The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Elijah Larsen
Hace unas semanas después del intento de ir a por las medicinas

Me toco el brazo aún resentido por lo ocurrido hace apenas unas semanas mientras camino por las calles solitarias del distrito once. El verano se acaba y el otoño asoma sus puertas con un ligero fresco y una brisa de atardecer. Suspiro y veo a lo lejos como Laila juega con los niños. Es mediodía y aún queda día por delante. Aún tengo en la cabeza el cuerpo de Riorden siendo llevado por los agentes. La noticia de que Heidi y Silvana habían sido enviadas a la arena y desde ese entonces no habíamos sabido nada. Quizá ahora solo quedaba esperar el regreso de alguna de ellas, pero iba a ser en vano. En el hipotético caso de que ellas o una de ellas salga viva eran nulas y si lo hacían iban directas a la prisión.

Doy un golpe a la piedra del camino con las manos metidas en los bolsillos, girando otra calle para ir a la casa de Elle. No había podido visitarla antes puesto que había estado en el hospital en cama. Ella venía a verme, pero tenía que trabajar y por turno doble. Que yo estuviese malo había afectado a todo el once. No contábamos con muchos médicos y si alguno caía todo el distrito cambiaba por completo.

Subí las escaleras y llamé a la puerta con un par de toques. Luego pensé si en verdad querría verme. Había dejado a su primo en todas las narices y ahora estaba preso sin saber lo que estaban haciendo con él en estos momentos. Dejé escapar el aire de mis pulmones y sonreí un poco a lo segundo que había ido ahí. La vida de un rebelde era un segundo y si no la aprovechabas podías arrepentirte toda tu vida.
Elijah Larsen
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Elle S. Weynart
Jefe de Área en Salud
Lo primero que tengo ganas de hacer cuando llego a casa es darme una ducha. Llevo demasiadas horas seguidas en el hospital, ya no sé ni en qué día vivo, ni qué hora es. Annie y Keiran se quedarán con Mamá, o eso me han dicho, por lo que tendré la casa para mí sola. Podré descansar, supongo. No tengo nada de sueño, pero sí me siento agotada. Así que me desvisto, echando la ropa sucia en un rincón, y me meto en la ducha. Es realmente una ducha rápida, no me estoy más de diez minutos bajo el agua. Cuando salgo me envuelvo en una toalla y busco entre la ropa limpia. Me pongo un sujetador y unas bragas blancas, y me visto con ropa sencilla y cómoda, de ir por casa. Unas mallas negras y una camiseta de tirantes holgada de color blanco, en el pie unas chanclas. Me hago una coleta alta en el pelo, que todavía está algo húmedo, y un par de mechones me resbalan, quedando colgando delante de mis orejas. Suerte que nadie me ve ahora. No estoy para nada presentable. Dejo las pistolas en la mesa del comedor y guardo la varita en un lugar seguro, acomodando la bata y el maletín en su sitio.

Me froto las manos cuando he terminado de organizarlo todo, pensando en qué hacer ahora. Me quedan horas hasta tener que volver al hospital. El rugido de mis tripas me indica que tal vez sería buena idea comer algo, así que me meto en la cocina y preparo algo de ensalada simple. Hago una mueca en encontrar brócoli en la nevera y lo hago a un lado para mantener la distancia entre él y la fruta. Que asco. Cojo un poco de lechuga y la empiezo a cortar en la encimera. La echo en un plato y troceo un poco de manzana, añadiéndola a la lechuga, terminando con un poco de queso fresco. Alimentos simples, lo que nos podemos permitir aquí en el once. Termino echándole aceite y sal y la remuevo, dándome cuenta de que tal vez hay demasiada. Cuando voy a por bebida veo la botella de vino que trajo mamá, una de las que guardó papá en su tiempo, pero opto por coger agua fría al final. El vino mejor guardarlo.

