The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Echo R. Duane
El primer lugar al que nos lleva mi desaparición es al capitolio abandonado. Las manos de Stephanie golpean reiteradas veces contra mi cuerpo mientras la arrastro fuera del medio de la calle donde se celebran habitualmente las ceremonias de coronación. Es el lugar más lejano al que pude permitirme marchar porque pensé en que necesitaría tiempo no solo para hacerla entender que su culo ahora no vale una mierda, sino a entenderme a mi mismo. ¿Por qué demonios la saqué de allí? Supongo que el deber que llevo años cumpliendo es más fuerte que otra cosa. Me apoyo en la pared soltándola, dejándola que se desahogue todo lo posible sin realmente estarle prestando atención. Agarro el cuchillo de la bota del pantalón, agarro su cabello y le pego un tajo. Eso la calla por un momento. Después repito lo mismo con el vestido elegante de diamantes, que aunque estuviéramos a oscuras por completo, seguramente generaría luz propia y una vez desnuda delante de mi, la cubro con mi camisa que a esas alturas está ligeramente manchada de sangre oscura. Me coloco de vuelta la chaqueta encima y lanzo un incendio hacia el vestido lleno de alhajas que empieza a quemarse en el acto.

Si va a pasar desapercibida, está demasiado limpia. La agarro bruscamente de la muñeca y la tiro contra su voluntad hacia un charco de agua, lodo y nieve que la cubren de porquería en un momento, y lo que no la ha cubierto me encargo de cubrirselo yo con manotazos de barro a los que ella se resiste, de la misma digna manera en la que lo hace siempre que cree tener razón. Me limito a lanzarle una mirada que congelaría a cualquiera en el acto. Claro está que ella no es cualquiera. - Estoy intentando salvarte el culo. Esa zorra habrá puesto precio a tu cabeza y a la mía, y sinceramente me encanta mucho donde tengo la mía en este momento - Me la señalo, por si no ha quedado claro. - Ahora no eres absolutamente nadie. Cállate, y sígueme. - Busco algo con lo que presionar la herida de mi costado y empiezo a andar, por suerte para mi, ella me sigue.

Pese al silencio que se hace entre nosotros, cada vez me resulta más pesado moverme. Cuando llegamos al primer distrito, es casi de noche, así que la gente está demasiado ocupada cenando en su casa como para reparar en una vagabunda. Yo por mi parte, he desaliñado también la ropa suficiente como para que nadie repare en mi. Pasamos casi dos distritos enteros sin comer, ni beber, ni tampoco parar, hasta que tengo que parar. Y sí. Soy yo quien tiene que parar. Stephanie me mete prisa, pero la herida del costado lleva sangrando mucho tiempo y a esas alturas no puedo moverme. - Deja de meterme prisa. Echo de menos que estuvieras callada. Joder. - Me da un par de horas, o eso cree que son porque ella está jodidamente inquieta y no para de moverse de un lado  otro. Media hora después seguimos en el mismo sitio y hasta yo sé que no es buena idea. Al final, pasa algo que ya estaba viendo venir. Se larga. Y todos sabemos que no va a volver.

En realidad no me importa. Creo que su cabeza vale más que la mía y esconderse sola le va a resulta más fácil, y a mi también. Me quedo allí no sé cuantas horas más, e incluso me quedo dormido. No es hasta que escucho una rama romperse que me levanto bruscamente, algo que reciente mi costado y saco la varita. Después, aplico un hechizo sobre mis pies y sigo andando cual zombie, arma en mano, mano en el costado sosteniendo una herida que cada vez va a peor, y manteniéndome en marcha. En menos de media hora reconozco las entradas del distrito tres y para entonces la noche ha caído. La primera persona que se me pasa por la cabeza es Arleth. Ya tiene suficientes problemas con todo esto. Ya tiene un miedo atroz porque alguien llegue para llevarse a su hijo solo por ser quien no debe ser. Ya tiene bastante con todo lo que lleva encima. Pero mientras pienso todo aquello mis pies se han movido sin mi voluntad, y cuando recupero la consciencia de lo que estoy haciendo, ya he frenado delante de la puerta trasera de su casa en plena madrugada y mis nudillos han tocado la puerta hace rato, cosa de la que me doy cuenta por la rapidez aparente con la que abre.

