The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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27.08¡La Cosecha ha iniciado la temporada de juegos! Los tributos pronto iniciarán sus entrenamientos.
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
He estado mirado la casa de los Dawson desde mi primera noche en el cuatro durante esta visita y no he tenido la oportunidad, ni el valor, para tocar el timbre; como no podía ser menos, la observo también por la ventana del living mientras cierro mi mochila, que ya se encuentra lista para que me la lleve al momento de regresar a la estación, dentro de unas pocas horas. Esta vez papá sí va a llevarme, así que no me preocupo por el viaje y en lo único que puedo pensar es en que enfrente vive la única amiga que me queda desde mi vida anterior y que todavía no me atreví a hablarle. La extraño, extraño cada pequeña cosa de ella. Los consejos, sus bromas, su risa, sus enojos, los pellizcos, las tiendas armadas con sábanas, el escucharla cantar desde el otro lado de la calle algunas mañanas. Incluso la manera en la que arruga la nariz o como se muerde el labio al pensar. Me da vergüenza mirarla a la cara luego de lo que hice en la coronación, me da miedo preguntarle qué es lo que piensa de mí después de verme repleto de la sangre de otros chicos. Tengo terror a que me recuerde a Melanie y hasta no sé como decirle que comparto casa con otra chica que no sea ella porque cuando éramos pequeños siempre decíamos que íbamos a tener una enorme mansión para ambos. Es como si hubiese arruinado nuestras promesas del pasado y me siento horrible por eso.

Papá sale del taller limpiándose el aceite de las manos y me mira como si intentase leerme la mente, hasta que se da cuenta de hacia dónde miro y lanza un suspiro. Puedo escuchar el consejo y lo miro de mala gana, dándole la razón sin la necesidad de usar las palabras; si no soluciono las cosas ahora, vaya a saber cuando tendré oportunidad para hacerlo. El verano se acerca, los juegos también y mis visitas se verán canceladas hasta que sea libre otra vez. Sophia puede creer que no quiero verla o puede conseguir otro mejor amigo... Alex parece bastante dispuesto a ocupar ese papel y, aunque le tenga aprecio, no lo toleraría.

Dejo la mochila en el suelo y salgo de casa con un simple "vengo en un momento", cruzando la calle y deteniéndome frente a la puerta que tantas veces he golpeado en tiempos más felices. Lo dudo un momento y golpeo tres veces pausadas, de modo que ella sabrá que soy yo; en efecto, es su cabellera rubia la que abre la puerta y cuando me encuentro con sus ojos, me doy cuenta de que no sé que decir. A lo lejos veo a su padre mirando la televisión y cuando me ve, el hombre me saluda alegremente sin moverse del sofá  - Hola, señor Dawson - saludo con una falsa voz jovial, sacudiendo apenas mi mano. Pero en cuanto mi atención vuelve a Sophia, mi voz se baja hasta el punto de apenas escucharte - ven conmigo...

No se me antoja hablar enfrente de su familia y mucho menos en un lugar cerrado, así que me volteo y troto calle abajo, con ella pisando mis talones. No tardamos muchos en correr por la playa, con los pies hundiéndose en la arena, hasta que llegamos al puerto, lleno de barcos que nos ocultarán de las miradas curiosas. Me detengo justo en el borde, tomando aire con cuidado y aferrando mis rodillas por el cansancio, mientras las gaviotas cantan en sintonía con el choque de las olas. Es una linda tarde, que me recuerda a las cuales gastábamos en este mismo lugar cuando queríamos contarnos secretos - me iré hoy y quería saludarte - digo simplemente, incorporándome y pasándome el antebrazo por la frente para quitarme el sudor. Guardo silencio un momento para recomponerme y me quedo mirando el océano, jugueteando con mis dedos - no tuve oportunidad de decirte absolutamente nada en la ceremonia y lo siento por eso - el volver la cabeza hacia ella solo consigue que me de cuenta de lo mucho que ha crecido y de lo poco que estuve ahí para verlo, lo que me llena de culpa. Otro suspiro - te extraño mucho, Soph.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
Es domingo. Me desperté más tarde de lo normal, con pereza de sobra, y me dirigí al cuarto de mi padre. Los domingos mi papá descansa así que podemos dormir más de lo normal, desayunar hasta tarde y estar de vagos todo el día. Me pasé a su cama para terminar mi quinto sueño y me acurruqué encima de él cerrando los ojos. - Soph, cariño... - Una voz ronca hace que abra los ojos y me encuentre con que mi padre ya se bañó y todo este tiempo que estuve dormida lo único que abrazaba era una mísera almohada. - Pa... Tengo sueño. - Me di la vuelta junto con el cojín y volví a cerrar los ojos. - Ya es tarde cariño, luego no vas a tener sueño y no podrás dormir. - Mi padre empezó a sacudirme pero yo sólo me encogí de hombros sin cambiar mi posición, él suspiró. - ¿Eso es saliva? - Abrí un ojo y miré de reojo el lugar que estaba señalando. Yo nunca había babeado dormida así que no podía hacerlo ahora. - Oye Soph, eso es saliva... No sabía que babeabas dormida. - Me levanté de golpe y me arrodillé en la cama con la almohada sobre mi cabeza. No, yo no babeaba y el tema no estaba expuesto para discusión. - ¿Qué? No, ¿Cómo crees? Yo no... - Miré más de cerca "la manchita" y caí en la cuenta de que en donde mi papá señalaba no había nada, consiguiendo que sonriera satisfecha. - ¿Ves? Te dije que yo no... - Justo en ese momento noto como la almohada se me cae de la cabeza y mi padre me rodea con sus brazos, cargándome. - ¡Caíste! Ahora que estás muy despierta ya podrás bañarte y todo. - ¡No puedo creer que caí en esa! Comencé a sacudirme pero entonces papá me picó el estómago justo en el punto de mis cosquillas, haciendo que soltara carcajadas. Insistí en liberarme para seguir durmiendo pero, como siempre, papá me cargo como princesa y me dio varias vueltas, luego me volvió a picar el estómago y reí fuertemente. Había perdido. - Ya... Jajajaja... Ya, me rindo, me rindo. Pero que conste que lo de las cosquillas fue trampa. - Mi padre me sonrío, me bajó, me dio un beso en la frente y desapareció por la puerta.

Después de ducharme bajé a desayunar. Habían dos tazones en la mesa y al lado cereal y leche, se notaba que era domingo. Me serví el cereal hasta la mitad del plato y le eché la leche necesaria, en seguida se unió papá y se sirvió  también. - Oye Sophi, no vayas a babear en tu cereal como lo hiciste en la cama. - Rió y se metió una cucharada a la boca. - Que gracioso eres pa... - Solté un bufido seguido de una risa y probé el cereal. Cuando terminamos dejé los platos en el trastero y me fui a recoger la mesa. Papá lavó los trastes y me los fue pasando para que los secara y guardara. Es una especie de trato el que tenemos mi padre y yo, aligeramos los quehaceres y mantenemos todo en orden. Subí a lavarme los dientes y escuché más voces de lo normal en la sala, papá ya estaba viendo la televisión. No lo culpo, después de trabajar todos los días lo que más quiere es descansar y hacer lo que le gusta, tal vez al rato lo convenza para que juguemos uno de esos juegos de mesa que tanto le gustan y que hace tiempo que están arrinconados en mi cuarto.  

