The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Que asco que es el calor. Tengo que despegar básicamente mi camisa del asiento del tren cuando estaciona en la terminal del Capitolio, lo que me provoca una mueca de asco y estoy seguro de que el avox que se acercó a darme el aviso también se vio asqueado por ello. Es mi primer día como mentor en busca de patrocinadores y tengo en mi bolsillo la dirección anotada del señor Ferrari, un hombre con quien Derian me envió a hablar para analizar las oportunidades de Arianne y Alexander debido a sus puntajes obtenidos en las pruebas. Mañana van a dar comienzo los juegos, de modo que es hora de hacernos con los mejores contactos y tengo entendido que este señor es quien realmente necesitamos. El problema es que no sé porque justamente yo tengo que hacer esto, cuando la verdad es que no tengo ni idea de qué es lo que se supone que voy a decir o a hacer o lo que sea.

Bajo del tren y subo al coche que, frente a la estación, me está esperando para llevarme a mi destino. Huele a cuero limpio, digno de los autos costosos del Capitolio y no puedo evitar sentirme un poco fuera de lugar. Incluso, durante el trayecto, me huelo debajo de las axilas para comprobar si apesto o no; bueno, no estoy tan mal. Pego la nariz para observar las casas, tan diferentes a las del distrito cuatro, y nos detenemos frente a un elegante bar en una esquina de la zona residencial, lo que produce que los nervios ataquen mis tripas y paso saliva una y otra vez. Cuando el conductor me abre la puerta me aplasto contra el asiento, pero acabo saliendo de todas formas.

Es un bar donde el blanco se encuentra por todos lados y puedo escuchar las risas melosas de la gente adinerada, que comen haciendo replicar sus brillantes cubiertos. Sé que no encajo aquí, de modo que estiro mi camisa e intento aplastarme el cabello una y otra vez mientras me conducen a la mesa reservada junto a la ventana en un rincón, que todavía se encuentra vacía. Me dejo caer en el asiento y, para matar el rato, pido un jugo, de modo que me quedo esperando con las manos cruzadas sobre la mesa y mirando al jardín trasero, hasta que me lo alcanzan. Yo bebo, agradeciendo el sabor fresco, pero cuando voy a apoyarlo empujo el salero, que hace un ruido escandaloso al caer. Torpemente intento ponerlo en su lugar, chocando la copa del vaso que no cae, pero sí hace un ruido que atrae algunas miradas. En cuanto levanto la vista para chequear que ningún mozo se haya percatado de mi estupidez, me encuentro con una chica de pie a mi lado, como si esperase tomar asiento en la mesa conmigo. Yo miro el sitio vacío, dejando salir un dudoso “ehhh”, y luego vuelvo a mirarla – dime que no viste eso – le pido en voz baja, sin saber si reírme de mí o no – Tú no eres el señor Ferrari, ¿no? – por si las dudas, aunque en realidad no lo necesite, saco el papel de Derian y vuelvo a leerlo, porque tal vez anotó que iba a hacer negocios con una niña y yo no me he enterado.
Benedict D. Franco
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Agh, no podía haber peor día para llevar un suéter. Las madres siempre son así; aunque haya 50 grados y bolas de paja volando por el aire, te quieren con un suéter porque si no, te "enfermas". ¡Pero si me daría una una insolación! Suspiro, mirándome en el espejo. Aprecio que mi madre me quiera lo suficiente como para... bueno, preocuparse por mí, pero esto es exagerar. Para colmo, me dijeron que hoy acompañaría a mi padre a arreglar algo de un patrocinio. No quiero ir con un suéter y toda sudada. Sería un horror, un asco, no me imagino a la gente mirándome como si fuera una abominación del sudor. Me dan escalofríos el sólo pensar en ello. Cuando mi madre termina de peinarme, sonrío, pero en cuanto sale de mi habitación, me quito el suéter con tanta prisa que pierdo el equilibrio y caigo de trasero en la cama. Saco el suéter por fin y me quedo con el hermoso vestido amarillo pálido que me compraron hace una semana.