La veo tambalearse, seguramente por lo deplorable de mi aspecto. No, no es ella; soy yo. Y en cuestión de décimas de segundo pierdo el conocimiento por un instante, suficiente como para que mi cuerpo se haya desplomado inerte contra el suyo que frena en seco mi caída. Mi respiración choca contra su hombro, y después, mis manos contra sus brazos cuando intento apoyarme en ella para recuperar el equilibrio. - Los han matado a todos - Farfullo con lo que es un susurro cansado, pausado y ahogado con mis labios todavía sobre la piel de su hombro que asoma por encima del pijama. Ni siquiera sé porqué este es el primer lugar al que vine. - Coge tus cosas. A tus hijos. Y vete - Supongo que toda la gente normal va a buscar a su familia cuando las cosas se ponen feas. Ella es lo más cercano que tendré a algo llamado familia.
Echo R. Duane
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Arleth L. Ballard
Ava ama las bodas, como toda niña de su edad, por eso mismo es que estábamos todos reunidos alrededor de la televisión la noche en la cual todo se fue al carajo. Obviamente, Cale se encontraba refunfuñando y se vio bastante alegre en el segundo en el cual la señal falló, pero poco a poco esa sonrisa comenzó a apagarse cuando nos dimos cuenta de que no era problema de nuestro aparato, sino que estaba sucediendo en todas partes. Y cuando la imagen regresó, paralizando a un país entero y haciéndome soltar un grito de desconcierto, la confusión se adueñó de mi hogar por un tiempo indefinido...

Los días que siguieron, permití que Cale no asistiera a clases, a pesar de que constantemente podía notar como me echaba miradas curiosas, vigilando que no esté chequeando el comunicador cada cinco minutos. Y lo hago, claro que lo hago, en los instantes en los cuales me quedo a solas y no puedo hacer otra cosa que preguntarme dónde se ha metido Echo Duane, a quien le debo cientos de favores, el cual es mi amistad más duradera y el que, aparentemente, ahora necesita más ayuda que yo. He pensado en llamarle, pero cada vez que estoy a punto de hacerlo, temo que su comunicador se haya roto, o se lo robasen, o cualquier otra cosa que pudiese atraer gente indeseable a mi casa y por ende, a mis hijos. Así que paso un largo tiempo sin saber qué hacer, con la televisión apagada e intentando mantener a Ava completamente desconcentrada de todas las cosas que se supone que nunca debió haber visto o escuchado. Y recuerdo esas palabras, salidas de los labios de Jamie Niniadis, proclamando una libertad que no me cuadra, que me genera más pánico del debido y me eriza la piel.

Me despierto con los sentidos alerta al escuchar un sonido sordo en la puerta de mi casa que retumba entre el silencio de las paredes. Me muevo en la pequeña cama de Ava, quien se encuentra dormida hecha una pequeña bola a mi lado, para chequear la hora; pasan la una y media de la madrugada y nadie debería estar aquí. Pero por algún motivo (puede ser llamado instinto o estupidez, y sé que de alguna forma ambas cosas están conectadas), me pongo de pie con cuidado y bajo las escaleras con un trote ágil y silencioso, heredado de mis años como agente de la paz. Asomo un ojo por la perilla de la puerta y lo que veo me sacude el estómago, los nervios y el corazón... porque aquel viejo amigo que llama en mi hogar, donde mis niños duermen plácidamente, es una de las cabezas con mayor precio en todo el país.

