The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Puede que en el fondo ya estuviera esperando este momento, que siempre supiera que esto había pasado, que no volvería a ver a mi familia, y sin embargo ahora mismo, cuando todo se hace tan real, lo veo lejano. Sabía que ella estaba muerta, en el fondo de mí, pero no podía creerlo, no quería creerlo, y fue por eso que cuando me avisaron de que habían encontrado su cuerpo tuve que ir a verlo. Y allí estaba yo, viendo la pálida tez de la que una vez fue mi madre. Si no supiera que no volverá a enfocar la mirada juraría que está dormida, incluso cuando tiene los ojos abiertos, y que pronto despertará y tendremos nuestra típica discusión de que tiene que superar lo de mi padre. Qué irónico es todo, mi padre era el muerto y mi madre la viva, y ahora todo se ha vuelto al revés. Parece ser que mi padre está en algún lugar del Distrito tres olvidando que aún le queda una hija por cuidar, por conocer, por criar. Aunque supongo que es tarde para todo eso. Según me han dicho, es posible saber hace cuánto tiempo exactamente murió, y cómo realizando una autopsia, pero me he negado, y aún no sé por qué ¿por respeto a ella? Ni idea. A juzgar por el estado del cuerpo, no puede hacer más de una semana que ha muerto, aunque de nuevo es cuestión de fiarse o no de las personas que me han informado todo lo que han podido simplemente con mirarla.

Está tendida en una especie de camilla de metal, con brazos y piernas extendidas. Su pelo largo se desparrama alrededor de su cabeza formando un círculo pelirrojo. Está tapada con una fina sábana azul por todas partes, ya que está desnuda, pero la tela es tan pequeña que sus pies sobresalen al final de la camilla, y sus brazos están por fuera. También hay una silla de metal en una esquina de la habitación, la cojo y la pongo a su lado, sentándome en ella. - ¿Prefiere que la dejemos sola, señorita Vozn... señorita? - En otro momento me habría hecho gracia el hecho de que un sanitario trate de pronunciar mi apellido, y al verlo imposible, se corrija, pero ahora simplemente asiento, con una expresión serena y vacía. Espero hasta que se van, sabiendo que no me dejarán más de quince minutos, y una vez me quedo sola con ella, o mejor dicho, sola a secas, me siento mucho mejor. Me atrevo por primera vez a observarla detenidamente. Bajo sus ojos hay dos semicírculos de un color morado intenso, sus ojeras de siempre pero más marcadas esta vez. Tiene los ojos abiertos de par en par, pero con expresión relajada, y sus iris azules parecen expresar felicidad. Bajo la vista hasta sus labios, donde una sonrisa parece querer asomarse. Supongo que serían los efectos de las drogas.

Parece tan feliz que casi olvido que murió por una sobredosis, lo que explica que sus brazos estén repletos de pinchazos. Extiendo mi mano hacia la suya, y me armo de valor para agarrarla. Una vez lo hago, el contacto con su piel me provoca un escalofrío, está realmente gélida. Me fijo un poco más, y su piel ahora se vuelve de un color azulado a la par que blanquecino. Trato de olvidar este detalle, y con mis dedos acaricio su mano. Tengo que obligarme a no llorar, porque ahora el dolor es palpable. Aprieto la mandíbula y los labios, y llevo la otra mano hasta sus párpados, que deslizo suavemente hacia abajo hasta que se cierran, como si solo así pudiera descansar. Eso me ayuda un poco a imaginar que está dormida y no muerta. No alejo mis manos de sus respectivos sitios en ningún momento, y la yema de mi dedo índice pasea por su mejilla incansablemente. Cuando creo que no aguantaré más me levanto y lentamente me acerco a ella. Deposito un beso en su frente y susurro un 'te quiero' ahogado por el llanto que acecha con asaltarme en cualquier momento. No quiero que nadie sepa que me importa tanto como para querer desaparecer ahora mismo, así que salgo corriendo, literalmente, del edificio, mientras oigo a los médicos por detrás gritarme que me detenga, que aún tengo que firmar los papeles para autorizar el entierro o la incineración, la autopsia, y mil cosas que ahora mismo no me interesan lo más mínimo.

