The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Riorden M. Weynart
No puedo quitarme de la cabeza las palabras del que durante años he pensado que era mi tío, y ni siquiera me he sentido capaz de contarle a Elle la nueva revelación al llegar al Distrito 11 y dejar que me curara las heridas. ¿Cómo le dices a alguien que lo que ha creído durante años es mentira? No soy su primo, soy su medio hermano, lo que significa que también era el medio hermano de Alec y... Llevo casi un año dolido por su muerte, pero ahora la sensación es aún peor, más asfixiante, porque ha muerto sin saber que éramos más que primos, que éramos hermanos. Por otro lado, ahora es cuando me pregunto por qué ninguno de nosotros cayó en la cuenta de que parecíamos gemelos, dejando de lado el que mi pelo y mis ojos son más claros, además de que le sacaba unos cuantos centímetros de altura. Eso son chorradas, porque cuando la gente no prestaba atención, nos confundían con gemelos. Ahora mismo esto me supera demasiado, es un nuevo giro en mi vida y... no soy capaz de mirar a mi madre con los mismos ojos, de saber que engañó al que siempre he llamado "padre", y que cuando me engendró, ni siquiera estaba casada con él, sino que eran novios. Fue el embarazo, el que hizo pasar como si fuera de él, el que les impulsó a adelantar la boda. Yo no soy fruto del amor de dos personas, simplemente soy un chico que nació por un despiste de dos adultos, de algo que no debían haber hecho por muy ebrios que estuvieran los dos. Soy un error.

Es por culpa de esos pensamientos por lo que cuando Elle acaba de curarme las heridas, salgo del hospital, voy hacia las afueras del Distrito 11, me transformo en Jordan Hastings tal y como me dijo Eveline por si lo necesitaba, y corro para alejarme del Distrito rebelde. Una vez estoy lo suficientemente lejos, me aparezco en el Distrito 12  y cojo el primer tren rumbo al Capitolio. Mi prima mayor - técnicamente es mi medio hermana, pero sigo sin hacerme a la idea como para pensar en ella de esa manera - me ha dicho que la capitoliana ya ha tenido al bebé, y que es un niña, tal y como Aaron les avisó mientras yo estaba preso. Ninguno ha ido a verla, pero la noticia ya ha llegado a la familia, y por el momento, no me importa cómo se han enterado. Esa cría es mi sobrina y tengo todo el derecho a verla; además, ya va siendo hora de que la madre y yo dejemos las cosas bien claras, de que los dos dejemos de hacernos las víctimas por culpa de Alec porque tan sólo quedan unas semanas para que haga un año de su muerte.

El truco de ir transformado en otra persona que viene bastantes veces de visita tiene efecto, demasiado diría yo, porque algunas personas incluso me saludan y dicen el nombre del susodicho. Aun cuando me adentro en el hospital, un par de personas me saludan y yo me limito a hacer un gesto con la cabeza a modo de saludo, sin abrir la boca. Sólo hay un momento en el que digo algo, y es cuando voy al mostrador y pregunto por la habitación de Zoey Campbell, alegando que soy un amigo de la familia. Al principio me extraña que no me pregunten nada más porque se supone que deberían tener mucha vigilancia y protección al ser el Capitolio, y aún más en un hospital; sin embargo, luego recuerdo que puede ser que también sepan los de recepción que vengo bastante a la capital.

Y así es como me adentro en los pasillos del hospital, recorriéndolos hasta llegar a la habitación de la chica Campbell, y una vez dentro, no puedo evitar sonreír de manera jocosa. Antes de que se dé cuenta de mi gesto, me pongo serio y pienso cómo entablar una conversación que no acabe en gritos en cuanto le diga quién soy realmente. — Tenemos que hablar — digo acercándome hacia la camilla para comprobar si está despierta o no, y aunque parece algo adormilada, creo que ha escuchado a la perfección lo que le he dicho. — Pero antes de hacerlo, tienes que prometerme que no me acusarás de nada, que no me gritarás, cuando te diga quién soy — añado intentando sonar lo más amable posible; la amabilidad no es una de mis virtudes, así que no me es fácil. Por el momento, lo único que hago es mirarla con los brazos cruzados, aún transformado en Jordan Hastings.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Me recuesto en la cama, de nuevo, y paso, instintivamente, la mano por mi abdomen en busca de algo que ya no está. Giro la cabeza para ver que la pequeña está ahí, acostada en la cuna que tengo en la habitación. Llevo casi una semana aquí y, se supone, que tendría que haberme ido al día siguiente, o así, del hospital con mi pequeña, pero no ha sido así porque los médicos dicen que pos mi juventud que tengo que esperar unos días más, además de que le quieren hacer pruebas a la pequeña. No quiero perderla mucho de vista, no quiero dormir ni unos segundos porque tengo miedo de que mi padre quiera hacerle alguna prueba de sangre para saber algo... se que no me ha preguntado sobre el padre pero, también se, que se muere de ganas por saber de quien es y aquí, en el capitolio, si tienes contactos puedes buscar hasta el ADN de alguien debajo de las piedras. Trago saliva y alargo el brazo tocando con cuidado la frente de mi pequeña. Lëia. Suspiro y regreso la mirada hacia el techo de la habitación. No me gusta que todo sea tan blanco pero, bueno, sería más molesto si hiciera mucha luz. El invierno tenía que tener algo bonito, supongo. Dejo caer los brazos a cada lado de mi cuerpo en completo silencio. Es raro que no esté mi madre en la habitación del hospital, se tira, prácticamente, 20 horas sentada en el sillón que hay.