Recuerdo muy bien el día en que me lo compraron; pasamos por una tienda y lo vi. Fue como si el mismo me llamara, parecía que tenía mi nombre en la etiqueta y sin preguntar a mis padres entré en la tienda. Era el último, y justamente de mi talla. ¡Suerte la mía! Y es que, sin ese vestido, hubiese sido un día no muy atractivo para mis memorias. Mi padre al poco tiempo de estarme midiendo el vestido, entró, y cuando me lo vio puesto, casi tenía ya el dinero en el rostro de la vendedora. Terminó por comprármelo y yo me fui con una sonrisa espectacular a nuestra casa, junto a papá y mamá.

Me subo al auto que está fuera de casa, esperando a papá. Mamá va a decirle al conductor que mi padre no tardará tanto, pero sé lo que eso significa; iré sola, y llegaré mucho antes que papá. Suspiro, mirando mis manos. Hace mucho que papá no viaja conmigo en coche y en cierta manera me deprime un poco. Me hace sentir que ya no es lo mismo para él llevarme, pero claro que si no, no me llevaría a algo tan importante. El chofer arranca y yo miro por la ventana, viendo el paisaje al que tanto estoy acostumbrada. Bajo la ventanilla, dejando que el ligero viento caluroso entre y me refresque un poco. El calor hoy es impresionante y no recuerdo mucho haber visto un día así. El conductor se detiene y yo le sonrío amablemente, luego me bajo y entro en donde se supone que sería la reunión. Papá no me dijo mucho sobre la reunión; sólo que iría un mentor a hablar con él y que yo le daría el visto bueno que usualmente le daba. Entré en el lugar y pregunté por la mesa con aquél mentor. Ni siquiera sabía de qué distrito sería, así que no tenía una gran idea de con qué o quién me toparía, porque he visto muchos muy locos y, bueno, siempre estuvo mi papá allí para ayudarme con ello. Me guiaron hasta una mesa y me quedé a unos pasos con una ceja alzada mientras el chico hacía un acto digno de circo. Me acerqué lo suficiente para que me viera y por fin lo reconocí; era Benedict Franco, el reciente ganador de los juegos de Invierno. Le sonreí cuando habló y cuando dijo mi apellido, negué con la cabeza.— No, por supuesto que no soy el señor Ferrari. Él es mi papá, vendrá pronto y me envió antes. Los iba a acompañar de todas maneras — comento con un tono un poco exagerado de alegría y entusiasmo, pero es como mi padre dijo que actuara, no sé bien por qué, si ellos eran los que debían de convencerlo de patrocinar a sus tributos. Me siento enfrente de él, alzando ambas cejas y poniendo mis manos en la mesa, con los dedos entrecruzados.—Puedes empezar a hablar conmigo, yo siempre le... ayudo a elegir a quién patrocinar — sonrío, con mucha más sinceridad.— Soy Zyanelle, mucho gusto — le extiendo una mano, no esperando a que me la estreche, pero que al menos diga hola.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
He escuchado por ahí que es cuestión de la edad, pero no puedo evitar extrañarme de mí mismo al darme cuenta de que la analizo de los pies a cabeza. Es bonita, lejos de parecerse a una de esas muñecas plásticas de las revistas que tan poco me gustan pero por la que todos babean, y no parece ser mucho mayor que yo. Tal vez es por eso que carraspeo e intento sentarme un poco más derecho, quien sabe. Ella sonríe y yo le devuelvo la sonrisa de la forma más honesta que puedo, teniendo en cuenta que no recuerdo haberme sentido tan incómodo en mucho tiempo, y la verdad es que me siento demasiado idiota cuando dice la obviedad de que ella no es a quien estaba buscando – bueno… sí, lo supuse. Solamente es que no sabía que el señor Ferrari tenía una hija – me disculpo, aunque el tono de mi voz me sale un poco a la defensiva, como si buscase excusarme de mi propia torpeza. Un error lo puede tener cualquiera.

Ella se acomoda en el asiento de enfrente y yo tomo ese tiempo en acomodar el salero, finjiendo que nunca lo he tirado ni nada por el estilo, y la miro algo dudoso cuando me dice que puedo comenzar a hablar con ella. No puedo evitarlo, porque lanzo un par de miradas al resto del lugar, esperando que algún adulto se haga presente, pero parece que no va a suceder así que me resigno y le estrecho la mano que veo que ha estirado, aunque no estoy muy seguro de que era con esa intención de “presentación formal” – Ben. Franco. Del cuatro… ese – no se me da bien decir mi nombre ahora que todo el país se lo sabe de memoria, por lo que nunca sé muy bien que debo decir – tienes un nombre bonito, Zyanelle – comento, soltándola. No le estoy mintiendo, pero también creo que es bueno comenzar a tener buenos tratos si quiero su atención con respecto a lo que he venido a buscar.

