The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Anderson R. Looper
Mentor
Hace más de seis meses que estoy en la casa del alcalde del distrito seis quien estuvo bastante emocionado con la idea de ser la primera de las personas en hacerse con un vencedor. Su casa es demasiado lujosa para mi gusto, y tiene más habitaciones que todas las casas de la isla juntas. Bueno, tal vez exagero, pero no he visto una casa tan ostentosamente grande en mi vida. Los primeros días en esa casa, mis tareas se reducían a llevarle café cuando lo pedía, a acompañarlo a reuniones importantes, a un MONTÓN de reuniones importantes, a vestirle por las mañanas y a ponerle el pijama por las noches. Pero, después de tirarle el café encima de unos papeles importantes por quinta vez, y dejar caer su cena sobre la cama al tropezar con las alfombras, me cambió de trabajo. Mi tarea empezó a ser ayudar en la cocina donde hay varias esclavas más que no sé de donde se sacó, pero son chicas que trabajan a una velocidad más de lo que mi cabeza puede aguantar. Me hicieron cocinar. Gran error. Después el incendio que provoqué a finales de invierno cuando intentaba freír un huevo, fui cambiado de sitio, otra vez, y mis tareas se relevaron al campo. Solo tenía que encender los aspersores cuando cayera la noche y a regar las plantas más delicadas en la mañana, a podarlas si hacía falta, y a cuidar de ellas en general. Eso no se me daba tan mal. Mi abuela me había comprado una planta de bayas cuando era pequeño porque según Paul eso ayudaba a mantener mi mente ocupada y alejadas las alucinaciones; pero nunca funcionó entonces y tampoco funcionó ahora. Después de que me cortara por accidente el brazo con las tijeras de podar, decidió que yo no le servía para nada que no fuera de adorno.

Y entonces, volvieron sus hijas de casa de su madre. Una niña de 5 años, y otra de 10 que buscaban desesperadamente atención que su padre no podía darles. Lloraban llamándole por las noches presas de pesadillas, pero ni siquiera el resto de esclavos acudía a verlas. Mis labores habían sido reducidas a “no hacerme daño con nada porque valgo mucha pasta” y eso era, además de aburrido, bastante fácil. Pasaba los días en la biblioteca del alcalde leyendo los pocos libros que él podía darse el lujo de conservar y que no estaban escritos en su idioma o prohibidos, o escribiendo en el cuaderno que amablemente me facilitó. No se puede comparar en absoluto con los viejos diarios que llevaba antes de acabar siendo vendido como un objeto, pero me gustaba conservarlos. En él escribía cosas sobre las personas que perdí, y también, en los bonitos lugares en los cuales podrían estar. Es ese el lugar en el que guardaba la fotografía de Delilah. La última que me quedaba. La que le mandé a mi abuela y robé de su casa una tarde en la que tuve que bajar a comprar frutillas al mercado.

- ¿Andy? - Giro mi cabeza y es una de las hijas del alcalde, Judith, la más mayor, la primera en darse cuenta de que haga lo que haga para llamar la atención de su padre, ni le prestará atención. Cierro el cuaderno por inercia más que porque pueda ver en ello algo que yo no quiera, y sentado en la alfombra de la biblioteca me giro hacia ella. - No puedo dormir - Me levanto del suelo, guardo la libreta entre el cinto de mi pantalón y voy hacia ella llevándola de la mano por los pasillos hacia su cuarto. Lena, la más pequeña, está despierta también. - ¿Por qué no podéis dormir? - Y entonces me paso media hora escuchando que en el armario hay un monstruo que come niños y luego los descuartiza. No hago énfasis en que eso sería físicamente imposible y me limito a asentir. De pronto alguien dice que el punto débil del monstruo son las rosas, y entonces bajamos al patio a coger algunas para poner sobre las repisas de la cama. Así fue como acabé siendo asignado a las tareas relacionadas a las hijas del alcalde, a que llegaran a clase a tiempo, a que comieran bien, a que hicieran los deberes por la tarde y a que se acostaran a las 10 como muy tarde; a jugar con ellas a princesas y castillos, y a contarles el cuento antes de dormir. Me hablaron de lo tristes que se ponían cuando su padre no les hacía caso. Y también les hablé de Delilah y lo convertimos en nuestro secreto. Prácticamente todo Neopanem sabe que Katie y yo tuvimos una hija, pero deseo fervientemente que nadie decida buscarla.