No sé cuánto tiempo llevo corriendo, pero no me detengo hasta llegar a casa. Cierro la puerta con llave y apoyo la espalda en ella, dejándome caer de este modo hasta el suelo. Extiendo las manos delante de mi cara. Tiemblo incontrolablemente. Siento un nudo en la garganta que no me deja respirar, y por un momento creo que voy a ahogarme y morir aquí y ahora, hasta que me doy cuenta de que lo único que tengo que hacer es permitir a las lágrimas hacerse paso a través de mi rostro. Cuando lo hago me siento más despejada, aunque el nudo sigue ahí aún me deja respirar. Entierro la cara en las manos, y lloro por primera vez en muchísimo tiempo. El recuerdo de mi madre se me aparece una y otra vez; el tacto rígido de la piel de su rostro, la ligera hinchazón de sus dedos, su mirada desenfocada, su pelo pelirrojo -exactamente del mismo color que el de Kayla... Cierro los ojos y se niega a desaparecer, y es entonces cuando grito. No sé por qué razón, grito hasta que me duele la garganta, doy golpes a todo. Patadas a las sillas, puñetazos a las paredes. Me duelen los nudillos, y cuando los miro veo que tengo heridas, rodeadas por un halo de cardenales, además de que sangran tanto que me he manchado la ropa, pero me da igual el dolor y la sangre, así que no paro, y sigo gritando para que el nudo de mi garganta se disipe. Pasan así unos diez minutos hasta que llaman a la puerta. Fuera preguntan qué está pasando, y reconozco la voz femenina que proviene del exterior. Es una de mis vecinas de en frente, una capitoliana de las de antes, con su maquillaje y vestimenta extravagante, muy bien posicionada que se las arregló para ocultar su magia cuando estaba prohibida.

Saco un cuchillo y lo tiro a la puerta con rabia. Se clava en la madera con estrépito, y fuera oigo el grito de mi vecina. La oigo murmurar algo sobre que estoy loca y que va a llamar a Alice para que hable conmigo. Reacciono y corro hacia la puerta. - ¡No! A ella no, por favor. No quiero que me vea así - Sentencio. Parece apiadarse de mí, y me promete que no la avisará, pero que tiene que llamar a alguien. Sigo gritando que no lo haga desde dentro, pero a ella no le importa. Oigo como dice el nombre de Riorden, y me pregunto como sabe que le conozco hasta que recuerdo que ha estado aquí un par de veces. Vuelvo a una esquina de la habitación, diciéndome a mí misma que es imposible que contacte con él, y vuelvo a llorar, a darle golpes a las cosas sin parar. Una hora después oigo que alguien dice mi nombre, y me detengo. En el momento en el que lo hago el dolor de mis nudillos viene de golpe, porque llevo horas golpeando todo. Miro mis manos y las descubro totalmente llenas de sangre, y los nudillos prácticamente en carne viva. Me sorprende que no me haya dolido hasta hora, pero supongo que la adrenalina me llenaba. Llaman otra vez a la puerta, diciendo que si no abro tirará la puerta abajo. Como sé que es Riorden por la voz, me acerco a la puerta y la abro lo suficiente como para que pase solo él, porque no quiero ver a nadie más. Nadie me entendería.