La miro un momento, sin saber muy bien qué decir, y hago tiempo bebiendo otro gran sorbo de jugo – en realidad no sé muy bien cómo es que funciona esto. Derian Castle me envió y es mi primera vez – explico, decidiendo que lo mejor es ser honesto – y sé que no siempre lo que pueda decir le gustará a los patrocinadores. Alex y Arianne no tuvieron grandes puestos… pero yo los conozco y sé que son capaces de dar un gran show. Bueno… salieron desnudos en las carrozas… - le sonrío de forma divertida, sin poder eliminar ese recuerdo de mi mente. Dejo la copa - ¿ahora es cuando se supone que debemos pedir algo para comer? – le pregunto. Bien por mí.
Benedict D. Franco
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Alzo una ceja cuando se presenta. Es un chico muy curioso, por no decir que me causa gracia la forma que tiene de hablar. Su mano está ligeramente sudada, pero lo ignoro. Sé que mi padre me diría que fuera cortés con él, aunque es un poco difícil para mí. Miro a la ventana, luego a la puerta, y veo que mi padre no ha llegado. ¿Dónde se ha metido? Regularmente no tarda más de diez minutos, pero creo que hoy no será el caso. Sonrío nuevamente.— Muchas gracias, Ben, digo lo mismo —No es que él tenga un nombre feo, pero lo digo más que nada por la cortesía que tanto me exige mi padre. Yo no sé tratar con las personas, al menos no tan bien como él, y se me dificulta el ser tan amable, cortés y un extra; adorable, con las demás personas.

Alzo ambas cejas. Entiendo que sea su primera vez, realmente, jamás había empezado una conversación real con algún mentor, así que también es mi primera vez en esto. Me muerdo el labio inferior antes de contestar, pero él sigue hablando y le agradezco por ello. Sonrío divertida por su comentario y asiento.— Oh, sí. Los vi. Realmente fueron los que más me impresionaron —digo con total honestidad. Ladeo la cabeza y me encojo de hombros.— Realmente no tengo idea. Quizá, si quieres —me muerdo el interior de la mejilla, alzando una mano para que vengan a atendernos. Miro a Ben y le hago una seña para que pida, luego miro la carta y me vengo abajo cuando veo que son, en su mayoría, bebidas alcohólicas, luego miro bien, y tengo la carta de bebidas. Tonta, tonta. Agarro la otra y trago saliva, mirando al que atiende.— Un... agua, por favor, y también un... eh... una ensalada —esas palabras fueron algo forzadas y realmente se sienten extrañas en mi boca, pero si debo hacerlo, lo haré. Por mi padre. No quiero parecer tan boba frente a él, aunque quizá con mi anterior accidente con las cartas de comida y bebidas. Tomo aire profundamente, volviendo mi atención hacia él.— Bueno, cuéntame algo... más — ladeo la cabeza, meditando muy poco mis palabras. Me siento algo insegura sin mi padre aquí, porque sólo sé escuchar lo que los mentores dicen y asentir o negar con la cabeza a mi padre para decirle si los patrocina o no. ¿A qué hora llegará papá?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Sonrío con cierto orgullo mezclado con diversión ante su comentario y muevo un poco la cabeza, asintiendo – ellos odiaron a su estilista, pero hay que admitir que fue original – todo el mundo estaba hablando de ellos en esos días y estoy seguro de que, de alguna forma u otra, consiguieron hacerse un lugarcito en la memoria de la gente que se conservará mucho tiempo. Y eso, tal vez, sea algo que se pueda usar al momento de jugar nuestras cartas. Zyanelle llama al  mesero y, para decir verdad, viene tan rápido que me siento desconcertado y agarro rápidamente la carta, echándole un vistazo antes de decidirme por lo primero que veo en la lista que no me parece desconocido – una hamburguesa doble con queso y papas fritas… - el mozo alza las cejas cuando me mira, como si hubiese esperado que pida algo más formal, pero yo me encojo de hombros retándolo a que me niegue el pedido. No me importa, sé que todas las personas en este lugar saben quién soy porque en el Capitolio son los más fanáticos de los juegos, de modo que cada persona que nos atienda sabe que mis bolsillos están llenos de dinero que pueden acabar en los suyos si me dan lo que quiero. Es horrible acabar pensando de este modo, pero es mi nueva realidad.

