The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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09.09¡Ya se encuentra disponible el ranking de tributos! Así mismo, nuestra encantadora Zirconia ya ha comenzado con sus entrevistas.
27.08¡La Cosecha ha iniciado la temporada de juegos! Los tributos pronto iniciarán sus entrenamientos.
08.08¡Nuevo diseño del foro! Esperamos que disfruten del nuevo look tanto como nosotros. No duden en avisarnos si tienen alguna duda.
04.08El cronograma de los juegos sufrirá un retraso. Pronto tendremos novedades al respecto.
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IMPORTANTES

Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Bien, ya sé que soy un mentor bastante triste, pero es que hay cosas que no puedo dejar para después y la verdad es que necesito salir un poco de la horrible rutina que se crea dentro de aquel centro en el cual deberé vivir los próximos meses. Como ayer pasaron los desfiles, hoy comenzaron los entrenamientos, y eso significa que mis tributos pasarán el día ocupados entre sus “compañeros” como para siquiera necesitarme a mí, y ni hablar de que Derian y Arianne pueden ocupar mi lugar en caso de ser necesario. Todo eso ayudó a que tomase el primer tren hacia el Capitolio, en cuyo viaje me comí al menos tres chocolates y un paquete entero de chicles, hasta que llegué a la estación y tuve el pequeño impulso de regresarme, pero obviamente no lo hice. Algo que siempre me enseñaron es a hacer frente a tus propios problemas y errores, y eso es lo que vengo a hacer. Se supone que ya no soy un niño.

Los últimos días no hablé con Zyanelle, especialmente porque no tuve el valor para tomar el teléfono y escuchar la voz de la persona a quien traicioné incluso sin desearlo. Tampoco tuve la dignidad de conseguir el número de Amethyst y pedirle disculpas en un estado sobrio. Y ni hablar de que no tuve el coraje de hablar con papá luego de todas sus advertencias que yo no escuché y que ahora hacen eco en mi cabeza. Es casi irónico. Debería estar concentrado en los juegos, en analizar a mis tributos (cosa que no dejo de lado, porque llevo una libreta con sus dados aunque apenas la miro en todo el transcurso), pero aún así, me tomo mi tiempo para arreglar mis problemas personales. Así es como siento que Alex murió. Luego recuerdo que Alex murió porque Arianne lo mató y toda la culpa se me evapora en dos segundos.

Bajo del coche dándole gracias al chofer y observo la residencia de los Ferrari, que parece demasiado imponente y silenciosa en comparación a lo que es mi casa en el cuatro. La idea de que Zy pise alguna vez mi casita ahora mismo me parece bochornosa. El auto arranca y me quedo solo, abrazado a mi libreta, mientras el viento me da de lleno en la cara porque es un día helado y nublado que, a decir verdad, provoca nada más la necesidad de pasar las horas metido dentro de la cama. A falta de mantas me subo el cierre de la chaqueta y subo los escalones del umbral, pero en cuanto llego a la puerta, vuelvo a bajarlos. Vamos, Ben, no puedes ser tan cobarde. Tomo aire, cuento hasta diez y vuelvo a subir, deteniéndome frente a la entrada; levanto una mano dudosa y, al final, golpeo tres veces. Espero. Nada.

Arrugo la nariz con desaprobación; tal vez debí llamar primero. Toco otra vez. Nadie. Bufo y luego chasqueo la lengua, porque esto es imposible – Genial… - murmuro con sarcasmo, frunciendo un poco el ceño. Todo un viaje sin sentido. La verdad es que debí llamar primero. Me aparto de la puerta para pegar mi rostro a la ventana, haciéndome carpa con una mano y la libreta, pero no logro ver casi nada a través de las finas cortinas blancas. Tal vez puedo dar una vuelta y luego regresar; es eso o quedarme aquí esperando a que alguien aparezca. Ahora mismo siento que el valor se me fue al caño.

Me giro con toda la intención de regresar por dónde vine, pero me detengo en seco al ver a una muchacha al pie de la escalera de la entrada. Es bonita, de la clase de chicas que en mi colegio siempre andan alardeando su cabello o sus uñas, y parece un poco mayor que yo. Por un momento abro mi boca para decir algo pero no se me ocurre qué, así que levanto la mano que tengo libre para hacer un torpe y breve gesto de saludo – ¡Hola! … Estem… umh… - por favor, eso ni siquiera son palabras. Señalo la puerta sobre mi hombro, intentando mostrarme por lo menos amable - ¿Tú conoces a los Ferrari? ¿Sabes dónde están?

De verdad espero que sí. No me gusta hacer viajes en vano.
Benedict D. Franco
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Invitado
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'Beete, Beete, Beete.' Como estoy sola en casa, para variar, al levantarme me voy a casa de la señora que vive en frente, pero éste día no iba a ser un día tranquilo donde iba a ayudar a la señora Millyns a quitar las hojas secas de las plantas, a replantar alguna a otro macetero más grande, o ese tipo de cosas, a las que le he cogido tanto cariño. Llevaba días sin ir a su casa porque he estado bastante liada con una obra de teatro que le teníamos que mostrar a los pequeños del colegio y, para mi agrado, me había tocado de hacer de una flor, me habían dejado vía libre para hacer de la flor que quisiera así que decidí hacerme el traje de una que tenía la señora Millyns en su jardín. Total, que como ya he terminado todo ese lío hoy me he levantado con ganas de ir a visitarla, se que éstos días ha estado su hija con sus dos nietos en casa porque los veía corretear por la calle, escuchaba las risas pero también los gritos y los llantos cuando se pegaban. Me pongo unos pantalones largos vaqueros, unas botas, por la mitad de la pierna, de color marrón y una camisa rosa de manga al codo que me regaló mi tía Maryse la última vez que la fui a visitar al Capitolio. Agarro un zumo del refrigerador y salgo de casa con paso alegre y tarareando una canción. Toco la puerta de la casa de enfrente y lo primero que escucho son unos gritos que me taladran la cabeza de un lado hasta el otro lado. Parpadeo un par de veces mientras doy un paso hacia atrás y tropiezo con el escalón cayendo de culo al suelo justo cuando abre la puerta un niño de, aproximadamente, unos cinco años que me mira confuso pero luego sonríe y da palmas mientras grita. 'Flor, flor, floor.' No tengo muy claro que decirle o que hacer, así que me arrastro un poco por el suelo hasta quedar de rodillas y después poder levantarme del suelo, pasándome las manos por los pantalones para quitarle un poco de tierra del suelo. Me inclino esbozando una sonrisa en los labios y le pregunto que si está su abuela, asiente y me coge de la mano entrando con él dentro de la casa.

Un rato en el jardín, empujando al pequeño en el columpio, jugando al escondite con él, corriendo de un lado para otro, son suficientes para que en menos de dos horas piense que mejor será que me vaya antes de que me de un infarto. Al niño no le importa en absoluto como es mi nombre, solamente me llama 'flor' una y otra vez. Sospecho que estaba en la obra de teatro y por eso me llama así, cuando me dice su nombre 'Beete' me río. -Creo que tienes un nombre perfecto- le pellizco la mejilla amablemente. Está todo el rato correteando  a mi alrededor mientras me llama 'flor' y el inicio de su nombre significa abeja, creo que ni en sueños habría encontrado una casualidad tan grande como ésta. Entramos en la casa y lo dejo en el sillón, mientras le voy a decir a su abuela que me tengo que ir, que su nieto es adorable y que siempre que quiera poder hacer cosas que me llame y yo pasaré un rato con él. Creo que me encantan los niños pequeños, son tan adorables... eso sí, son adorables para que sean de otros, el pensar de tener que estar todo el día detrás de ellos... arrugo la nariz pero muevo la cabeza para quitar esos pensamientos de mi cabeza. Me despido de ambos y me quedo parada en el portal cuando cierro la puerta detrás de mí. ¿Ahora qué?