Me acurruco en la cama justo cuando un carraspeo hace que mire a la puerta, donde hay un hombre, el médico, creo que lo reconocería con los ojos cerrados, lo reconocerían incluso rodeado de gemelos o clones. Ojos hundidos por las gafas de metal fino que lleva, nariz aguileña, mejillas levemente sonrojadas, bajito y un poco gordito. Se ve que le falta un poco el aire cuando entra a la habitación, se ve que ha subido por las escaleras. Le dirijo una mirada unos segundos y luego ruedo los ojos. No me cae mal, pero tampoco bien porque siempre está pendiente de decirle cada cosa que pasa a mi padre, y eso me pone nerviosa, le contó que fui con un hombre hace unos meses a una ecografía y, mi padre, puso el grito en el cielo. Que quería ver las grabaciones de seguridad de los pasillos decía, ¿es que está loco? Bufo y cruzo los brazos sobre el pecho inclinándome un poco en la camilla, hasta quedar sentada. Escucho lo que me dice de que tengo que mantener una dieta que me va a poner y un montón de cosas más. Asiento con la cabeza a todo, arrugo el entrecejo cuando se acerca a la cuna de Lëia pero solamente lo observo sin decirle nada. Suspiro levemente, cuando la toca, la mueve un poco hasta que la pequeña estalla en gritos y llanto, me precipito a cogerla fulmiándola con la mirada. La acuno en mis brazos, el médico  murmura algo que no escucho muy bien y, al final, se va de la habitación dejandome sola, con Lëia llorando. Hace solamente media hora que le di de comer y se quedó durmiendo como si no importara nada más. Tarareo una canción hasta que se consigue tranquilizar, la dejo de nuevo en su cuna y me meto en la cama.

Kaylee aún no ha venido a verla... me molesta, me molesta que no esté aquí, intento entenderla pero no puedo, ¡es mi hermana! ¡Debería estar aquí conmigo! Me acurruco mirando hacia la cuna y abrazo el extremo de la almohada notando como me pesa la cabeza mucho. Cierro los ojos unos segundos cuando una voz resuena, me giro un poco parpadeando un par de veces seguidas porque esa voz no me suena en absoluto, no tengo ni idea de quien es. Cuando lo veo lo sigo observando con la misma cara de sorprendida y de confusión. Arrugo el entrecejo profundamente moviendome incómoda en la camilla para acercarme más a la cuna de mi hija. -¿Quién eres?- le pregunto. ¿Que no le acusaré ni le gritaré? No tengo ni idea de quien es. Aprieto los labios entrecerrando los ojos. -Mira... no quiero ofenderte pero no quiero tener a alguien que no conozco aquí, ¿vale?- concluyo enfadándome un poco. Desde que tengo a Lëia miro mal incluso a la gente que se asoma para ver de lejos a la niña o a la gente que mira al pasar. No quiero que nadie se le acerque es mi hija y ya está.
Zoey A. Campbell
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Riorden M. Weynart
Hago una pequeña mueca, que consigo disimular a tiempo, cuando me pregunta quién soy. Sé que me lo iba a preguntar, era de lógica, pero revelarle mi identidad no es una cosa que me entusiasme lo más mínimo. — Soy Riorden... Weynart — respondo; mejor decirlo ahora, así ya me he quitado el peso de encima. Mentalmente me voy preparando para el rapapolvo que probablemente me caiga. — Pero no te preocupes, no voy a convertirme ni en mí ni en ningún otre — susurro en un tono bajo, aunque lo suficientemente alto como para que me escuche desde donde está. No me siento con fuerzas de ser yo mismo, de ir paseándome siendo la viva imagen del que ahora resulta que siempre ha sido mi hermano,d y mucho menos de transformarme en él como el día en el que conocí a la capitoliana. Tampoco pienso, al menos no en un principio, ir diciéndole quién narices soy ahora mismo ni si tengo permitido ir así; eso ya es entrar demasiado en detalles. — Mira, siento haberte tratado así y... haber pensando que yo era el único afectado por la muerte de Alec. — Trago saliva, dolorido, al decir su nombre. — Unos pocos meses en prisión me han hecho darme cuenta de que todos aquí hemos sufrido y de que tú probablemente hayas sido de las que más. — Nosotros tuvimos diecisiete años para disfrutar de él, y ella apenas unos meses. No sé cómo reaccionaría yo si alguna vez me enamorara y me arrebataran a esa persona, pero probablemente estaría devastado. De todas maneras, no creo que alguna vez sea capaz de enamorarme; yo no soy ese tipo de chicos.