Era más de media noche y apenas hace unos minutos los niños de la fiesta de cumpleaños de Lena se habían marchado. Fue una fiesta con mucho azúcar y muchos padres, y mucho confeti. Confeti sobre todo. Así que ahí estábamos nosotros, los esclavos, limpiando el jardín de la casa en medio de la noche. Uno a uno se fueron marchando y cuando solo quedaban las bolsas de basura y la señora Moret y yo, me ofrecí a acabar el trabajo. El silencio inundó la casa casi de inmediato. Arrastré las bolsas de basura hasta a la entrada de la casa buscando el contenedor de basura que, otra vez, había desaparecido. Suspiré y terminé de bajar la calle hasta la zona comercial. La mayoría de las tiendas estaban cerradas y solo permanecían abiertos los bares donde la gente parecía entretenida entre ellos o con el programa de televisión. Me alejo de las luces porque no me apetece que nadie chequeé si estoy escapando o haciendo mi trabajo y acabo metiéndome por la parte antigua de la ciudad, ahora meros callejones. Dejo las bolsas de basura cerca del contenedor del parque y después recorro el camino de vuelta prácticamente arrastrando los pies. Llegando a la que ahora es mi casa, me dejo caer sobre el banco de la calle. Es el mismo que había cuando era pequeño, esos bancos que estaban repartidos por toda la ciudad de forma aleatoria, y aunque sea una tontería eso me hace sentir en casa. Me dejo caer hacia un lado hasta que quedo recostado cerrando los ojos e intentando recordar que tengo suerte, que siempre la he tenido, y que si Delilah tiene mi sangre, estará tan a salvo como lo estoy yo ahora. Sebastian es listo. Tiene que serlo. Habrá sido capaz de ponerla a salvo.

No se me permite salir del distrito, y no estoy seguro de que alguien sepa donde estoy; ni siquiera sé donde está Katie, o si sigue viva; o Jeremy; o Paul; o mi abuela. No sé absolutamente nada sobre nadie y ni siquiera se me permite preguntarlo a la gente que sí lo sabe. - Estará bien. Es un bebé. - La voz de Alex suena en mi cabeza como si fuera una melodía, y de pronto estoy apoyado contra sus piernas mientras siento su mano sobre mi cabeza. Saco la fotografía del bolsillo y la pongo delante de mi. - Es un bebé. - Repito. - ¿Qué te hace pensar que por ser un bebé va a estar bien? - Unos pasos me sacan de mis pensamientos y me hacen levantarme. Acabo sentándome en el banco con la vista puesta sobre Jolene, cosa que me hace suspirar. Muevo la fotografía ligeramente. - ¿Vienes a decirme lo mismo que mi hermana? - Bromeo con una sonrisa amarga asomándome en la cara y sin ser consciente que delante tengo a la real, no a mi copia barata cerebral. - Porque no sois precisamente la clase de personas capaz de ponerse de acuerdo
Anderson R. Looper
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Solo una última vez • Jolene Yorkey • Flashback Andyav11
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Jolene W. Yorkey
Mentor
Soy una vencedora humana, soy una vencedora humana, soy una vencedora humana...

Ha pasado más de un año que no llevo ese título grabado en la piel, pero aún así no deja de darme vueltas por la cabeza cada vez que pongo un pie en el exterior. Los magos son libres, ahora tienen voz y más de uno se encuentra totalmente rencoroso hacia los hechos que gente como yo ha efectuado tiempo atrás, incluso en contra de nuestra voluntad. Sé que mis manos se encuentran manchadas con la sangre de su gente y no puedo evitarlo, de modo que han sido meses complicados, fríos y hambrientos, mientras que poco a poco pude ir viendo como el imperio de los Black, de esas personas que tanto odio y que me quitaron cada cosa importante en mi vida, se iba desmoronando. Una punzada de satisfacción me sacudió el cuerpo aquel día en el cual me enteré de que habían sido masacrados como cucarachas, para luego ser empujada por la incertidumbre. ¿A donde iríamos? ¿Qué sucedería después? Se volvió complicado. Nuestros orígenes nos obligaron a correr y escondernos como si nosotros tuviésemos la culpa de algo que hizo gente que ya ha muerto. Nunca nos detenemos y así es como vivimos ahora. ¿Acaso no estábamos mejor antes? ¿Acaso no hay nadie lo suficientemente aceptable capaz de tomar el poder, o estaremos en manos de avariciosos el resto de nuestra existencia?

La noche es cálida, digna del verano, pero el aire se encuentra plasmado de cierto aroma a humedad que indica que es probable que comience a llover. Es tan tarde que todo el mundo anda durmiendo, de modo que es el mejor horario para salirme de nuestro escondite para ir en busca de algunas provisiones; yo soy la más pequeña de nosotros y también la más veloz y silenciosa, de modo que Jordan confía en mí para esta clase de tareas. Cuando era una niña, siempre soñaba con venir al distrito seis. Me gustaba imaginar el brillo de sus transportes y el aroma a aceite del cual Andy me hablaba todo el tiempo. Solía creer que este era el centro del escape, aquel sitio donde podía ser feliz porque estaría al lado de la única persona en el mundo que me importaba. Ahora cuando lo miro, me resulta triste, gris y me pregunto si aquellos recuerdos pertenecen a otra vida, a otra Jolene sin ningún problema y con un Anderson al cual nunca tuvo que abandonar, el que acudió a la cita de la fuente y no dejó entrar a nadie más. Sí, incluso con todos los dilemas que tengo hoy en día (que incluyen no acabar encerrada en el mercado de esclavos), puedo decir que esa falta me sigue doliendo.... tantos años después.