Me siento en la mesa y me sirvo agua en un vaso, empezando a comer después, relajada. Creo que es la primera vez que me siento en más de doce horas. Es entonces cuando alguien llama a la puerta. Me levanto, curiosa. ¿Serán Keiran y Annie? Me suelto la coleta y voy hacia la puerta. La empiezo a abrir con una media sonrisa - Chicos, pensaba que llegaríais más tarde, habíais dicho... - me callo de repente cuando termino de abrir del todo. No son mis hermanos. Es Elijah. ¿Qué hace él aquí? Me aparto el pelo del rostro, mirándole - Elijah, qué... ¿Qué haces aquí? Pasa, pasa... No esperaba tu visita, me habría puesto un poco más... Presentable - hago una mueca, mirando el aspecto que llevo, y chasco la lengua -. Bueno, da igual. ¿Qué te trae a mi casa? - pregunto, con la curiosidad matándome.
Elle S. Weynart
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Elijah Larsen
Es curioso como un simple movimiento de manos puede producirte un cosquilleo en el estómago o un placer o incluso alivio en tu interior. No sé, era una sensación muy extraña que ya la había sentido con ella y con Elena. Cuando tienes delante a esa persona que ocupa toda tu mente y que haces estupideces por ella. Como aquel día que me tropecé sin querer con una camilla por mirarla. Es un ejemplo gracioso, sí, pero que sirvió para darme cuenta de muchas cosas. Cosas que ya sabía, lo sé, pero era un día y otro y otro. Un año sintiendo ese amor por ella que había nacido con el tiempo, con el roce y que iba aumentado conforme pasaban los días. Conforme veía como doctores le tiraban los tejos y yo sin hacer nada. El miedo a perderla era muchísimo más fuerte que mi vergüenza a decirle todo esto. Y ya había explotado. Era ahora o nunca. Era o recibir una negativa o una sorpresa. Estaba preparado.

Alcé los ojos cuando abrió y noté confusión y sorpresa en su mirada. No me esperaba, por supuesto, pero me sentí un poco incómodo y tan nervioso como un crío.- He querido visitarte.- me metí las manos dentro de los bolsillos y reí.- Para nada, estás muy guapa, no te preocupes.- estaba guapísima y siempre se dejaba ese pelo largo y suelto que me gustaba tanto. Caminé hacía el interior, con timidez. No era la primera vez que pisaba su casa, pero las anteriores veces era por cosas muy distintas a la de hoy. Hoy no iba a dejarle trabajo a casa. No iba a devolverle alguna prenda de ropa que se había olvidado. No iba a dejarle algún encargo que le había hecho. No… nada de eso. Hoy, este día, iba a decirle lo enamorado que estaba de ella. Si, confesar mis sentimientos y esperaba que me saliese mejor que todas las torpezas que llevaba durante tanto tiempo.

Pasé al salón y olí a comida.- ¿Te he interrumpido o algo? ¿Estás ocupada? Si eso vengo otro día. No quiero molestar ni nada.- para el carro Elijah que te estás saliendo del camino con la velocidad. Volví a respirar, esto era peor que una operación y me senté en el sofá y me volví a levantar.- Puedo irme y venir otro día.- me mordí el interior de la boca.- He venido a decirte algo.- bajé un poco la cabeza, pero sin dejar de mirarla.- Por cierto te he traído esto.- y saqué del bolsillo una orquídea. Veinte dólares que había perdido por sacarle esa información a Keiran.
Elijah Larsen
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Elle S. Weynart
Jefe de Área en Salud
Parpadeo, algo sorprendida, cuando la explicación que da a su visita es que “ha querido visitarme”. Y por alguna razón, una sonrisa ladina se instala en mi rostro durante unos segundos, viéndose sustituida por una expresión de vergüenza mientras mis mejillas se tiñen de rojo cuando dice que estoy muy guapa, que no me preocupe. ¿Por qué reacciono así con él? Yo no suelo ponerme roja, a mí no me pasan estas cosas. Puedo aguantar flirteos descarados, piropos nada contenidos, puedo entrar en un bar y lanzarme al primero que me llame la atención, pero con él… Con él es distinto, siempre ha sido distinto.