Y no dudo, claro que no, en cuanto le abro la puerta para encontrarme con su cuerpo herido, sucio y un rostro que grita ayuda a los mil vientos. Abro la boca para efectuar alguna pregunta, la que sea, pero no alcanzo a decir nada porque su peso choca contra el mío y tengo que hacer un esfuerzo en no caer al piso; mis brazos, delgados pero nada débiles, lo sostienen con cuidado a pesar de que mi cerebro se encuentra aturdido - Shh.... ahora no hables - le ordeno - lo último que necesitas es gastar tu energía en hablar... ¡Cale! - llamo a mi hijo mayor con urgencia, comenzando a arrastrar con cierta dificultad el cuerpo de Echo hacia el interior de la sala - ¡CALE! ¡RÁPIDO! - el chico aparece por las escaleras con tal velocidad que me hace creer que él también se despertó con los golpes en la puerta, con un pijama que ya comienza a quedarle chico y el cabello castaño disparado en todas direcciones; ha crecido tanto que por momentos, tengo la ligera sospecha que estoy parada frente a mi esposo muerto y no mi hijo. Los ojos de Cale pasan un momento por Echo, confusos, y luego se lanza a cerrar la puerta para que nadie se entera de lo que está sucediendo dentro de nuestra casa - ayúdame con él. Hay que llevarlo a la mesa de la cocina, ahí hay luz.

A pesar de que tengo cosas que hacer ahora, mientras llevamos a Echo a la cocina no puedo dejar de pensar en las cosas que él acaba de decirme; sí, sé que los han matado a todos, pero se supone que ahora somos libres... ¿por qué huir? ¿Qué es lo que no cuadra? Tal vez es toda la información que yo mantengo en mi cabeza al haber sido parte de los agentes especiales de los Black, o algo relacionado con Cale, o Ava... ¿pero qué? En cuanto llegamos junto a la mesa y encendemos la blanca luz de la cocina, le hago una seña a Cale, quien sujeta al hombre por los pies, para que empuje hacia arriba y lo coloque encima del mueble - tráeme mis materiales de trabajo, Cale... y apresúrate - comienzo a lavarme las manos de la manera más torpe posible, notando como mis manos están temblando, pero en cuanto están secas me acomodo junto a Echo con el rostro firme para poder chequear su herida. Me inclino ligeramente hacia él, con el ceño fruncido a pesar de la preocupación, para poder susurrar - ¿qué está pasando, Echo?
Arleth L. Ballard
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Cale J. Ballard
Consejo 9 ¾
No sé qué rayos pasa, ni siquiera sé cómo es que el país se vio sumergido en esta situación, pero mi sentido común me permite ser lo suficiente inteligente como para no hacer preguntas innecesarias a mamá, mucho menos si Ava está presente. Hace poco que todo Neo Panem se vio envuelto en el caos, no más de una semana, con un nuevo gobierno liderado por los rebeldes, y dos personas cuya cabeza vale más que cuando estaban en el poder. No soy un idiota, así que me hago una idea de lo que sucedió, a medias, pero lo intento. También he visto a mamá checando una y otra vez el comunicador que hace tiempo me enseñó, cuando me dio a entender de la forma más drástica que nada era lo que parecía y que debía mantenerme alejado de los problemas. No lo demuestro, mucho menos hablo sobre el tema, pero la verdad, es que estoy un poco asustado, o bueno, no asustado, pero sí intrigado por todo lo que pasa, como si hubiera algo dentro de mí que me estuviera diciendo que pronto las cosas van a cambiar, y no para bien específicamente. Mamá no hace más que confirmar que ella tiene mi misma sospecha, con todos esos gestos que disimula casi al instante de hacerlos, y su sobre-protección en el punto máximo de la palabra. ¿Por qué sino no estaría tan pendiente del comunicador? ¿Por qué sino no deja que vaya a la escuela con normalidad?... tampoco es que me moleste faltar, a ningún niño de mi edad le gustaría meterse a esa cárcel si le están dando permiso de de no ir, pero al menos me distraería pensando en otras cosas menos alarmantes. Claro que no me gusta pensar mucho en eso, pero no es que tenga la selección de los temas más interesantes para detenerme elegir. Aunque bueno, admito que al menos una vez al día logró preguntarme qué sucederá de ahora en adelante. Supongo que todos lo hacen, yo espero que nada malo. Aún así, temo por mi madre y mi hermana, además de que sé que ellas tienen sus propias personas importantes por las cuales preocuparse además de nuestra pequeña y quebrada familia. Un ejemplo, Elioh. Mamá no lo ha demostrado, o no ha pensado en eso siquiera, pero si ocurriera algo fuera de lo normal en los distritos sé que rezaría porque no le pasase nada malo. Incluso yo me preocuparía por los pocos amigos que tengo aquí y en otros distritos.