Mis pies caminan con sigilo por las calles y voy asomando mi cabeza por cada esquina, evitando los pequeños grupos de aurores que circulan en busca de sospechosos a quien puedan clavarles los dedos. También esquivo los pasos, las risas, alguna que otra voz que se escape disimuladamente de alguna cálida ventana, hasta que finalmente diviso algo que se asemeja a lo que buscaba. Alguien está dejando una bolsa de basura entre el montón de residuos que se encuentra cerca del parque y me pregunto si, dentro de todas esas cosas, no habrá sobras; mi estómago se encuentra hambriento, de modo que ni siquiera lo dudo y, con la espalda encorbada, me acerco con el paso apresurado y los ojos alerta. Me escondo del otro lado del pilón de mugre y asomo los ojos, pero entonces el andar desgarbado del muchacho que se aleja me provoca un vuelco al corazón que en primer momento no reconozco, y que luego se vuelve mucho más familiar.

Las ganas de llorar vienen naturalmente y en un principio no las comprendo, pero cuando voy dejando ver mi cuerpo y me incorporo por completo, aun con las manos apoyadas en la basura, veo como Anderson Looper se va alejando de mí con paso agotado por las calles del distrito que alguna vez fue su hogar. Ahí está él, mi mejor amigo, mi caballero sin caballo, el chico de las pulseras que empujé lejos de mi vida antes de cometer la mayor idiotez de la historia. Y no sé si esto esta bien, no sé qué ha sucedido con él en todo este tiempo, pero no me importa porque repentinamente no tengo hambre y comienzo a seguirlo en silencio, en la oscuridad, manteniendo la distancia solo para chequear su comportamiento, incluso cuando creo que va a descubrirme por lo rápido que me late el corazón. Está más alto, no tanto, y creo que también más agotado. A veces, la luz de alguna casa ilumina su perfil y puedo decir que el tiempo ha chocado en su rostro; también tengo que admitir que me cubro la boca en más de una ocasión para no largarme a llorar. Al final, Andy se deja caer en una banca, pero en ningún momento mis pasos se detienen. Solamente avanzo hacia él como un espejismo, mientras que cientos de dudas explotan en mi cabeza... ¿debería irme? ¿Esto es seguro? ¿Qué estoy haciendo? Y los sentimientos... diablos, ellos se agrupan en mi pecho y gritan, queman, duelen y me hacen feliz al mismo tiempo. Esto no es nuestra fuente, pero es casi como si yo estuviese llegando tarde a nuestra cita.

Sus murmullos me desconciertan, pero es peor cuando él gira su cabeza hacia mí y yo me detengo en seco, notando como mi corazón da un salto hacia mi garganta y una sensación de vértigo golpea mi estómago y convierte mis piernas en gelatina. No hay sorpresa en su rostro, ni alegría, ni siquiera enojo; solo agotamiento y unas palabras que no entiendo en lo absoluto. Me doy cuenta de que estoy transformada en estatua, mirándolo con la boca entreabierta y tengo miedo de que piense cualquier tontería antes de recordar un pequeño detalle.... para él, he estado muerta durante un año. Y en su mente, los muertos hablan.

La simple idea llena mis ojos de lágrimas y por algún motivo asiento lentamente, tal vez porque quiero decirle que comprendo como esto funciona, o porque le estoy respondiendo a su pregunta que no tiene ni pies ni cabeza. Me apresuro a limpiarme el llanto de manera torpe con la mano y carraspeo, aclarando la garganta y conteniendo mi impulso de lanzarme sobre él - yo... yo solo.... - mi voz es un murmullo ronco, como si no la hubiese usado en siglos y para colmo, estuviese conteniendo una nuez dentro de mi garganta. Miro mis uñas mojadas por las lágrimas y llenas de tierra, con tal de no verlo a él - ... solamente quería verte.  Solo eso. Verte. - una sonrisita triste se asoma por la comisura de mis labios y levanto ligeramente la mirada, mirando de soslayo al muchacho de cabello oscuro. No sé como reaccionará; nunca le pregunté si él podía tocar a los muertos de su cabeza y ahora mismo creo que no es el momento, así que simplemente lo hago. Elimino toda la distancia entre nosotros y me inclino de prepo para rodear su cuello con mis brazos, hundiendo el rostro en su hombro con la sonrisa más grande de mi vida, a pesar de que las lágrimas silenciosas vuelvan a mis mejillas sin mi permiso.