Según veo su figura entrar en la casa vuelvo a cerrar con llave, y me quedo así, de frente a la puerta, sin atreverme a mirar a la cara a una de las pocas personas que me conocen bien, y que sin embargo nunca me habían visto de esta manera. Intento esconder las manos para que no vea lo mal que están y que me lleve al hospital, porque es lo que menos deseo ahora, aunque dudo que lo consiga porque mi ropa sigue estando llena de salpicaduras de rojo escarlata. Es por eso y por el miedo a que vea en mi mirada todo lo malo que hay que sigo sin darme la vuelta. Apenas me doy cuenta de que las lágrimas siguen cayendo por mi cara, y con el dorso de la mano intento secarlas, sin mucho éxito. No sé qué decir, y supongo que estará al tanto de la razón de mi crisis nerviosa, por lo que no veo necesario hablar de ello. - ¿Te ha llamado ella? - Por fin me doy la vuelta y señalo con la cabeza fuera, dando a entender que me refiero a la vecina. Trago saliva y escondo las manos tras la espalda. - No hace falta que te quedes, ya estoy bien - Miento mientras intento poner cara de que no ha pasado nada, aunque en estas circunstancias me resulta imposible.
Jessica D. Voznesenskaya
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Riorden M. Weynart
Los últimos días los he pasado sintiéndome como un imbécil por haber besado a Zoey; por culpa de eso también han aumentado las visiones de Alec caminando por mi casa y ahora, en vez de mirarme con ese brillo en los ojos que tanto le caracterizaba, se dedica a observarme con un deje de odio porque sabe lo que he hecho. Hay momentos en los que soy consciente de que no es culpa mía, sino del alcohol; luego recuerdo que yo fui el que decidió emborracharse para olvidar la fecha que era y que entonces sí que tengo yo la culpa por no haber actuado con la madurez que debería tener por la edad que ya tengo. Y aun así, aunque sé perfectamente que el alcohol lo único que consigue es fastidiarte aún más las cosas, sigo dándome algún capricho de vez en cuando. Supongo que cuando me lleve otra bofetada como la del otro día, terminaré de aceptar que las bebidas alcohólicas no ayudan en nada. Lo único que consigue que me controle de vez en cuando es la presencia de Keiran en casa; también canalizo la rabia y todo lo que siento en mi interior haciéndole la vida aún más difícil a Fitzgerald. Intento atribuirle toda la culpa a ella diciéndome a mí mismo que si nunca hubiera torturado a Alec, quizá las cosas nos hubieran ido mejor. De todas maneras, sé que eso no es así y que el muy cabezota nunca se habría marchado del Distrito 1 para volver a Europa. Luego están esas veces en las que me culpo solamente a mí por no haber retenido a mi medio hermano en casa y no haber intentando con más ahínco que no se fuera. Se supone que debería haber aprendido de mi experiencia y de lo que me pasó al ir a NeoPanem... Sin embargo, no fue así.

Supongo que la excapitoliana se estará alegrando porque después de todo, el mal trago del momento le ha valido la pena, pues no tengo pensando volver nunca más, incluso aunque eso signifique no poder ver a Lëia; lo haré con tal de quitarme esta sensación de haber traicionado a Alec y quizá así también consiga dejar de verle tan a menudo. Nunca pensé que echaría de menos ver a la que fue la alcaldesa del Distrito 11 y al anciano mentor, ambos asesinos por mí; no obstante, prefiero mil veces verlos a ellos que no a Alec. Daría diez años de mi vida si así pudiera volver a ver a mi hermano, decirle todo lo que no le dije en su momento y, sobre todo, enmendar mi error; ese error que habrá visto desde donde sea que esté ahora mismo. Las sensaciones que se sienten al perder a alguien nunca te las quita de encima, y tampoco el acordarte de esa persona prácticamente todos los días de tu vida. Supongo que la mayoría de gente, al igual que yo, daría unos cuantos años de su vida con tal de pasar aunque sean unos escasos minutos más con alguien. Pero la muerte es algo por lo que tarde o temprano todos vamos a tener que pasar, aun cuando muchos se niegan a pensar siquiera en ello. Así es la vida.

Estoy en el estudio de mi casa, organizando papeles y revisando algunos informes de las prácticas de unos cuantos carroñeros juveniles cuando recibo el patronus. Al principio me quedo desconcertado porque no reconozco de quién es, pues no me suena haberlo visto nunca; pero cuando empieza el mensaje, entiendo un poco más la extraña situación. Es de una mujer del Capitolio, quien me dice que vaya en cuanto pueda a la capital porque dice que Jessica —una de las personas con quien mejor relación tengo últimamente— está bastante mal por algo de que ha perdido recientemente a su madre. Cierro los ojos unos segundos en cuanto la cobaya, la forma del patronus, desaparece. Sé que Jessica tampoco lo ha pasado bien los últimos meses, y el que su madre haya muerto... en fin, eso no facilita las cosas. No entiendo cómo se debe de sentir por haberla perdido, pero sí que la comprendo en haber perdido a una hermana en los Juegos y en haber participado en ellos. Ella me ayudó cuando dudaba si lo mejor era decirle a mi familia lo de quién soy realmente y lo de Ludovic, y probablemente también me habría ayudado ahora si le hubiera dicho lo que pasó hace un par de semanas con la chica Campbell. Ahora es mi turno para echarle una mano; es lo menos que puedo hacer.