Intento conciliar el sueño desapareciendo cualquier rastro de pensamientos negativos, me sorprende la facilidad con la que ceden mis ojos apenas entrando la medianoche, estoy entre los sueños y la realidad, en un vaivén nada agradable puesto que estoy consciente de lo que pasa a mi alrededor, más no puedo hacer nada para involucrarme en él. Entonces varios ruidos provenientes de la planta baja me sacan de mi estado semi-dormido y hacen que abra los ojos de golpe, manteniéndome alerta. Una vez que me doy cuenta de que no es más que alguien que toca, o más bien rompe, la puerta, dejo escapar un suspiro y me hundo aún más en mi cama. Creo que mi espanto fue en vano, no hay nada más que la puerta sonando. Entonces termino de despertar y como si hubiera una voz en mi cabeza indicándome que algo no va bien, volteo a ver el despertador. Es de madrugada, ¿Quién hace visitas a esta hora? Nadie, absolutamente nadie a menos que algo ocurra, eso es todo en lo que logro pensar antes de levantarme. Escucho a mamá bajando por las escaleras y me quedo un momento en silencio. Luego la puerta se abre y no se vuelve a cerrar ni escucho mucho lo que mamá dice. Me muevo a su cuarto asomando mi cabeza hasta encontrarme con mi hermanita durmiendo sobre la cama, al menos ella está como siempre. Eso logra tranquilizarme un poco antes de que escuche un grito llamándome. Me sobresalto al escucharla tan alterada, así que sin pensármelo dos veces cierro la puerta de su habitación y bajo tan rápido como mis pies me lo permiten.

Me quedo demasiado sorprendido ante la escena pero no pierdo el tiempo y cierro la puerta para después ayudarla a cargar al hombre malherido. Dividimos el peso entre los dos y cuando me indica que lo suba, pongo mi empeño en hacerlo con cuidado para ahorrarle otro golpe. Lo suelto casi al mismo tiempo que ella y la miro con ojos que reclaman por respuestas no sin antes dirigirle un mirada de lo más confundida a él. Justamente es una de las dos personas que andan buscando de aquí a allá desde la boda-no-boda de Stephanie Black. En seguida me sacan de mis pensamientos y con un bufido vuelvo a precipitarme por las escaleras a toda prisa, procurando no hacer el ruido suficiente para despertar a Ava, esto es una de esas cosas de las que NO se debería enterar. Entro a la habitación de mi madre con sumo cuidado y busco en los cajones de la cómoda hasta que doy con e botiquín de primeros auxilios que mantiene guardado para situaciones como esta, o bueno, no precisamente como esta.