Me siento tentado a acercarme más y mirar a la niña, pero por si acaso le molesta, no lo hago, sino que decido preguntarle primero: — ¿Puedo ver al bebé? — Ni siquiera alzo los ojos para mirarla por temor a que su mirada hable por sí sola. No sé si debería decirle la verdad, que acabo de enterarme de que soy el medio hermano de Alec... El problema es que no quiero que sea la primera en saberlo, incluso antes que los que ahora son mis hermanos; sin embargo, sé que debe saberlo, es lo menos que puedo hacer por ella a estas alturas. — Me he enteré hace unos días de que soy el medio hermano de Alec. — No lo pienso, ni siquiera ni por un mísero segundo, sino que las palabras salen de mi boca con tanta rapidez que no estoy muy seguro de si habrá entendido lo que le acabo de decir, la magnitud de mis palabras y lo que éstas suponen. Necesito demostrarle que lo siento, que fui un inmaduro y un imbécil por haberla tratado como la traté sin conocerla lo más mínimo, y decirle la verdad ya es algo. Espero que ella lo vea de la misma forma que yo: como un paso para ganarme su perdón. No soy una persona abierta, extrovertida, así que todo esto para mí no es nada fácil; aun así, cuando le he dicho lo de que la cárcel me ha abierto los ojos, no mentía, porque al estar ahí y desear que me mataran para acabar con todo, me he dado cuenta de que no debía haberla tratado así y haberme hecho yo la víctima por encima de todos, incluso de mi familia. Todos aquí hemos sufrido y sufriremos ahora más por ser el primer aniversario de su muerte.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Es complicada la situación. Por un lado te sientes la persona más feliz del mundo porque acabas de ser madre, porque tienes una hija, alguien a quien cuidar y en quien centrarte, alguien a quien hacer feliz y anteponer sobre ti; pero a la vez en rematadamente triste porque te recuerda una y otra vez lo que has perdido, no la puedes culpar a ella, porque sabes que está mal, pero no puedes evitar sentirte mal cada vez que la miras porque lo echas de menos pero a la vez bien porque tienes algo de él, es algo tan raro. Me paso las manos por los brazos intentando entrar un poco en calor, aunque la calefacción del hospital esté día y noche escendida, y siempre hay buena temperatura dentro de la habitación, pero pensarlo siempre hace que me recorra un escalofrío. Muevo la cabeza un poco hacia un lado observando al chico, el cual no tengo ni la más remota idea de quien es, con curiosidad y a la vez enfado. Pensaba que papá había dicho que solamente podrían venir personas de la familia o cosas así, no que podría entrar cualquier persona. En cierto sentido me tranquiliza que no esté investigando ni volviéndose loco ahora que ha nacido Lëia.

Parpadeo varias veces seguidas sin creerlo, sin saber del todo si es cierto lo que está pasando aunque, ¿cómo no lo iba a ser? poca gente sabe la relación que tengo con la familia Weynart -por no decir que prácticamente nadie- . Él habla pero simplemente lo observo en silencio, ahora la curiosidad se ha ido al caño y lo que estoy es entre sorprendida y enfadada, sobre todo enfadada. ¿Qué se supone que hace? ¿Quién se cree? Creo que le dejé bastante claro en el distrito once que no quería saber nada de su familia y también se lo dejé claro a... a Aaron, sí, creo que se llamaba así. Aunque le dijera que es una niña no quería, y sigo sin querer, tener relación con ellos. ¡Dios, no es tan difícil de comprender! Cierro los ojos con fuerza un segundo tomando una bocanada de aire, sin fuerzas ni siquiera para gritarle ni reciminarle nada, solamente gritar todo lo fuerte que pueda para que alguien venga y lo saque de aquí. No quiero hablar, solo quiero que se vaya, pero, claramente, algo hace que si tenga que hablar. -No.- no dejo pasar, ni siquiera, un minuto desde su pregunta hasta mi respuesta. Mis manos se van, instintivas y protectoras, hacia la cuna donde está Lëia ahora mismo totalmente dormida. Niego con la cabeza otra vez mirándole de arriba a abajo y sientiéndome tonta porque no se con quien hablo aunque, la verdad, tampoco quiero verlo como es bajo su apariencia real. No, ni hablar, no quiero verlo otra vez así. Arrasco un poco la cuna para acercarla más a la cama, donde estoy sentada, y aprieto las manos en torno al lateral de ésta. Entrecierro los ojos sin saber por qué me dice... por qué siempre tengo que acabar hablando de Alec, por qué siempre tiene que ser así. No me molesta, ¿cómo me va a molestar hablar de él? Me gustaría poder hablar con mi hermana de él, con mis amigas, incluso con mis padres, pero no es así, solo puedo hablar de él cuando estoy con alguien de su familia, y eso lo odio. -Y también de Aaron y Elle.- esos son los hermanos que se de Alec, la familia que conozco, aunque no halla sido con él. -No se si crees que eso cambia algo para mi, Weynart.- termino diciéndole fulminándolo con la mirada. Veo muy bien todo, vale, es su medio hermano, ¿a mi qué? Es decir... ¿me lo tenía que decir? ¿Qué puedo pintar yo en todo eso? Nada, absolutamente nada, esa es la cuestión, que yo no soy nada en la familia de ellos, lo sería mi hija, sí, pero tampoco lo va a ser.