Cierro la puerta tras él cuando entra, observando cada uno de sus movimientos, estudiándolo, como llevo años haciendo con disimulo por los pasillos y rincones del hospital. Por alguna razón se siente bien que no venga con carpetas con documentos o con casos de diagnósticos que quiere consultar conmigo, o con el maletín médico en la mano. Le sigo cuando pasa al salón y niego con la cabeza, tranquila, cuando me pregunta si interrumpe algo – No, para nada. Tranquilo, solo estaba comiendo ligero. Si te apetece ensalada saco otro plato para ti. No es mucho, pero tampoco tenía nada más, salvo… Ugh, salvo el brócoli. Alguien ha dejado brócoli en mi nevera – hago una mueca de asco y luego sacudo la cabeza levemente. Me estoy empezando a ir por las ramas otra vez, como hago siempre que, ante su presencia, me pongo nerviosa –. Y bueno, eso. Que no estoy ocupada, estaba tomándome un descanso del trabajo, y por favor, no seas bobo, sabes que tú nunca molestas – le sonrío un poco, tímida.

Él se levanta del sofá pocos segundos después de haberse sentado y dice que puede irse i volver otro día. Niego con la cabeza como respuesta, habiéndole dejado claro ya que no molesta para nada. Dice que viene a decirme algo y un escalofrío me recorre la espalda. ¿Algo de Riorden quizás? ¿Algo del hospital? ¿de las misiones rebeldes, tal vez? Me quedo en silencio, escuchando, esperando sus palabras. Pero lo siguiente que dice es que me ha traído algo y saca de su bolsillo una preciosa orquídea. Me acerco a él con paso dudoso y la cojo con delicadeza. La acerco a mi rostro y, cerrando los ojos, la huelo unos segundos. Sonrío – Muchas gracias, Elijah… – me ahorro el comentario de que las orquídeas son mi flor favorita, por alguna razón o él ya lo sabía o ha tenido una intuición divina. Le doy un abrazo y luego, algo avergonzada, me voy a la cocina y lleno una jarra con agua, colocando la hermosa flor dentro. La dejo en el centro de la mesa del comedor y luego me apoyo en la misma, mirando a Elijah y acariciando con suma suavidad uno de los pétalos de la orquídea – Bueno… Te escucho – sonrío de nuevo, tratando de mostrarme segura cuando me están flaqueando las piernas en realidad.
Elle S. Weynart
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Elijah Larsen
Niego con la cabeza cuando me dice de comer y sonrío por lo de la verdura.- La verdura es sana, tienes que comerla. Aunque veo que estás comiendo ensalada. Eso es verdura.- asiento despacio cuando noto como le gusta la orquídea y la sigo con la mirada. Mis ojos se bajan a partes de la anatomía humana que podría considerarse grosero si diriges tu mirada ahí. Pero decir que no podía evitarlo era decir poco. Decir que la estaba repasando con la mirada era decir mucho. La tensión que nota mi cuerpo al verla iba en aumento y me vi yendo hacia ella, en silencio dejando que sus labios se movieran para soltar palabras que mi mente no prestaba absoluta atención.

Decido que no era hora de soltar palabras y que las acciones eran tu mayor aliado en estas situaciones. Mi cuerpo se mueve con seguridad hacia ella y se coloca delante, observándola.- No ha sido buena idea poner la flor ahí.- digo en susurros entreabriendo los labios y notando como mi corazón se aceleraba ante su cercanía. Mis ojos oscurecen y mis trémulas manos se posan en la mesa.- ¿Quieres escuchar palabras? ¿O quieres descubrir lo que ansío decirte mediante acciones?- le suelto interrogante, dejando que ella decida mientras mi cuerpo se inclina a ella sin tocarla. No quiero asustarla, no quiero que huya ni quiero que me deniegue esto, todo esto. Por favor Elle, le pido en silencio.
Elijah Larsen
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Elle S. Weynart
Jefe de Área en Salud
Me permito una risa divertida cuando habla de la verdura. Señalando el cuenco de la ensalada, digo, con una sonrisa de lado – La ensalada es lo mejor. Tan sana como la verdura, pero, a diferencia de ella, está rica – un escalofrío me recorre la espalda cuando pienso de nuevo en el brócoli que hay en la nevera. Ugh, que asco, de verdad. No creo que nadie llegue a entender jamás mi aversión por la verdura, y no les culpo, porque ni yo misma lo hago. Simplemente me... Me repele, me molesta, como si tuviera un trauma infantil o algo por el estilo. Y esa idea, no voy a mentir a nadie, me divierte.