Lo primero que hago es sacar una botella del armario que contiene unas pocas bebidas alcohólicas y que tengo protegido con unos cuantos hechizos de desilusión para que Keiran no saque nada impropio de su edad; después empiezo a preparar el traslador porque no puedo viajar tanta distancia simplemente con la aparición. No tardo demasiado en tenerlo listo porque ya he hecho algunos con anterioridad, principalmente para viajar también al Capitolio por temas de mi actual trabajo; también ayudé alguna que otra vez en Europa a prepararlos. En cuestión de minutos estoy frente un cojín y con una pequeña mochila colgada en la espalda, donde he guardado la botella de alcohol. Cuando estoy listo, toco el cojín y noto esa sensación que tanto caracteriza a los viajes con trasladores y, segundos después, estoy en la zona residencial de la capital de NeoPanem. Suelto un bufido porque aunque tenga que venir de vez en cuando aquí —demasiadas veces para mi gusto— y mi familia y un par de amigos residan aquí, sigo siendo reacio a venir al Capitolio, más que nada porque siempre acabo recordando sucesos desagradables del antiguo régimen y de cuando estuve aquí antes de ser acabar siendo un tributo especial. Pero ahora debo dejar de lado esas cosas que tan malos recuerdos me traen y poner rumbo a la casa de Jessica, donde ya he estado un par de veces desde el cambio de gobierno.

Un rato después estoy mirando la puerta de su casa y picando, pero como no abre, no me queda más remedio que amenazarla: — ¡Si no abres te juro que tiraré la estúpida puerta abajo! — Y no es algo que diga porque sí, sino que lo cumpliré si sigue sin estar dispuesta a dejarme pasar. Al final parece que la amenaza tiene el efecto deseado, pues acaba abriendo y entro rápidamente por si acaso cambia de idea en el último momento y cierra delante de mis narices. — Sí, me ha avisado una de tus vecinas — respondo a su pregunta a la par que siento levemente con la cabeza y la miro con el ceño fruncido. No puedo evitar chascar la lengua cuando dice que está bien y que me vaya, pues es más que obvio que es todo lo contrario y el hecho de estar manchada de sangre no ayuda en nada a que piense lo contrario. Está claro que algo tiene en las manos, sino no intentaría esconderlas de mi vista; sin embargo, yo no soy alguien que se dé por vencido con tanta facilidad. — Trae, anda — murmuro mientras alargo la mano para tirar de su brazo y ver las heridas que tiene en los nudillos; tras eso saco la varita de la túnica, apunto a los golpes ensangrentados y digo el que es el único hechizo de curaciones que conozco gracias a Elle: — Episkey. — Poco a poco deja de sangrar, pero nada más, no desaparecen las marcas ni nada por el estilo porque no tengo prácticamente ninguna experiencia con ese tipo de hechizos, ni siquiera con el único del que tengo algo de conocimiento.

Doy un par de vueltas por la casa y camino hacia el salón, pero antes de poner un pie dentro, me doy la vuelta, me descuelgo la mochila de los hombros y saco la botella. — Quizá esto te ayude un poco. — Realmente no sirve de nada beber, pero durante ese rato en el que estás ingiriendo alcohol, las cosas parecen un poco más fáciles de lo que en verdad son. No obstante, luego vuelven acompañadas con una sensación desagradable y la mayoría de veces también con un dolor de cabeza que más de una vez es casi insoportable.
Riorden M. Weynart
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Suelto un bufido cuando dice que le ha avisado mi vecina, y la maldigo interiormente de todos los modos que se me ocurren, a pesar de que sé que lo que ha hecho es lo mejor para mí a menos que quiera acabar sin dedos y sin garganta. Si tengo que pagar mi rabia con alguien, mejor que sea con ella y no con las personas que de verdad aprecio, como Alice o el mismo Riorden. Pensándolo mejor, a parte de ellos dos pueda pagarla con quien quiera, pues nadie ha conseguido que le coja el suficiente cariño como para tener un poco de respeto por ellos en esta situación. No sé por qué sigo ocultando mis manos, cuando es más que evidente que tengo algo en ellas, más que nada por la sangre de mi ropa e incluso de mi cara, porque sin darme cuenta me he limpiado las lágrimas con el dorso de la mano que estaba repleto de el espeso líquido. Al darme cuenta trato de arreglarlo con la manga de la camiseta que llevo puesta, aunque creo que no hago mucho. ¿Qué importa en este momento? Arrugo la nariz cuando Riorden coge mi mano, porque sé lo que va a hacer. Espero a que pronuncie el hechizo y me preparo para el dolor que sé que me producirá. Noto como mis huesos se mueven tras mi piel, colocándose como deberían estar, y aprieto los dientes para no soltar ni un sonido. Una vez hecho no ha sido para tanto, aunque tengo que sacudir las manos un par de veces, como si así pudiera disipar el dolor, el físico, quiero decir.