Cuando bajo le paso unos cuantos aperitivos a mi padre y me dirijo al patio, a la casa para pájaros que construimos cuando recién nos mudamos. Recuerdo el día que encontré a Eva, fue el mismo en que conocí a Benedict, me pregunto cuándo lo volveré a ver... Después de que Eva se curara, la casa para pájaros quedó vacía hasta que con el pasar el tiempo nuevas aves llegaron. Se me hizo una costumbre dejarles varias semillas y agua para que bajaran, siempre hay pajarillos a esta hora. Les gusta venir y bañarse. Me recargo en la columna que da con el patio de la vecina y escucho a los pájaros cantar hasta que un sonido algo peculiar me llama la atención. 1... 2... 3... ¡Es él! Corro lo más rápido que puedo hasta la puerta y no le doy tiempo a mi papá a levantarse cuando ya he abierto. - Ben. - Lo miro con los ojos bien abiertos conteniendo una sonrisa. Mi padre lo saluda y luego vuelve a lo suyo. Asiento cuando Benedict me dice que lo siga y volteo a ver a la sala. - Vuelvo en un rato, papá. - Cruzo por la puerta y corro para no perder el paso. Cuando llegamos al puerto suelto un suspiro y miro a Ben sonriendo, me alegra verlo. La verdad creí que no lo vería en mucho tiempo y el hecho de que esté aquí, en este momento, me alegra. - O despedirte... - Murmuro a lo primero que dice y luego suelto otro suspiro cansado. - Eso no importa... Además estabas casi ebrio como para pensar claro. - Le doy un codazo ligero y suelto una pequeña risa al recordar su estado en la coronación. Claro, ahora me río pero en el momento... Pff. - Yo también te extraño, demasiado... ¿No me puedes llevar en tu maleta por unos días? - Sonrío un poco triste, es obvio que no se puede. Extiendo mi mano unos centímetros y aprieto la de mi amigo a modo de ánimo, no sirve de nada deprimirnos en el único momento libre que tenemos para vernos.
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Despedirme. La palabra hace mucho ruido en mis orejas e intento sonreír pero parece más una mueca de disgusto. ¿Por qué tiene que acordarse de que me encontraba ebrio? Me gustaría tener la capacidad de hacer que el resto se olvide de algunas cosas, así podría lidiar más fácil con ellas. Su mano toma la mía y de manera automática enrosco nuestros dedos, agradeciendo el apretón y mirándola con una sonrisa un poco más digna de ella - sabes que lo haría si pudiera. La isla es bastante aburrida y no hay casas para pajaritos - digo con nostalgia, volviendo a mirar al mar sin despegarme de ella. Las olas golpean justo debajo de nosotros y recuerdo los tiempos donde mi hermano me retaba a saltar desde el borde de este muelle; mamá se ponía loca con la idea, pero siempre lo manteníamos en secreto. Una vez intenté que Sophia venga con nosotros pero fue demasiado miedosa y no quiso saber nada al respecto.

Tras un momento en el cual prefiero quedarme callado escuchando el mar y sintiendo su piel, me volteo a ella, sin saber si debo sonreír o mirarla con cierto estado reservado, de modo que me encojo un poco en mi lugar como si intentase separarme de ella a pesar de no soltar su mano - eso significa que no me tienes miedo, ¿verdad? - pregunto con cierta ansiedad - después de todo lo que hice, de lo que viste... ¿sigo siendo tu amigo Ben del cuatro? - es un miedo tonto e infantil, pero no puedo dejar de pensar en ello cuando veo a las personas que conozco desde hace años. Sé como se daña una imagen, como cambia hasta ser algo completamente extraño. Maté personas, más de una; gente joven como nosotros que tenía familia, amigos y toda una vida por delante. Todo para salvar a una persona que ya no está entre nosotros. ¿Sophia lo habrá visto todo?

La pregunta rebota entre mi mente y suelto su mano con lentitud, casi como si no quisiese que lo note, y la escondo dentro de los bolsillos de mis pantalones, volviendo a clavar la vista en un punto lejano - ¿Viste los juegos o los ignoraste? - quiero saber, bajando el tono de voz, tal como si estuviese diciendo una blasfemia. Hablar de ellos en voz alta es admitir que han ocurrido. Es admitir que ya no hay marcha atrás.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
Sonrío cuando dice que me llevaría si estuviera en sus manos. Lo entiendo, en verdad que sí. Sé que no es posible y que mi idea no tiene ni pies ni cabeza, sé que de ahora en adelante lo podré ver contadas veces al año y que esperaré con ansia cada uno de sus regresos. Será horrible la espera para poder ver a mi mejor amigo, llena de ansiedad y tristeza por ambos lados, no quiero ni imaginármelo... No. Ésto es muy cruel, no deberían permitir semejante barbaridad. ¡Injusticia! Dejar que los vencedores regresen a su distrito una vez al mes... Eso es más cruel que la vecina gorda haciéndome trenzas y diciendo que he subido o bajado de tallas.  Deberían permitirles ver a sus seres queridos más veces, son vencedores ¿No? ¿Acaso no gozan de privilegios diferentes a nosotros? ¿Eh eh? Suelto un suspiro y pongo más presión en la mano de Benedict, no mucha como para lastimarlo, pero tampoco poca para no sentir nada. Ahora más que nunca quiero estar con él y platicar, aprovechar incluso las milésimas de segundos que tenemos en este puerto. Sonrío cuando dice lo de las casas para pajaritos. - ¿Recuerdas a Evo-Eva? - Suelto una pequeña risa seguida a mi comentario y ladeo un poco la cabeza con curiosidad.

Su pregunta me viene tan rápido y me pilla desprevenida. No sé qué contestar. - Sólo podría tenerte miedo por las mañanas cuando pareces zombie, con todos tus cabellos revueltos. -  Hablo en broma para cortar lo serio de la conversación y olvidar las cosas malas. Con mi mano libre revuelvo su cabello sonriendo al final. Me doy cuenta de que no es momento de bromear y regreso sus cabellos a como estaban. - ¿Esa pregunta va en serio? Si sabes que yo no podría tenerte miedo ni aunque quisiera, ¿No? - De a poco desenrosco nuestros dedos hasta que Ben con lentitud retira su mano, aprovecho para estirarme. - No me interesa lo que pasó... Ahí... - Mientes. - Eres el mismo Benedict. O a mi me parece eso, nunca podría odiarte, te quiero mucho como para eso. - Le miro viéndolo directamente a los ojos. En realidad sí que me interesa lo que pasó en la arena, por Melanie. Trago grueso y dejo un espacio en el aire entre frase y frase. - Los vi. -
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Me río al recordar al pajarito que alguna vez cuidamos como si fuese un hijo en común; eramos papi Ben y mami Soph y cuidábamos de ese ave todos los días, discutiendo sobre si era nene o nena hasta que finalmente, un día sin más, se fue volando porque su ala ya se había arreglado. Sophia lloró durante horas y yo la concolé con abrazos y caramelos, diciéndole que Evo-Eva tenía que ir con sus verdaderos papi y mami y me hice el valiente, aunque la verdad es que cuando regresé a casa lloré durante horas y mamá tuvo que convencerme de las mismas cosas que intenté meterle en la cabeza a mi amiga antes. Fue el primero de muchos pájaros, y algunos luego descubrimos que no se habían ido, sino que habían acabado siendo el postre del señor Bigotes, el gato de la señora Figgins.

