si le pido más besos. - Oye en serio, si vas a ponerte as... - Mi frase no acaba de salir entera de mi boca porque él alza la mano para callarme. El gesto me pilla de improviso así que mi voz se extingue de golpe.

Me encojo de hombros como respuesta ante su siguiente pregunta, aunque esta vez no bromeo nada sobre lo que me debe, trastabillando cuando me tira contra él y chocando con su pecho. Por un momento me siento una damisela en apuros, una de esas princesas a las que salva un príncipe de un dragón y en cualquier momento voy a gritar de emoción, pero él empieza con sus cosas de sobrevivir y tal y me estropea el momento. Suelto un bufido y es cuando me percato de que mi respiración choca contra su mejilla. Le miro un momento a los ojos y luego sonrío de medio lado. - Al final si que querías llevarme a lo oscurito - Bromeo en un susurro, aunque por sus muecas y gestos sospecho que no está para bromas. Los pasos se acercan cada vez más, y aunque los reconocí hace tiempo, no es hasta que los escucho tan cerca que giro mi cabeza para mirar el mismo punto en el que él pone sus ojos. Frunzo el entrecejo ligeramente y me quedo todo lo quieta que puedo, incluso reduzco el ritmo de mi respiración para no tener que tomar demasiado aire al mismo tiempo, lo cual hace mucho ruido, y me aprieto la barriga molesta cuando gruñe sin mi permiso.

Suelto un "mmm" para afirmar su petición de no hacer ruido, tropezando los primeros pasos mientras me arrastra hacia dios sabe donde. Sacudo la cabeza. Lo está haciendo mal. Le doy un golpe en el brazo porque nos está arrastrando directamente hacia los aurores, y acabo saliéndome de debajo de la capa porque no me hace ni puto caso. Escucho sus susurros ahogados y casi inexistentes pidiéndome que vuelva, mientras voy a gatas por el suelo hacia el otro extremo del salón manteniéndome todo lo oculta que puedo entre los desgastados y polvorientos muebles. Cuando llego a la ventana, subo un poco el marco, lo justo para poder maniobrar, saco el tirachinas, una piedra, apunto a la ventana de la casa de al lado y la reviento con una puntería digna de una diosa. El ruido los alerta y repentinamente ya no tienen interés en esta casa.

Los ruidos cercanos se detienen, primero es el hombre que ha intentado abrir la puerta, después alguien en la parte trasera, y luego unos terceros pasos que se precipitan desde el jardín. Y luego silencio. Suelto un suspiro y me quedo bajo la ventana, sólo por miedo a que desde el exterior puedan verme. Debajo del alfeizar soy más difícil de localizar. - No vuelvas a hacer eso. Un día vas a conseguir que te maten. - Digo las palabras una por una y cada una en un murmullo al aire, porque entre todo lo que pasó no sé donde se quedó con su capa de invisibilidad. Oh dios... acabo de darme cuenta de que yo estaba debajo y eso me hacía invisible a mi también. ¡Es lo más emocionante que me ha pasado en siglos! Grito internamente, pero por suerte consigo que mis gritos se me queden en la garganta y no salgan, porque entonces sí que estaríamos en un grave problema.

Gateo de vuelta a donde estaba la primera vez, y muevo mi mano en el aire buscando su capa para quitarla, tardo un poco en encontrarla, y cuando lo hago tiro lentamente hasta que aparecen primero sus ojos, y luego el resto de su cuerpo. Esbozo una media sonrisa. - ¿Metido en líos, Bennie? - Ironizo su nombre, aunque con mi voz bastante melosa. - ¿Por eso desapareciste? ¿Por eso nadie sabe de ti desde hace meses? - Me da un poco de pena, porque yo lo he pasado mal muriéndome de hambre, pero él tuvo que pasarlo peor intentando salvar su vida. Gateo entre sus piernas, recudiendo la distancia entre los dos hasta que puedo apoyar mi frente contra la suya y soy yo quien siente esta vez su respiración, echando ligeramente su cabeza hacia atrás. - ¿Quieres que te ayude? Se me da bien despistar
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- Nunca he llevado a nadie a lo oscurito y no empezaré contigo - reprocho de mala gana, y de inmediato me muerdo la lengua al escuchar la estupidez que acabo de decir; bien, entre todas las respuestas que se me pudieron haber ocurrido, justamente tuve que dar esa. Su golpe en mi brazo me quita un pequeño quejido que termina en un codazo en sus costillas, pero entonces se me escapa entre la capa y se aleja, lo que hace que los pelos de la nuca se me pongan de punta - ¿a donde vas? - le chillo en susurros, tratando de que la voz no se me patine como suele hacer y termine más alta de lo que debería - ¡vuelve, vuelve aquí! - me canso de decirle que no se aparte y al final tengo que hacer tripas corazón para fijarme en lo que está haciendo... ¿es eso un tirachinas?