Bufo cansada, pero sin moverme ni un ápice del lado de mi hija que sigue durmiendo, como si nada pasara a su alrededor, y por la cual no quiero alzar la voz ni un poquito, para no molestarla en absoluto. -No quiero a ningún Weynart cerca, es que...- gruño molesta sin saber como seguir la frase -dios, ¿es que no soy lo suficientemente clara? Tengo... ¿Tengo que irme del capitolio? ¿Cambiarme el nombre? ¿O desaparecer del mapa para poder estar tranquila?- poco a poco voy alzando la voz y acabo soltando un sonoro bufido y me muerdo el interior de la mejilla con rabia. Porque, por un rato, más bien unos días, se me habían olvidado todos éstos problemas al tener a mi hija, pero que se me hubieran olvidado no significaba que hubieran desaparecido.
Zoey A. Campbell
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Riorden M. Weynart
Niego con la cabeza cuando me pregunta que si creo que eso cambia algo las cosas para ella. ¿Cómo he podido pensar que podía importarle saber la verdad y que quizá las cosas cambiarían al enterarse de que soy el tío del bebé? Ahora mismo me siento más tonto de lo que ya me sentía de por sí por venir aquí a ver si podía enmendar los errores que cometí en el pasado. Las personas cambian, maduran y se dan cuenta de que su anterior forma de ver las cosas no era la correcta... ¿De verdad es tan difícil de comprender? Yo he cambiado por culpa de esa maldita y putrefacta celda, y desde que lo he hecho, no he dejado de arrepentirme por cómo trate a la chica Campbell. En fin, supongo que en parte me merezco que me trate así, ¿no? — No pretendo cambiar nada — murmuro sin atreverme a mirarla a la cara siquiera porque si lo hiciera, eso sólo complicaría las cosas al ver el odio que me profesa. — Creo que debías saberlo antes que nadie, incluso antes que los que son mis hermanos por parte de padre — añado, aún con la mirada en el mismo punto, en mis pies. La verdad es que ya ni me atrevo a decirle que en parte se lo he dicho porque es lo menos que podía hacer después de todo el daño que le he causado desde que nos conocimos en la playa del mismísimo Capitolio. Y, por otra parte, también la he usado de conejillo de indias para probar a decirle a alguien la verdad de quién soy; quizá así sea más fácil decírselo ahora a mi familia. Al final acabo levantando la mirada para posar mis ojos en los suyos y mirarla fijamente, pero no de mala manera, sino todo lo contrario.

Y de nuevo, ella vuelve a echarme esa mirada que me hiela la sangre.

— No te preocupes — murmuro volviendo a agachar la mirada hacia el suelo. — Me voy, y no te molestaré más — añado mientras me doy la vuelta. Cojo aire antes de encaminarme hacia la puerta y, durante unos segundos, creo que quizá me va a llamar y a aceptar mis disculpas, pero luego recuerdo las miradas que me ha estado echando desde que le he dicho quién soy en realidad debajo de todo este estúpido disfraz de apariencias. — Intentaré que ningún Weynart te moleste más, pero no prometo nada. — ¿Para qué decirle simplemente que conseguiré hacerlo? Conozco a Aaron y sé que no se rendirá así como así, y también sé que Elle no se quedará tranquila hasta ver al bebé con sus propios ojos. Quizá algún día la niña crezca y pregunte que quién es su padre y que si no tiene hermanos... En fin, sería curioso que le dijera que no cuando somos una familia de lo más numerosa. La pequeña tiene dos tías y tres tíos que quizá no conozca jamás, además de un primo que estaría encantado de jugar con ella a la mínima que pudiera, sin contar los que son mis hermanos por parte de madre. ¿Qué tiene de malo mi familia? Somos rebeldes, sí... Y si todos fueran capitolianos o neutrales, ¿no sería el mundo demasiado aburrido sin nadie a quien hacerle la guerra? Suelto otro suspiro antes de colocar mi mano en el pomo de la puerta para abrirla.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Esa horrible sensación de estar mirando a alguien que no conoces de nada pero estás manteniendo una conversación de mucha trascendencia y seriedad con él; esa horrible sensación es la que tengo ahora mismo. Mezclada con algo de miedo porque no puedo proteger, tanto como me gustaría en este momento, a mi hija porque, ¿qué podría hacer yo si se la llevara corriendo? Nada. Absolutamente nada. Es el problema que se tiene cuando estás frente a alguien que puede mostrarse como tu padre si así lo quisiera. Tener su mismo semblante serio, su misma mirada de amor y a la vez decepción... Muevo la cabeza hacia ambos lados, obligándome a mi misma a sacarme de esos pensamientos y prestar atención a lo que se me está presentando ahora mismo. Prestar atención a lo que hace que cada día me duela la cabeza porque me hacen pensar que podría perder a lo único que me ato ahora mismo, a mi hija. Vuelvo la mirada hacia la cuna viendo que sigue durmiendo plácidamente, como si no se diera cuenta de todo lo que pasa a su alrededor... porque ese vínculo que teníamos cuando estaba dentro de mi ya no es igual, ya no se altera tan rápido cuando nota mi nerviosismo o mi miedo, ya no capta todos esos sentimientos que me recorren... y eso me gusta y me disgusta a la vez. Perder ese vínculo tan especial el saber que ahora si que está desprotegida hace que me sienta fatal; pero a la vez me gusta tenerla aquí, poder acariciar sus mejillas, ver su sonrisa cuando despierta, tranquilizarla cuando llora... encontrar algo de sentido, de nuevo, a mi vida. Ella es la que está devolviéndole el sentido a todo ahora mismo.