No hay mucha gente en la calle y... bueno, el humor de estos días en el distrito no es lo mejor por lo sucedido el día antes de las cosechas, el hecho de que arrastraran de sus casas a un niño y una niña no fue nada agradable... los gritos se escuchaban en todo el distrito, pero, creo, que alguien se ofreció así que, supongo, que no fue todo tan sumamente malo, aunque el susto para aquellos niños tuvo que ser tremendo. Suspiro. Al menos se que ninguno de mis amigos ha ido a la Arena, en especial  Zyanelle. Hace tiempo que no la veo... desde el día que nos encontramos, por pura casualidad, en el Capitolio. ¿Por qué no ir a visitarla? Sí, eso voy a hacer. Entro en casa para dejar una nota, por si acaso alguno de mis hermanos vuelve a casa y no me ve allí que no se preocupe, y cojo el bolso con el dinero para pagarme el boleto y algo más por si quiero comprarme algo de ropa o por si vamos a tomar algo al centro comercial. Mi casa no está muy cerca de la estación así que camino unos quince minutos hasta que llego y veo como el tren está entrando en la estación, murmuro un par de tacos de mal humor y salgo corriendo para montarme y comprar el billete dentro.

No tardo mucho en llegar y me bajo de un salto alegre, pero el viento me corta la cara y hace que me castañeteen los dientes. Por suerte había decidido cogerme la cazadora marrón antes de salir de casa así que me la pongo y camino salteando algunos charcos que hay en el suelo, signo de que ha llovido no hace mucho en el Capitolio. Camino hasta la zona residencial y miro las casas en silencio. Se ven todas tan parecidas... he estado en otras ocasiones en casa de Zy pero no recuerdo en que calle era exactamente. Aprieto los labios cuando la diviso y acelero el paso para quedarme parada en la parte baja de las escaleras de la entrada y observo al chico, que está de espaldas tocando la puerta principal. No digo nada, solo me quedo en silencio en la parte baja hasta que se gira, dándose por vencido al ver que nadie le abre, cosa que me deprime a mí porque si no abren... no hay nadie, por lo cual he dado un viaje inútil. Cuando se gira abro los ojos de par en par sin creer lo que está pasando. ¿NO es Benedict  Franco? Osea, el mentor del distrito cuatro, él ha conseguido sacar a alguien de la Arena en su primera edición ejerciendo. Siento que me pesan los pies kilos y que lo que tenía pensado hacer, que era solamente saludar y seguir mi camino se va al traste cuando habla y me quedo un poco bloqueada. Saludo con una mano e intento recoger el espíritu que me queda para hablar. Toso y ladeo la cabeza un poco y veo las ventanas cerradas. Habrá salido a algún sitio. -Sí, claro, soy amiga de Zyanelle- señalo la casa con una mano. -pero parece que no hay nadie...- susurro y arrugo el ceño confusa. Esperaba que estuvieran aquí y me siento un poco decepcionada. -Quizá regresen más tarde, no sé.- me encojo de hombros y vuelvo la mirada hacia él viendo la libreta que tiene entre las manos. -¿Quería dejarles algo?- pregunto mientras señalo la libreta que tiene en las manos con la cabeza -me voy a quedar a esperar un rato así que... si quieres que se la entregue o algo parecido- termino mirándole curiosa. ¿Qué tiene que hacer un mentor en casa de los Ferrari?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Por la cara que pone tengo que deducir que sabe quien soy, y no puedo evitar suspirar con pesadez porque esa costumbre de la gente se me está volviendo insoportable. Es casi como si aprendiese lo que sienten los animales en exposición en los zoológicos, aunque a decir verdad nunca fui a uno porque el único que hay se encuentra en el Capitolio y lo he visto algunas veces por televisión. Siempre es lo mismo, y desde que en la boda Amethyst me dijo “todos aquí saben quien eres”, he decidido que voy a dejar las presentaciones para dentro de un par de años, cuando la gente haya olvidado que alguna vez fui noticia y, de paso, me haya crecido la barba para disimular. Creo que voy mal en ese camino, porque ni siquiera tengo un intento de bigote, cosa que algunos de mis ex compañeros ya tienen y alardean como si hubiesen madurado de un día para el otro, igual que las niñas a las cuales ya les crecieron los pechos. ¿Acaso que gracia tiene? ¿No se dan cuenta de que crecer apesta, o solo soy yo quien lo sufre como un condenado todos los días?

Abro la boca en forma de O cuando dice que es amiga de Zyanelle, porque a decir verdad ella nunca me habla de sus amigas, salvo alguna que otra anécdota sin nombre alguno y ya. Quiero soltarle un sarcástico “no me digas!” en cuanto deduce que no hay nadie, pero me contengo, pero entonces señala mi libreta y yo me la pego al pecho de manera posesiva - ¡no, no! ¡esto es mío! Es del trabajo… - mi voz baja al menos dos octavas cuando añado que es parte de mi “carrera”, porque todavía esa palabra se me hace rara en mi vocabulario, además de que me siento un poco tonto porque todo el mundo usa tablets o tecnología para anotar sus cosas, mientras que yo sigo escribiendo a mano. Papá me hacía anotar a mano las necesidades y tareas del taller y estoy demasiado acostumbrado a esto como para pensar siquiera en cambiar mi método de toda la vida – yo solo vine… tenía que hablar con Zyan. Cosas importantes – es obvio que no voy a hablarlo primero con su amiga, pero por un lado me parece importante aclarar que he venido aquí por la hija de la casa y no por el señor Ferrari, quien al ser patrocinador seguramente acostumbra mucho más el recibir mentores que ella. La miro un momento, dudoso, y al final me siento en el último escalón, apoyando mis pies en el siguiente, y dejando la libreta sobre mi regazo – así que no te preocupes, yo también esperaré. No vine hasta aquí para nada.

Parece que al final tendré compañía. Miro a la muchacha un momento y, al final, me muevo un poco, dejándole espacio en el escalón por si quiere sentarse; para remarcarlo, lo limpio un poco con la mano, aunque apenas tiene un poco de tierra que trajo el viento porque todo aquí parece ser demasiado pulcro, incluso mucho para mi gusto. Tal vez estoy demasiado acostumbrado al desorden y a una casa pequeña donde se apilen las cosas unas encima de otras, porque incluso mi casa en la Isla me parece muy ordenada y mi habitación siempre es un caos personal - ¿hace mucho que conoces a Zy? – le pregunto, pero al final me percato de una cosita que consigue que la mire con el ceño fruncido – Ella no te dijo que salimos, ¿verdad? – no parece tenerlo en cuenta, o vaya a saber con cuanta frecuencia se ven  - Yo soy… bueno, ya lo sabes. ¿Tú como te llamas? – más rápido, más efectivo y menos vueltas.
Benedict D. Franco
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El aire hace que el pelo se me ponga en la cara y eso me incomoda, así que me saco un coletero del bolsillo y me hago una trenza a un lado del cuello y, después, me abrocho la chaqueta porque el aire viene realmente frío, algo normal para la época en la que estamos, y no me gustaría ponerme enferma de nuevo, creo que con una semana estando sin poder salir de la cama por la fiebre, y el malestar general, he tenido suficiente por muchos años, no me quiero volver a poner enferma. Aprieto los labios mirando de nuevo al chico. Los mentores son famosos, pero, cuando gana uno con tan poca edad, le dan mucha más importancia. Yo no se la quito pero… no sé, a final de cuentas todos ellos han sido capaces de salir de la Arena, así que yo veo que todos tienen su mérito, ¿no? Muevo la cabeza hacia ambos lados. No me gusta examinar a la gente por las cosas que han hecho antes de conocerlas yo, soy de esas personas que son más de tener en cuenta las cosas que hacen conmigo, o con mis conocidos, que por rumores o por fama que se han ganado por fuera. Parpadeo un par de veces seguidas y asiento lentamente con la cabeza a la vez que alzo ambas manos frente a mi cuerpo y las interpongo entre nosotros dos. Parece que no le gusta que le hablen de su libreta, de lo de su... trabajo. Ah, entonces puede ser que haya venido a ver al señor Ferrari porque es un patrocinador de, prácticamente, todos los años. Bajo las manos lentamente con cierta desconfianza. Creo que todos los mentores están locos... no salen muy bien de la cabeza de la Arena así que tampoco me puedo fiar del todo de éste chico, a fin de cuentas, yo no soy como todas esas chicas que han seguido todos sus pasos, es más, creo que solamente se su nombre, y porque lo he escuchado en el patio en alguna que otra ocasión.  No estoy en contra del Capitolio ni de los Juegos, pero no les tengo especial cariño porque, cada vez que tocan, se llevan a mi hermano durante una larga temporada.