El estruendo de la ventana de la otra casa me hace dar un bote en mi sitio, agarrando a la capa como si mi vida se fuese en ello y muerdo mi lengua para no gritar del susto. En todos mis meses como fugitivo, Amelie y yo nos sujetamos a la norma del silencio y el cuidado, y esta chica parece haberlo tirado a la mierda en menos de cinco minutos. Al final, por encima del sonido de mi respiración y de los latidos de mi corazón que late a mil por hora, me doy cuenta de que los aurores se alejan en la oscuridad y, poco a poco, empiezo a respirar con dificultad - psst... sobreviví mucho sin ti, ¿no crees? - intento defenderme, frunciendo un ceño que ella no puede ver - la próxima que hagas eso al menos avisa... - si es que hay próxima. Algo me dice que mi abuelo no dirá nada si ella se queda con nosotros, pero Amelie pondrá cientos de "peros" ya que no confía en absolutamente nadie, por más útil que pueda ser sacando aurores del medio. Ni siquiera sé como ha llegado a confiar en mí cuando estábamos en los juegos.

De todas formas Amy desaparece de un sopetón de mi mente cuando veo como su cuerpo largo y delgado se acerca a mí gateando en la oscuridad, y puedo escuchar como la alarma de hormonas adolescentes suena en algún punto de mi cerebro, ese que generalmente logro ignorar. El tono de su voz y el modo en el cual tira de mi capa con cuidado hasta que ésta se me patina me hacen pensar que esta es la situación más...¿cuál es la palabra? ¿Sexy? Sí, esa me gusta como suena... más sexy en la que he estado en toda mi vida. Al punto en el cual, cuando ella pega su frente a la mía y echa mi cabeza hacia atrás haciendo preguntitas y ofreciendo su ayuda, yo la miro con los ojos bien abiertos y de mi boca solo sale un balbuceo agudo que suena a gargaras porque no tengo ni la mas remota idea de qué decir. Mierda que soy un asco con las mujeres.

Noto mis músculos tensos y que mis dedos se han aferrado a la capa con ímpetu, de modo que cuando me doy cuenta que ella está esperando una respuesta, hago una muequita que ayuda a aflojarme - ¿qué esperabas? No tengo intenciones de terminar en uno de esos mercados de esclavos o muerto o... - ¿o quien sabe? Me aparto de ella dando un paso hacia atrás para recuperar mi compostura y carraspeo, acomodando mi cabello como si no tuviera nada mejor que hacer para parecer más serio - ¿quién eres? ¿Y por qué me ayudarías? No me conoces y yo no te conozco a ti. Agradezco lo que hiciste pero... - entonces me doy cuenta de algo. Me inclino un poco hacia delante para mirarla fijamente a los ojos y una sonrisa triunfante y torcida se asoma por la comisura de mi boca, como si hubiese dado en el clavo - también estás sola, ¿verdad? ¿Tienes siquiera a donde ir? - me siento un poco culpable, porque por más rara que sea, no creo que nadie merezca pasar por esto a solas; yo tengo al abuelo, a Amy y esta casa. Escucho como Gigi se mueve por el pasillo, probablemente deseando regresar al sótano, pero la ignoro por primera vez - si vas a quedarte, no tienes que convencerme a mí. El problema aquí será Amelie; sé que sabes de quién hablo - de alguna manera u otra, todos saben de ella, y la gran mayoría la relaciona directamente a mi persona. Estoy por girarme para que nos alejemos de la sala, cuando me doy cuenta de un detalle y la miro con seriedad - ... pero nada de besos con ella. Te lo digo por tu bien.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Disfruto muchísimo mientras balbucea. Creo recordar que alguien dijo una vez que los balbuceos es la manera que tiene un hombre de insinuar ligeramente que acabas de bloquear su sistema operativo. Conseguir eso es difícil, si no sabes jugar en condiciones, pero cuando lo consigues, te puedes hacer con más cosas de las que puedes imaginar. Nunca lo entendí del todo, hasta ahora, especialmente cuando después de sus balbuceos parece ofrecerme algo que nadie en el mundo me había ofrecido hasta ahora. Pero después de un rato en silencio, le pierdo. Él retrocede, el efecto pasa, y lo peor es que le da la vuelta a la tortilla. Bufo molesta cuando me cala. De todas maneras no estoy dispuesta a admitir con extremada rapidez, que estoy sola, y amargada de estarlo. - Yo sí te conozco. Tendría que haber estado bajo tierra el último año para no saber quien eres. - Cruzo mis brazos un poco a la defensiva, ofendida todavía porque se haya dado cuenta de que estoy sola; pero de alguna irónica forma eso abulta mis pechos, y los hace parecer ligeramente más grandes. Capta mi atención un momento, y antes de darme cuenta el enfado se ha difuminado y estoy jugando con mis propios pechos, a moverlos con mis brazos de arriba a abajo aún sin descruzarlos.