Una vez abajo le entrego las cosas y miro al hombre que yace inconsciente sobre la mesa. - Mamá, ¿Qué rayos está pasando? - En una situación así no puedo evitar pensar en todo lo ocurrido los días pasados: La boda interrumpida, el nuevo gobierno, las constantes miradas de mamá hacia el comunicador. Y con eso sólo puedo creer que realmente todo va a cambiar.
Cale J. Ballard
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Echo R. Duane
Pese a que me dice que me calle no puedo evitar seguir repitiendo lo mismo. Tiene que escapar, porqué está haciendo ésto más difícil? si quiere mantenerse a salvo quedarse no es una opción. Hay miles de cosas que puedes entender o intuir después de lo que pasó, y el hecho de que matarán a cualquiera con una mínima relación con el gobierno, está más claro que el agua. Sea mago o no. Mientras los brazos de Arleth y de su hijo me arrastran hacia la mesa, hago un esfuerzo por ser la menor carga posible, cosa sin éxito porque me pesa el cuerpo y a duras penas puedo respirar. Caigo sobre la mesa en lo que me parece una torturante cámara lenta e intento acomodarme, lo cual solo es arrastrarme un poco hasta que ambas piernas quedan encima y soy incapaz de seguir haciéndolo.

Ni siquiera sé por donde empezar a explicarle algo que apenas puedo entender, y además mientras trabaja en la herida del costado. He tenido miles de heridas como esas, pero jamás se han agrabado tanto. Paso saliva y mientras trabaja, farfullo cada una de las palabras que pienso lentamente, porque me aseguro de que haberlas dicho no es solo una ilusión. - Veneno en el champagne - Yo no bebí porque estaba trabajando, el resto de agentes de la paz se dieron un lujo que les costó la vida. Me doblo de dolor ligeramente y busco con mi mano algo a lo que agarrarme, más concretamente una gran botella de vodka o algo que se le parezca. Acabo encontrando tanteando la cabeza de Cale. Le observo y lo que tenía para decirle a Arleth se me esfuma de la cabeza. Cuando le miro, ni siquiera le reconozco. He tenido pocas ocasiones de ver a ese chico, prácticamente un bebé llorica la última vez que le vi, pero ahora en cambio... - Es igualito a su padre - Esas palabras me afectan de dos maneras, una punzada de dolor extraña que se mezcla con el resto de dolor de mi cuerpo, y una ligera nostalgia que me hace soltar una mueca, lo más parecido a una risa que probablemente vaya a salir de mi jamás.

Y entonces no veo a Cale, sino a su padre, muerto ante mis pies de agente de la paz mientras determinan que su muerte fue un suicidio. - Fueron los rebeldes - Recupero las palabras de mi memoria y vuelvo la visa a Arleth, dejando resbalar mi mano de la cabeza de Cale que pasa por su mejill y luego cae del todo a la mesa de nuevo. - Mataron a personas que ni siquiera conocían. Las vi arder Arleth. Las quemaron vivas - Y eran magos. Hemos pasado por suficientes ciudades para llegar al distrito tres, como para saber que promesa hizo Jamie al pueblo que ahora le es repentinamente tan fiel. Sí, hizo cosas horribles, pero las hizo por una causa. Para ellos, los Black las hicieron porque les dio la gana. Ahogo un grito cuando una de sus manos se adentra en la herida buscando la bala e intento no retorcerme de dolor, cosa que me está costando bastante. Cuando cesa, me doy unos segundos para recuperar mi respiración. - Antes de meterme los dedos, invítame a un vodka, rubia - Pretende ser una broma, pero sé que ella será suficientemente profesional como para ni siquiera reírse.

No importa, estoy tan drogado de dolor que me río por los dos.