Porque después de más de un año, me siento en casa. He vuelto.
Jolene W. Yorkey
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Anderson R. Looper
Mentor
Hay algo que noto raro en ella desde el principio mientras me mira a unos pasos de distancia con los ojos empañados por las lágrimas. Ladeo mi cabeza frunciendo el entrecejo ligeramente, como si con eso solucionara cualquier problema que ella pareciera tener. Si hay algo a lo que no estoy acostumbrado es a verla llorar en mis recuerdos. Y mucho menos a esa voz. Me levanto lentamente del banco nadando en mares de confusión que intentan comprender que ha pasado con esa imagen perfecta que había en mi cabeza hace unas cuantas horas y que se fue indignada por el pasillo porque Alex la sacó de quicio. Por otro lado, mi hermana sigue callada sentada en el mismo lugar donde segundos antes, apoyaba mi cabeza, simplemente observando y convenientemente callada.

Apenas entiendo lo que me dice, sus palabras llegan a mis oídos pero mi cerebro tarda minutos procesando las palabras. Solo soy capaz de notar el tono de su voz, como no lo recordaba; su cabello despeinado, como tampoco es parte de mis recuerdos; manchas que no reconozco, ¿creció? ¿cuándo creció? ¿verme? entre más preguntas hago, más confuso estoy, lo suficiente como para que me pierda ese trayecto en el que ella está lejos, y de pronto no lo está. Y mis brazos tampoco están donde deberían estar, sino rodeándola por completo. Aún cabe en mis brazos de la misma manera que cuando se fue, y que cuando teníamos solo 8 años. Es como si cada parte de mi cuerpo creciera a la par que la suya para que jamás nos convirtiéramos en piezas incompatibles. Es demasiado delgada, es demasiado pequeña. O tal vez solo soy yo que he crecido de más sin darme cuenta. Cierro los ojos entierro mi rostro contra su cuello un momento. Solo un momento.

Pocas veces me he sumido en una alucinación lo suficiente como para permitirme hacer esto. Alex es la persona que más lejos ha llegado. Entra en mi cama, come mis cosas, invade mi bañera, invade mi armario, invade mi vida sin límites. Pero Jole siempre estaba lejos. La mía. Siempre olía a lavanda, incluso en la distancia. Ahora... - Hueles a Jeremy. - No es la mejor manera de decirlo, y probablemente ni siquiera haya sido buena idea usar esa referencia en el mejor de los casos. Me separo de ella lentamente con el ceño fruncido y ligeramente suspicaz. Acerco mi nariz a su mejilla y la olfateo, repito lo mismo con su camisa cerca del hombro, y después cerca del pecho. El olor a bosque inunda cada parte de su cuerpo, el mismo bosque que rodeaba el distrito donde Jeremy nació. Por un momento me parece una muy mala broma de mi cerebro. No es así como quiero recordala y definitivamente no es así como quiero recordarle a él ahora que ya no está; mezclada con la única chica que me molestaba que mirara, como si en algún punto, y sin mi permiso, se hubieran convertido en uno. - Basta - Mascullo dándome un golpe en la frente que es más fuerte de lo que pretendo a primera vista. Hay algo mal conmigo. ¿Pero el qué?

Retrocedo un par de pasos, me pongo las manos en la sien, me dejo caer sobre la banca de nuevo y respiro profundamente varias veces. - Hueles como ese estúpido sitio en el que ese estúpido imbécil vivía. Ni siquiera sé porqué - Mascullo con molestia, aún con los ojos cerrados y con Alex intentando calmarme dándome leves caricias por la espalda de arriba a abajo y susurrándome que todo iba a salir bien. - ¿Es porque me he acordado de él hoy, verdad? ¿y de Katie? - No. Katie no está de ninguna manera; o quizá no miré bien. Alzo mi vista hacia Jole otra vez de un modo casi brusco y noto más diferencias con la misma persona de ésta tarde. Sus ojeras. Su rostro. Sus labios. Ella tiene la cara de una persona que no conozco. Se parece a ella. Pero no es ella. Ni siquiera puedo explicarlo... Y de repente estoy alerta, es la primera vez que me pasa algo como esto, no soy capaz de reaccionar; no tengo consejos de Paul en mi cabeza que me ayuden a recuperar el control.

Miles de palabras se aglomeran en mi mente y quiero retroceder pero sentado en el banco apenas consigo subir los pies a éste y casi acabar sentado en el espaldar. - ¡Andy!, ¡Cálmate! - Mi hermana se levanta de su sitio gritando a todo pulmón incluso cuando me tiene cerca, algo que hace siempre que pierde los nervios; que yo los pierdo. No lo noto, pero una parte de mi, en alguna parte, se da cuenta de que Jolene no la oye; y debería. - ¡NO ME DIGAS QUE ME CALME! - La frustración se apodera de cada célula de mi cuerpo. - ¿Por qué no puedo conservar su recuerdo intacto en mi cabeza? ¿Por qué tiene que cambiar? ¿Por qué tiene que mezclarse con otro? Al final la acabaré perdiendo incluso entre mis recuerdos, y entonces no me quedará nada de ella a lo que echar de menos.
Anderson R. Looper
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Jolene W. Yorkey
Mentor
Jeremy.