Lo siguiente que dice me sorprende porque yo ya me había hecho una hipótesis de por qué podía ser que estuviera aquí, y esa hipótesis acababa de ser derrumbada por completo. Zyanelle… ¿de qué conoce a Zyanelle? Hace semanas que no hablamos, y las veces que estamos juntas no nos ponemos a hablar de la gente que conocemos ni esas cosas, solo vemos alguna película, nos reímos, compramos ropa… Me muerdo el labio inferior y me giro, dándole la espalda, para caminar un poco de un lado hacia otro pensando en qué hacer. Puedo quedarme a esperar, con la esperanza de que el chico decida irse porque tiene cosas importantes que hacer, o irme directamente a casa y ya está, no quedarme a esperar y la próxima vez que venga llamar antes para que no me pasen éste tipo de cosas que tanto odio. Regreso la atención a él cuando habla y esbozo una pequeña sonrisa en los labios. Me acerco donde está él cuando se sienta y deja un hueco a su lado. Lo miro un par de veces hasta que me decido a sentarme, apoyo los codos sobre las rodillas y coloco la barbilla en las manos. Miro la casa que hay enfrente en silencio. No me gusta el silencio, no cuando tengo a alguien cerca con quien podría hablar. Yo nunca ceso de hablar, mi juego favorito es adivinar canciones cantando debajo del agua así que… ni bajo el agua me callo.  Me pongo a pensar un poco en cuando tiempo conozco a Zya… creo que un par de años porque mis padres eran, también, patrocinadores, así que se conocían y así nos conocimos nosotras, pero desde que mis padres fallecieron no hemos tenido todo el contacto del mundo. -Nos conocemos un par de años, pero ya no tenemos el mismo contacto que cuando nos conocimos…- susurro lentamente, no tengo que darle explicaciones a nadie, ni lo voy a hacer. Me esfuerzo por devolver la sonrisa a mis labios, intentando quitar los pensamientos sobre mis padres de mi cabeza. Pero se retiran en cuando el chico vuelve a hablar y me quedo helada. Me separo de mis piernas y lo miro con los ojos como platos. -¿Son novios? Osea… ¿Zy y tú estáis saliendo?- me siento tonta después de preguntarlo porque él mismo me acaba de decir que están juntos así que mi pregunta ha sido de lo más estúpida. Muevo la cabeza hacia ambos lados sin creerme lo que me acaba de decir, es decir… Zy y yo no nos vemos mucho pero, ¡está saliendo con un mentor! ¿Cómo no se le ocurrió decirme algo? Me siento enfadada por que no me lo dijera y… a la vez rara, no sé exactamente la mezcla de sentimientos que tengo ahora mismo.

Intento asimilar lo que me acaba de decir cuando pregunta mi nombre y respiro profundamente. -Me llamo Roxanne, Roxanne Coarleone.- estoy a punto de inclinarme para darle un abrazo, como hago con, prácticamente, todo el mundo cuando me lo presentan, pero me paro en seco. -Benedict Franco, el mentor del distrito cuatro… pensaba que no podíais salir del centro de entrenamiento que… teníais muchas cosas que hacer.- digo pensativa. Se que tienen que salir para buscar patrocinadores, pero pensaba que eso lo hacía más cuando sus tributos hubieran entrado a la Arena. No sé, siempre me pierdo en todo este mundillo.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Nunca me imaginé que hoy tendría que pasar por esto; bien, he venido hasta aquí para tener una seria charla con Zyanelle y al final, me encuentro con una de sus amigas que, aparentemente, conoce hace mucho tiempo y que probablemente sepa más de mi novia que yo mismo. Tengo que admitirlo, no soy ningún experto cuando se trata de saber sobre Zy. Sé que es asmática como yo, que adora comer dulces conmigo, que disfruta mucho del helado de limón y que tiene labios muy suaves; que, como a mí, se le murió un hermano mayor en la arena y que, cuando a veces hablamos de eso, me da unos abrazos geniales. Y que le gusta que le acaricie el cabello y que se me da muy bien hacerla reír, algo que me gusta porque tiene una risa muy cantarina y siempre arruga la nariz cuando lo hace. ¿Pero qué sé sobre los detalles más importantes de su vida? ¿Qué sé sobre sus secretos? Una parte de mí se alarma y comienzo a creer que soy el peor novio del mundo porque jamás me tomé la molestia de descubrir cientos de detalles suyos que hasta el momento se me pasaron por alto. Su pregunta sobre si estamos saliendo consigue que vuelva a mirarla, ahora de mucho más cerca porque aceptó sentarse conmigo,  y eso hace que me sienta mucho más juzgado que antes. Las niñas siempre tienen un sexto sentido para las cosas y creo que si la miro mucho a los ojos va a darse cuenta de que no vengo con buenas noticias, así que me limpio el pantalón con la mano para entretenerme con algo de la forma más casual posible – Ajam. Creí que si eres su amiga, te hubiese contado. Quiero decir, ¿las chicas no se cuentan estas cosas? – al menos yo siempre las escuchaba cuchichear sobre chicos en los pasillos de la escuela. Una parte de mí se alivia a montones, porque la idea de que Zyanelle le estuviese contado detalles de nuestro noviazgo a otras chicas me pone realmente incómodo.

Roxanne, Roxanne Coarleone. Asiento una sola vez mientras me grabo ese nombre en mi cabeza porque, por algún motivo, estoy seguro de que no tengo que olvidarlo. Tal vez se debe a que veo morir tanta gente tan seguido que cada nombre cuenta. O quizá es otra cosa, pero realmente no creo que sea momento para pensarlo – tienes nombre de alguien que podría estar en un show de televisión – le comento, pero luego me arrepiento de inmediato porque, viniendo de mí, casi suena a que creo que sería una gran candidata a ser tributo. Me muerdo la lengua, maldiciéndome, pero ella sigue hablando y me atrevo a mirarla otra vez a la cara.  Puede decirse que Roxanne tiene rasgos muy particulares o, por lo menos, bastante originales en comparación a los que veo todos los días. Casi puedo decir que me recuerda a las niñas de las películas de época.  Me encojo un poco de hombros y carraspeo para aclararme la garganta antes de hablar – Tenemos permitido venir al Capitolio. Ya sabes, es donde se junta todo el público más fanático de los juegos y siempre es bueno venir a hacer sociales para conseguir patrocinios. Así es como Zyan y yo nos conocimos; ya que ella no se tomó la molestia en decirte que tiene novio, lo hago yo – hago un ademán ridículo con la mano, simulando una presentación exagerada, y por primera vez me atrevo a sonreírle de medio lado con cierta gracia y algo de confianza –Hola, mucho gusto”.