A veces me sorprende lo mucho que me conoce el Weynart cuando no ha pasado tanto tiempo desde que nos conocemos. Cualquier otra persona me hubiera llevado a un hospital solo por esa bobada, pero él sabe que no es lo que necesito. Y una vez más olvido que somos demasiado iguales. Ambos muy cabezotas, con las ideas muy claras, no muy agradables pero fieles con los que queremos. Ambos hemos sufrido demasiado, hemos pasado por lo mismo: salimos vivos de unos horribles juegos, perdimos a familiares muy cercanos y muy queridos en ellos. La única diferencia es que él tiene familia, y a mí ya no me queda nada. Oigo un ruido de cristal chocando contra cristal, que proviene de una mochila que ni siquiera me había dado cuenta de que traía. Ladeo la cabeza, confusa, cuando veo que saca una botella. No me lleva mucho tiempo hilar las cosas cuando dice que me ayudará, y mi cara se transforma en una sonrisa burlona seguida de una risita, lo que en esta situación me da más aire de loca aún, lo que no me conviene demasiado. Agarro la botella y remuevo el líquido que contiene. Lo cierto es que siendo mi madre tan propensa a este tipo de vicios, siempre le he tenido manía a la bebida, con lo que no tengo ni idea de qué es esto, ni a qué sabe, ni qué efectos produce. - ¿Qué es? - Le pregunto, no refiriéndome a la botella en sí, si no al tipo de bebida que contiene. Antes de esperar respuesta le doy un trago.

Un sabor extraño me asalta. El alcohol recorre mi garganta, me quema y me deja sensación de sequedad, lo que me hace dar otro trago aunque sé que no lo arreglará. Toso un par de veces y hago una mueca de desagrado al principio. Me río al ver cómo me mira Riorden. - Te parecerá extraño, pero nunca había bebido alcohol - Aunque no sé por qué debería parecerle extraño lo digo de todos modos. Vuelvo a dar otro trago, y otro, y otro. Si ha dicho que me ayudará no me quedaré corta. - Así que vienes aquí después de tanto tiempo, y lo primero que haces es darme una botella de alcohol y decirme que me emborrache ¿eh? Qué irónico - Me río de nuevo como una loca, pero esta vez me importa menos. Otro trago. - Seguro que si mi madre viviera sería lo que me diría, aunque si estuviera viva no tendría que decirme nada porque no necesitaría ayuda para superar su muerte... Pero entonces si estuviera viva no me hablaría... Y entonces... ¿para qué quiero que esté viva? - Me quedo un rato dándole vueltas a una pregunta tan estúpida como esa sin darme cuenta realmente de lo estúpida que es, y como no le veo respuesta me encojo de hombros. Otro trago. - Al final todo acaba igual, nunca tuve madre y nunca la tendré. Nada ha cambiado - Sonrío, como si eso lo arreglase todo, hasta que me doy cuenta de que el hecho de que no note la ausencia de mi madre cuando está muerta es aún más triste que el hecho de que lo esté. Otro trago. La sonrisa se borra de mi cara de repente, y da paso de nuevo a las lágrimas al percatarme de esto. - La echo de menos, y hace tan poco que se ha ido... - Esta vez ya no intento engañarme a mí misma.