Todavía después de tanto tiempo, ese nombre hace que me tiemblen las piernas. Mis brazos aprietan a Andy en respuesta, haciendo un enorme esfuerzo para no ponerme a gritar, a chillar, a patear el suelo y a darle cientos de zapes para descargar mi ira en cualquiera, aunque sé que yo tengo la culpa de todo. Yo me fui, yo los dejé, aunque luego de asegurarme que en esa isla no quedaba absolutamente nada para mí. Jeremy había traicionado mi confianza y Andy iba a tener un hijo con Katie. ¿Que me quedaba, además de ellos? Un hermano que apenas lograba ver y una madre que parecía perdida en su miserable rutina.

Andy se aparta de mí y comienza a olfatearme, lo que hace que me quede durita como cuando jugábamos a las estatuas en el patio de mi casa en el distrito ocho, e incluso contengo la respiración, aunque sé que el ritmo de ésta no me delataría. O tal vez sí, quien sabe. Cuando deja de hacerlo, me olfateo a mí misma en la ropa y el cabello a ver si logro encontrar lo que él nota, pero yo solo huelo mugre. Entonces, algo de lo que dice parece encender ese interruptor que activa las palabras en mi cerebro para que se escapen por mi boca sin que lo piense - ¿tú también piensas en ellos? - claro que lo hace. No es tan fácil olvidar a las personas que te marcan hasta lo mas profundo. Todas las noches antes de dormir, hago una lista mental de esas personas que influenciaron para dejarme parada donde me encuentro hoy; desde mi familia a Katie y Jeremy, y obviamente, Andy. Claro que no puedo decirle que él también está en mi cabeza todo el tiempo, siento que no sería adecuado.

Doy unos pasos vacilantes hacia él pero el moreno se pone a gritar cosas que no entiendo y rápidamente miro hacia todas partes, esperando que nadie tuviese la curiosidad de asomarse por una ventana para encontrarnos a ambos en medio de la calle; puede que Andy no lo sepa, pero todo el mundo es capaz de verme. Apenas le presto atención a lo que está diciendo porque ando soltando varios "shhh" mientras sacudo mis brazos y agarro el suyo, tirando de éste para que se quede sentado en el banco - ¿realmente quieres despertar a todo el distrito seis? - le espeto, poniendo una mano sobre su boca y pellizcando su nariz como cuando nos fastidiábamos el uno al otro en nuestras pocas peleas infantiles - no me obligues a darte un puñetazo...

No sé si sus alucinaciones tienen tanto contacto físico con él como yo lo estoy haciendo, pero ya no me importa. Es mi mejor amigo, ese al que le quiero gritar que soy real y que por fin lo tengo en frente luego de nuestra discusión en la fuente. Me relamo al recordar ese último beso y hasta siento el impulso de repetirlo, pero en su lugar, me siento lentamente a su lado - ahora voy a soltarte y me vas a prometer que te vas a quedar callado... ¿de acuerdo? - le digo seriamente, con el entrecejo fruncido, y aparto la mano de su boca con suavidad para ponerla sobre mi rodilla - listo. Mejor así...ahora. ¿Vas a explicarme qué hacemos en el seis? - pregunto con inocencia, aunque sé que se supone que tendría que saber todo lo que hay en su cabeza. Y sin embargo, necesito algunas respuestas.

De una manera algo furtiva, casi deseando que se dé cuenta de que nada de esto es una vil mentira de su cerebro, mi mano se entrelaza suavemente con la suya, descubriendo que todavía, tras todo este tiempo, le pertenece.
Jolene W. Yorkey
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Anderson R. Looper
Mentor
¿En serio acaba de hacerme esa pregunta? ¿Cómo que si pienso en ellos? Claro que lo hago, incluso pienso en ella que lleva muerta un año, incluso pienso en Alex que lleva muerta 7. Me pregunto si todavía pensaré en todos ellos dentro de 10 años, si es que 10 años sigo vivo. Tengo tantas cosas que decir, me quiero callar otras tantas, así que cuando pone mi mano sobre sus labios me da la excusa perfecta para no tener que elegir ninguna de mis opciones. Siento que me rompe el corazón cuando dice que va a pegarme un puñetazo porque ni todos sus golpes del mundo me harán el daño real que necesito que me haga ahora mismo. Daría toda mi vida por un sólo de esos segundos que ya perdimos del todo. Suelto un gemido para acallar la sensación de dolor del pecho y asiento obediente cuando promete soltarme y dejo que sus dedos resbalen por mi piel.