Noto la mirada de Elijah clavada en mí y se acerca, viene hacia mí y se queda delante, su cuerpo casi tocando el mío pero sin rozarlo siquiera. Miro la orquídea de reojo, sabiendo que mis piernas están al límite de flaquear de verdad – ¿P-por qué no ha sido buena idea? – susurro, algo nerviosa. ¿Qué hecho algo mal? Las manos del doctor se posan en la mesa y noto algo distinto en sus ojos, algo que no soy capaz de descifrar del todo. Su cuerpo se inclina hacia mí y noto como mi respiración se acelera poco a poco. Necesito que todo esto cobre sentido, aunque sé que no va a pasar, porque las situaciones como ésta jamás lo tienen. Los nervios hacen que un temblor se apodere de todo mi cuerpo y miro a Elijah cuando me habla. Su pregunta hace que mis labios se entreabran, dejando salir unos balbuceos casi mudos. Opto por cerrar la boca, mejor no decir nada, mejor el silencio que el ridículo. Y ante esa situación, como diciéndole que no quiero palabras sino aclaraciones, me quedo mirando sus ojos fijamente y, mientras los miro, pasan por mi cabeza una infinidad de imágenes de todos los años que llevo con él como una simple aprendiz, compañera, amiga. Porque es eso lo que soy para el doctor, ¿verdad?. De nuevo me centro en sus ojos, oscurecidos, en la profundidad de su mirada, y siento un instinto embriagador de echarme a sus brazos, pedirle que me abrace y no me suelte.

En vez de eso, sin embargo, dejo simplemente que sea el sonido de mi respiración acelerada el que ocupe la casa, expectante, impaciente.
Elle S. Weynart
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Elijah Larsen
Dejar que mis instintos primitivos se liberasen durante tantos años era en parte liberador, pero por otra parte algo torturado. El no haber deseado nunca a nadie después de la muerte de mi esposa me hacía sentir en paz, que hacia lo correcto. Ahora el querer besar a otra mujer, el desearla era como si le estuviese fallando a ella y por esas mismas razones había tardado tanto en acercarme a Elle de esa manera. Helena habría querido que fuese feliz o es tan solo mi mente egoísta que me hacía creer eso, lo que yo quería escuchar para tapar la culpabilidad de lo que realmente era. Que estaba deseando a otra mujer, que quizá ella me estuviese mirando con tristeza. Bajé la cabeza y apoyé la frente en la de Elle. Tantas veces reteniéndome  con ese pensamiento, tantas veces lo he hablado con doctores y tantos que me habían dicho lo mismo; se feliz. Guarda tu recuerdo con celo. No olvides, pero pasa página.

Suspiré y mis labios se juntaron con los de ella. Un movimiento rápido y sin titubeos. Unas ansias apagadas que ahora renacían, que ahora eran consumidas por los labios de ella. No pude controlarme, no pude parar cuando ahora había cogido ese deseo indómito que se repartía por todo mi cuerpo. Mis manos sujetaron su rostro, levantándolo para poder introducir mi lengua y profundizar ese beso que me estaba quemando por dentro. Ahora o recibía una bofetada o recibía aceptación por su parte. La suerte estaba echada.
Elijah Larsen
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Elle S. Weynart
Jefe de Área en Salud
Nunca había pensado que lo que sentiría al tener casi pegado a mí al hombre del que llevo años enamorada sería miedo. Porque sí, tengo miedo. Es un miedo con un sabor agridulce. ¿Qué pasará ahora? Conozco a Elijah, así como su historia, aunque sea por encima, aunque solo hayan llegado detalles a mis oídos. El hospital es un lugar lleno de cotilleos y susurros que esparcen secretos. Sé que lo de su mujer fue un golpe fuerte para él, sé que ha tenido que ser fuerte para mantenerse en pie cada día, para mantener a Laila. Pero la verdad es que yo siempre he querido mantenerme alejada de toda posible información acerca de esa mujer de la que él un día se enamoró, de esa mujer con la que se casó y tuvo una hija. Porque desde que en mi interior sentí que algo más que afecto me ataba a ese doctor, también sentí miedo. Miedo a no conseguir jamás que se fijara en una chica joven como yo, en una novata, debido a lo que su pasado acarreaba. Y ese es el mismo miedo que siento ahora, acompañado de una incertidumbre que me ahoga.