Sophia intenta bromear y casi parece que se esfuerza por que todo sea como antes, porque me despeina con total naturalidad a pesar de que no tarda mucho en arrepentirse y en volver a acomodar mis cabellos, aunque sé que es una tarea complicada porque últimamente siempre se encuentra enmarañado. Sé que debería reírme, pero no lo hago;  me quedo esperando la respuesta que no tarda en aparecer. Básicamente es lo que deseaba escuchar, pero por algún motivo que no comprendo, no me conforma. Tal vez es que yo sé que no soy el mismo Benedict de antes y estoy seguro de que Sophia también lo sabe, muy en el fondo, y no se atreve a aceptarlo. La comprendo, porque si las cosas fuesen a la inversa, yo haría lo mismo. Paso saliva porque ella tuvo que ver el programa, ser espectadora de todas mis miserias, de lo que fue de cada uno de nosotros… creo que debería tener más pena yo por ella que ella por mí.

- Siento mucho que tuvieras que ver eso – confieso por lo bajo, clavando los ojos en un barco pesquero que se encuentra bastante lejos de nosotros, a pesar de que se nota que cada vez se ve más grande y eso indica que está regresando al puerto. Tras un momento de silencio, decido continuar – todo ha cambiado, ¿sabes? Hasta creo que el distrito cuatro se ve un poco diferente. No sé si es porque la gente me mira raro cuando antes ni existía, o que solo puedo venir poco y antes no me percataba de algunas cosas… - es como saber cuanto vale algo hasta que lo acabas perdiendo o algo así. Me siento en el borde del muelle, dejando caer mis piernas por el borde y sacudo un poco mis pies. ¿Qué pasa si salto? ¿Sophia iría detrás de mí o puedo dejarme ahogar sin ningún problema? De todas formas no lo hago, porque no quiero arruinarle el día. Si yo muero, la que sufrirá las consecuencias será ella y yo no soy quien para librarme del sufrimiento a costa de mi mejor amiga.

Apoyo las manos en mis rodillas y sonrío de medio lado, girando un poco la cabeza para poder mirarla desde mi lugar, a pesar de que el sol me fastidia los ojos y eso logra que los entrecierre un poco – Pero basta de cosas deprimentes – no quiero amargarla los pocos minutos que la tengo para mí, de modo que es mejor cambiar de tema - vi a Alex Darksun ayer – le informo, cambiando el tono de mi voz a uno mucho más aceptable – dijo que estás más guapa. Para mí sigues siendo “no tan fea” – le pellizco un poco las piernas para que se siente a mí lado, aunque no tardo en ponerme a limpiar con mi mano el suelo del muelle, como si eso hiciese alguna diferencia, a pesar de que es pura cortesía. Papá siempre me dijo que debo ser amable con las chicas y Soph no es solamente una chica, es Sophia y eso significa que es más importante que ninguna otra. Pensar en ello me recuerda a la charla que tuve con Seth y la idea de pedirle a Sophia que sea mi novia de mentiras se asoma por mi cabeza, pero al mirarla me resulta inaceptable.  Ella es mía por derecho, no por tonterías de noviazgos. No voy a usarla para provocar los celos de alguien más – Soph… ¿qué me dirías si te pido que salgas conmigo? – aventuro por mera curiosidad, mordiéndome un instante la lengua para contener la risa. No puedo creer que le esté diciendo esto incluso para molestarla, aunque una idea desagradable se cruza por mi cabeza… ¿qué si con esto ella demuestra de verdad que las cosas cambiaron por completo entre nosotros después de los juegos?
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
Me quedo en silencio mientras paso mi mano por los cabellos de Ben. Nunca antes me había sentido así con él... Como incómoda. Tal vez cambié, o él cambió... Tal vez los dos lo hicimos y simplemente no nos dimos cuenta de cómo, cuándo o porqué, sólo lo hicimos. Me distraigo una fracción de segundo mientras enrosco y desenrosco mi mano libre en su cabeza, esforzándome por dejar todo tal cual estaba, lo que, naturalmente, me resulta imposible. Recuerdo que antes Benedict estaba peinado... Cuando ambos éramos más pequeños y todo resultaba tan fácil que da miedo. Sigo dentro de mi burbuja de silencio, esperando a que en cualquier momento Ben la rompa y ría por mi intento de broma, lo que resultó no ser más que un mal chiste, pero no pasa nada. Podría jurar que escucho mi respiración y la de mi amigo, pero eso sería dramatizar mucho el espacio de silencio que hay entre los dos y no me gusta exagerar, al menos no siempre. No es divertido así, ahora hay algo... Una especie de barrera y siento, muy dentro de mí, que nos está dividiendo. Como si algo de repente se hubiera roto. A mi mente se viene la imagen de un cristal agrietado. El sólo pensamiento del vidrio hace que me estremezca y grite que no puede ser posible para mis adentros. Nada se rompió, todo está igual, sólo es... Sólo es... Sólo es el nerviosismo de no vernos por mucho tiempo y de pronto estar juntos como antes. Sí debe ser eso, nada entre Ben y yo podría romperse, desde muy chiquitos somos mejores amigos y prometimos que sería así siempre. Además, si hubiera alguna "grieta en el cristal" siempre se puede reparar con un poco de cinta adhesiva o pegamento extra-adherente ¿No? Me encojo de hombros al respecto.

Escucho la disculpa de Ben y no puedo evitar hacer una mueca, no de desagrado, pero sí de amargura. Recordar todas esas imágenes en mi cabeza sólo hace que me sienta mal. Aunque claro no es como vivirlo en persona y espero que eso nunca suceda porque sé que no podría llevarlo como lo hizo Ben, fue muy valiente y fuerte, a pesar de todos los malos momentos por los que tuvo que pasar siempre estuvo ahí para su hermana. Niego levemente ante su disculpa. No es su culpa que yo haya decidido ver los juegos, lo hice porque tenía que estar segura, darle ánimos, aunque él y Melanie no fueran capaz de verme a través de la pantalla. Trato de decirle algo pero lo único que consigo es hacer un ruido raro con mi garganta. Tengo un nudo amargo que no me deja hablar. Otro intento, mejor. - ¿Por qué lo sientes? - Trago grueso y luego continúo sin saber muy bien qué decir. Aunque no creo que importe mucho, últimamente no hago más que hacer y decir tonterías. - Digo, sé que la imagen de los juegos es horrible y mala para la salud de cualquier persona... Pero... Los que estuvieron ahí, ellos... Ellos sólo hicieron lo que cualquiera que estuviera en su lugar hubiera hecho, sobrevivir. - No sé de donde salen mis palabras, lo único que entiendo es que probablemente no sean las más acertadas, no sea lo que mi amigo quiere escuchar o que el intento de frase que acabo de formular, no tenga sentido en lo absoluto. Asiento cuando dice que algo en el distrito ha cambiado. Desde que se fueron Melanie y él, ambos a distintos lugares, me siento más vacía, como si hubieran arrebatado algo dentro de mí, algo irreemplazable; aunque no estoy segura de que sea eso a lo que se refiere. Supongo que cada quien encuentra las diferencias con respecto a lo que le hace falta en el momento que lo está buscando. "El ése de la fórmula secreta." Por decirlo de alguna manera, claro. - Lo único que cambió es que ya no está el vecino de enfrente, aquel niño molesto-quita-aburrimiento de cabello revuelto y ojos celeste que se pasaba por mi casa casi siempre. - Sonrío un poco renovando mi actitud de depresiva-mortal, por una de la niña que siempre fui cuando estaba con él y Melanie, aunque ahora sólo está Ben.