Si me los aprieto suficiente se ven como los de las películas antiguas que veían mis padres de chicas de cabaret. Tal vez algún día pueda dedicarme a eso. - La única cosa que me diferencia de ti, a parte de ser una don nadie, es que a mi no me busca nadie. - Bajo mis brazos porque no es momento de observar como me quedan mis pechos con un poco de ayuda de otras partes de mi cuerpo, y pongo mi mano en la cadera ladeándome ligeramente. - Bueno, y la parte de no tener a nadie. Imbécil - Quiero patearlo en la espinilla, porque sé por experiencia que su punto débil no son precisamente lo que tienen entre las piernas. No he visto a ningún hombre conservar su virilidad con una patada en un punto exacto de las pantorrillas.

Además, digamos que estoy un poco contenta porque acepte que me quede. En cuanto habla de Amelie la localizo en mi mapa mental genealógico de vencedores y me encojo de hombros. La pelirroja esa cañon sexy barra tetona barra alta barra esbelta barra su puta abuela en tanga, y acabo arrugando la nariz. - Sí, claro que lo sé - Y lo peor es que esa no tiene pinta de que le vayan a convencer mis tetas. Suspiro algo decepcionada y luego me acerco dándole un golpe con mi dedo índice en el pecho. - Es la chica por la que estás coladito desde la arena. - Esta vez es mi turno de sonreír maliciosamente. - Cuando ella te de calabazas, te dejo que vengas a enamorarte de mi. - Lo digo como si fuera la mejor oferta del mundo y yo la persona más genial, poniendo mi mejor sonrisa. - Pero no tardes mucho, que hay gente haciendo cola por mis encantos y dos de ellos son vencedores de tu distrito - Le guiño un ojo en modo sexy exagerado, como si le confesara un secreto inconfesable.

Obviamente adorno las cosas porque si contara las cosas como pasaron, sería la más patéticas de las mas patéticas del mundo mundial. Entonces, pongo mi mano en el pecho y levanto la derecha por lo alto para que sepa que acepto eso de no besar a Amelie, o a él delante de Amelie, o a Amelie delante de él, lo cierto es que lo acabé interpretando como me dio la gana. - ¿Vamos a empezar nuestra relación pidiendo besos exclusivos? porque aunque ella sea muy guapa y me den ganas de besarla, sigues siendo mi favorito - Comento con un tono juguetón, dándole un ligero golpe en las caderas con las mías.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Paso de discutir si me conoce o no, porque sé que no va a servir de nada y porque no sería la primera persona que disfruta decir que me conoce cuando solo sabe de mí lo que se vio en televisión. De todas formas ella empieza a apretar sus pechos, a hacerlos parecer más grandes y sobresalientes entre sus ropas de verano con los brazos, y creo olvidarme que estoy enojado con ella. Bueno, la verdad es que intento mantener los ojos puestos en su cara, pero de vez en cuando se bajan contra mi voluntad como si los afectase la gravedad o algo así hasta el nivel de su pecho. El calor llega a mis mejillas de un modo violento y lanzo un bufido cuando me obligo a mirar a otro lado, porque sé que si sigo mirando, me meteré en problemas, y dudo mucho que lo disfrute. ¿Cómo se supone que debo mantenerme serio si tengo a una chica con esa actitud haciendo jueguitos con sus tetas enfrente mío?

Ella obviamente está enfadada conmigo porque he adivinado, y la miro todo burlón y orgulloso hasta que ella me la devuelve diciendo que estoy coladito por Amelie. Arrugo el ceño porque eso es privado, pero me pregunto por un momento si en verdad fue tan obvio cuando estábamos en cámara. Al final hago un ruidito despectivo con la boca y sacudo la mano, mirándola con soberbia y frialdad - para tu información, ya la he besado. Dos veces - no aclaro que el primer beso fue algo rápido y sin sentido y que el segundo se lo di yo para aclarar como me sentía al respecto, y mucho menos le digo que todo sucedió en un plazo de cinco minutos. Me gusta pensar que en su mente he estado besuqueándome con Amy en dos ocasiones distintas, de esas formas que más de una vez me imaginé cuando la miraba por más de cinco minutos seguidos y que ella nunca se dio cuenta porque le atraen los hombres altos y mayores y yo soy solo un flacucho que tuvo que soportar luego de ganar unos juegos en los cuales me odió en la mitad de ellos antes de tolerarme. He aceptado hace tiempo que Amy es solo una especie de objeto de deseo que nunca podré tener, por mucho que en algún punto, eso acabe doliendo o fastidiándome hasta ponerme gruñón.