Sé que es una tontería, pero me río entre dientes y niego con la cabeza, desaprobando mi propia actitud con diversión, para luego mirar hacia la calle. Nadie pasa por aquí y todo se encuentra tan silencioso que comienza a ponerme de los nervios. El frío consigue que suba un poco más el cuello de mi buzo para cubrirme el cuello y muevo un poco los pies, como si aquel simple movimiento me sirviese para entrar ligeramente en calor. Es uno de esos silencios incómodos donde no sabes qué hacer y entonces comienzas a tener pensamientos tontos, como fijarme en la ventana de enfrente o en contar mis propias respiraciones. Al final, trago saliva – Roxanne – le llamo - ¿y que te parece si…caminamos? La casa no se moverá – me siento tan tonto, tan poco interesante, que hasta siento pena por Zyanelle por tener a alguien como yo para presentar como novio. Da igual. Me pongo de pie de un saltito y amago a tenderle la mano, pero como no nos conocemos mucho, disimulo escondiéndola en el bolsillo delantero de mi buzo y bajo los escalones sin siquiera mirarla, golpeteando nerviosamente mi costado con la libreta – Hay una cafetería aquí cerca donde fuimos un par de veces, seguro la conoces. Hacen unos licuados geniales y podemos esperar. No te preocupes, yo invito – desde que tengo tanto dinero que ni puedo contarlo, detesto salir con personas y verlos pagar. Es casi como un insulto a mis valores morales. Le dedico una sonrisa para infundirle confianza y le hago una seña insistente para que comience a andar conmigo, comenzando a apretar un poco el paso para que no se me acabe helando el culo.

Siento los labios congelados, así que me relamo un poco para que no se sequen con el viento, pero lo que más me fastidia es el cabello, que se me pega a la cara y me molesta la vista. Me lo quito unas cuantas veces de los ojos, hasta que al final, justo cuando diviso la cafetería enfrente, lanzo un bufido – creo que le haré caso al mundo y visitaré a un peluquero de una buena vez por todas. Aunque Zy dice que le gusta así… - ese sentimiento familiar de culpa me revuelve una vez más las tripas y comienzo a avanzar nomas con la mirada gacha. ¿Cómo es que pude haber arruinado tan fácil mi primera relación? Bien, sé que ya no empezó de buena forma, pero esto ya es ridículo. Un pequeño pensamiento me aterra y me pregunto si Zy no le habrá contado a Roxanne de nosotros justamente porque está enfada conmigo. No me sorprendería, los chismes en Neopanem vuelan como moscas. Empujo la puerta de la cafetería y la sostengo para que ella entre antes que yo, pero entonces no puedo aguantar a mi propia lengua – Si hoy no podemos verla, ¿crees que puedes hablar con ella otro día y pedirle que se comunique conmigo? De verdad es que necesito hablarle y no es como si yo tuviese tiempo. Y… ¡mierda!

Al intentar sostener la puerta con una mano para entrar detrás de ella, consigo que la libreta caiga al suelo, abriéndose con un golpe seco. Me inclino rápidamente a tomarla de un modo algo atropellado, porque hay varias cosas que no quiero que vea. Ni los datos de los tributos, ni sus fotos… ni todos esos garabatos a la vista que indican que mi cerebro, se encuentra bastante rayado y sin otro método de descarga. No, no seré un chico sano de nuevo y no es un secreto, pero a veces simplemente me gusta disimular.
Benedict D. Franco
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Suspiro cuando habla y asiento lentamente con la cabeza, pero sin llegar a mirarlo. Solo observo la casa del otro lado de la acera como si ésta fuera lo único que existiera, como si mirándola no me tuviera que concentrar en mis pensamientos. No me gusta dar la imagen de una chica seria, poco habladora y que se queda inmersa en sus pensamientos, creo que, más bien, soy todo lo contrario. -No tengo la misma relación con Zyanelle que hace unos años- sigo finalmente como si no quisiera la cosa, aunque me molesta. Me molesta cuando pierdo a gente, cuando antes estábamos llamándonos a todas horas, mis padres me traían constantemente de visita y pasaba más horas con ella que con mis amigas del Distrito uno. Pero eso ha cambiado por completo, y no se que me parece más triste que yo no haya intentado que todo siguiera como antes o que ella tampoco lo haya hecho. Me pongo la mano en la frente golpeándome suavemente con la palma. No, no y no. Cuando salgo de casa no puedo estar triste ni pensar en esas cosas feas, eso es cuando esté en casa, así puedo romper algo, llorar o gritar todo lo que me plazca y me salga en el momento.

Me pongo a reír cuando habla de mi nombre porque me llama la atención. Siempre lo he visto como un nombre bastante normalito, cuando tenía cinco años siempre le decía a mi madre que me lo cambiaría porque no me gustaba en absoluto, y ahora... no es que me guste en excesivo, pero es mi nombre y así se va a quedar. Cuando consigo parar mi pequeño ataque de risa abro la boca formando una 'o' ante lo que me dice y asiento con la cabeza como si acabara de entender algo complicadísimo, miro su mano y la estrecho. -La conocimos de la misma forma, mis padres eran patrocinadores y así conocían a los padres de Zyanelle... así que nos hicimos amigas por eso.- puntualizo al final. Supongo que si no llega a ser por eso nunca nos hubiéramos conocido. Aunque a mi me guste ir a los distritos para ver como viven, conocer gente, ver sitios nuevos... tampoco entablas relaciones de amistad con todo el mundo que hablas, con algunos es solo preguntarle una dirección, pedirles una recomendación de un sitio bonito para comer... y como siempre lo hago con mi hermana mayor no tengo tampoco la oportunidad de irme a un parque y hablar con gente de mi edad, o de entablar una conversación con una chica de mi edad en el centro comercial. Ahora, como no puedo salir mucho de mi distrito, tampoco es que esté hablando mucho con la gente; lo hago con mis compañeras de clase, con la señora Millyns, algunas veces con mis hermanos... creo que los últimos, aunque sean mis hermanos, son con los que menos hablo. Suspiro antes de mirar al chico de reojo.

¿Me hubiera imaginado ésto? Estoy sentada frente a la casa de los señores Ferrari, con un mentor a mi lado y con un silencio que se me hace incómodo y desagradable. El pequeño Beete era más entretenido que todo ésto, sospecho que me tendría que haber quedado allí o en casa porque, al fin de cuentas, lo que venía a hacer se ha ido al caño. Me levanto cuando él lo hace, y me dice de ir a tomar algo porque la casa no se irá a ningún sitio. Meto las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y bajo las escaleras desde arriba dando un salto desde el último y después avanzo hasta llegar a su lado y caminar con él, porque parece que tenga prisa de ir corriendo a la cafetería. -Oh, no, no. No puedo dejar que me invites- digo apretando el bolso contra mi costado con el brazo. -no me gusta que la gente me invite a nada y aún menos sin conocerme...- digo encogiéndome de hombros. Ya no es eso, es que no me gusta que luego te puedes encontrar de nuevo con esa persona y que te diga 'Yo te invité tal día, ¿te acuerdas? ¿Qué te si te invitas tú a algo hoy?' No. Si quiero invitar a alguien lo haré sin más, pero no con esas cosas, creo que esa es una de las cosas que he aprendido después de tantas amistades. Me doy cuenta después de unos segundos de lo más que acaba de sonar lo que he dicho, pero no me esfuerzo en rectificar, ha sonado mal pero, a fin de cuentas, era lo que pienso solo que con otras palabras menos bonitas. Muevo la cabeza, dirigiendo la mirada hacia él entonces, y me río un poco ante su comentario. -Yo creo que te queda bien el pelo así. No sé, te hace un carita dulce- digo regresando, después, la mirada al frente y ver la cafetería que está a muy poca de distancia, acelero un poco el paso para entrar, pero Benedict llega antes y me abre la puerta. Estoy apunto de murmurar un gracias cuando comienza a hablar rápidamente y amontonando las palabras, no me da tiempo a entender del todo lo que ha dicho, pero creo que es algo de que... le diga a Zyanelle que le llame, creo. Asiento con la cabeza rápidamente y entro cuando se le cae la libreta. ¿Quiero mirar? Uhm... creo que soy bastante cotilla y no puedo evitar que mi mirada se dirija hacia el objeto caído, que él corre a recoger. Me muerdo la lengua para no decir nada pero me es inevitable. -Tienes una letra bonita aunque... parece que cuando escribes lo haces como agobiado y por eso te tuerces.- digo como quien no quiere la cosa antes de darle la espalda en busca de una mesa libre, que capto enseguida.