Se marcha y otra vez me encuentro a solas con la hija del señor Ferrari, a quien miro y noto como ella parece estar esforzándose en encontrar algo para decir mientras que su padre llega. No puedo evitarlo y le sonrío, acomodándome mejor en la silla para poder mirarla de frente – creo que no soy el único perdido – bromeo. Me muerdo un poco el labio inferior y miro hacia el exterior, haciéndole un gesto con la mano para que me aguarde un momento mientras pienso. Sé que debería mostrarme seguro con respecto a mis tributos, pero la verdad es que no soy tan buen actor – voy a ser sincero contigo, Zyan… ¿puedo llamarte así? – me interrumpo, volviendo a mirarla – es que tienes un nombre largo. Es como cuando alguien me llama Benedict cuando es mucho más simple llamarme “Ben” – paso las yemas de mis dedos por el contorno de mi copa de jugo como mero entretenimiento, chasqueando la lengua al notar que me he ido de tema – el punto está en que sé que Alexander y Arianne solo han sabido llamar la atención con su actitud, pero que no tuvieron buenos puntajes. Pero esto es un show…¿no? Creo que la gente busca algo que los entretenga, por eso miran películas o leen novelas. No todo siempre corre por las habilidades físicas, aunque sé que a Alex se le dan bien…

Me interrumpo un momento y me le quedo viendo, observando sus ojos,  de color claro, bastante brillantes gracias a la luz del sol que ingresa por la ventana. Suspiro y bajo considerablemente la voz – Arianne fue al baile de coronación conmigo. Alex es mi único amigo del colegio. Quiero ayudarlos. ¿Qué edad tienes tú? Estoy seguro de que sabes de lo que te hablo porque tienes amigos en edad para ser tributo. Sé que apenas nos conocemos, pero… ¿no puedes convencer a tu padre por mí? – no me atrevo a decirle que no podré soportar otra muerte más en mi vida, porque eso ya muestra debilidad y no quiero quedar de esa forma frente a la gente que puede comprarle regalos a mis amigos. Casi le doy las gracias al mozo cuando aparece con la comida, teniendo así una excusa para desviar la mirada de ella y centrarme en otra cosa.
Benedict D. Franco
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Suelto una risilla ni tan fingida, ni tan natural. Su comentario me hace gracia, pero no lo suficiente como para reírme de verdad. Me encojo de hombros, mirándolo con una sonrisa casual.— Pues cuando los tributos odian a sus estilistas, generalmente es porque hicieron un gran trabajo — pongo los codos en la mesa con las manos juntas cuando lo digo, alzando ambas cejas con cierto entusiasmo. Suspiro, ladeando la cabeza. Realmente agradezco que tenga que hablar con Benedict Franco y no con el otro, Derian Castle. Me alivia muchísimo más, porque tiene como mi edad y... bueno, eso es todo. Es mejor tratar con él a con un adulto, al menos sola. Miro a Ben pedir y solamente espero a que no se equivoquen con mi pedido, como siempre lo hacen. Frunzo el ceño cuando pide la hamburguesa y luego miro al techo. Podría pedirle algo mucho mejor, pero, nuevamente, la voz de mi padre me recalca que debo ser cortés y para nada grosera. Yo lo tomo como que no debo ser tan grosera.

Alzo una ceja, medio cortante, pero termino por asentir. Es cierto, yo también estoy perdida, la extrañeza que se siente al ser yo la que habla con el mentor para dar el visto bueno a los tributos por patrocinar es enorme. Me muerdo el labio inferior, mirando mis pulgares jugar encima de la mesa. ¿Dónde se habrá metido mi papá? Suspiro, luego, cuando él empieza a hablar, lo volteo a ver. Enarco ambas cejas, asintiendo. Claro que me puede llamar Zyan, casi todo el mundo lo hace, o por lo menos Zy. Entrecierro los ojos, debatiéndome entre si decir algo o no. Deduzco que es su primera vez en esto, porque todos los mentores alardean y dicen enormes estupideces acerca de sus tributos, y eso es lo que casi siempre me hace negarle a mi padre que los patrocine. Pero Ben lo hace completamente diferente; porque sé que está diciendo la verdad. Tantas veces vi cómo un mentor decía cualquier cosa con tal de que patrocinaran a cierto chico o cierta chica, y las pocas veces que accedimos, morían de una forma tan tonta que contradecían en su totalidad a su mentor. Esos son los mentores mediocres, al menos a mi parecer.