Por un momento me siento bien, como si estuviera a salvo en un mundo que ha acabado volviéndose una arena constante, y dejo caer mi cabeza con la vista puesta en sus manos que descansan primero en sus rodillas y luego lentamente se enredan con las mías. Al principio aprieto mucho sus manos hasta que veo sus dedos ponerse rojos, y los míos también, como si eso pudiera retenerla así para siempre. La pregunta me descoloca. ¿Qué hacemos en el seis? - Vivimos aquí - El "vivimos" me provoca una punzada en el pecho, como si hubiera metido mi propio dedo en una yaga antigua que todavía duele como el demonio. - Bueno, yo vivo aquí, tu estás muerta - Las palabras salen amargamente de mi boca mientras mi vista se desenfoca involuntariamente.

Odio esto, odio estar solo, odio no tenerla todo lo que quiero porque incluso en mi mente ella desaparece a veces. Podríamos quedarnos así el resto de mi vida. No quiero volver dentro, no quiero responsabilidades, no quiero volver a pensar en personas que ya no están. - ¿Quieres suicidarte conmigo? - La voz de mi hermana me llama casi de inmediato, como si estuviera preocupada por mis palabras. Quiere preguntármelo, quiere saber si voy en serio, pero solo sacudo la cabeza. - Tengo que encontrarla. - Delilah es lo único que me mantiene vivo estos días, porque Jeremy no está, porque Jolene murió, porque Kathleen desapareció. Porque puede que todos ellos estén muertos. Y quizá mi hija también, pero algo en mi interior me impide pensar en eso. Ella es un bebé. Ni siquiera son mis palabras, pero me aferro a ellas de todas maneras.

Ella es un bebé. Ella acaba de llegar a este mundo. No puede salir de él aún. No es su momento.

Otra vez, mis manos se cierran sobre las suyas con fuerza, incluso llego a enterrar mis uñas en el dorso. Ni siquiera me contengo porque no importa; ella no siente, no siente como cuando estaba viva. - ¿Por qué pareces tan distinta? - El silencio de la calle hace mis palabras más siniestras, con un tono de voz apagado y monótono. - Sólo te has ido un par de horas - Esas palabras son las que me hacen perspicaz. Es verdad, sólo se fue un rato después de su última pelea con Alex. Estaba tan enfadada que salió por la puerta y se marchó. Frunzo ligeramente el entrecejo. ¿Que ha pasado? ¿Que ha pasado en mi cabeza en dos horas? Tiene que ser culpa mía, ella se ve así porque algo se alteró dentro de mi mente. Comí lo mismo de siempre. Hice lo mismo de siempre. Pero ella es distinta.

Mi hermana lleva 7 años con el mismo vestido blanco con el que la recuerdo en el verano antes de que muriera. Me encantaba ese vestido, tal vez por eso lo elegí. ¿Por qué Jolene lleva otra ropa? ¿por qué lleva otro pelo? ¿Por qué huele diferente, habla diferente, se siente diferente? Pongo mis ojos sobre ella y luego mi mano libre en su mejilla, acaricio la piel con el pulgar sobre una leve costra de tierra que se cae al frotar. - ¿Qué te ha pasado? - Murmuro la pregunta, sintiendo su respiración ligeramente alterada. - ¿Qué me ha pasado? - Modifico la pregunta. Ella está en mi cabeza. Ella no tiene la culpa. ¿no? Solo es un error. Sólo es temporal. Tal vez todo se deba al recuerdo de Jeremy y Kathleen que se me coló durante la tarde en la cabeza... cabeza.

Echo su cabello hacia atrás, enredando mis dedos en él con una intención concreta. Mis ojos se posan en esa cicatriz sobre la sien que fue hecha con un arma que casi la mata; aún en mis peores pesadillas la veo caer, revivo ese momento como lo viví hace tanto tiempo, con detalles escabrosos que me hacen temblar en la cama, aceleran el corazón y queman el pecho. Y ahí está. Es apenas una línea blanquecina que asoma sobre su piel, pero que no se ve de lejos. Una herida que no asomaba en la cabeza de la Jolene de mi mente la ultima vez que se quedó dormida sobre mis piernas. La jolene que nunca sufrió. Que fue feliz. Que nunca tuvo que morir.

La Jolene de mi mente. La Jolene real.