Me adelanto a él y me siento en una mesa que está casi al final de la cafetería, no se ve mucha gente por aquí, supongo que la gente no está ni siquiera de humor para salir a tomar algo, aunque sea el Capitolio donde, se supone, que todo el mundo adora los juegos y no les afecta en absoluto nada. Me quito la chaqueta colgándola en la silla y esperando a que él se siente. Cuando lo hace agarro la carta de lo que tienen, la observo durante unos segundos y después asomo la cabeza por encima de la carta para mirarle divertida. -¿Qué crees que está mejor? Por que hay algunos... que tienen pinta de ser geniales- digo con la sonrisa prendida de mis labios. ¡Maldita indecisión! Me inclino hacia él y le coloco la carta delante mientras señalo. -Éste me llama la atención porque lleva fresas... pero éste también parece que tiene que estar bien.- mientras hablo muevo la mano de un lado para otro de la carta señalándole los licuados de los que le hablo.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- Claro que puedes dejar que te invite, si te conozco. Sabes mi nombre, yo sé el tuyo, y todos felices – no voy a ponerme a dar explicaciones del por qué de mi insistencia porque hablar de mi riqueza no es mi tema favorito, pero inmediatamente en mi cabeza comienzo a idear un plan maléfico para poner el dinero sobre la mesa antes de que ella siquiera sea capaz de darse cuenta de lo que se pasa a su alrededor en cuanto tengamos que irnos de allí. “Carita dulce”. ¿De verdad? Una parte de mí se carga de ofensa en cuanto pronuncia esas palabras y, en lugar de agradecerle por el supuesto halago, le lanzo una mirada de reproche, torciendo los labios en desacuerdo  - estoy muy lejos de ser dulce, créeme – ella ni me conoce, y de todas formas eso me suena algo que alguien le diría a un niño de cinco años. Me es un poco deprimente notar que ella es un poco más alta que yo, así que echo un poco los hombros hacia atrás para no andar tan encorvado como de costumbre y así ganar un poco de altura. No sirve de mucho, pero algo es algo.

Levanto la vista desde el suelo, sujetando la libreta entre mis dedos, cuando ella dice que tengo letra bonita, por lo que me pongo rojo como un tomate porque supongo que si dice eso, es porque lo ha leído. No me gusta que anden sabiendo las cosas que escribo de vez en cuando, en especial cuando mis anotaciones sobre los tributos me aburren y comienzo a garabatear cosas sin sentido que salen de algún lugar escondido de mi cabeza. Palabras al aire, nombres tachados, rayas sin sentido que me ayudan a descargar un poco la tensión cuando ésta me asalta cuando se le da la gana. Me levanto murmurando un “gracias” que creo que no escucha, pegando la libreta a mi pecho, y la sigo con paso lento y, para mi disgusto, vuelvo a encorvarme porque parece que mis hombros no soportan mucho estar erguidos. Y porque bueno, ella tiene razón, soy un muchacho agobiado el noventa por ciento del tiempo. Ocupados una silla cerca del fondo del salón y me acomodo frente a ella en silencio, dejando la libreta a un costado para no perderla de vista, bastante cerca de mi alcance por si se le ocurre husmear en ella. Silencioso como no creí llegar a estar el día de hoy, junto mis manos sobre la mesa y me quedo mirando como ella agarra la carta y, divertida, se entretiene con los licuados hasta que, al final, me pone el menú enfrente de la nariz. Las imágenes simulan ser deliciosas y, suspirando, me esfuerzo para sonreír y poner un dedo sobre uno de los precios – a mí me gusta este, el de banana con leche. Ya sé que es una bebida de verano, pero en casa los bebo y siempre que tomo uno acabo sin poder moverme durante un buen rato – me palmeo la panza como si estuviese gordo, aunque a decir verdad cada vez estoy más consumido, y juro que no es justamente porque no como nada porque básicamente siempre ando comiendo.  Una mesera con el cabello rosa chicle se acerca a nosotros con demasiado entusiasmo, por lo que me pego a la silla porque me asusta su voz chillona, y en cuanto toma el pedido, se aleja de nosotros con un paso que parece que anda saltando. Sin poder evitarlo arqueo las cejas y abro bien grandes los ojos, mirando a Roxanne para luego reírme por lo bajo, intentando disimular.

La gente del Capitolio, por lo general, es tan extraña que rayan lo absurdo; a veces me gusta mirarlos porque son entretenidos y otra vez, simplemente me irritan y tengo ganas de escupirles la cara. Tal vez por eso es agradable estar ahora con Roxanne, porque aquí dentro parece ser la única persona normal, incluso más normal que yo mismo. Me le quedo mirando un momento y, al final, paso mis dedos por encima de mi libreta - ¿acaso leíste algo de lo que puse aquí dentro? – le pregunto, intentando parecer casual, aunque el tono bajo de mi voz indica que esto no es algo que quiero que se escuche por todos lados – porque si lo hiciste, de verdad espero que no se lo digas a nadie. No son la clase de cosas que suelo hablar en voz alta. Además… - levanto la cabeza para mirarla de frente, manteniendo una expresión impasible aunque cambio mi tono para que se dé cuenta de que intento romper un poco el hielo en este asunto – por ahora me caes bien, Roxanne Coarleone, y tú no quieres que cambie de opinión sobre eso. Te advertí que no soy dulce, en lo absoluto. Las apariencias engañan.

Le guiño un ojo cómplice y ligeramente divertido justo cuando nuestros licuados llegan a nosotros. Y como si no le hubiese dicho nada de importancia, doy las gracias y me llevo el sorbete a los labios, sintiendo de inmediato el sabor fresco y reconfortante inundando mi paladar. De alguna forma tengo que calmar el pequeño cosquilleo nervioso de mis entrañas; no me preocupa advertir a las personas, sino alejarlas.
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Sus comentarios, antes de entrar a la cafetería, no me gustan pero prefiero presionar los labios y no decir nada, mucha gente cuando no le gusta el ambiente o tiene hambre se suele mostrar bastante desagradable, quizá eso es lo que le pasa a él. Arrugo el entrecejo un poco, acelerando el paso, hoy me he propuesto no discutir, no enfadarme. Bastante me ha molestado el hecho de haberme dado el viaje hasta el capitolio y perderme por un par de calles antes de dar con la casa de Zyanelle como para estar discutiendo con alguien, con alguien que, aunque sea la pareja de Zy, es muy posible que no vea más. Mas que nada porque no me gusta tener amistad con gente muy famosa, pronto se les sube la fama a la cabeza y se creen el centro del país, eso es tan... feo. Bufo por lo bajo. Dentro hace mejor temperatura, la verdad es que el invierno siempre he dicho que es de mantita, chocolate y televisión. Nada de estar paseando por la calle con el mal tiempo aunque, como creo que a todo el mundo, adoro salir a la calle cuando ha nevado, todo se ve tan sumamente bonito de blanco. Suspiro cansada cuando me dejo caer en la silla, el hecho de que hayan tantos licuados me alegra y me deprime a la vez porque todos me llaman la atención. Los colores tan bonitos de las imágenes, los sabores... todos me llaman la atención y, con lo tragona que soy, soy capaz de tomarme tres o cuatro seguidos y no aborrecerlos. Cuando le he mostrado a Benedict y me ha dicho cual le gustaba la grito de nuevo hacia mi.  Aprieto los labios y miro fijamente la carta con cara de concentración. El suyo me llama la atención, pero... no estoy segura de que quiero tomar.