La pregunta de Cale llega a mis oídos y pese a que no va dirigida a mi, soy yo quien contesta. - Que el mundo ha cambiado pequeñajo - Porque eso era para mi hace menos de... un suspiro. - Y es hora de que seas el rey que protegerá esta casa y a tu madre... y a tu hermana. - Saco mi arma de fuego de entre la funda del cinturón y se la pongo en la mano señalando partes concretas mientras hablo. - Seguro. Cañón. Apunta con esto, hacia el malo. A la cabeza si te sientes capaz.
Echo R. Duane
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Arleth L. Ballard
Las cosas que Echo va contando van tomando forma en mi cabeza como si se tratase de una película vista detrás de un vidrio muy empañado. Casi puedo ver a cada uno de los invitados de la boda, esas personas tan cercanas a los Black como para ser considerados dignos de aquel evento tan especial, caer como moscas por aquel cuidado golpe maestro que pudo haber salido para la culata, pero que obviamente, no lo hizo; al menos, no del todo. Tomo los materiales que Cale me entrega sin siquiera darle las gracias y trabajo en silencio, actuando básicamente por inercia porque mi mente se encuentra bastante aturdida. Lo único que hace que levante la mirada es aquel comentario sobre Iago, a quien veo cada vez que miro a Cale, y estoy segura de que a Echo acaba de ocurrirle lo mismo; no me sorprende, y tampoco comprendo como nadie se ha preocupado en señalar que mi hijo es idéntico al vencedor que han matado por estar aliado con los rebeldes y quien lo hizo público. Frunzo ligeramente el ceño, tomando mis guantes y colocándomelos con el clásico sonido del plástico retumbando en la cocina - nadie que toma el poder por la fuerza puede ser digno de poder ejercerlo - comento, tratando de no pensar en todas las cosas que mi viejo amigo ha visto. Cada vez que abre la boca, peor puedo notar el panorama.

Ignoro sus quejas, porque mi tarea es sacarle la bala que se encuentra dentro de su cuerpo y que, por suerte, no se ha adentrado lo suficiente como para perderse en su interior y necesitar una cirugía. Sale completa, transformada en un pequeño punto rojo y apestoso, demostrando que también Echo tiene un dios aparte porque no se ha partido en pedacitos. La voz de Cale llega desde algún punto y me sobresalto, porque entre todo el trabajo, casi me había olvidado que estaba aquí; la conversación continúa un rumbo que casi provoca que cosa la herida de Echo de alguna forma completamente errada. Mis manos se congelan en el aire, mientras mis ojos se clavan en el arma que decora las manos de Cale, provocandome una sensación desagradable en la boca de mi estómago. Su padre ha matado gente, yo he matado gente, pero él nunca tuvo la obligación de hacerlo y siempre intenté que su vida fuese mucho más digna que la nuestra - mi hijo no va a disparar ningún arma - digo de forma cortante, aunque puedo notar el temblor decorando el tono de mi voz. Él no comprende, él no puede.... - Cale no tiene la necesidad de cargar con la muerte de nadie en sus espaldas, Echo. ¡Todavía es un niño!

Sé que Cale va a odiar que lo llame de esa forma como todo adolescente, pero él siempre será un pequeño frente a mis ojos y la verdad es que todavía ni siquiera ha comenzado a afeitarse con propiedad. Termino con la herida de Echo, lo cubro con una venda sin siquiera mirar a alguno de los dos y con la respiración bastante alterada, y luego arrojo los materiales que ya no tienen uso y se encuentran completamente sucios a la basura. Apoyo mis manos sobre la mesada y miro por la ventana, dándoles la espalda, mientras millones de cosas pasan por mi cabeza. ¿A dónde iremos? ¿Cómo lo haremos, si Echo se encuentra en este estado? ¿Qué se supone que va a pasar? Chequeo el reloj que decora la pared, que marca la mitad de la madrugada. Al final, me volteo con una sacudida de mi cabello y miro a Cale, mi Cale, mi niño - quiero que armes un equipaje ligero. Solo alguna ropa y cosas necesarias. Despierta a tu hermana. Nos marcharemos en cuanto Echo haya descansado un poco - abro el grifo del lavaplatos y me lavo las manos en silencio, observando a Duane por encima de mi hombro - no creerías que te dejaríamos atrás... ¿o sí?
Arleth L. Ballard
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Cale J. Ballard
Consejo 9 ¾
El cuerpo de Echo es extremadamente pesado aunque dividamos el peso entre mamá y yo, así que agradezco cuando por fin lo soltamos en la mesa. Se acomoda  y veo a mamá revisando la herida y tanteando qué tanto daño hay. Yo sólo puedo mirar; primero a mi madre, quien me impresiona con lo profesional que se puede comportar cuando está haciendo su trabajo; después a Echo, por éste último siento algo de pena, el sólo ver como se retuerce por el dolor me hace apartar ligeramente la vista hasta que siento su mano empujando mi cabeza. Su comentario me toma por sorpresa y doy un respingo, una mezcla de emoción y dolor se forman en mi estómago. Mamá ya me ha dicho muchas veces que me parezco a papá, pero de eso hace ya algunos años. Volteo a verla, ha interrumpido su labor para mirarnos y me doy cuenta de que ese comentario no le sorprende tanto como a mí, pero que de alguna forma le afecta. La mano de Echo se resbala pasando por mi cara hasta llegar a la mesa, pero sigo sin poder hacer nada más que ver. Me siento inútil y fuera de lugar, como cuando era un niño y escuchar "conversaciones de adultos" no era correcto. Claro que ahora no sólo son conversaciones de adultos.