Le sostengo la mirada. Es ahora cuando me doy cuenta de que son bastante bonitos, aunque, él, en sí, lo es. Adorable, esa es la palabra que usaría mi madre. Ben es adorable, pero claro, alguien que salió de los juegos no querría que lo llamaran así. ¿Quién lo querría? Bajo la mirada de golpe cuando menciona lo de mis amigos en edad. Tocó un punto bastante fuerte para mí. Me muerdo el interior de la mejilla. Hasta ahora, todo lo que ha dicho es verdad, por más torpe que lo haya hecho. Suspiro, tomándome mi tiempo para contestar. Llega la comida y apenas me doy cuenta, porque sigo pensándolo. ¿Le digo a mi padre que los patrocine? ¿Que los ayude a tener un chance de ganar? Hago una mueca, tomando el tenedor, luego picando la lechuga de la ensalada con nerviosismo. Trago saliva, cerrando los ojos delicadamente y alzando la cabeza. Finalmente, lo miro.— Lo haré, Ben. Entiendo tu posición, y la verdad, Alexander y Arianne me parecen buenos candidatos. Le diré a mi padre que lo piense, aunque esto es básicamente pura formalidad. Él va a acceder, lo cual es ya casi un trato cerrado — sonrío muy apenas, con los labios apretados contra mis dientes. Me duele recordar a Hanna, y peor; a Dylan.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Durante un momento siento que he metido la pata porque ella hace una mueca que me deja pensativo y una parte de mí me regaña internamente al darme cuenta que he dicho, probablemente, algo que no debía, cosa que suele pasarme todo el tiempo con las chicas. Murmuro un “gracias” al mesero antes de que se marche y le saco la primera capa de pan para chequear que todo dentro se encuentre en orden, relamiéndome al sentir el aroma a queso mezclado con el de la carne. Estoy preguntándome si debo comer con la mano o comenzar a cortarlo con el cuchillo, cuando ella vuelve a hablar y consigue que la mire, fijándome primero en lo rosado de sus mejillas antes de escuchar realmente lo que me está diciendo. Abro la boca de par en par como un idiota, sin poder creerme que mi táctica haya funcionado. Entonces me pregunto si su expresión y el que haya aceptado tiene algo que ver con que entienda mi posición. ¿Alguna vez ella quiso salvar a alguien y no pudo hacerlo?

Siento el impulso de preguntarlo, pero en su lugar le sonrío un poco y estiro la mano para tomar la suya y darle un ligero y tímido apretón. No tardo en devolver mis manos a la hamburguesa, a la cual, como persona “educada”, comienzo a cortar con los cubiertos de un modo algo estúpido, porque la fricción consigue que se desarme con cada movimiento y me cuesta horrores conseguir un trozo decente – no tienes idea de cuánto te agradezco. De verdad… - me meto el pedazo en la boca y mastico con la boca con toda la lentitud y elegancia de la que soy capaz, aunque sé que me estoy viendo ridículo. Bebo algo de jugo y la observo por encima de la copa, observando cada uno de sus movimientos, como si fuesen realmente tan interesantes. Nunca analizo tanto a la gente, al menos que sea Amelie – si dije algo que no debía, lo siento mucho. A veces olvido lo expuestos que estamos todos a que estas cosas nos sucedan… - digo con honestidad, dejando la copa sobre la mesa. Me relamo un poco y le sonrío otra vez, sin saber muy bien de dónde saco las ganas o los impulsos de regalarle sonrisas que no vienen al caso aunque me hagan sentir como un tonto – pero cómo sea, hablemos de algo más alegre. ¿Por qué te pediste ensalada? Eso es algo aburrido de comer – bromeo, llevándome otro trozo de hamburguesa a la boca. Espero a que ésta pase antes de continuar – y evitaste mi pregunta sobre tu edad, lo que me hace pensar que eres muy vieja y me lo estás ocultando.