Igual mis intentos de contradecirla se van al caño cuando me dice que no soy el primer vencedor del cuatro que conoce, y mis pies se detienen del camino de la sala al pasillo para evitar que me choque contra la pared de la sorpresa - ¿pero que dices? ¿A quien viste? ¿Estaban vivos? ¿Eran libres? - he perdido de vista a todos ese día en el cual la isla se prendió fuego, pero siempre me he preguntado que ha pasado con Arianne y Derian; sí, incluso cuando estaba enojado con la primera. ¿Significan que están vivos? ¿Podré encontrarlos? Una alegría extraña me achicharra el corazón y hago enormes esfuerzos para reprimir la sonrisa y no alzar el tono de mi voz, casi pasando por alto que vuelve a tocar el tema de los besos - sigue dándome buenas noticias y te daré todos los besos que quieras - digo sin pensar, yendo rápidamente al pasillo para encontrarme con Gigi, quien se ha sentado en la puerta del sótano. Me relamo, no muy seguro de lo que debemos hacer, y me giro lentamente hacia ella una vez más, Apenas logro verla bien por la luz de la luna, pero al final, intento mostrarme serio, con un tono de voz pausado para que me escuche con atención - este es el trato. Tú nos ayudas, nosotros te dejemos que estés con nosotros. Si causas algún problema... yo mismo te mantendré calladita, y juro que no va a gustarte - no creo que yo sea capaz de matarla, pero ya he saltado sobre gente en otras ocasiones que lo ameritaban, y no estoy seguro de conocerme del todo. Mis dedos se estiran y se cierran varias veces hasta que le extiendo la mano para cerrar el trato - ¿te queda claro? ¿Y vas a decirme tu nombre o también tengo que pagarte para eso?
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Me huelo a que es mentira eso de que besó a Amelie dos veces así que pongo un gesto de que no le creo en absoluto. No me da la gana ponerme celosa ahora porque yo no lo besé primero que nadie. Tsk. De todas formas él también se pone chulito y empiezo a plantearme que realmente lo haya hecho. Vivían juntos de todas maneras, me lo imagino besándola en la cocina, y en la cama y chisto con ligereza. - No te creo. Seguro que sólo resbalaste por error y le caíste de morros en los suyos - Farfullo las palabras, ni siquiera estoy segura de que las escuche pero me quedo tan ancha como si tuviera razón. Además, nadie puede probar que no la tengo, a no ser que los grabaran haciendose cariñitos en su casa, cosa que dudo.

Y si lo han hecho, tengo que encontrar esas grabaciones.

De repente se pone como un loco a hacerme preguntas que me pillan de sorpresa. ¿Ahora se interesa por quien beso y a quien no? - Oye, esto de la relación de novio celoso no es lo mío ¿eh? Quiero mi independencia - Y aunque no vaya por ahí toda esa felicidad repentina cuando hablé de Derian y Arianne, yo me lo tomo así. Tengo que anotar en mi lista de cosas que sé sobre Ben, que le gusta la exclusividad besadora. - Y de todas maneras hace mucho que no los veo. Concretamente desde que me tocaron los pechos. - Me llevo una mano al mentón ligeramente absorta. Por un momento me los vuelvo a tocar como si así pudiera adivinar si me han crecido desde entonces - Ahora que lo pienso. Puedes tocarmelas tú. Así no te mueres de celos. -

Al final dejamos a parte el tema de nuestra relación amorosa que acaba de empezar en mi cabeza solamente, y asiento ligeramente. Estar callada no es mi fuerte pero cuando dije que podría ser de ayuda iba completamente en serio. A mi no me busca nadie, y mis padres están muertos así que nadie me echará de menos cuando me vaya. Más de uno estará encantado de que haya desaparecido y con suerte, no vuelva. Levanto mi mano en señal de promesa y avanzo detrás de él, frenándome en seco al llegar al sótano. - ¿Mi nombre? Tsk. Puedes llamarme Cariño. Es lo normal entre novios. - Le guiño un ojo exageradamente y entro yo primero porque él se ha quedado medio pasmado al enterarse de que ahora tenemos una relación y en seis meses seguramente estaremos casados. ¿Era así como iba, no? Bajo las escaleras y luego dejo que él se adelante cuando su abuelo lo llama, para pasar el resto de la noche entre murmullos sobre quien soy, como llegué aquí y porqué es una buena idea que me quede.

Louis es super majete y además lo conocía de antes, así que convencerlo de que me lleve con él es la parte más fácil del asunto.

Luego está la zorra pelirroja. Que ya es otra historia.
Eowyn J. Redford
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