Benedict comienza a hablar y noto que tiene una actitud normal, claro que hoy en día uno ya no puede saber qué es lo normal del asunto. Comenta algo acerca de mi compañero de clase, Alex. Es un buen tipo, amable y mejor que el resto de los niños de mi salón. Ante su comentario sólo puedo abrir los ojos grande y luego enarcar una ceja, soltando un bufido. - No me hagas empujarte por la orilla, Desmond. - Dejo un espacio en el aire y luego suelto una risita y me siento a su lado dándole un codazo muy ligero. Recuerdo que la primera vez que lo vi estaba en el comedor picando del pastel que hizo su madre y me clasificó como "no tan fea", sigo sin perdonarle eso, sin embargo ahora es motivo de risa y no de discordia. - Tú igual eres un no tan feo. Uno diría que con el tiempo mejoras pero a mí me parece que en la isla no tienen espejos. - Le suelto una broma como solía hacerlo antes y luego me carcajeo, seguro estará en desacuerdo pero fue divertido. Cuando Ben habla de nuevo pongo una cara se sorpresa tal vez un tanto excesiva. Pero es que realmente no me esperaba que saliera con algo así. Ben ha sido mi mejor amigo siempre, nunca lo he imaginado como algo mas y no me había detenido a pensar en cosas así... Es imposible que quiera salir conmigo... Es él y ésto es... ¡Un momento! Miro a Ben con cierta indignación y extiendo mi mano hacia su cara haciéndola hacia atrás. ésto no es más que otra de sus bromas, lo conozco muy bien como para adivinarlo. Después de un rato de vacilación, contesto. - Benedict, querido. Aún estoy a tiempo de lanzarte por el muelle. - Termino por volverlo a despeinar y luego apretarle los cachetes a modo de reprimenda. - Como me vuelvas a hacer una broma así no te daré chocolates por un año. No fue nada divertido, me asusté, torpe. No tendría porqué asustarme porque es mi mejor amigo y no hay nada de malo en la idea de algo así, sólo un poco extraño; y realmente no me espanté. Sólo sentí como un escalofrío recorriéndome, un no-sé-qué y cierta indignación vacilante seguida de una risa. Fue MUY extraño y espero que no se repita, además... Nada, ya no sé qué mas. Suelto un suspiro y cierro un ojo viendo a Ben de reojo. - ¿Has conocido a alguien en la isla que... te guste, o todos son tan ancianos que resultas un bebé entre ellos? - Pregunto con cierta curiosidad, casi nunca hablamos de este tema antes y ahora que estamos más grandes, por así decirlo, creo que es normal ¿O no? Río ante eso último y juego con mi cabello. - Aquí en el cuatro están los mismos niños torpes de siempre. Juro que no me enamoraré de ninguno de esos orangutanes nunca... Diagh. Mejor hablemos de otra cosa. -

off:
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Conozco a Sophia tan bien como si fuese de mi propia familia y sé muy bien que el modo en el cual se encuentra hablando deja al descubierto que, de alguna u otra forma, lo que ha ocurrido le ha afectado más de lo que parece. He vivido aquello en carne propia y hay pocas personas que pueden regodearse de decir lo contrario. Siempre se llevan chicos para pelear; compañeros de clase, el hijo del vecino, la chica que vende el pescado en el mercado, el primo de aquel chico que jugaba contigo en el jardín de infantes… un hermano. Yo pude ver como Shamel se transformaba y en mi mente suelo repasar esas últimas semanas sin poder creer que ha pasado. Pude ver como se lucía en las entrevistas, como se escondía de los demás, como asesinaba al chico del trece y le sostenía la mano a su compañera mientras ella se iba. Me acuerdo cuando lo mataron, de su rostro demacrado y tuve la sospecha de que no conocía a mi propio hermano tras haberlo visto fallecer después de haber hecho todas esas cosas. De todas formas, con el tiempo elegí recordarlo como era en el distrito cuatro: un chico que se llevaba bien con todos,  que tenía tanto talento que conseguía que yo lo envidie, que me molestaba solamente para después defenderme y por el cual las chicas en la escuela se daban vuelta a mirarlo y soltaban risitas estúpidas. Sí, ese era mi hermano. ¿Quién era yo antes de cambiar…? Eso me es más difícil de recordar. Tal vez Sophia pueda hacerlo.  Y por eso no respondo su duda ahora, porque no me siento capaz de hacerlo sin ponerme a llorar como un tonto.

Su amenaza consigue una sonrisa desganada de mis labios y apenas me muevo cuando recibo su codazo, casi ignorando que me esté llamando Desmond, cuando en otros tiempos le hubiese gritado o tal vez pellizcado o hubiese hecho cualquier cosa que demuestre mi enfado durante dos segundos antes de dejarlo pasar. A veces me pregunto qué tenían mis padres en la cabeza para ponerme ese nombre, pero mamá siempre dijo que ella adoraba el significado de Benedict y mi padre repetía una y otra vez que Desmond era el protagonista de sus libros infantiles favoritos. Como resultado, sus caprichos terminaron por bautizarme con nombres de anciano, pero ya lo he asumido, aunque sea un poquito.  Por esos pensamientos es que me descoloca un poco su carcajada y luego me percato de lo que ha dicho, por lo que hago rodar mis ojos, intentando mostrarme algo divertido – bueno… tomaré eso como un cumplido – acoto con malicia, como si mi pequeña broma fuese a molestarle de verdad. Con las chicas, uno nunca sabe.

Pero ahora sí que tengo que hacer un enorme esfuerzo para no reírme de verdad, y es por culpa de su expresión mientras abro mis ojos con simpleza, aguardando una respuesta a mi inocente pregunta. Ella se acerca y empuja hacia atrás mi cara, lo que me hace dar cuenta de que no ha caído y yo lanzo un “bah” que se mezcla con la risa cuando me amenaza una vez más, haciendo que me encoja cuando me despeina, aunque me conformo con apartarle las manos de un manotazo cuando me pellizca los cachetes, cosa que siempre he odiado - ¿tan malo sería salir conmigo como para que te asuste la idea de que hable en serio? Mierda, debo de estar peor de lo que imaginaba – respondo con sarcasmo, ignorando que estoy utilizando modos de habla que nunca antes me había dado el gusto de usar y menos con ella. Otra de las cosas que cambiaron, supongo. De todas formas me encojo de hombros, restándole importancia; queda descartada por completo la idea de Seth, que de todas formas me parecía un poco idiota.

Su pregunta me toma por sorpresa y giro rápidamente la cabeza para mirarla con la boca entreabierta, tardando en darme cuenta de que debo cerrarla para que no me entre ningún bicho ni nada así - ¿desde cuando tú y yo hablamos de estas cosas? -  suelto, esquivando olímpicamente su duda. Me remuevo un poco incómodo en mi lugar y miro hacia el barco pesquero, que se encuentra mucho más cerca que antes, poniendo mala cara ante la idea de que Sophia tenga novio porque eso significaría compartirla con alguien más. ¿Por qué las cosas no se pueden quedar como antes, simples para que todos seamos felices? – Ahora dices eso, pero en un par de años te apuesto que te casarás con alguno de tus compañeros de clase. Todos terminan igual… ¿no les aburre la simple idea? – hago una muequita de desagrado, porque pocas personas tienen el valor o la suerte de poder aspirar a ser algo más que un ciudadano más que acabará contribuyendo a su distrito. Y, para ser honesto, le envidio la libertad de poder elegir si hacer eso u otra cosa. Sophia tiene frente a ella una vida de elecciones, mientras que yo… - ¿de qué me sirve conocer a alguien en la isla? Todos allí están locos y se arrepienten de estar vivos o son demasiado pedantes como para poder vivir con eso. Y si crezco y me caso y tengo hijos, ellos luego serán sorteados y llevados a vivir a otro distrito dónde no podré verlos. Querer a alguien te hace débil, Soph... – porque puedes perderlos. No quiero contarle de Amelie, es casi como admitir que estoy destinado a ver como crecemos juntos, tomamos caminos separados y que tengo que preocuparme por alguien más a quien no perder. Se supone que ella ahora se encuentra a salvo, pero de todas formas sigue doliendo. ¿Para qué seguir pensando en eso?