No tengo idea de si su padre va a aceptar lo que ella le diga o no, pero repentinamente el trato no me importa demasiado, ya que no quiero que vuelva a mostrarse afectada por algo que pueda hacer o decir. Así que me limito a contarle que la hamburguesa sabe excelente y alguna que otra anécdota con los botes en el cuatro, incluyendo una donde casi muero aplastado por una lancha que venía a toda velocidad y de la que parecía no poder escapar por culpa de la corriente. Cuando ya he finalizado mi almuerzo, me recuesto sobre la silla, poniendo las manos sobre mi panza totalmente satisfecho. Es ahí cuando giro y observo la entrada, notando la presencia de un hombre elegante que se parece a ella, por lo que me siento mucho más formal y serio en la mesa - ¿ese es tu padre? – le pregunto por lo bajo, inclinándome hacia ella en actitud confidencial. Puede que hayamos compartido solamente un almuerzo, pero extrañamente, no me siento tan incómodo como antes.
Benedict D. Franco
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Aprieto los labios, conteniendo las ganas de reírme o siquiera soltar una carcajada cuando empieza a cortar la hamburguesa. Me doy cuenta que todo el mundo tiene una idea algo errónea, o al menos exagerada, de las personas que somos de aquí, del Capitolio. Sacudo la cabeza y sonrío, mirando a las demás mesas.— Ben, debo decirte que las hamburguesas no se comen así —alzo las cejas, mirando ahora a la ventana, sonriendo con los labios apretados. Suspiro y suelto una risa débil, pero sincera, atravesando un trozo de lechuga y pollo con el tenedor.— No todo el mundo es así, Ben. Puedes comer como se come normalmente una hamburguesa frente a mí —volteo a verlo, sonriendo innecesariamente, más que nada para tranquilizarlo si es necesario, y me llevo el bocado a la boca.

Me encojo de hombros, haciendo otra mueca mientras degusto otro bocado. Tiene razón, en todo.— Está bien, a todos se nos salen algunas palabras de más a veces —. Trago saliva y me llevo otro bocado, esta vez nerviosa, a la boca. Enarco las dos cejas y lo miro.— ¿Por qué ensalada? Es que me gusta. En especial la de aquí, es muy buena. Deberías probarla alguna vez —asiento, comiendo otro bocado. Nunca en la vida comí tan rápido como ahora. Entrecierro los ojos, mirándolo. ¿Vieja? Arrugo la nariz y hago algo que jamás he hecho frente a alguien relativamente desconocido; sacarle la lengua.— Tengo catorce, para tu información. No estoy taaaaaan vieja —pongo los ojos en blanco.

Sonrío conforme la conversación avanza. Poco a poco me doy cuenta de lo agradable que es Benedict. Es un chico muy gracioso y su torpeza lo hace tierno, aunque, nuevamente, me repito mentalmente que no se lo debo decir ya que lo podría molestar. Quizá otro día. No sé. Su historia sobre su casi-muerte me hace soltar una carcajada tan potente que hace que casi todas las personas del lugar me volteen a ver. Me encojo un poco en mi silla, apenada. Fue una risa muy fuerte si hizo que todos me miraran. Termino mi ensalada poco después de que él termina su hamburguesa y miro a la ventana. Ahora me doy cuenta de que seguramente mi padre me hizo venir sola para que aprendiera a hacer esto. Claro que todo se desvió y eso, pero lo convenceré de patrocinar a Alexander y a Arianne. Alzo ambas cejas y volteo violentamente a la puerta. Abro mucho los ojos y luego sonrío con felicidad. Asiento, volteando a ver a Ben.— Sí, sí, es mi padre. Ahora le digo lo que pienso de Alexander y Arianne, ¿vale? —sonrío y le hago señas a papá para que venga. El me voltea a ver y camina con pasos presurosos.

Le digo lo que pienso en el oído, intentando que Ben no escuche. Mi padre asiente cada tres segundos, mirando a Ben. Sonrío cuando termino y él pone una mano en mi hombro. "Entonces es un hecho, señor Franco, sus tributos son los mejores candidatos para mi hija, por lo que serán patrocinados por mí". Le extendió una mano a Ben y después salió, no sin antes decirme que me esperaba en el auto. Alzo ambas cejas, eso fue bastante rápido. Sonrío a Ben, mirándolo con satisfacción al lograr que patrocinara a sus tributos, sin levantarme.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No puedo evitarlo, yo también me río de mí mismo al descubrir que estoy haciendo el ridículo – gracias al cielo, es imposible comer de ésta forma – comento, suspirando con falso dramatismo antes de ponerme a comer la hamburguesa con las manos como hacen todas las personas normales.  Y las papas tampoco se salvan, porque poco a poco van engrasando mis dedos mientras yo me las llevo a la boca; tengo que hacer un enorme esfuerzo, de hecho, para no lamerlos como lo hago en mi casa cuando no tengo ganas de levantarme a buscar una servilleta, cosa que a papá no le molesta que haga pero que siempre reprocha si se me ocurre hacerlo enfrente de todo el mundo.