Muerdo las palabras para no decirle todo lo que pienso, para no decir palabra alguna. Dicen que a veces un silencio vale más que mil palabras y eso es lo que yo quiero creer. ¿Por qué me debería importar a mi que él sea hermano de... Alec? ¿Por qué? ¿Qué ha creído que despertaría en mí esa revelación? Porque no ha despertado absolutamente nada. Retiro la mirada de la cuna de mi pequeña y la dirijo hacia él con enfado. Con cansancio y desdén. Casi me dan ganas de reír ante lo que dice de que intentará que ningún Weynart me moleste ni a mi ni a mi hija, se que no va a conseguir nada, me quedó muy claro con la conversación con Aaron en el hospital, tan... tan insistente con que Lëia tiene que conocer a su familia paterna. No tiene por qué hacerlo y no lo va a hacer. Lo observo dirigirse hacia la puerta y, antes de que pueda morder, de nuevo, las palabras y hacer que no salga de mi boca, hablo. -¿Por qué arriesgarte a que te menosprecie y grite viniendo aquí?- termino por decir mirándolo, pero sin alejar ni un milímetro la mano del barandal de la cuna, con cierta duda brillando en mis ojos. Yo no voy donde no me quieren, ¿por qué él si? Supongo que, en cierto modo, le debo algo por... no haberme dejado tirada en la playa el día que nos conocimos, y odio deberle algo a alguien, y en especial si es un Weynart. Dejo de mirarlo y mis ojos vuelan hasta el reloj que hay sobre la mesilla, nunca me había fijado en el, simplemente estaba ahí encima pero no me importaba la hora ni el tiempo estando aquí. No sé cuanto hace que se fue mi madre pero se que no tardará mucho en volver y... si está aquí se preguntará quien es, y si le digo quien es realmente y lo insoportable que es para mi no volverá a ver la luz, ¿es eso lo que quiero? Regreso la mirada a él que aún está en la puerta en busca de alguna respuesta con algo de lógica, pero una respuesta rápida para poder deshacerme de los Weynarts de una vez por todas.

Zoey A. Campbell
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Riorden M. Weynart
Me pregunto qué diría si le dijera que el padre de Alec sigue vivo, a diferencia de lo que todos hemos creído durante más de esta última década, y que sabe de la existencia de la niña. Vi la mirada en los ojos de Ludovic, de mi padre biológico, y creo que... que quizá nos ayudaría a que la niña conozca a su familia paterna, si se lo pidiéramos. Sin embargo, no quiero hacerle más daño a la chica Campbell, bastante mal lo debe de haber pasado ya, y no es que yo le ayudara a que fuera lo contrario, sinceramente. — Me gusta que me grites — me giro con una sonrisa un tanto irónica en el rostro. No quiero responderle mal, pero hay veces que me es inevitable mostrar mi lado más... no sé, irónico, supongo. — Ya te lo he dicho — empiezo a decir, esta vez serio. — Creía que te merecías saber la verdad antes que nadie. — O puede que también porque en verdad deseo que sepa que el padre del chico que quería sigue vivo. Por el momento no pienso darle la verdad así, en bandeja; que lo descubra ella por sí sola. A pesar de que ahora mismo preferiría irme de aquí, volver a casa y encerrarme en mi dormitorio, rodeado de las personas que me importan, vuelvo a acercarme a ella, cauteloso. Una vez estoy más próximo, me cruzo de brazos y la miro con el ceño fruncido, intentando pensar cómo formularle la pregunta que llevo siglos queriéndole hacer pero que no he hecho por temor a su reacción.

— ¿Por qué odias a los Weynart? — Al final la pregunta sale de mis labios sin pensarlo apenas unos segundos, aunque todavía temo cómo se la pueda tomar. — Siempre has dicho que querías a Alec, así que nunca he comprendido por qué nos profesas tanto odio cuando tu hija, te guste o no, comparte nuestra sangre. — Es la pura verdad. Puede que desee esconderla de nosotros, que ella nunca sepa de nuestra existencia, pero aun así, nunca va a poder cambiar de dónde proviene. Más de una vez me he preguntado cómo reaccionaría yo si me enamorara de una capitoliana que nunca deja de lado sus ideales, tal y como Alec hacía con los rebeldes, y tal y como hago yo con el bando donde me he criado. Sinceramente, no lo sé, y espero no tener que saberlo nunca, porque sería una batalla a dos bandas entre lo que es correcto y entre lo que sentiría. Quizá mi hermano se dejó llevar porque Zoey no tiene pinta de ser una de esas que dan todo por sus creencias ideológicas, al menos no a simple vista. Quién sabe, a lo mejor es sólo una capitoliana ricachona a la que la política le importa lo justo. Mientras pienso eso, me paso la mano por el pelo, echándolo hacia atrás para después soltar un suspiro, sin dejar de mirarla y a la espera de una respuesta que me deje satisfecho para poder salir de aquí de una vez.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Me incorporo un poco más y estoy apunto de levantarme de la cama cuando recuerdo donde estoy, con quien estoy y a quien pretendo proteger y me quedo completamente quieta sobre la cama observándole con el ceño fruncido y con el claro reflejo de lo desagradable que se me hace su presencia aquí en mi rostro. En éste momento me encantaría que estuviera mi padre aquí para que hiciera lo que, parece ser, no soy capaz de hacer yo misma; aunque a la vez no deseo que sea así, por la simple razón, porque se que mi padres me haría miles de preguntas sobre si éste chico es el padre de mi hija o qué pasa con él... me hizo muchas preguntas cuando llegué a casa, por la charla que tuvo con el médico sobre un chico que entró conmigo a la consulta, que si era el padre, que era lo que estaba pasando conmigo... preguntas que me desesperaron y me hicieron llorar como una tonta niñata. Coloco la mano libre sobre mi frente y la muevo con cansando para luego soltar un bufido, más alto de lo que pensaba, y hacer que vuelva la mirada hasta la cuna, cerciorándome de que no se ha despertado Lëia. -Eres tan imbécil como siempre he pensado.- termino diciendo con enfado y dejando caer la mano a un lado de la cama antes de mirarlo con recelo al acercarse a la camilla. Aprieto los labios y lo miro con verdadero recelo. -¿Saber que eres hermano de Alec? Vale, ya lo sé. ¿Qué crees que va a cambiar? ¿Crees que ahora vas a ser un tito guay? No, no lo vas a ser. Ni tú ni tus otros hermanos.- digo alzando poco a poco cada vez más la voz porque ahora no tengo miedo a un empujón, no tengo miedo a que me alcen la voz y me ponga a llorar, no me importa que me puedan hacer ahora a mi porque se que mi hija no podrá sufrir ningún daño.