Por un momento no estoy segura de a quién me refiero. ¿A mi madre? ¿A Kayla? - ¿Por qué nadie se queda conmigo? - Las lágrimas aumentan directamente proporcionales al número de tragos que doy, y no sé si este estado de confusión y locura es debido al dolor psicológico, al alcohol, si es cosa mía y estoy más loca de lo que parecía en un principio, o todo junto. Sospecho que lo último. Me cubro la cara con las manos y empiezo a llorar otra vez, olvidándome un momento de que no estoy sola, aunque me siento como si lo estuviera. La pregunta que acabo de formular nunca tendrá respuesta. ¿Por qué nunca soy capaz de querer a nadie? ¿Y porque cuando lo hago todos acaban muertos? Ni siquiera me esfuerzo en esconder el llanto. Me deslizo por la pared y una vez más acabo el el suelo, hecha una bola: con las rodillas dobladas y la cara entre ellas. Tiro la botella al suelo sin que llegue a romperse, y la alejo de mí. - No me ayuda. Nada puede ayudarme - Señalo la botella, dolida porque ni siquiera algo que se supone que ayuda a todo el mundo me ayuda a mí, y vuelvo a hacerme una bola y llorar, como si estuviera sola.
Jessica D. Voznesenskaya
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Riorden M. Weynart
Aparto la chaqueta para dejar a la vista un bolsillo interior del cual saco un cigarrillo, uno de mis nuevos fieles amigos que nunca se separan de mí. La cajetilla de tabaco junto con una botella de cualquier tipo de bebida alcohólica son mis inseparables amigos hoy en día. Claro que tengo a gente como a Jessica, quien prácticamente es mi mejor amiga únicamente porque ambos sabemos perfectamente cómo se siente el otro a todas horas pero, aun así, cada uno vive en una punta del país y yo tengo un trabajo que requiere una cantidad de horas que muchas veces me dejan exhausto. Ni siquiera he tenido tiempo para decirle que Alec sigue merodeando por mi casa y que ahora me odia, a diferencia de mirarme con ese brillo en los ojos que indicaba que sentía pena por mí; pena por la persona en la que me he convertido en estos dos años. Yo también siento pena de mí cuando estoy sobrio, pero se me olvida cuando vuelvo a emborracharme al cabo de unas pocas horas. Creo que si no fuera porque mi trabajo me gusta y tengo que estar al cien por cien, me pasaría esas horas ebrio también. Sin embargo, no debería, no cuando tengo a mi prim... medio hermano, a Keiran, a mi cargo mientras intento enseñarle a pelear para que al menos el día de mañana pueda ejercer como cazarrecompensas. Me gusta el nuevo gobierno, pero no me agrada que mi hermano no vaya a poder vivir "normal" por haber tenido la desgracia de nacer squib.

— Es whisky — respondo a su pregunta con una sonrisa de medio lado, una un tanto burlona. — No es que sea el mejor del mundo, pero no está mal — añado y me encojo de hombros. Según la rubia Campbell mi whisky no vale nada al lado del suyo, ¿pero importa realmente? Claro que es mejor si está más bueno, pero lo que de verdad importa es que cumpla la función de emborracharte y hacerte olvidar las cosas por un tiempo o, como me pasa a mí, que me haga hacer idioteces para después sentirme como un gilipollas. Suelto un bufido mientras recuerdo aquella noche que intento olvidar constantemente pero que desgraciadamente no puedo; es más, cuanto más empeño pongo, más recuerdo la sensación que me dejó el haberla besa y cómo me sentí mientras entraba en aquella taberna cutre y de mala muerte del Distrito 13. Me emborraché, me enrollé con una chica que estaba incluso más borracha que yo, y cuando me di cuenta de que lo único que estaba haciendo era hacerme la vida todavía más difícil, me aparecí en casa. Supongo que cuando la chica me vea por las calles del 13 algún día me dará un tortazo por haberla dejado así como así, pero no me importa. O quién sabe, a lo mejor incluso se alegra de que me hubiera ido de golpe antes de hacer algo de lo que luego se hubiera arrepentido. A fin de cuentas, ¿a quién le gustan los borrachos que no saben lo que están haciendo?