Arrugo la nariz y niego con la cabeza, sin intenciones de parecer grosero – me aburre la ensalada – explico. Es como comer pasto, con un poco más de sabor. De todas formas ella rompe el hielo por completo al sacarme la lengua y yo hago lo mismo, sabiendo que estamos quedando ambos como dos personas completamente infantiles, incluso cuando todavía no somos lo suficientemente mayores como para avergonzarnos de ello - ¿Catorce? Bueno, no es tanto. Al menos creo que todavía no te salieron canas – bromeo, metiéndome otra papa en la boca – en unos pocos meses cumpliré la misma edad y espero que te hayas olvidado de esta broma – añado. Siempre es mejor prevenir que curar.

Me sorprende descubrir que Zyan es más divertida de lo que pensaba y, para decir verdad, es extraño para mí darme cuenta de que soy capaz de hacer reír a alguien, en especial a una chica del Capitolio que, aparentemente, tiene todo lo que puede desear con solo chasquear los dedos. Quiero decir… se supone que los patrocinadores tienen mucho dinero, lo suficiente como para vivir bien y hacer negocios para invertir en los juegos. Todos saben que si los tributos que escogieron tienen éxito, ellos se llevarán una parte del mérito y eso ya es mucho decir.

En cuanto el señor Ferrari se encuentra frente a nosotros, de manera automática, me pongo de pie, sintiendo la garganta un poco seca. Le saludo con un movimiento formal de la cabeza y aguardo en silencio, casi conteniendo la respiración, mientras ella le susurra en el oído vaya a saber qué cosas que no logro adivinar. El hombre asiente, sonríe de vez en cuando y por momentos parece serio, pero en cuanto se incorpora por completo, la expresión en su rostro me tranquiliza y dejo salir algo de aire. Sus palabras me toman desprevenido y abro grandes los ojos con cierta confusión, mirando a Zyan para luego mirarlo a él y balbuceo cosas inentendibles mientras intento ordenar mis ideas – Vaya, eso fue … rápido – me sorprendo. Supongo que debe tener muy cuidado el criterio de su hija. Le estrecho la mano (no sin antes limpiarme la grasa de las papas con una servilleta) y observo su espalda al salir. Antes que incluso Zyan pueda levantarse, me giro a ella – no esperaba que fuese tan sencillo – admito – y te debo una.

Una idea se asoma por mi cabeza y me da vergüenza incluso pensarlo. Es como si la voz de mi consciencia (que sorprendentemente, se parece mucho a la de Seth) me dijese que tengo ante mí una clase de solución. ¿Qué fue lo que me dijo mi mejor amigo? ¿Qué salga con otras chicas, para manejar mejor el asunto de Amy? Bueno, la verdad es que esta comida se me hizo muy corta. ¿Estará mal si le pido volver a vernos? – Zyan… - carraspeo, porque la voz me sale ahogada, y saco el papelito que Derian me dio. Le hago un gesto al mesero con la mano, pidiéndole una lapicera - ¿Te gustaría…? No sé… ¿quieres salir conmigo un día de estos? No debes hacerlo si no quieres – me apresuro a añadir. Nunca he hecho esto, así que no tengo idea de si es así como funciona – podemos tomar un helado o algo o lo que te guste… es que… ya sabes. Me caes bien – “¿me caes bien?” ¿Es en serio, Benedict? En cuanto el mesero me pasa la birome, le extiendo el papel – Puedes anotarme tu número y yo te estaré llamando en cuanto tenga un tiempo libre -  casi siento el impulso de decirle que no es una cita y que puede negarse, pero por algún motivo no lo hago. Tal vez es porque de verdad estoy esperando que diga que sí antes de que los nervios me traicionen y salga corriendo.
Benedict D. Franco
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Sacudo la cabeza, poniendo los ojos en blanco. Ben puede ser tierno y gracioso, pero también es un bobo cuando quiere. Sonrío, de todas formas.— Reza para que me haya olvidado de eso —bromeo, arrugando la nariz sin borrar la sonrisa de mi rostro. Es extraño, porque por más chicos que me hayan dicho las cosas más... bonitas, jamás me hicieron sonreír tanto. Lo más raro es que Benedict, al que conocí hace menos de una hora me hace reír con solo moverse o hacer algo torpe que para mí es gracioso. Me muerdo el labio inferior mientras observo su rostro con detenimiento. Jamás creí pensar esto, mucho menos de un mentor, pero él realmente es muy lindo.