Cruzo los brazos sobre mi pecho porque me parece un idiota rebelde que no tiene otras cosas que hacer mas que venir a molestarme, mas que venir a que le diga siempre lo mismo, que no quiero tenerlos cerca. Se que no se acercan a nosotras por mi, porque si no hubiera estado embarazada me hubieran dejado en paz, se que lo hacen por Lëia, por su... sobrina. Su pregunta me deja completamente sorprendida y, sospecho, que si la hubiera contestado al segundo solo me habrían salido balbuceos sin sentido alguno. Esta vez si que me levanto de la cama y me acerco hasta él cogiéndole por el brazo y arrastrándolo, con la poca fuerza que me resta, hacia la puerta pero, antes de llegar a abrirla, lo pongo contra la pared y lo suelto. -Yo no os odio.- termino por decir a regañadientes. -Solo quiero que ella sea feliz, que ella esté a salvo, que ella no se vea envuelta en todas vuestras estúpidas creencias de poder cambiar el mundo cuando NO es así.- le digo al borde de ponerme a gritar como una histérica porque nadie aquí ve lo que yo veo. Que son una familia rebelde que solo van a poner en peligro a mi hija una y otra vez, y que eso no lo voy a permitir. -Si Alec... si Alec estuviera aquí todo esto sería diferente, pero no es así. Yo soy su madre, por lo cual, decidiré sobre que creo que es lo mejor para ella.- concluyo separándome un par de pasos de él, mirando en dirección a la cuna y luego regresando mis ojos a Riorden.
Zoey A. Campbell
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Riorden M. Weynart
Cuando me dice que soy tan imbécil como pensaba, sonrío de manera socarrona, un tanto orgulloso de ver cómo la saco de sus casillas. No puedo evitar rodar los ojos cuando vuelve a insinuar que si le he dicho la verdad, es porque quiero conseguir algo que aún no he podido. Para empezar, ni siquiera quiero ejercer como un verdadero tío, simplemente quiero ver a mi sobrina de vez en cuando, a la hija del que durante años ha sido mi mejor amigo y compañero de interminables aventuras. — ¿Cómo tengo que decirte que no te lo he dicho para conseguir nada a cambio? — gruño, intentando que no se me note tan molesto como lo estoy en verdad. He venido aquí de buenas, no para terminar a gritos como las otras veces que nos hemos dirigido la palabra. Aun así, mi paciencia tiene un límite, y ya está empezando a acabarse. — ¿De verdad no entiendes que simplemente creía que te merecías saber la maldita verdad? — pregunto, intentando no subir demasiado el tono de voz porque no tengo ganas de que ninguna enfermera de pacotilla o algún estúpido médico entren en la habitación para ver qué está pasando y por qué gritamos. — Sería curioso verte el día en que tu hija haga algo malo y quiera disculparse, porque está visto que no eres capaz de aceptar una disculpa hecha de buena manera. — Suelto un bufido, sin apartar la vista de ella excepto para mirar una vez la cuna. No sé qué más tengo que hacer para que vea que sí que estoy arrepentido y para meterle en la cabeza que las personas erramos, sí, pero que también cambiamos e intentamos enmendar nuestras meteduras de pata. Creo que ahora mismo preferiría estar entre esas cuatro paredes de la cárcel que no aquí con ella.