Siento mis labios temblar y junto mis manos, enroscando mis dedos, para no hacer algo estúpido como romper algo o quien sabe qué. Me miro los nudillos con falso interés, dejando que el cabello me cubra la mirada, evitando que se cruce con la de mi mejor amiga, con la persona que me conoce mejor que nadie… -  lo siento porque no quería que veas como me perdía – admito finalmente, con un murmullo cargado de angustia – Los maté, Soph, y ellos eran como nosotros. Tenían mejores amigos y deseaban querer a alguien y cuidar pajaritos. Y ahora solamente puedo pensar en que ya no están por mi culpa. Yo también quiero que vuelva “aquel niño molesto-quita-aburrimiento de cabello revuelto y ojos celeste que se pasaba por tu casa”, pero si debo ser honesto… he olvidado como ser él – incluso aunque lo intente con todas mis fuerzas. Desenrosco mis dedos y me llevo una mano al pecho, cerca del corazón – puedo seguir vivo e intentando avanzar, pero siento que hay algo aquí que se ha perdido, que ha muerto y que nunca va a volver – lo muerto, muerto está, y no podemos hacer nada al respecto.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
"Bueno… tomaré eso como un cumplido" A decir verdad, no era la respuesta que esperaba... Normalmente se hubiera molestado por el simple hecho de que lo he llamado Desmond. O bueno, así era cuando éramos más pequeños, incluso antes de ir a los juegos. Recuerdo que siempre que lo llamaba por su segundo nombre había un motivo de mini-discusión-de-cinco-minutos, luego habían risas y seguíamos como si nada. Ahora ni siquiera se ha picado, es preocupante... No creo que el Ben que yo conocía se haya quedado en la arena como seguramente mi mejor amigo piensa, me niego a creerlo. Benedict y yo desde pequeños hemos sido unidos, y si hay algo que sé de él es que es un niño fuerte que no dejaría de ser quien es así porque sí. No lo sé... Lo veo extraño, como si se estuviera esforzando haciendo todo lo que hacíamos antes para que no me sienta mal... ¡NO! No, Sophia, no, no y más no, Ben sigue siendo el mismo y no puedes llegar a creer que sólo porque reaccionó de manera diferente a una broma es otra persona, estás exagerando; además, si cambió no es que sea algo malo. Una voz en mi cabeza me regaña por tener pensamientos que no van conmigo... Tiene razón, Ben es Ben y siempre, SIEMPRE será mi mejor amigo. Sólo es otra de mis muchísimas exageraciones del día. Me muerdo levemente el labio inferior.

Ben comienza a reírse de mí... He de haber puesto una cara... No puedo evitar dejarme llevar por tantas carcajadas y me ruborizo un poco cuando veo su expresión, no fue nada gracioso lo que hizo, nada. Ruedo los ojos ante su comentario. - ¡No sería malo! No me malentiendas, Ben, pero... Ambos sabemos que lo dices en broma y no voy con esas bobadas, eh. - Le respondo usando el mismo tono que él. Es raro, antes no solía contestarle así. Supongo que me acostumbraré. "No voy con esas bobadas, eh". Interiormente, sé que accedería a salir con Ben si no lo dijera en forma de broma, por que... ¡Vamos! Es mi mejor amigo. A pesar de ello, no cambiaría el hecho de amigos y ya. Recuerdo que una vez papá insinuó que me terminaría por gustar Ben, siempre lo ha creído pero yo lo niego hasta el punto en que abandonamos la conversación. Lo seguiré negando porque no creo que vaya a pasar.

Me encojo de hombros ante la interrogativa de Benedict. Nunca antes habíamos tocado estos temas, sólo ocasionalmente cuando nos molestábamos con otras personas, pero fuera de eso... Nunca. ¿Tan raro es hablar de este tipo de cosas? No lo sé, tal vez un poco... Oh rayos, debo hacer más amigas mujeres. Ladeo la cabeza cuando mi amigo empieza a hablar y niego levemente. - No lo sé... Nunca me ha gustado la idea de casarme de grande, menos con orangutanes. - Comento encogiéndome de hombros. De pequeña mamá dejó a papá, desde entonces el me ha cuidado y querido como nadie. No quiero que si me caso, me pase lo mismo. Creo que no lo soportaría. A veces cuando no sé qué hacer y sólo estoy acostada, pienso. Pienso en cómo es que mi madre pudo haber dejado a un hombre tan increíble como lo es papá, tan amoroso, tan atento y divertido. ¡¿Cómo pudo?! Prefiero concentrarme en la conversación con Benedict. - No Ben... Querer a alguien no te hace débil... Yo quiero a papá y también a ti... Querer a alguien te hace tener razones para seguir adelante. - Le contesto con toda la honestidad que mis palabras permiten, no quiero ver a un Benedict deprimido. Quiero ver a un Benedict feliz.

Me quedo en silencio un momento viendo al vacío. Me gusta mucho la playa, cuando papá tiene tiempo y ganas de salir me trae, sólo a veces, pero igual es divertido. Estando aquí a esta hora, respirando el aroma de la sal de mar y la esencia del distrito, debo admitir que no resulta tan malo como algunos pensarían. - No... No Ben, nada se murió. Sigues siendo tú mismo, te conozco, ¡Lo sé! Tal vez los dos hayamos cambiado en algunas cosas y eso no significa que algo murió... Sólo que creció. -Me quedo sin palabras ante lo primero que dice, no sé si mis palabras lo harán sentir bien o no pero preferiría no hacerle recordar la arena. Extiendo mi mano y lo agarro por la barbilla para levantarle la frente y poder así mirarlo a los ojos. - Ese niño sigues siendo tú, un poco menos feo pero ahí está. - Le digo al final en broma y me lanzo encima de él para abrazarlo. - Ben, yo te quiero mucho, eres mi mejor amigo. ¿Puedes creerme con lo de que sigues siendo tú? - Le pregunto sin separarme con la voz un poco quebrada mientras siento como mis ojos dejan ir un par de lágrimas. ¿Por qué estoy llorando? No debería...
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Niego con la cabeza una y otra vez de una manera firme pero testaruda, como cuando mamá me obligaba a bañarme en esos años en los cuales ir a la ducha era un castigo. Me fastidia que no entienda mi punto pero no puedo culparla, porque a decir verdad, no he sido completamente honesto y tampoco pienso serlo por el momento - ¡querer a alguien solamente te hace miserable! Mira lo que le pasó a mis hermanos, a mi madre… mira a tus padres, Sophia – su madre abandonó a su padre y lo dejó hecho pedazos, y de ella nunca han tenido noticias. Mis hermanos y mi madre han muerto. Y Amelie siempre me verá como a su hermanito pequeño hasta que llegue el día en el cual seamos grandes y cada uno tome su propio camino. Y ella seguramente hará lo mismo – no me malinterpretes, estoy agradecido por haberlos tenido. Es que, a veces… no lo sé. Me gustaría que algunas cosas no vengan incluidas en el paquete – si el dolor no viniese acompañado con el querer, sería grandioso.