Él baja la cabeza y apoya su frente en la mía. Contengo la respiración, cerrando los ojos. No quiero pensar en nada ahora, porque quiero centrarme en cuanto me relaja tenerle cerca. No quiero darle vueltas al tema de que nunca seré lo que otra mujer fue para él en su pasado. No quiero pensar en nada que no sean él y su tacto suave. Sigo sin moverme, pero esta vez él sí lo hace. Noto sus labios. Sus labios contra los míos. Sus labios que tanto había anhelado durante años atrapando los míos en un beso. En un primer momento abro los ojos, sorprendida. Cuando sus manos sujetan mi rostro y ese beso pasa a ser más profundo, casi salvaje, cuando noto su lengua y sus ganas, cierro los ojos de nuevo y me dejo llevar por el momento. Con cuidado pongo mis manos en sus hombros y termino rodeándole el cuello con ambos brazos y pegando mi cuerpo al suyo. Mi doctor. Noto como empieza a faltarme el aire y me separo de él, avergonzada de repente. Y sí, me sonrojo. Por primera vez en mucho tiempo. El rubor en mis mejillas se hace notorio sin que yo lo pretenda, y por un momento tengo el instinto de taparme el rostro con las manos para ocultar ese color rojizo. No lo hago, claro, y en vez de eso me quedo mirando a Elijah – Eh... Yo... – balbuceo sin saber qué decir, y mi mirada se posa en sus labios durante un par de segundos antes de volver a sus ojos. Madre mía, algo se mueve en mi interior, queriendo empujarme a repetir el beso, pero consigo contenerme, no sin esfuerzo. Le quiero, y me ha besado, y estamos en mi casa, y no hay nadie más, y siento que por fin algo puede salir bien, pero tengo miedo, tengo miedo de que se arrepienta de esto que acaba de hacer.
Elle S. Weynart
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Elijah Larsen
Me quedé mirándola tras besarla y recuperé esa fuerza y seguridad que antes había perdido. Sus ojos asustadizos y su color en las mejillas me hizo sonreír y apoyarme en el borde de la mesa con el calor del momento. Me crucé de brazos.- Llevo enamorado de ti desde hace más de un año.- bajé la mirada, soltando por fin lo que siempre había querido decir. Sentí como un peso liberador en el estómago. Algo que no había sentido desde el día que me declaré a Elena. Situaciones tan distintas y mujeres tan distintas. Suspiré.- Te quiero, Elle.- y me despegué del mueble para caminar hasta ella y cogerla por el rostro.- Te quiero.- mis labios susurraron esa palabras con delicadeza y volví a posarlo en su boca, abriéndola y empujando con mi lengua a la suya propia hasta guiarla al sofá donde ambos caímos y me situé encima de Elle.

No creía en absoluto que podía estar haciendo eso. Que tras siete años podría estar haciendo lo que yo mismo me impuse de no hacer. Pero ahí estaba, besando a esa chica rubia que tantas sonrisas me había sacado y tan buenos momentos habíamos pasado. Me separé de sus labios, buscando aire y me acerqué a su cuello para mordisquear esa piel blanca y suave hasta dejar la marca de mis incisivos. Esa lengua que cobraba vida, se paseó por su clavícula y su mentón. Ya solo quedaba esperar a que no me apartase de un empujón y me tirara al suelo.


Elijah Larsen
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