El comentario que hace Echo a mi madre me molesta aunque sé perfectamente que es una broma y que mamá no le va a dar importancia alguna, porque en realidad no la tiene, pero aún así por unos escasos segundos surge dentro de mí el deseo de que tarde un poco más retirando esa bala. Me siento cruel por pensarlo, pero no me arrepiento.

La respuesta a mi pregunta llega más rápido de lo que esperaba, no de la persona que creí se encargaría de contestarme. Volteo a ver a Echo con curiosidad y doy un paso al frente. - No soy un pequeñajo. - Le espeto casi de inmediato frunciendo el ceño, pero mi cara cambia en el momento en que saca su arma. Trago grueso pero la sostengo y observo cada parte que menciona. "Si te sientes capaz", eso es lo que él dice. Por un momento me detengo a pensar en todo lo que está por pasar. ¿De verdad las cosas van a cambiar tanto así? Mamá arriesgando cada minuto de su vida, Echo con nosotros, un arma en mis manos... incluso Ava, escapando, escondiéndonos en cada rincón que encontremos. No puedo ni siquiera imaginarme la escena, mucho menos pensar en dispararle a alguien. Ya no es como cuando eres pequeño y quieres convertirte en uno de los sujetos de una película de terror, corriendo con el sol detrás de ti, disparando a los tipos malos, protegiendo lo que quieres, sin perder nada y siempre con un final feliz. Nada es así. Absolutamente nada. Empezando por que ya no quiero ser ningún héroe de ninguna película de acción, y terminando por que los finales felices no existen, no de la manera en que los muestran.

Miro el arma en mis manos y me doy cuenta de que aunque no quiera o no pueda imaginarme usándola en algún futuro cercano, tendré que hacerlo, y no sólo por mí, sino por mi mamá, por mi hermana, por mantener a lo que queda de mi familia viva. - ¿Rey? ¿Malo? Oh vamos, ya no tengo cinco años, claro que voy a proteger a mi mamá y a mi... - No llego a terminar mi frase porque alguien contesta . La observo y parpadeo un par de veces. Bufo cuando me llama niño pero no hago ningún comentario al respecto. - Gracias por la pequeña lección de cómo usar un arma. - Le devuelvo la pistola a Echo, definitivamente no me gustaría usarla pero creo que llegado el momento haría cualquier cosa por proteger a mi familia. Mi comentario no es sarcástico, pero la sola situación en la que nos encontramos produce una mezcla extraña de emociones dentro de mí que me producen mal humor. Estoy asustado, enojado, confundido, todo a la vez, cosa que no resulta una sensación muy placentera. Obedezco a mamá en cuanto habla desapareciendo por las escaleras, no sin antes darle una palmadita a Echo. No creo que pueda enfrentarme a la cara de Ava dormida en cuanto entre al... - ¿Ava? ¿Qué haces despierta? - Murmura un "me levanté por el ruido" con voz somnolienta y la mirada perdida, lo que me hace pensar que no tiene mucho rato andando y que sólo se despertó y estaba a punto de baja a ver a mamá. Pregunta por ella y hago una muequita, ¿Qué le diremos a mi pequeña hermana? - Ven Ava, nos vamos de... viaje, mamá quiere que guardemos las cosas. - Paso mi mano por su cabello revuelto, sacudiéndolo ligeramente y pongo mi mano en su espalda, llevándola de vuelta al cuarto.