Sin que me haya decidido del todo, y sin haber levantado ni un segundo la mirada de la carta desde que la tomé al final pido el de fresa que me había llamado la atención desde un inicio. Dejo la carta a un lado y suspiro aliviada esbozando una sonrisa después. Lo miro cuando se ríe y miro a la chica por detrás, estaba tan concentrada en mirar cual elegiría que no me había fijado en el color de pelo, ni siquiera le había prestado mucha atención. No entiendo del todo porque se ha reído, por lo que bajo la mirada a la mesa. No sé, siempre me han gustado mucho las cosas de la gente del capitolio, tienen un estilo... bastante excéntrico, pero eso es lo que los hace diferentes y divertidos, además de que, que no les de vergüenza llevar esas ropas, eso, sin duda, es porque son muy valientes o porque no tienen sentido del ridículo. Bajo la mirada hacia mi ropa. Yo creo que, aunque me guste mucho ir al Capitolio a comprar ropa, no voy con esos colores tan llamativos, es más, siempre he sido de colores más dulces, más claritos. Muevo la cabeza hacia los lados intentando salir de mis pensamientos sobre... capitolianos, colores, moda y todas esas cosas, no me gusta estar mucho tiempo callada cuando tengo a alguien sentado enfrente mío.

Como si me hubiera leido la mente habla, aunque lo que dice no es que sea precisamente de mi agrado. ¿Qué pasa? Osea, no tenía ninguna necesidad de estar aquí y lo habís decidido arriesgándome a que estuviera igual de loco que todos los mentores, y así era, aparentaba ser un niño y ya está, pero realmente solo estaba como los demás y decía borderías, la verdad, si solo quiere que me vaya no tendría que haberme dicho nada de venir, me parece bastante desagradable su comentario. Arrugo la nariz. -Antes dijiste que es tuyo y, aunque me muero de la curiosidad, capté la idea y solo me fijé en tu letra, no leí nada concreto.- digo con enfado -y... no tengo la necesidad de caerte bien.- concluyo haciendo el amago de levantarme justo cuando llega la camarera de nuevo, se queda parada con los ojos abiertos de par en par, pero intenta cambiar su expresión de asustada y esbozar una amplia sonrisa, la fulmino con la mirada y me dejo caer en la silla agarrando mi licuado y metiendo  la pajita dentro del vaso para beber. Oh, está tan rico... No, no, no, estoy enfadada, ha sido... ¿Una amenaza? Porque me lo he tomado así, no se si está bien que amenace a una amiga de su novia, pero bueno, él sabrá que hace.

Cruzo los brazo sobre mi pecho y no me atrevo, ni siquiera, a dirigirle una mirada. Solo intento beber del licuado, mirar a la gente que se levanta y se va y, de vez en cuando, mirar a la camarera que camina de un lado para otro. Me quedo observándola hablar con un chico que está en la barra, ella se pone colorada porque, se ve que le ha dicho algo, intento concentrarme en qué puede ser que estén hablando. En ocasiones me siento como una niña de diez años porque no entiendo muchas cosas o cuando las chicas se ponen así, lo veo tan tonto... aunque quien sabe, quizá después yo sea igual que todas ellas. Me muerdo el labio inferior, cuando de golpe caigo en la cuenta de que estoy con alguien en la mesa de la cafetería. Giro la cabeza hacia él, aún estoy molesta porque lo que ha dicho antes.  -Creo que cuando no conoces a alguien no puedes hablarle así.- además de que yo soy muy... de primeras impresiones, si me entras por los ojos genial si no... adiós, no me lo pienso ni un segundo, eso sí, cuando somos amigos no digo, generalmente, adiós porque suelo perdonarlo todo, es una mezcla entre un defecto y una virtud.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Dije algo malo? ¿Por qué se enoja conmigo cuando le hice una simple pregunta? La miro con asombro cuando se levanta rápido de su silla y yo alzo la vista, boquiabierto. Algunos balbuceos salen de mis labios, hasta que al final parpadeo y logro conectar ideas - ¿Acaso qué hice? Yo no quise decir… ¡solamente estaba haciéndote una pregunta! – me siento un poco indignado, así que mastico un poco el sorbete con fastidio mientras ella vuelve a sentarse porque aparentemente el licuado de fresas es suficiente excusa para quedarse un momento más.  Algunas personas se han fijado en nosotros y en nuestro pequeño espectáculo, y estoy seguro de que andan surrando sin mucho disimulo sobre nosotros, así que tengo que hacer todo un esfuerzo para no gritarles que se metan en sus propios asuntos o que directamente se vayan a la mierda.  Roxanne no parece cooperar y se pone en una pose que me recuerda a una niña pequeña y caprichosa pero, tontamente, yo la imito y me recargo contra el asiento, poniendo mis brazos cruzados sobre mi pecho y clavando la mirada en ella como si tan solo mirándola supiese que voy a irritarla todavía más de lo que ella me ha irritado a mí. Que tontería.

- ¿Acaso de dónde vienes no tienen sentido del humor? – le respondo con frialdad, haciéndole una pequeña mueca. De todas formas sé que yo no estaba hablando de cosas graciosas en lo absoluto, pero realmente no esperaba que se ponga a hablarme como si la hubiese insultado o algo así; simplemente buscaba mantener guardada una parte de mí y quería saber si ella había alcanzado a ver algo, eso es todo – nunca creí que fueses una cotilla ni tampoco buscaba amenazarte. Además… ¡pff! – bufo de mala gana, haciendo que mis labios tiemblen un momento, y desvío la mirada violentamente hacia otro lado. Hoy esperaba verme envuelto en una discusión, pero realmente jamás creí que iba a ser con algo así y mucho menos con una amiga de Zyanelle - ¿tú qué sabes de esto? Seguramente haces drama como todas, que lloran porque se les rompió un vestido o no las invitó a salir un chico en la escuela. Dramas idiotas, como éste… - ¿qué clase de persona hace un escándalo o se enfada con una simple pregunta? Miro el licuado, que repentinamente no se me hace delicioso, y me doy cuenta de que ya no tengo hambre. De todas formas le doy un sorbo para aclararme la garganta y seguir hablando – si tanto te fastidia, lo siiiiento – arrastro las palabras, rodando un poco los ojos con exasperación, y me bebo lo que queda, haciendo ruido de mas solamente para molestarla. Ay, sí, por favor, sigo siendo un niño.

Me relamo los restos de la leche de los labios mientras tanteo en los bolsillos y saco el dinero, dejándolo sobre la mesa; sé que es un poco extraño pagarle a aquella persona que te hizo enojar, pero teniendo en cuenta de que ella no quería saber nada con que le invite la merienda, es un buen modo de dar por finalizado el asunto – en ningún momento te traté de cotilla, pero dudo que entiendas una mínima pizca de lo que te dije, así que da igual. ¡Adiós! – me despido con una sonrisa cínica y me pongo de pie de un salto, saliendo a grandes zancadas del lugar con desenvoltura; empujo la puerta y básicamente me congelo en mi sitio por culpa del frío, pero no miro hacia atrás. Comienzo a alejarme por la calle vacía y meto las manos en los bolsillos de la chaqueta, pero entonces noto que hay algo que me falta y me detengo en seco con una horrible sensación en el estómago. Parece que una sartén me golpea la cabeza en cuanto me doy cuenta de que dejé la libreta sobre la mesa, así que gruño y le doy una patada al suelo.