Intento verlo con sus ojos pero yo no siento como que he crecido, al menos no tanto, sino que soy como otra persona. Me gusta ser Ben, lo sé, pero hay momentos donde aquel yo que llamo “Benedict el Vencedor” me hace ver que ya no puedo seguir siendo simplemente Ben. De todas formas no alcanzo a explicárselo porque ella me toma de la barbilla y me gira, haciendo que me tope con esos ojos bonitos y claros que he visto la mayor parte de mi vida. Le dedico una fugaz sonrisa cuando veo que intenta bromear y ni tengo que pensarlo cuando me abraza, e incrusto mis manos en su espalda, allí donde han ido a parar tantas veces desde que tengo cinco años. Abrazar a Sophia es tan familiar como dormir en mi propia cama o beber chocolatada en la mesa de mi cocina con el sonido del partido a mis espaldas mientras papá hace comentarios sobre las faltas. Sophia es realmente lo único familiar que me queda.

Hundo la nariz en su cabello y me niego a soltarla porque, repentinamente, noto como se sacude apenas y estoy seguro de que está llorando. No puedo con esto. Me siento horrible porque todo es mi culpa y se supone que estamos aquí para pasar un rato juntos como en los viejos tiempos, no para llorar. No quiero que éste sea el recuerdo que tenga cuando me vaya y no pueda verla hasta que se me permita venir de visita de nuevo – ey, Soph… no llores – murmuro, frotando la mano en su espalda a modo de consuelo – te creo, de verdad que lo hago. Solamente es difícil para mí. ¿Sabes? Después de todo, siento que apenas me conozco – me separo apenas, lo suficiente como para limpiarle las lágrimas con los dedos – también te quiero, mucho, muchísimo. Más que mucho. Tanto que me perdería diez trenes de regreso a la isla para poder seguir aquí contigo – exagero la voz hasta el punto que suena cómica pero esa es la idea, porque los dos sabemos que las muestras de afecto también son un intento de levantarle el ánimo. Y ella bien sabe que si me lo permitiesen, no tomaría ese tren. Nunca.

Puedo escuchar el sonido clásico de una gaviota y me volteo a mirar a una que se posó en un poste cercano a nosotros. El ave picotea el aire, mira un momento alrededor con aquellos extraños movimientos que tienen las gaviotas y vuelve a abrir las alas. Sin mucho más emprende el vuelo una vez más, comenzando a sobrevolar el mar, lo que me hace suspirar - ¿te digo una cosa, Soph? Algún día compraré un barco. El más grande. Y nos iremos lejos y navegaremos y navegaremos hasta que nadie nos encuentre. Y seremos libres y felices como esa gaviota – una vida con Sophia no puede ser una mala vida incluso cuando es en alta mar. Incluso sin papá, o sin Amelie. Sería una vida nuestra. Y yo podría ser solamente Ben.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
"Mira a tus padres." Las palabras me afectan más de lo que deberían. Sé que mis padres no son el mejor ejemplo de amor verdadero, de esos que no lastiman y no destruyen, sólo crean; pero... ¡Sé que se quisieron mucho! No por eso resultan débiles. Entiendo la mitad de su punto, que algunas cosas no vinieran en el paquete es justo lo que todas las personas desean. Siempre he creído que si las cosas fueran tan sencillas como querer y no salir, aunque sea un poco, lastimado en el intento, si las cosas fueran fáciles y el dolor un lejano enemigo de lo que una vez pudo dañar, perderían por completo lo interesante al vivir. - No quiero discutir contigo, no hoy, odiaría esa idea. Aunque sigo creyendo que cuando quieres a alguien... Bueno, entiendo que no sea como en los cuentos de hadas que he leído pero se le acerca... Como cuando el príncipe apuesto lucha contra el dragón por su princesa, porque la quiere... No es miserable, sólo más y más fuerte. Si no quisiera a la princesa, no tendría valor para luchar con el dragón o la bruja malvada y amargada que no quiere a nadie. No es el mejor ejemplo pero es parecido, si el príncipe fuese miserable no habría "final feliz." - No sé si me lleno la cabeza con historias fantásticas o realmente hay un punto bien argumentado en mi hablar, sólo espero que haya algo de razón en mis palabras que despierten a mi amigo, aunque aparente despertar. No quiero seguir con este asunto.

Me aferro a Benedict cuando siento sus manos en mi espalda, no quiero separarme ya. Hacía tanto tiempo que no me dejaba caer en él, que no recargaba mi cabeza en sus hombros y lloraba un poco desconsolada, hacía tanto tiempo que no tenía la oportunidad de dejar salir todo lo malo y llorar un rato. Extrañaba esa sensación, saber que puedes soltar todo porque estás con alguien que te entiende y que tooooda la vida te ha protegido, a su peculiar y atenta manera. Me quedo en silencio por unos minutos y me aprieto contra el cuello de Ben. Abro los ojos lentamente y me encuentro con su espalda. Me separo lentamente y sonrío soltando una risa diminuta que se ahoga con las lágrimas. - Gracias, Ben. Sé lo difícil que debe ser para ti en estos momentos, pero gracias por seguir tomándome en cuenta, sabes que siempre que quieras reírte, llorar o desquitarte, puedes venir conmigo. - Sentir los dedos de mi mejor amigo secándome las lágrimas es tan alentador, algo que puede hacerme sentir mejor. Como dije, es lindo estar con alguien que sabes que te va a proteger. Me río cuando dice lo de perder diez trenes y consigo calmar mi llanto. - ¿Y si me guardo en tu maleta y me voy unos días contigo a la isla? Seguro que podríamos hacer muchas cosas divertidas, me darías un tour, conocería gente... Y además hace tiempo que no hacemos una tienda con cobijas. ¡Hay que hacer una! Ah que es una buena idea, ¿O no? - Una idea un poco descabellada que claramente es imposible de llevar a cabo, que deprimente resulta visto de esa manera.

Me paso una mano por el cabello jugando con mis coletas. Enredo mi dedo índice y estiro una y otra vez el espiral que se forma en cada una de mis colitas hasta que Ben desvía la mirada y lo sigo con la vista, una gaviota. De pronto, Ben vuelve a hablar acerca de un barco que un día comprará y donde podremos escapar, sin que nadie nos diga nada. Sería maravilloso. - Perfecto. Cuando llegue el día me avisas para que haga maletas y me escape por la ventana. - Suelto una pequeña risa, ya estoy más tranquila y las lágrimas no son problema puesto que han desaparecido. - Me compraré un sombrerito de esos que usan los marineros, luego un parche y un loro para ti para que seas todo un pirata, eh Ben. - Intento bromear de nuevo sin menos problemas y vuelvo a reír. - ... ¿A qué hora sale el tren? - Odiaría tener que decirle adiós a mi amigo tan pronto. "Adiós, te veo el mes que viene." Esto apesta.
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Por un momento tengo la imagen clara de Sophia armando una tienda de campaña en la sala de mi actual casa, en la Isla, y casi puedo decir que me río. Estoy seguro de que sería lo único necesario para que las cosas volviesen al menos un poco a la normalidad, pero como básicamente lo tenemos prohibido, sé que también es un imposible. Tal vez llegue un día en el cual estemos acostumbrados a todo esto y se nos haga normal, pero pensar en ello me parece un poco triste. ¿Así me veré cuando sea un adulto? ¿Me habré olvidado de lo que solíamos ser, de aquello que nos gustaba compartir y lo que disfrutábamos de soñar? No quiero ser como Derian o como mi padre, hombres que se perdieron y siguen lamentándose por cosas del pasado incluso cuando han pasado años. Cuando pienso en Mel, en mamá o en Shamel, incluso en Martin, me siento triste y desgraciado, pero sé que deberé seguir viviendo con ello aunque no me guste. Sé que quejándome no lograré hacer nada para cambiarlo. Pero ellos ya parecen haberse dado por vencidos. Y yo no quiero ser como ellos.