Esas palabras golpean mi cabeza como un balde de agua fría. Retiro mi mano como si quemara, primero la de su rostro, luego la que enreda con la suya. Mis ojos son de completa estupefacción. No puedo sacarme la palabra "real" de la cabeza. Ella no puede ser real ¿no? la real está muerta. Aunque ¿qué se yo sobre la real? sólo lo que la prensa quiso que supiera, una posible mentira para quedar bien después de que una cría se fugara. - Jole - Mi voz es aguda y ahogada, incluso con solo dos sílabas, se nota que tiembla insegura de salir de mi garganta. - ¿Donde está mi hermana? - Puedo sentir, sin necesidad de mirarla, la confusión inmediata de Alex. - ¿Puedes verla, no? ¿Dónde está?
Anderson R. Looper
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Jolene W. Yorkey
Mentor
"Yo vivo aquí, tú estás muerta"

Esas palabras me arman un nudo en el centro de mi garganta y me provocan unas increíbles ganas de llorar, aunque no entiendo como logro contenerme. Casi pude sentir de forma exacta como mi corazón se hizo añicos, uno a uno, hasta dejar mi pecho pesado y vacío al mismo tiempo. Tengo la necesidad de darle un cachetazo para que vea lo real que soy y salir corriendo, pero no sé exactamente como eso nos afectaría a ambos, hasta que su pregunta quita todo pensamiento de mi mente - bueno, creo que ya intenté suicidarme contigo una vez, ¿recuerdas? - bromeo con tristeza, porque ambos sabemos que eso no fue un intento de suicidio, sino un acto fallido de fuga que acabó con ambos en el hospital y muchas amenazas. Y de verdad, espero, que él no hable en serio. Me acomodo un poco más cerca de él como esos tiempos en los cuales me gustaba aproximarme mejor para escuchar sus historias, y trato de observarlo dulcemente - ¿encontrar a quien? - nada de lo que dice tiene sentido; tal vez en todo este año que no nos vimos, no hizo mas que perder la poca cordura que le quedaba. Pobre mi Andy.

Pero entonces clava sus uñas en mi piel y su desesperación se transforma en la mía. Hago una mueca a modo de queja para indicarle que me está lastimando, y trato de zafarme de su agarre sin mucho éxito, notando como mis manos han vuelto a ser mucho más pequeñas que las suyas - Andy... para... - ruego, porque es lo único que puedo decir, lo único que sale de mi boca tras la culpa y la confusión. No puedo decirle que me he ido por mucho más que horas y que la última vez que me vio realmente fue en la fuente del ocho, porque luego yo fui quien lo vio dormir cuando le dejé la carta de despedida. Me suelta solo para echarme el cabello hacia atrás y sé lo que busca, la cicatriz de nuestro último día antes de transformarnos en lo que somos ahora, y yo lo miro fijamente a los ojos que nunca han cambiado, notando la visión borrosa por las lágrimas que empiezan a apilarse en mis ojos. ¿Hace cuanto no me quiebro? Y ahora, solamente quiero ponerme a llorar como la niña pequeña que él conoció en el ocho. Y a pesar de mis quejas, cuando aparta sus manos, quiero decirle que no lo haga.

Su pregunta me toma por sorpresa y me le quedo mirando con un rostro helado, y cuando me doy cuenta de lo que hago, empiezo a limpiar las gotas de llanto de mis mejillas para disimular que nunca salieron - ¿tu hermana? - repito con cierta duda, mirando alrededor como si buscase a alguien que sé que nunca veré porque lleva muerta mucho tiempo. Mi cuerpo tiembla y también lo hace mi voz, así que me muerto los labios para que no me traicionen - ella... ella está... aquí, ¿no? - y sé que la he cagado. Me levanto del asiento como si éste quemara  y bajo la vista para que no me vea, dando unos pasos hacia atrás. No puedo mentirle sobre aquello que tanto extraña. No puedo fingir cosas que no son cuando la realidad me persiguió toda mi vida. Sé que mis nervios están despertando mientras aplasto mi cabello en todas direcciones y los sollozos histéricos suben por mi boca, haciéndome estremecer, y ninguna idea se encuentra clara en el desastre emocional en el cual me he transformado. Andy es mi mejor amigo, es el único real que tuve incluso cuando me marché odiándolo por haberme dejado por Katie, e igual así me doy cuenta de que todo ha quedado intacto. No puedo mentirme, ni mentirle a él.

Cuando lo miro, sé que perdí toda cordura porque mi mente se ha paralizado. Y las cosas que digo, las digo sin pensar - ¿como quieres que vea a alguien que se ha ido, Andy? - sollozo, dando grandes zancadas hacia él; nunca he hecho esto, solamente una noche con Jeremy, cuando ambos estábamos ebrios y las cosas se fueron de control. Ahora es diferente. Ahora es real y consciente. Una mano se aferra al cuello de su camisa para ponerlo de pie y la otra se enrosca en sus cabellos oscuros, los mismos que acaricié tardes enteras hasta que caiga rendido en la siesta. Entonces mis labios chocan contra los suyos con una necesidad que no sabía que tenía, sin importarme las lágrimas, o que estamos en medio de la calle, o que él cree que estoy muerta cuando no lo estoy, porque así es como las cosas siempre debieron ser. Él es mío y yo soy suya, y lo recuerdo con cada contacto de nuestras bocas, con cada respiración ahogada que choca contra la suya y con el roce de mis brazos alrededor de su cuello. Al final, cuando me separo de un modo exasperante y lento, me demoro en abrir los ojos y raspo mis labios con mis dientes, notando un extraño cosquilleo. Ahora sé que el juego terminó y así son las cosas.