Me toma un momento decidir que debo regresar, hiriendo mi orgullo y arruinando por completo mi salida dramática. De mala gana comienzo a arrastrar los pies de regreso a la cafetería; a veces soy tan idiota que me dan ganas de golpearme a mí mismo.
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Ruedo los ojos ante sus palabras y sigo entretenida observando a la gente, pillo alguna que otra mirada, que choca con la mía, que nos están observando arrugo el entrecejo molesta por ello. ¿Qué acaso no tienen otra cosa más importante que hacer? Que se centren en sus conversaciones o en la persona con la que están, no en nosotros. Vuelvo la cabeza hacia él y me cruzo de brazos. Si no hubiera sido tan tonto no estaría ahora mismo enfadada y mi imagen de él no se habría ido al garete aunque, ¿realmente tenía una imagen ya forma de él? No, creo que no, simplemente lo que venía viendo en la televisión y no hacía más que decir lo que querían escuchar los demás para no meter problemas. Suspiro dando otro trago al sorbete, intentando centrar mi atención en tomármelo rápido, pagar a irme cuanto antes. Me da igual no ver a Zyanelle, ahora entiendo porque no me dijo que estaba saliendo con este... niño. Tamborileo con los dedos sobre la mesa impaciente, está frío así que cada vez que intento beber rápido noto como se me congela el cerebro y me siento mal por unos segundos así que dejo unos minutos entre sorbo y sorbo. Parpadeo un par de veces seguidas y entrecierro los ojos mirándole seria. Prefiero ignorar todo lo que ha dicho no darle una mala contestación porque tengo modales, bastante se gastaron mis padres en que tuviera una buena educación y bastante trabaja Andrew para que pueda seguir yendo a la misma escuela de siempre. Todo ésto es tan raro y surrealista que me dan ganas de ponerme a reír como una histérica en cualquier momento. Suerte que tengo paciencia, que soy una persona tranquila y que no me altero en excesivo; pero lo que dice al final hace que abra la boca sorprendida y balbucee un par de palabras hasta que me salen algunas palabras, con algo de sentido, seguidas. -¡No sabes nada de mi!- le digo alzando un poco la voz, pero al ver que nos miran, bajo la voz totalmente sonrojada por la fea situación que estoy pasando. -No sabes nada de mi y ¿dices que soy una dramática? No tienes ni idea, eres... eres un idiota.- le digo arrugando los labios con desagrado. No se quien demonios se cree que es.

No me da tiempo a nada, no reacciono a tiempo porque, sin ton ni son, se saca dinero del bolsillo, lo deja sobre la mesa y sale corriendo de la cafetería. Las miradas lo siguen hasta que sale y luego regresan a la mesa, yo miro perpleja la puerta de salida, sin saber muy bien que hacer. ¿Se acaba de ir? De verdad... ¿se ha ido así? -¿Queréis meteros en vuestros asuntos?- grito totalmente enfadada antes de meterme la pajita en la boca y seguir con el licuado, noto las miradas de vez en cuando sobre mi y eso hace que apriete los dientes con ganas de soltar una sarta de groserías por mi boca. Cuando me lo acabo me levanto de la mesa para irme al Distrito uno pero, cuando estoy apunto de irme, me fijo en que se ha dejado la libreta en la silla de al lado. Ruedo los ojos sin poder creérmelo, ¿se deja el objeto por el cual me ha llamado cotilla? Estoy por dejar ahí y que venga a recogerlo, si se acuerda. Doy un par de pasos pero me paro para volver y cogerla, la observo unos segundos pensativa, quizá si se la de, si es que no veo en el camino, piense que lo he leído o que se yo las tonterías que puede pensar ese crío. Suspiro y, al final, la aprieto entre mis manos saliendo ajetreada con la libreta en la mano.

Conforme salgo me voy poniendo la chaqueta, los dientes me castañetean por el frío que hace en la calle, por el calor que hacía en la cafetería y la temperatura que hace ahora en la calle. Camino apurada por la calle, mirando hacia todos sitios, hasta que lo veo, que va de regreso a la cafetería, supongo, porque habrá visto que se ha olvidado la libreta. Me acerco hasta él y alargo el brazo ofreciéndole la libreta. -Te la has dejado en la cafetería cuando te has ido como una señorita muy digna- digo de mala gana. -y no he leído nada, para tu información.- termino soltando la libreta cuando la agarra. Me abrazo un poco a mi misma en silencio hasta que hablo. -Siento como te he hablado antes.- termino por susurrar molesta. No me gusta ir pidiendo perdón a la gente, pero tampoco me hace especial ilusión que le diga a Zyanelle que ha discutido conmigo y que me venga a pedir explicaciones o me pregunte si pasa algo.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Ni recuerdo la última persona que me ha insultado de verdad. Tal vez fue el estúpido de Robert, pero eso no se asemeja siquiera un poquito al hecho de que una chica me ha llamado “idiota”. ¿Ella qué sabe de mí para opinar eso? ¡Nada, absolutamente nada! Hago algunas muequitas en un intento de imitarla de forma desdeñosa, mascullando algunas de las frases que recuerdo que ha dicho, cuando entonces la veo aparecer en la calle.  Lo primero que hago, obviamente, es detenerme, y miro hacia cualquier otro lado fingiendo que ella no está aquí, que no la he visto y que tiene tan poca importancia para mí como la tiene esa popó de pájaro que acaba de caer desde el techo de una de las casas.  Escucho como se va acercando y al final, le miro de mala gana, aunque mi expresión rancia cambia de inmediato a una de sorpresa en cuanto me tiende la libreta. Bien, sí, ahora me ha sorprendido. La incomodidad se me va trepando hasta que me hace cosquillas en la nuca y tomo la libreta con lentitud, y tuerzo los labios porque entonces reconozco a esa fastidiosa sensación que indica bochorno, escabulléndose dentro de mí – gracias – mascullo simplemente. Me encantaría poder refutarle lo de “señorita tan digna”, pero ahora que lo pienso, no se me ocurre nada lo suficientemente genial como para responderle y no quedar mal. Seguramente dentro de media hora ya sabré qué decirle pero ya no tendrá ningún sentido, siempre me pasa.

Me encojo un poco de hombros porque no quiero decirle que le creo que no ha leído nada, así que para no mirarla abro la libreta de un modo que solamente yo pueda leerla y comienzo a hojearla, chequeando que nada se haya caído y todo se encuentre exactamente en el sitio donde debería estar. Su voz me llega con demasiada lentitud y me demoro al menos un minuto en reconocer su disculpa, de modo que levanto la mirada hacia ella lentamente y acabo mirándole tan fijo que creo que puedo leer todos los insultos que quiso decir en su cara. Pero no parece estar mintiendo. Ladeo un poco la cabeza y hago un enorme esfuerzo por masticarme el orgullo, así que bufo y cierro la libreta – no te preocupes. Yo también lamento haberte llamado dramática y haberte discutido de ese modo – bueno, no me arrepiento tanto, pero sé que debo aceptar las disculpas si alguien me las ofrece. Papá siempre fue muy quisquilloso con esos temas.

Me toma un momento recordar la escenita de la cafetería y me siento completamente avergonzado en cuanto reparo en que seguro parecíamos dos idiotas montando un espectáculo barato apto para todo público. ¿Cómo es que terminamos así cuando todo parecía ir bien al principio? ¿Qué diría Zyan de poder vernos de esa forma? De un momento a otro, sin comprenderme muy bien, me río entre dientes, acabando por chasquear la lengua con desaprobación hacia mí mismo – realmente fue patético. Pero bueno, tienes que admitir que te ves graciosa cuando te enojas. Haces una cara algo así… - intento imitarla y arrugo el ceño, la nariz y aprieto los labios en una fina línea, pero no duro demasiado con esa expresión porque vuelvo a reírme y alzo ambas manos en un intento de conservar la paz y evitar un golpe si piensa dármelo – ya, olvídalo, Roxanne. Gracias por tomarte la molestia de darme la libreta… es que…  bueno, ya. Nada.