Sophia ya no llora y hasta parece estar de acuerdo con mi idea de comprar un barco solamente para nosotros dos. Río entre dientes con ella y hago balancear mis piernas, apoyando mis manos en el muelle para poder recargarme sobre ellos, sin desviar la vista de la gaviota que se va más y más lejos – nos veremos genial… - coincido, aunque me silencio cuando me recuerda que no tenemos casi nada de tiempo. Estiro un poco el cuello para poder ver el enorme reloj que decora la entrada del muelle para guiar a los pesqueros, lo que me hace suspirar – una hora… creo que debería ir volviendo si no quiero perderlo – comento. Pero no quiero irme, porque eso significa que no nos volveremos a ver hasta que sean las cosechas y la verdad es que no vamos a poder siquiera hablarnos ese día. Volver aquí para condenar a alguien más me pone nervioso y me dan ganas de vomitar. En lo único que puedo pensar, es que no me perdonaré jamás si saco su nombre de la urna; en caso de que alguna vez eso suceda, no me importará buscar el modo de hacer trampa para sacarla con vida. ¿Y si no es ella? ¿Y si, dentro de mucho tiempo, Sophia tiene hijos y yo se los arrebato? ¿Y si yo le arruinó la vida justamente a ella? Tendré que prohibirle tener hijos u obligarla a que se los lleve lejos. O… no lo sé.

Me resigno y me pongo de pie, tomando su mano para tirar de ella y que se incorpore conmigo. Pero no me muevo, sino que me quedo quieto en mi lugar y descubro que he perdido a la gaviota de vista - ¿me acompañas a la estación o te dejo en tu casa en el camino? Papá me llevará en el coche para poder, ya sabes… - paso saliva y jugueteo con sus dedos – decir adiós. Te prometo que la próxima vez que venga, haremos pijamadas todos los días así no tenemos que separarnos en ningún momento. Ahora que sé que no me odias… - le sonrío brevemente y tiro de su mano, para comenzar a salir del puerto con paso lento. Dejamos atrás algunos barcos y no puedo evitarlo; le señalo uno de ellos, del cual podemos ver su nombre pintado sobre la chapa – mi barco se llamará Sophia. Y no se hundirá nunca – le prometo. Puede que lo hayamos tomado como una broma, pero es una promesa que pienso cumplir.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
Asiento.  Ben con un parche en el ojo izquierdo, un loro verde con rojo y azul en el hombro que se la pasa parloteando, y tal vez un garfio en la mano derecha,  al lado una Sophia con el sombrero de marinerita, que por cierto se ve taaan guapa con el gorrito, y un conjunto blanco con rayas azules. La sola imagen mental de que eso pueda ocurrir algún día, me hace soltar una risa tonta. En mi imaginación ambos nos vemos graciosos, Benedict más por el parche y el garfio, no creo que llegue a vivir un momento en que terminemos por vestirnos así, ni de broma. - Más que geniales. Nos tendrán envidia todos aquí en el cuatro y en la isla. -Entonces mi amigo me hace volver a la realidad cuando dice que en una hora sale el tren y que tendría que irse ahora para no perderlo. Suspiro bajando la cabeza por unos segundos antes regresar la mirada para verlo y asentir sin más. - Entonces... Creo que no queda de otra, ¿No? No hay que hacer que pierdas ese tren o tendrás problemas. - No me gusta esto de vernos un par de horas al mes. Luego se vendrán las cosechas y el tendrá que irse con los nuevos tributos y los demás mentores al Capitolio y no lo veré por más tiempo. ¿Y si me olvida? ¿Y si conoce a alguien más y le da mi lugar de mejor amiga? Todo esto es tan injusto, me han quitado a mi mejor amigo.

Aprieto la mano de Ben y me apoyo en él para levantarme. Sacudo un poco mi ropa y suelto otro suspiro cansada. Odio las despedidas y más cuando se trata de una persona a la que quiero mucho. Cuando mamá se fue... No entendía el porqué no se había despedido y me dolió mucho, a pesar de mi corta edad. Ahora comprendo muchas cosas más y sé que a mi padre le dolió tal vez el doble. Odio tener que decir adiós porque tengo miedo, y mucho, de que si me despido de alguien, corra el riesgo de no volver a ver a esa persona por un corto o largo tiempo, quizá nunca mas. Es tan típico, "Hasta luego", "Adiós", hay una gran diferencia entre esas dos palabras; una te dice que te verá después, la otra no te da una respuesta certera, las dos se despiden pero hay veces en las que se fusionan y un hasta luego se convierte en un adiós y un adiós en un hasta luego. Al menos eso es lo que piensan varias personas y lo que he leído en muchos de mis libros, factores que me han hecho crear que realmente hay una diferencia entre ambas despedidas, pero, ¿Quién sabe? Quizá sólo sea un justificante para los momentos en que dos personas se tienen que decir adiós. Levanto la cabeza a Ben con algo de esperanza, puedo hacer algo de tiempo de aquí a la estación. - ¡Te acompaño! Tengo que estar molestando hasta el último minuto, no lo olvides. -

Asiento repetidas ocasiones cuando dice que haremos pijamadas y al final me encojo de hombros. - Que así sea, eh. También me ayudarás con la casita para pajaritos. - Niego ante la idea de poder odiarlo y sonrío ampliamente. Aprieto su mano levemente y comienzo a caminar junto a él. Me detengo cuando él lo hace y miro el barco que señala. Su comentario me sorprende y me hace sentir una alegría diferente, como si quisiera llorar de nuevo. Sophia, andas muy sensible hoy. Sonrío ante la idea, con menos amplitud en la curvatura de mis labios, pero es una sonrisa sincera y pura. - Gracias Ben, por todo. - Seguimos caminando mientras dejamos el puerto atrás. Llegamos a la pequeña zona de casas donde se encuentran las nuestras y me paro cuando veo al padre de Ben en la puerta de su casa. - ¡Buen día señor Franco! - Le sonrío a Elioh, el padre de Ben y luego volteo la mirada a mi amigo. - Bien, es hora. -
Sophia A. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Armar casas de pajaritos con Soph suena excelente, así que asiento con la cabeza; debo pensar que también tendré que sumar meriendas eternas y horas de pesca en las cuales se me permita disfrutar un poquito más de mi mejor amiga. Ahora me siento un idiota por haber creído que ella no querría volver a verme ni hablarme, porque se supone que siempre hemos estado juntos y sospecho que tiene que pasar algo mucho más grande que unos juegos para acabar separándonos del todo. Me prometo a mí mismo que la llamaré cada vez que pueda y que la aburriré con anécdotas que pasen en la isla, allí donde no tendré a nadie más que a Amelie para pasar el rato. No se lo digo, pero mis vecinos no me inspiran confianza, al menos la mayoría, de modo que puede decirse que estamos solos. Pensar en la isla me da una especie de claustrofobia y me siento atrapado, sin salida… desearía ser como Sophia y poder quedarme aquí y seguir durmiendo en mi cama de toda la vida. Desearía tener la oportunidad de elegir. Desearía ser libre, libre como la gaviota. ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar hasta que pueda comprar el barco sin que nadie se alarme para poder hacer realidad esos dos minutos de delirio?