Me sorprende que se levante de la cama y más aún que me arrastre contra la pared, pero me dejo llevar sin abrir la boca hasta que me suelta y me pongo a escuchar el sermón que me dice. — ¿Enserio crees que queremos haceros daño? — suelto en cuanto termina de hablar, intentando calmarme. — Si quisiéramos, Aaron os habría clavado su estúpida cuchilla a las dos cuando ella aún estaba dentro de ti — digo, señalando a la cuna donde duerme el bebé. — Y si yo quisiera haceros daño, te habría dejado tirada en la playa del Capitolio o te habría hecho daño ahora mismo. — Sé que no debería, pero aún así, aparto levemente la enorme chaqueta que llevo puesta para que vea la empuñadura de la espada que me regaló hace dos años el que creía que era mi padre. No quiero amenazarla, simplemente que vea que no quiero herirla. Lo que sí que no le enseño es la varita porque sí que se pondría como una loca entonces. — Yo también quiero que esté a salvo, por eso lo único que digo es que quiero verla aquí, en el Capitolio, y que vendría camuflado con la metamorfomagia. Soy el primero que sabe que la vida de los rebeldes es arriesgada y que vivimos en constante amenaza, por eso no quiero involucrarla llevándola con nosotros; ya estoy al pendiente de la vida de demasiadas personas. — Omito la parte de que Aaron también puede transformarse y de que Elle es animaga, de que cada uno tenemos nuestros truquillos para venir aquí, donde no somos bienvenidos. Vuelvo a poner la chaqueta bien y la miro, preparándome mentalmente para que me saque de aquí a patadas y a gritos.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Abro la boca para soltar una sarta de insultos y de palabras despectivas cuando me doy cuenta de que no debería alzar la voz, eso que estoy intentando evitar desde que he sabido quien es, pero que tan difícil se me está tornando a cada segundo que pasa cerca de mí y de mi hija. Me muerdo la mejilla por dentro con fuerza antes de estallar y soltar la cuna para señalarle con un dedo acusador, ahora sí, completamente enfadada. Me había estado intentando reprimir, intentado no alterarme, pero, ¡solamente ellos consiguen sacarme de mis casillas! -¡No tienes ni idea de como soy! ¿Hablas de como trataré a mi hija sin conocerme? Solo eres un estúpido prejuicioso. Que si soy una capitoliana ricachona, que si soy malcriada... ¿Y ahora esto?- digo golpeando con la palma de la mano la cama. -¡No me conoces en absoluto y hablas como si lo hicieras!- me llevo ambas manos a las sienes masajeándolas lentamente intentando tranquilizarme, no volver a gritar, no volver a ponerme tan nerviosa como me acaba de poner... intentar relajarme porque, aunque ahora ya no estoy embarazada y esto no le afecta directamente al bebé, tengo que estar tranquila para mi salud propia. -No puedo aceptar nada de una persona que me dijo que soy como las personas que condenaron a Alec.- termino por decir después de unos minutos de silencio, de notar el subir y bajar de mi pecho y el corazón acelerado por el enfado, por las ganas de romper algo o de ponerme a gritar como un psicótica enfurecida. Si por mi fuera ahora mismo agarraría el jarrón de la mesilla y se lo tiraría a la cabeza para que se callara de una maldita vez, para que se fuera de una vez por todas, ¿no ha contestado ya la pregunta que le he hecho? Pues ya se puede largar para nunca volver, para convencer a su familia de que no quiero tener contacto alguno con ellos.

Escucho lo que dice y aprieto las manos contra mis costados con fuerza. Ahora mismo lo empujaría fuera de la habitación y me pondría a gritar en medio del pasillo que nos ha intentado herir a mi hija y a mi, y... ¿quién saldría ganando en todo esto? ¡Tiene una espada! ¡Ha entrado con una espada en el hospital del Capitolio! -¿Tanto te cuesta escuchar a los demás? ¿Tanto te cuesta intentar entender la postura de los demás por muy diferente a la tuya que sea?- le espeto con cierta tranquilidad, que me sorprende hasta a mi misma, en la voz. -Solo quiero que no tenga nada que ver con los rebeldes. ¡No os acuso de que intentéis hacerle daño! ¡Pero es inevitable estando con vosotros! - aprieto los labios y bajo la mirada hasta mis pies descalzos después de hablar. Hay veces en las que me encantaría hacer como Kaylee e irme de aquí, irme del Capitolio a otro distrito donde nadie me conozca, donde nadie sepa que estoy allí... pero sería como ella, y bastante le grité y le recriminé por lo cobarde que pienso que es eso.. pero es la única salida que se tiene en ciertas ocasiones, la única salida que se tiene para intentar que tu vida sea relativamente tranquila o normal. Alargo la mano para hacerle la chaqueta hacia un lado y tocar la empuñadura de la espada. -¿Llevas una espada en un hospital del Capitolio y pretendes que me fie de ti?- muevo la cabeza hacia ambos lados. -Hay dos razones por las que aún no he gritado.- digo retirando la mano de la espada -La primera es porque Lëia está durmiendo- señalo un dedo de mi mano - y la segunda es porque te debo que no me abandonaras en la playa- señalo otro dedo y después cierro la mano. -Pero ninguna de ellas va a evitar que te eche ahora mismo de mi habitación, así que, por favor, vete. - alargo un brazo por detrás de él para girar el pomo de la puerta en señal de que ya es hora de que se vaya de aquí.
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Riorden M. Weynart
No digo nada al respecto por todos los insultos que me suelta y por todas las cosas que me recrimina, aunque sí que me siento tentado a echarle en cara que yo le he pedido disculpas varias veces, tanto directa como indirectamente, y ha pasado absolutamente de mí. ¿Qué se supone que es ella por portarse así conmigo? Ni siquiera quiero perder más tiempo con esta estupidez. Y cuando dice que no quiere aceptar nada de mí, es la gota que colma el vaso para interiormente decirme una y otra vez que jamás voy a volver a dirigirle la palabra, que si quiero saber algo de la niña, ya me las apañaré porque por algo tengo mis propios contactos en el Capitolio. Estoy harto de que la gente me tome a la ligera... bastante tuve que aguantar con esos dos estúpidos Agentes que estaban en aprendizaje, probablemente, y que me interrogaron en esa celda putrefacta para irse con las manos vacías. — Las personas cambian — gruño sin mirarle a la cara, más bien dirigiéndome a mí mismo que no a ella porque eso es lo que llevo días haciendo: decirme una y otra vez que todos podemos cambiar en algún momento de nuestra vida. Es entonces cuando veo esas dos sombras pasar por detrás de la cuna, esas que no había vuelto a ver desde que estaba tumbado en el frío suelo de la celda. Desvío la mirada para posarla sobre los ojos azules de la capitoliana.