No le digo nada más y me giro, comenzando a andar de regreso a la casa de Zyanelle, sin estar muy seguro de si vendrá detrás de mí o no. Ni siquiera sé si quiero que lo haga. Tampoco es como que me lo merezco. Al final, le digo sobre el hombro - tienes razón, no te conozco. Pero yo también te dije que tú no me conoces a mí. Ambos tenemos un punto, no puedes negarlo.
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Tengo bastante paciencia, con decir aque adoro a los niños está muy claro que la tengo. No me canso cuando se ponen llorones o cuando gritan cuando quieren algo, no lo hago cuando me tiran del pelo o cuando lo manchan todo de comida... simplemente me río y les hago reír, les doy, si no lo que piden algo parecido, cosa que me regañan porque dicen que los hago malcriados, intento limpiar todo lo que ensuciaron... pero no me enfado, si que acabo muy cansada pero no me enfado o pierdo la paciencia en ningún momento, y aún menos los nervios y los estribos pero... hace unos minutos los he perdido por completo, me he puesto a discutir como una niña de diez año que le han quitado su juguete favorito y se niega a jugar con los demás juguetes porque no son el mismo o que, aunque le den uno idéntico, no quieren porque no es el suyo, es muy irracional y estúpido todo eso. Bufo levemente, cuando veo que intenta hacer como si no estuviera, pero me da igual, estoy aquí y, sino le gusta, ya puede agarrar su libreta e irse, que yo no lo voy a evitar ni mucho menos. Asiento lentamente ante su gracias por habersela devuelto y como se pone a ojear todas las páginas, como si tuviera puesto algo que se pudiera caer cuando se abre o que se yo. Lo observo en silencio y con curiosidad. Sobre todo con curiosidad en mi mirada, sin entender mucho lo que hace pero sin recriminarle o decirle nada malo.

Aprieto los labios y me abrazo a mi misma mirando hacia ambos lados de la carretera. No se ve a nadie, ¿qué le pasa a todo el mundo? hace frío pero... de pequeña siempre fue mi época favorita del año, el invierno, ponerme bufandas, guantes y salir a ver la nieve era lo que más me gustaba del mundo. Retira la mirada de la libreta y me mira, en encojo ligeramente de hombros, supongo que ambos hemos sido... un poco quisquillosos el uno con el otro y hemos saltado muy rápido ante un error, la primera he sido yo al ofenderme cuando me ha dicho si había leído algo, pero es que, la verdad, me ha molestado y me sigue molestado, pero prefiero no decir nada, enterrar ese tema, dejarlo atrás como un recuerdo tonto y ya. -Dejémoslo en que ambos nos hemos alterado a una velocidad pasmosa pero... ya está, ya pasó.- con eso termino, por mi parte la discusión y le sonrío de medio lado dándole a entender que ya está, que yo no voy a seguir por ahí y me voy a tranquilizar un poco.

El aire hace que se me deshaga la trenza, que no he atado porque no llevaba coletero alguno y me lo intente agarrar como puedo, doy un par de pasos para acercarme a una casa y que no me de el aire tan de lleno, no sirve de mucho, pero algo es algo. Me apoyo contra la pared y lo escucho y... veo, el como me imita me hace alzar ambas cejas y abrir la boca sorprendida, pero, no me enfado, es más, hago todo lo contrario. Me pongo a reír como una tonta y me pongo una mano sobre la boca. -¿Estás loco?- me río e intento serenarme un poco, terminando por esbozar una pequeña sonrisa en mi rostro. -En mi se ve muy bonita esa cara a ti no te queda.- muevo la cabeza hacia un lado, e intento agarrarme el pelo a un lado del cuello con una mano para que cese de molestarme.

Parpadeo un par de veces seguidas y asiento con la cabeza. Me muerdo el labio inferior y alzo la mano libre interponiéndola entre nosotros dos. -No, ya está, no pasa nada, no me tienes que decir nada.- Me quedo callada después y, segundos más tarde, salgo caminando detrás de él en dirección a casa de Zyanelle. solamente espero que ella esté allí, aunque... bueno, uno de los dos se tendrá que quedar y el otro ir porque con ambos a la vez no podrá hablar puesto que parece que benedict quiere decir algo importante. En el camino veo a los padres de Zyanelle y que alguien les grita algo desde la escalera. Muevo la cabeza hacia un lado para ver si es ella y así es. Zyanelle está en la parte superior de las escaleras de su casa. -Creo que ya están en casa... tendremos que dejar esto en un empate, Benedict.- concluyo diciendo su nombre con una media sonrisa en mis labios. Quito la mirada de él y la fijo en la casa mientras nos acercamos a ésta.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- A mí todo me queda, Roxanne – la contradigo con obvio sarcasmo, y la risa no se demora en llegar haciendo énfasis en que todo esto es una broma nada propia de mí. Es extraño como unas simples palabras amables y todo un cambio de ambiente producen tal efecto entre dos personas; cuando creo que ella ya no va a morderme, el camino hacia la casa de los Ferrari se hace mucho más cómodo y sencillo. Incluso sospecho que había algo en el aire de la cafetería para que hayamos terminado tratándonos de esa forma. O tal vez era porque los dos sentimos el impulso de defendernos a nosotros mismos. En el camino me abrazo un poco más a la libreta, encorvándome un poco más sobre ella, como si de esa forma pudiese mantener todo en secreto sin contar todo lo que ha pasado el día de hoy. A Zyan no le gustará cuando se entere, eso lo aseguro.

Las voces familiares consiguen que levante la mirada al notar como la familia Ferrari ha llegado a su casa, y al divisar a Zyanelle puedo notar como mis tripas se hacen un nudo desagradable. Culpa, todo lo que me invade es simple y mera culpa – será un empate – es todo lo que consigo decir, porque Zyan ya ha reparado en mí y ha pegado un gritito entusiasta que me hace sentir una mierda, pero lo disimulo sonriendo y levantando una mano a modo de saludo. Baja los escalones a pasos apresurados y por su cara y sus gestos, puedo ver que no entiende qué diablos hacemos nosotros dos aquí, de modo que intento reírme lo más natural posible mientras me apresuro a alcanzarla – me he encontrado un regalito por aquí – bromeo, llegando a ella; mi intento de besarla en la mejilla es totalmente fallido cuando ella se apresura a besarme en los labios a modo de saludo, de modo que lo primero que hago es buscar la mirada de los señores Ferrari, quienes siguen en el umbral. Él parece tenso, pero ella sonríe de esa forma tonta que sonríen las madres cuando se entusiasman porque su hijita está creciendo y anda flechada con un chico por primera vez. Dios, que vergüenza, que alguien me mate.  

Antes de que pueda darme cuenta, tanto Roxanne como yo somos arrastrados dentro de la casa con demasiado entusiasmo y en pocos minutos nos están llenando a galletas y charlas que yo no sé cómo responder. La peor parte es cuando a mis “suegros” se les ocurre la gran idea de hacerme preguntas sobre mi vida mientras Zyanelle me mira con esa enorme sonrisa que tiene y me da más y más comida; obviamente Roxanne no me salva, así que de golpe me encuentro hablando de mi familia, de mis gustos personales y hasta de mi mascota. Me toma menos de una hora descubrir que la señora Ferrari me adora, porque ya anda comentando sobre mis próximas visitas y que debo conocer a no-sé-quién que me va a encantar; yo solamente sonrío y asiento. Y me siento tan miserable, tan mala persona por hacerle lo que le hice a la niña que tengo al lado, que llega un punto donde prefiero estar callado y me limito a escuchar a los otros y a dejar que Zy me bese la mejilla de vez en cuando porque parece haberse recatado al estar rodeados de otras personas. Ni siquiera tomarla de la mano se siente sincero. ¿Cómo es que hay personas que engañan a sus parejas a propósito y viven con ello? Yo personalmente quiero hundirme.  Ni Roxanne ni yo mencionamos la pelea; creo que es una especie de silenciosa tregua de paz.

Al final no soy capaz ni tengo la oportunidad de decirle nada, así que cuando el sol comienza a ocultarse, tanto Roxanne como yo nos vamos juntos hacia la estación cargados de comida que la señora Ferrari nos ha metido hasta en las orejas. Me despido de Zyanelle prometiendo regresar en cuanto tenga un tiempo libre y no hablo con su amiga casi en ningún momento, hasta que mi tren llega antes que el suyo y me veo obligado a despedirme. Es tan solo un “buen viaje” y un “hasta luego”, pero antes de que arranque, me asomo por la ventana para verla en el andén. Y a pesar de las peleas de hoy, le sonrío, justo cuando el tren comienza a avanzar y ella se va haciendo cada vez más pequeñita – ¡fue un gran placer conocerte, Roxanne Coarleone!
Benedict D. Franco
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