Suelto una carcajada cuando dice que lo primero que he hecho es darle una botella de alcohol. — Bueno, técnicamente lo primero ha sido curarte esas heridas de los nudillos — digo cuando dejo de reír y señalo con un gesto de cabeza sus manos. — Además, mientras estés borracha te sentirás mejor... — añado — aunque luego tendrás un dolor de cabeza por el que me odiarás y te sentirás aún peor de lo que te sientes ahora. — Frunzo el ceño mientras alterno la mirada entre la botella de alcohol que lleva en la mano y sus ojos que empiezan a tener ese brillo que precede a las lágrimas. — Eh... — susurro mientras camino hasta estar lo suficientemente cerca de ella como para poder abrazarla después de guardar el cigarrillo que no he llegado a encender. Nunca he sabido consolar a nadie, pero la mayoría de gente empieza a hacerlo abrazando a la persona que lo está pasando mal. — Yo me quedo, y pienso dar mucha guerra, Jess — digo a la misma vez que empiezo a separarme y esta vez soy yo el que comienza a beber. — Llorar tampoco te va a ayudar; es más, te encontrarás igual de mal que si te hubieras emborrachado. Pero al menos si bebes te lo podrás pasar bien durante el rato que estés ebria. — Sé que no es el mejor consejo pero... ¿qué más puedo hacer? Quiero ayudarla, pero no sé cómo hacerlo; al menos no cuando ni siquiera soy capaz de ayudarme a mí mismo.
Riorden M. Weynart
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Me río a carcajadas yo también como si lo que hubiera dicho fuese lo más gracioso del mundo, y porque en este momento su risa me parece tan contagiosa que no puedo evitarlo. - Podrás vivir con eso - Le digo aún con un resto de risa en los labios, ante lo de que le odiaré. Me resulta difícil imaginar que en algún momento pueda llegar a odiar a uno de mis mejores amigos en este momento, y desde luego el que mejor me entiende de todos, y menos por una resaca. - Me siento mejor, creo - Le respondo, confirmando lo que acaba de decir. Sin embargo esta frase carece de sentido cuando segundos después las lágrimas se abres paso en mis ojos incontrolablemente. Antes incluso de que caiga una primera gota ya noto sus brazos rodeándome. Me acurruco en ellos, sintiéndome reconfortada. Hacía tanto tiempo que nadie me daba un abrazo que había olvidado lo bien que se sentía uno, y lo mucho que podía llegar a necesitarlo, como ahora. Suspiro y sigo llorando todo lo que necesito, hasta que se separa un poco de mí.

Sus palabras me reconfortan aún más, y le sonrío, agradecida. Pero la sonrisa da paso a una cara de pánico, cuando recuerdo que me había prometido no volver a acercarme más a nadie. No me llevó mucho tiempo ver la concordancia que había entre la gente que quería y la gente que moría. Básicamente esos dos conceptos son los mismos en mi vocabulario. - No deberías - Le digo, alejándome unos pasitos de él. - No quiero que acabes como ellos - No hace falta que diga nada más, porque sé que él entiende a lo que me refiero sin que tenga que ser más explícita, siempre es así. A veces me da la sensación de que es muchísimo más mayor que yo, como si todas las experiencias que yo vivo ya las hubiera vivido ya, y por ello sabe cómo consolarme y aconsejarme. Es por eso que no quiero que le pase nada, que acabe como todos. Siento que nunca saldré de esto. Parece que estoy en un pozo sin fondo, cayendo sin parar una y otra vez, deseando llegar al fondo. Pero entonces ¿qué hago? No puedo salir aunque llegue al suelo, sería imposible. ¿Por qué quiero llegar al fondo entonces? ¿Para angustiarme más?

Miro a Riorden a los ojos, pero vuelvo a apartar la mirada, temerosa de preguntarle lo que estoy pensando. Pero mi lengua parece demasiado suelta, efectos del alcohol tal vez, así que se lo pregunto, casi con timidez. - ¿Cómo superaste tú lo de...? - Casi me da miedo pronunciar su nombre, pero ya no hay vuelta atrás - ... lo de Alec. - Concluyo. Me arrepiento en seguida de haberlo dicho, pero ya no hay vuelta atrás. -  Lo siento, no debería habértelo recordado- Pongo una mueca de disculpa, y me vuelvo a acercar un poco para tocarle un poco el brazo sin saber realmente qué hacer. Yo tampoco soy muy buena consolando, como ya sabe todo el mundo. Cojo otra vez la botella y esta vez pego un trago largo, notando como al tragar el whisky me deja su sabor en la boca.
Jessica D. Voznesenskaya
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