Me levanto cuando mi padre sale por la puerta y volteo a ver a Ben, alzando las cejas.— Oh, tranquilo. Agradece que no tardó tanto, cuando está él, siempre quiere escucharlo todo y me aburro al poco tiempo —ese acto de cortesía salió completamente natural de mí para tranquilizarlo. Me encojo de hombros y me dispongo a irme cuando habla nuevamente. Mis ojos se abren como platos y me quedo paralizada, mirándolo. ¿Me pidió una... cita? ¿Una cita de verdad? Me muerdo el labio inferior, mirándolo. Después de casi nada, trago saliva y hablo en voz baja, pero para que me pueda escuchar él.— A mí también me caes muy bien —suelto, sonriendo fugazmente. Bajo la mirada y juego con mis manos, nerviosa. Tomo el lapicero con tal velocidad que casi se me cae y escribo el número de casa tan rápido que el local podría prender fuego en cualquier momento, con mi mano moviéndose agraciada a lo largo del papel y dejando la marca que podría asegurarme una salida con él. Dejo torpemente el lapicero en la mesa, junto al papelito, y volteo con Ben. Me toma unos segundos, pero finalmente, le planto un beso en la mejilla y me voy a toda velocidad, con el rostro ardiendo, sin decir adiós siquiera.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Creo que para ser mi primera vez, de verdad tuve mucha suerte, de modo que sé que tengo que acostumbrarme a que no siempre negociaré con chicas simpáticas de mi edad que tienen el poder para hacer que sus padres hagan lo que ellas quieren. Además, sé que, como ella dice, yo también me habría aburrido si las cosas hubiesen sido diferentes. No se me pasa por alto que ella parece sorprendida, tal vez tanto como yo porque no sé de dónde he sacado el valor, y le devuelvo la sonrisa fugaz de manera nerviosa. Algo es algo. Si le hubiese caído mal, todo esto sería diez veces más bochornoso.

De todas formas, el tiempo que se toma en decidirse y tomar el papel se me hace eterno, pero en cuanto lo hace me doy cuenta de que su modo de escribir parece algo descolocado, como si fuese la primera vez que alguien la invita a salir. Bueno, probablemente lo sea, aunque conozco muchas chicas de mi escuela que a nuestra edad siempre andaban alardeando de que tal chico la había invitado a una cita o alguna cosa así que nunca me llamó la atención hasta ahora. Me pregunto por un momento si Zyan alardeará con sus amigas sobre esto como aquellas chicas; de verdad espero que no.  Sonrío cuando deja el papel con su número y lo tomo con cuidado, doblándolo para poder meterlo con cuidado en mi bolsillo una vez más. Apenas me doy cuenta de que su rostro se encuentra del color del fuego cuando me planta un sonoro beso en la mejilla que no me esperaba, de modo que me llevo hacia allí la mano mientras veo como, sin darme tiempo a decir nada, ella se marcha casi corriendo detrás de los pasos de su padre - ¡nos vemos pronto! - le grito, aunque sospecho que es algo tarde.

Me cuesta un poco salir de mi aturdimiento gracias a toda la información de la última hora y, luego de pagar, salgo al caluroso exterior para encontrarme con el coche que me espera para llevarme de nuevo a la estación. Entro casi de un salto, lo que logra que el chofer me mire completamente extrañado, y yo le digo de manera demasiado entusiasta que es un día bonito, como si eso fuese la excusa para mi comportamiento. Seguramente ningún mentor regresa tan entusiasmado al centro; pero estoy seguro de que soy el único que ha conseguido un posible patrocinador y una cita el mismo día. ¿Ahora quien se atreverá a decirme que soy demasiado pequeño para estas cosas?
Benedict D. Franco
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The Day We First Met - Zyanelle Z0ZvwdN
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