Cuando vuelvo a encontrarme con sus ojos, llevo un dedo a mis labios para que guarde silencio, sintiendo que soy una vez más la niña que le pedía que se quede calladito cuando jugábamos al escondite - nuestro secreto - le recuerdo. Y sin más, me volteo haciendo que mi cabello se agite y salgo corriendo calle abajo, con la adrenalina recorriéndome a flor de pie y la tristeza azotando cada célula de mi cuerpo. Porque entre nosotros, nunca puede haber mentiras.

Y me pierdo otra vez en la oscuridad.
Jolene W. Yorkey
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Anderson R. Looper
Mentor
Cuando pregunta a quien voy a buscar de mi boca no sale nada, ni siquiera el nombre de mi propia hija porque estoy deseando oír la respuesta a la pregunta que hice antes. ¿Ves a mi hermana? Tiene que verla, porque ella está en mi cabeza y las cosas de mi cabeza siempre se ven entre ellas. La mano de Alex reemplaza las de Jolene cuando se separa y sé que pasa algo. La voz de mi hermana suena en mi cabeza pero no la entiendo, está intentado decirme algo. ¿Qué es? ¿Por qué de repente no hablamos el mismo idioma? No es su culpa. No es ella. Soy yo. Es mi mente centrando todo su atención en mi mejor amiga, que probablemente no esté muerta. Y ahí están. Las palabras que lo confirman. El dolor de sus manos, ese movimiento retrocediendo. Esa pregunta. - Tú también te has ido - Mi voz es ahogada, ni siquiera estoy seguro de que me escuche porque estoy completamente estupefacto mientras me levanto lentamente del banco como si tuviera terror de la persona que tengo delante; porque no la reconozco, porque esa no es mi mejor amiga.

Esa a la que yo también le mentí cuando volví a verla, a la que le oculté muchos años que yo podía ver cosas que no estaban ahí.

Son sus manos las que me ayudan a acabar de ponerme en pie en un movimiento en el que me había quedado a medias. El corazón se me acelera mientras me aprieta contra su pecho, enreda sus manos en mi cabeza y luego estampa sus labios contra los míos. No sabe como recuerdo pero sí a lágrimas saladas y mugre. Aún así sé que es ella, porque ese calor que he sentido pocas veces se ha hecho lo suficientemente familiar como para reconocerla. ¿Cómo no me he dado cuenta? No importa las veces que piense en las personas y consiga que vuelvan, nunca se sienten así, nunca son tan reales. Ojalá fueran tan reales. - ¿Por qué? - Susurro ahogadamente entre besos mientras mis manos se van a sus mejillas atrayendo su rostro hacia el mío con pensamientos encontrados; el enfado y la añoranza, el deseo y la desesperación. Miles de lágrimas se agolpan contra mis ojos pero no salen del todo. ¿Por qué me miente? ¿por qué ha pasado un año lejos? ¿por qué nunca me escribió? ¿por qué nunca vino a verme? ¿Dónde ha estado todo este tiempo? ¿Con quién? Pero esa no es la pregunta que quiero hacerle. "¿Por qué juegas con mi cordura?". Sus dedos sobre mis labios impiden que aquello salga de mi boca. Ella sabe que soy frágil, es consciente que solo basta una chispa para que lo real en mi cabeza deje de serlo por completo; y lleva mucho tiempo lanzando disparos intentando encenderla.

"Nuestro secreto". ¿Qué secreto? ¿De qué habla? - Jole - Ahogo la voz mientras la veo echar a correr calle abajo sin mirar hacia atrás. Al principio no soy consciente de lo que hace pero mi cuerpo se mueve por inercia a pasos irregulares y hacia ella que se aleja velozmente. No sé cuantas veces la llamo, pero cada vez más entiendo que hace. - ESPERA. ¡¡¡ESPERA!!! ¡¡VUELVE!! - Y echo a correr detrás de ella pero no con la suficiente rapidez. No pasan más de dos calle antes de que aparezcan los agentes de la paz. Choco contra el pecho de uno mientras grito su nombre todavía intentando soltarme. Me ordenan que me calme, me placan en el suelo, enredan mis manos sobre la espalda y yo sigo gritando su nombre cada vez con más desespero. Se creen que he perdido el juicio y utilizan magia para dejarme inconsciente. Aún así me resisto, aunque por poco tiempo. Me sumo en la inconsciencia con las mismas frases repitiéndose en la cabeza una y otra vez y su nombre saliendo por mis labios.

Me está dejando. Otra vez. En medio de la oscuridad. Como la primera. Con un beso como recuerdo.
Anderson R. Looper
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