Sophia sabe que no tiene que agradecerme pero no se lo digo, sino que me conformo con tomar su mano y caminamos por las calles hasta que llegamos a aquella esquina donde se alza mi casa, pequeña pero familiar, y papá ya nos está esperando. Veo a sus pies mis cosas y suspiro mientras que Sophia le saluda con demasiado entusiasmo, ignorante de todas esas pequeñas cosas que han ocurrido, y le suelto la mano para poder tomar una de mis mochilas y colgármela – sí, es hora… las damas primero – no todo el mundo se da el lujo de conducir coches, pero nosotros tenemos uno bastante viejo que casi siempre se encuentra aparcado en el lado oeste de la casa, bajo la sombra de un árbol cuyas ramas se hunden entre el poco pasto y la arena. Le abro la puerta a Sophia para que suba y yo voy inmediatamente detrás, pero no alcanzo a cerrar porque papá ya lo está haciendo por mí. Durante el camino nadie habla demasiado y yo me abrazo a mi mochila como si estuviese nervioso por un primer día de clases o algo así, pero la verdad es que me quedo mirando el paisaje tan familiar porque la próxima vez que venga, seré un mentor hecho y derecho y las cosas cambiarán por completo. Apesta.

La estación se encuentra demasiado apartada del centro del distrito, pero en cuanto llegamos, hay muchas personas amontonadas que deben tomarse un tren para poder moverse por el resto del país; veo muchos comerciantes, lo que no es realmente sorprendente, porque son los que más viajan. Me cargo con mis cosas y papá lleva otras mientras nos movemos, y yo me pego a Sophia para caminar a su lado, sin intenciones de dejarla ir. Le presento el boleto a un guardia gordito que me da el paso y entonces puedo ver al tren brillando bajo la luz del sol, aguardando. Me giro a Soph y le doy un abrazo firme que dice mil cosas que mi boca no, concentrándome en todo lo que no puedo permitirme olvidar de ella. Su tacto, su aroma, la sensación de que todo va a estar bien pero que probablemente no sea así… me separo con lentitud al escuchar la alarma que exije que me apure, aunque le presiono suavemente el hombro de manera cariñosa – nos veremos luego, Soph. Espera mis llamadas – le prometo – estaré aquí antes de que puedas empezar a extrañarme – ojalá yo me lo creyese. Tal vez estamos muy lejos de ello.

Despedirme de papá es un poco más complicado, porque hace tanto tiempo que no somos realmente afectivos el uno con el otro que hasta puede decirse que hemos perdido la práctica. Sus brazos me rodean y yo hago lo mismo, apoyando la cabeza en su pecho y escuchando sus latidos y, aunque me gustaría quedarme allí un poco más de tiempo, me separo y le dedico una sonrisita pequeña. Entonces la alarma vuelve a sonar y tengo que cargar con todo para correr y subirme al tren, que ya se encuentra listo para partir. En cuanto me acomodo en un compartimiento, dejo caer mis cosas y me pego al vidrio, desde donde puedo verlos. Los saludo con una mano y sigo haciéndolo incluso cuando ya ha tomado carrera, notando como se van haciendo más y más pequeños hasta que dobla una curva y ya no puedo verlos más. Ha sido como ver desaparecer mi vida misma.
Benedict D. Franco
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Sophia A. Niniadis
Consejo 9 ¾
Me subo al coche de Ben justo cuando me abre la puerta agradeciéndole con un leve gesto y una sonrisa. Me acomodo en mi lugar sin removerme mucho dedicándole al señor Franco una mirada amable. Todo el trayecto nos quedamos en silencio exceptuando preguntas ocasionales y comentarios sobre el clima, frases banales que van perdiendo significado y tono conforme nos acercamos a nuestro destino. Sé de antemano que todo ésto debe ser muy difícil para Ben y para su papá, incluso lo es para mí, más de lo que me hubiera gustado, decirle adiós a mi amigo hasta la siguiente visita que haga, justo después de acaben los juegos... Es como sentir que me clavan algo en el pecho, como tener una astilla, una espina en el dedo, de esas que no ves y que por mas que luchas por deshacerte de ella, ahí sigue, molestando y picándote cuando menos te lo esperas, de esas que con el tiempo se caen pero que dejan una pequeña cortada algún tiempo antes de volverse cicatriz y sanar. Me pregunto... Me pregunto si Ben tendrá muchas astillas por todo el cuerpo, si su padre tendrá todavía mas o algo parecido. Hasta ahora no me había detenido a preguntarme acerca de todo eso, creo que sólo tengo tres astillas en la piel: Mamá, Ben y Mel. En todo este tiempo son las personas cuya partida me ha dolido profundamente. No me gustaría pensar que algo malo le ocurriese a papá, eso no lo podría soportar, ni ahora ni nunca.

Fijo mi vista en la ventana del auto y veo algunas personas que conozco, de la escuela y gente que vive cerca o se pasa por la casa, todos tienen la misma expresión en el rostro que denota resignación, las cosechas están próximas. Cuando llegamos siento como todo se viene abajo y tengo que recordar como estabilizar mi equilibrio tratando de que mis piernas no me fallen. No debería sentirme así puesto que no soy yo la que se marcha; sin embargo, me duele tener que ver como el tren se lleva a Ben y con el todo lo bueno que este día pudo tener. ¿Cuánto tiempo tendré que esperar para volver a sentir un día tranquilo como en los viejos tiempos? ¿Se me hará largo o corto? No lo sé, no tengo la respuesta a ninguna pregunta, será mejor que me concentre en caminar derecha y con una sonrisa en el rostro para facilitarle las cosas a mi mejor amigo, así que lo hago. Me obligo a sonreír de la forma más honesta que mis labios me permiten, no con entusiasmo, sólo con comprensión. Camino como robot, con pasos mecánicos y zancadas más cortas de lo normal para ver si logro ganarnos algo de tiempo, todo resulta en vano.

Nos detenemos frente al guardia de la entrada del tren, desde aquí sólo uno puede ir. Le devuelvo el abrazo a Ben sintiendo como todo se libera en mi interior. Es curioso como un sólo abrazo de alguien tan especial pueda hacer que mis nervios se relajen, produciendo sensaciones agradables, lo necesitaba después de estos meses. Miro a Ben cuando nos separamos y asiento. - Esperaré con ansia tu regreso y todas esas llamadas. - Suelto una risita tonta con su siguiente comentario y niego levemente. Observo como se abrazan Ben y su padre y se me forma un nudo en la garganta. ¿Qué hubiera pasado si mi nombre salía electo en lugar del de Mel? ¿Hubiera logrado salir? Y si ganaba... ¿Me sería fácil despedirme de esa manera de papá... Lo dudo, a todas mis preguntas. Está más que claro que decirle adiós a una persona es lo más complicado del mundo, mas cuando se despide de alguien a quien se quiere. Si yo... SI yo tuviera que decirle adiós a papá seguro que saldría corriendo antes de tomar el tren, pero Ben es más fuerte, no creo que salga corriendo a la primera. - Adiós Ben, cuídate mucho. - Cuando sube al tren alzo la mano y comienzo a despedirme repitiendo el gesto hasta que dejo de verlo. Miro al señor Franco con algo de tristeza y nos regresamos al auto. El resto del camino nos quedamos en silencio hasta que llegamos a casa y me despido de él con una leve sonrisa y asentimiento.

- He vuelto, papá. - Me meto a mi casa sintiendo otra vez ese derrumbe emocional en mi interior. ¿Qué sucede contigo hoy, Soph? Me tiro a su lado en el sillón y en automático apaga la televisión para empezar a acariciar mi cabello. No tarda mucho hasta que logra librarse de las ligas que atan mis colitas y empieza a taradearme una canción. Mis ojos se humedecen de a poco y dejo que la suave voz de mi papá me lleve a la inconsciencia por un rato, lo único que quiero hoy es dormir.
Sophia A. Niniadis
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