Escucho lo que dice sobre los rebeldes sin revatirle porque ahí sí que lleva parte de razón; sin embargo, no la meteríamos en problemas porque JAMÁS dejaría que me vieran con ella siendo Riorden Weynart, y mucho menos después de haber pasado meses en prisión porque ahora más de un capitoliano conoce mi verdadero rostro. — Ha sido una estupidez venir aquí. Está visto que no se puede entablar una conversación en condiciones contigo — respondo y frunzo el ceño cuando me empieza a decir que he venido a un hospital con una espada, que cómo se va a fiar así de mí. — ¿De verdad creías que iba a venir aquí sin nada con lo que defenderme, a merced de que hicieras algo en mi contra? Si tú no te fías de mí, ¿pretendes que yo me fíe de ti, de la persona que siempre me acaba gritando y echándome cosas en cara? — Ahora sí que la rebato, sin desviar la mirada ni un segundo de sus ojos. — Ya no sé qué más hacer para que te des cuenta que lo primordial de mi visita era que aceptaras mis disculpas. — Dejo caer los brazos sobre mis piernas, apartando, ahora sí, la mirada. — ¡Y claro que entiendo tu postura, por Dios! ¿No has oído que yo tampoco quiero meterla en problemas, que es lo que menos deseo? — respondo al final, notablemente molesto. Muevo la cabeza, harto ya de gritos y de que no entienda nada de lo que le quiero decir. Por eso y por ver perfectamente el rostro de Alec y de Jocelyn Lewis detrás de la cuna, mirándome, no dudo ni un segundo en atravesar la puerta para emprender mi marcha hacia el Distrito 11 una vez gira el pomo, e irme así tal y como he venido: abatido.
Riorden M. Weynart
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Zoey A. Campbell
Jefe de Área en Salud
Lo miro totalmente sorprendida, con la sorpresa reflejada en mis ojos. ¡Claro que la gente cambia! ¿Se cree que no lo se? Yo misma he cambiado mucho con el escaso paso de un año; y puedo entender que él haya cambiado pero yo no lo conozco para saberlo y lo poco que se de él no me gusta así que no estoy muy dispuesta a cambiar de opinión de buenas a primeras  porque venga aquí a pedirme perdón o disculpas por lo desagradable que ha sido sin conocerme. Entrecierro los ojos y doy un par de pasos hacia atrás para alejarme de él y, de paso, mirar hacia donde está mi hija. La cuna se mueve levemente, lo que me hace pensar que se ha despertado y empezará a llorar en cuestión de segundos. Regreso mi atención hasta Riorden maldiciendo en mis adentros. Quiero que se vaya para poder ir junto a mi hija; no le voy a dar el gusto de sacarla de la cuna mientras él esté cerca, no, ni hablar. -Conmigo se puede hablar perfectamente, quizá el problema seas tú, ¿no lo has pensado?- termino por mascullar cruzando los brazos sobre mi pecho. Bajo la mirada hacia abajo y veo el horrible camisón. ¡Para que he salido de la cama! Trago saliva señalando la puerta, que está cerca de nosotros, con la mano. -¿Pensabas que te iba a hacer algo? ¿Yo? ¿Dentro de un hospital?- digo lentamente sin ser capaz de asimilar del todo mis palabras, sin entender por qué acaba de decir eso. -¿Crees que si os deseara algo malo no lo habría hecho ya? Cuando Aaron me visitó  podría haber dicho que me estaba molestando y mi padre no se habría quedado con los brazos cruzados, ¿pensabas que iba a hacerte algo malo de verdad?- acabo preguntándole casi en un susurro totalmente cansada de todo esto.

Doy un bufido y, sin dejar, ni siquiera, que me conteste me alejo de él hasta la cama, me siento, regreso mis ojos hacia él. -Disculpas aceptadas, ya te puedes ir con la conciencia tranquila, Riorden.- acabo diciendo mientras me giro por encima de la cama para llegar al lado de la cuna de Lëia y acariciar su mejilla. Está despierta lo que hace que en mis labios aparezca una sonrisa; la única que consigue que esboce una sonrisa, de verdad, es ella, la única que ahora mismo me hace feliz. Verla aquí me tranquiliza y me hace sentirme feliz aunque, a la vez, sienta que puede estar en peligro en cualquier momento. Es horrible, es horrible pensar que alguna vez le pudiera pasar algo. Acaricio el collar de Alec, que lleva puesto alrededor del cuello, y respiro profundamente.
Zoey A. Campbell
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