Vacío mi mochila de la escuela, y saco dos bolsas extras donde comienzo a meter mi ropa y algunas mantas que servirán de mucho para el frío mientras Ava ordena su ropa y la de mamá. Le digo que no repare mucho en los detalles sino en la comodidad, prendas en las que sea fácil moverse. Guardo un par de zapatos y mando a mi hermana a cambiarse de ropa. Me encargo de meter linternas y busco baterías por los cajones de la cómoda pero mis manos se topan con el comunicador que tiempo atrás mi mamá me enseñó. Pensar que al final sí lo necesitamos. Encuentro las baterías y las guardo junto  con el botiquín de primeros auxilios y varias cosas más que pienso serán útiles como fósforos, tijeras, un cepillo, el peluche favorito de Ava... La verdad después de meter la ropa a la bolsa dejé de reparar en lo que guardo. Mi hermana aparece y se sienta en la cama, necesito a mamá.
Cale J. Ballard
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Echo R. Duane
No estoy seguro de ir expresando los detalles con suficiente coherencia porque la mitad de las palabras se quedan en mi mente y nunca salen por mi boca. Ahogo las palabras entre medias y acabo suspirando cuando me devuelve el arma. Realmente lo trata como un niño todavía, quizá porque ninguno de nosotros era un niño a su edad y cree que él no debe pasar por eso. Ahogo un gemido de dolor a tiempo cuando influye más fuerza contra mi herida de la que debería, intentando castigarme por hablar de más, y seguramente por darle un arma a su hijo. Me hace un poco de gracia que él mismo especifique que no es un pequeñajo antes de que Ava baje las escaleras. Apenas alcanzo a ver un atisbo del pelo castaño claro de su madre antes de que tanto ella como su hermano desaparezcan escaleras arriba. - Los tiempos han cambiado Arleth. Mucho, en poco tiempo - Cuando me da la espalda me reincorporo intentando doblarme lo menos posible aunque hay un momento en el que cada parte de mi cuerpo gime de dolor. De mis labios tan solo sale un suspiro.

Sentado, me tomo un ligero tiempo para recuperar el equilibrio mientras escucho los pasos apresurados de Cale, seguramente haciendo las maletas. Una sonrisa asoma por mis labios, ligera y efímera; tanto, que parece que nunca hubiese estado ahí. - Deberías - Murmuro con la vista perdida en algún punto de su espalda, y mirando más allá en sí que a ella. - Algún día esa buena voluntad acabará contigo - La conversación muere ahí. Quizá porque ella no quiere seguir discutiendo sobre eso, o quizá porque una parte de ella, por muy pequeña, sabe que tengo razón.

Pasa un buen rato antes de que Cale baje con las maletas y para entonces, ya puedo mantener el equilibrio lo suficiente como para ponernos en marcha de inmediato. Saco algunos cuchillos que pueden servirnos como armas provisionales en caso de emergencia y también el aparato gemelo de comunicación que le dejé en su momento y del que yo tengo otro; ella recoge un par de fotografías que dobla entre sus bolsillos con un gesto vano y descuidado como si creyera que nadie la ve hacerlo, algo que sospecho son galletas y zumos, y después salimos de allí con un par de enanos muertos del frío y sin rumbo fijo, intentando explicarle a una niña de 8 años porqué no debe volver a confiar en nadie que no seamos nosotros tres.
Echo R. Duane
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